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La identidad: un acercamiento desde lo sociocultural

CAPÍTULO 2 CIBERCULTURA, IDENTIDAD, COMUNIDAD Y CONSUMO

2.3 La Identidad: un acercamiento al perfil de los usuarios

2.3.1 La identidad: un acercamiento desde lo sociocultural

La identidad está en todo proceso social y cultural, está presente en cada persona, en sus diversas acciones y presentaciones sociales, siendo la parte cultural una de las dimensiones que más contribuye a la construcción identitaria. Por ello, admitimos la propuesta de Gilberto Giménez (2009), quien ve en la cultura un distintivo social muy importante: “lo que nos distingue es la cultura que compartimos con los demás a través de nuestras pertenencias sociales, y el conjunto de rasgos culturales particularizantes que nos definen como individuos únicos, singulares e irrepetibles” (p. 11).

Sumado a esto, el mismo Giménez (2007) hace énfasis en cómo se articulan identidad y cultura constantemente: “el concepto de identidad es inseparable de la idea de cultura, debido a que las identidades sólo pueden formarse a partir de las diferentes culturas y subculturas a las que se pertenece o en las que se participa” (p. 54). De igual forma, Manuel Castells (1997) explica su definición de identidad dentro de un plano cultural, entendiéndola como:

El proceso mediante el cual un actor social se reconoce a sí mismo y construye el significado en virtud, sobre todo, de un atributo o conjunto de atributos culturales determinados, con la exclusión de una referencia más amplia a otras estructuras sociales (p.16).

Al hablar de estructuras sociales, es necesario fijar la necesidad de una similitud, algo en común dentro de lo social. De acuerdo con Solórzano y Rivera (2009), el término identidad “se deriva del vocablo latino identitas, cuya raíz es el término idem, el cual significa “lo mismo” (p.140), lo que implicaría compartir lo mismo. Además, es pertinente resaltar la importancia de la colectividad como

algo que define y genera formas de identidad. A esto, Solórzano y Rivera (2009) afirman que:

la identidad incluye asociaciones, por una parte, con los rasgos que caracterizan a los miembros de una colectividad frente a los otros que no pertenecen a la misma y, por otra, a la conciencia que un individuo tiene de ser él mismo y, entonces, distinto a los demás (p. 140).

Además, la identidad, en concordancia con Martín Barbero (2002), también puede definirse como “la expresión de lo que da sentido y valor a la vida del individuo” (p. 16), por lo que no solamente es una atribución otorgada por estar aglutinado en algún grupo, sino que tanto lo individual como lo grupal tienen injerencia al momento de construirla. Por su parte, Wood y Smith (2005, en Giones y Serrat, 2010) comprenden a la identidad como “una construcción compleja, personal y social, consistente en parte en quien creemos ser, como queremos que los demás nos perciban, y como de hecho, nos perciben” (párr.

22). Al mismo tiempo, es necesario remarcar que la identidad puede ser vista desde diferentes planos, tal como lo afirma Marc (2004, p. 35), quien explica que la identidad puede declinarse en diversos componentes: identidad para sí e identidad para los otros; sentimiento de sí (cómo uno se siente); la imagen de sí (cómo uno se ve o se imagina a sí mismo); representación de sí (la manera en la cual uno puede describirse); estima de sí (cómo uno se evalúa); continuidad de sí (cómo uno se siente cambiante o permanente); el yo íntimo (lo que uno es interiormente); el yo social (el que mostramos a los otros); el yo ideal (el que quisiera ser); el yo vivido (el que ha experimentado en vivencias).

Por su parte, Manuel Castells (1997) reflexiona sobre cómo se da la construcción de identidades. De entrada, aclara que ésta utiliza elementos de diversas áreas de estudio –geografía, historia, biología– así como de instituciones, de una memoria colectiva, de la religión y de los aparatos de poder. Crea un funcionamiento sociocultural, con sentido, en tiempo y espacio determinados.

Entiende a su vez que, quien construye la identidad y perfila su objetivo, va a

determinar el contenido simbólico y el sentido para quienes se identifiquen dentro o fuera de ella, por lo que distingue tres formas y orígenes de la identidad:

-Identidad legitimadora: introducida por las instituciones dominantes de la sociedad para extender y racionalizar su dominación frente a los actores sociales.

-Identidad de resistencia: generada por aquellos actores que se encuentran en posiciones/condiciones devaluadas o estigmatizadas por la lógica de la dominación, por lo que construyen trincheras de resistencia y supervivencia basándose en principios diferentes u opuestos a los que impregnan las instituciones de la sociedad.

-Identidad proyecto: cuando los actores sociales, basándose en los materiales culturales de que disponen, construyen una nueva identidad que redefine su posición en la sociedad y, al hacerlo, buscan la transformación de toda la estructura social (Castells, 1997, p. 30).

De acuerdo con esta clasificación, es posible entender al concepto de identidad para este trabajo dentro de dos ámbitos:

• Una identidad de resistencia, dado que las páginas de Facebook que se estudian dan prioridad a elementos propios de lo local, resaltando la importancia de los elementos socioculturales propios de un espacio sociocultural o territorial representativo o característico.

• Identidad de proyecto, donde los usuarios tienen un control sobre la identidad que construyen y la forma en que la mantienen acorde al entendimiento y participación dentro de Facebook, esto es, mediante la creación de un nombre de usuario, imágenes específicas, recursos de entendimiento y significación para constituir un sentido de comunidad.

Pese a esto, es importante tener claro que no es posible quedarse únicamente en la determinación de Castells, sino que también es necesario entender que la identidad es un concepto de diferentes aristas, siendo el plano psicológico y el sociocultural los que generalmente tienen un peso más

importante, sobre todo para este trabajo de investigación, porque se está orientado al enfoque social y cultural, ya que como afirma Chanona Pérez (2011):

la fuerza de las expresiones identitarias obedece al tipo de interrelación en la que éstas se emiten, pues la identidad no es una marca estática sino que cobra sentido en el intercambio social. Además, la identidad no es definible y entendible en sí misma; su construcción es concomitante a la constitución y a la evidencia de las diferencias entre quienes no comparten los elementos ponderados como sus rasgos definitorios (p.93).

Así, la identidad va constituyéndose a través de la ambivalencia entre lo individual y lo colectivo, enmarcada por los procesos sociales e intercambios culturales que generan elementos de identificación y apego hacia determinadas circunstancias y procesos. Sobre esto, Valenzuela Arce (2000) menciona que la adscripción grupal forma y refuerza “la identidad que se construye por comparación, imitación y oposición a otros, en una relación en la que pueden conformarse incluso identidades negativas, como interiorización de heteroatribuciones estereotipadas” (p. 19).

Al respecto, Etienne Wenger (2001) dice que “construir una identidad consiste en negociar los significados de nuestra experiencia de afiliación a comunidades sociales” (p. 181), además, añade que la identidad funge como una especie de pivote entre lo social y lo individual, por lo que se puede hablar de una en función de la otra. Además, como ya se ha mencionado, rescata la importancia de la práctica social como elemento fundamental al momento de presentar identidades. Por ello, es pertinente retomar la idea de Gilberto Giménez (1997), quien basado en Melucci (1991), menciona que la identidad se manifiesta a través de:

Configuraciones que varían según la presencia y la intensidad de los polos que la constituyen. De aquí se infiere que, propiamente hablando, la identidad no es una esencia, un atributo o una propiedad intrínseca del sujeto, sino que tiene un carácter intersubjetivo y relacional. Es la autopercepción de un sujeto en relación con los otros; a lo que corresponde, a su vez, el reconocimiento y la “aprobación”

de los otros sujetos. En suma, la identidad de un actor social emerge y se afirma sólo en la confrontación con otras identidades en el proceso de interacción social,

la cual frecuentemente implica relación desigual y, por ende, luchas y contradicciones (p. 12).

Luego entonces, Wenger (2001), Castells (1997) y Giménez (1997) dan un peso importante a la parte subjetiva y de construcción significativa y simbólica de la identidad a través de una relación con el(los) otro(s) (sociabilidad) y con su entorno interactivo y cultural. La identidad debe tener en esencia, una creación personal pero basada en lo que un conjunto o comunidad puede reflejar, legitimar, aprobar o inclusive negociar con base a las interacciones en los contextos socioculturales. A esto, Solórzano y Rivera (2009), expresan que “la identidad como categoría invita al análisis de la producción de subjetividades tanto colectivas como individuales que emergen, o pueden ser percibidas, en los ámbitos de las prácticas cotidianas de lo social y la experiencia material de los cuerpos” (p. 141).

Sumado a esto, desde el enfoque social de la identidad, Chanona (2011) menciona que “dentro de los marcos de interacción intracultural, las identidades sociales de los actores se establecen en base a las afiliaciones o pertenencias sociales, por lo tanto, podemos ver a la identidad como un nexo de multiafiliación” (p. 106). Esto permite entender cómo al presentarse una afiliación, se crea un sentido de pertenencia. Por su parte, Giménez (1997), también considera una tipología de la identidad desde un plano de distinguibilidad basado en la aprobación del otro, en una pertenencia social y la perspectiva propia del sujeto, por ello, la identidad será vista desde:

La pertenencia a una pluralidad de colectivos (categorías, grupos, redes y grandes colectividades).

La presencia de un conjunto de atributos idiosincrásicos o relacionales.

Una narrativa biográfica que recoge la historia de vida y la trayectoria social de la persona considerada. Por lo tanto, el individuo se ve a sí mismo —y es reconocido— como “perteneciendo” a una serie de colectivos, como “siendo”

una serie de atributos y como “cargando” un pasado biográfico incanjeable e irrenunciable (p. 12).

Así, la identidad es abordada desde un plano de análisis individual –la consideración misma del propio sujeto con él y con su entorno– y la colectividad –distinción, pertenencia y reconocimiento–. Es así, como lo regional también tiene implicaciones constantes para entender mejor la forma en que se aborda a la identidad en este trabajo. Al respecto, Giménez (2007) afirma que una región no se define por una homogeneidad, sino por las diferencias variadas que hay dentro de ella. Supone que una región se ocupa de dar un sustento de identidad, una interiorización del territorio, así como una visibilidad de apropiación. Definir la identidad no es una labor sencilla y mucho menos si centramos nuestro objeto de estudio como algo no físico, sino un espacio virtual que permite diversas presentaciones de un solo usuario y es que, tal como lo aprecia Pérez Salazar (2016) “la virtualización implica amplios márgenes de manipulación sígnica, además de formas de relación de naturaleza distinta a las que ocurren de manera presencial”.

Considerando que la propuesta que aquí se presenta es una ciber-región de estudio, es necesario señalar que la identidad determina patrones de conducta y adaptación social basados en la pertenencia colectiva, lo que genera que el individuo tenga acciones sociales. Ese accionar social se ve influenciado por su participación en diferentes espacios, en diversas redes sociales, tal como lo afirma Giménez (1997):

Propiamente hablando y en sentido estricto, se puede pertenecer —y manifestar lealtad— sólo a los grupos y a las colectividades (…) pero en un sentido más lato y flexible también se puede pertenecer a determinadas “redes” sociales (network), definidas como relaciones de interacción coyunturalmente actualizadas por los individuos que las constituyen y a determinadas “categorías sociales”, en el sentido más bien estadístico del término. Las “redes de interacción” tendrían particular relevancia en el contexto urbano (Guidicini, 1985, p. 48). Por lo que toca a la pertenencia categorial —v.g., ser mujer, maestro, clasemediero, yuppie—

, sabemos que desempeña un papel fundamental en la definición de algunas identidades sociales (por ejemplo, la identidad de género), debido a las representaciones y estereotipos que se le asocian (p. 14).

Entonces, la identidad dentro de lo virtual requiere una revisión más profunda y mejor enfocada hacia lo que implica Facebook, por lo que en el siguiente apartado enfocaremos la atención en la identidad virtual.