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La sociedad humana de cara al cambio climático

In document colegio de ciencias y humanidades (página 49-54)

Capítulo I. Problemática ambiental y el cambio climático

5. La sociedad humana de cara al cambio climático

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Otros cambios observados en la mayoría de los continentes en casi todos los grupos de plantas, insectos anfibios, aves y mamíferos son los efectos en sus “…procesos estacionales, como la floración de las plantas, la migración de las aves y la aparición de las primeras hojas de los árboles en primavera” (Castro, 2015: 53).

Otros datos dignos de mención respecto al impacto ambiental es en primer lugar, la generación de la electricidad, en segundo, el transporte vehicular, el tercero sitio lo ocupa la deforestación y la industria cementera “…en cuarto lugar las fuente de emisión de bióxido de carbono, debido al proceso de producción que emplea” (Carabias, 2010: 59). Se advierte que las emisiones de CO2 llegarán a ser muy altas si las tecnologías de producción de cemento no logran mejoras significativas. Con este breve panorama, puede uno entender los cambios irreversibles y la huella demoledora de los seres humanos en la Tierra, bajo las actuales condiciones de crecimiento poblacional y los hábitos de consumo de materia y energía. No hay duda, nos urge una nueva relación con nuestro entorno vital.

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Ello supone la llegada cada año al planeta de 77 millones de nuevos seres humanos. [En suma el siglo XX tiene] a la quinta parte de todos los miembros, vivos o muertos, que han existido a lo largo de la historia (Toledo, 2009: 3).

2. La demanda de energía y recursos per capita que se necesitan, también presenta un aumento exponencial a partir de mediados del siglo XX. “…Entre 1850 y 1970 la población mundial se triplicó, pero la demanda de energía se multiplicó por doce” (Carabias, 2010:

51). Al respecto, se advierte que la energía utilizada en el siglo XX ha sido mayor que la empleada a lo largo de toda la historia de la especie, y diez veces mayor a la usada en los mil años previos (citado en Toledo, Mc-Neill, 2009). Ejemplo de lo anterior es que “…la multiplicación de los transportes por carretera, por barco y por avión y la deslocalización económica, provocan despilfarro de energía y EGI. La fabricación de unos vaqueros requiere, en total, un periplo de 30 mil kilómetros para reunir materiales y componentes; la de un yogurth de fruta, 10,000 kms.” (Morin, 2011: 35).

3. El tipo de tecnologías usadas para el desarrollo económico e industrial del mundo moderno, con graves impactos negativos sobre el ambiente. Por ejemplo, hoy existen 2 mil millones de celulares en el mundo, casi uno por cada tres personas, su uso de vida promedio es de 14 meses, la cantidad de celulares que se convierten en chatarra electrónica es gigantesca, tan solo Estados Unidos desecha 500 millones de celulares. “…China es el consumidor más importante de carbón y el tercero en uso de petróleo, ya superó a Estados Unidos en el monto de sus EGI”. Por ejemplo, “…si cada chino llegara a usar tanto petróleo como un estadounidense promedio de la actualidad, China requeriría 90 millones de barriles de petróleo al día, que equivalen a 11 millones de barriles diarios más que el consumo que todo el mundo tuvo en el año 2002” (Carabias, 2010: 54).

4. La problemática de los autos y las reses, íconos del siglo XX. “…Por cada dos seres humanos que nacen al año se construye un auto, para el 2010, el parque vehicular alcanzará los mil millones. El auto produce 15% de los GEI que contaminan la atmósfera, su construcción produce entre 15 y 20 toneladas de residuos”. China es el ejemplo clásico, si mantiene “…una tasa de tres automóviles por cada cuatro habitantes, se alcanzaría los mil cien millones de coches, frente a los ochocientos millones que tiene actualmente el planeta y las infraestructuras necesarias (redes de carreteras, aparcamientos) ocuparían una superficie casi igual a la que hoy se destina al cultivo del arroz” (Morin, 2011: 25).

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5. La expansión de la ganadería vacuna ha sido la causa principal de la destrucción de millones de hectáreas de selvas tropicales. “…Las reses del mundo pesan más que todos los seres humanos juntos, y en varios países como Uruguay, Costa Rica o Australia, existen más vacas que humanos” (Toledo: 2009: 3). Ejemplo de lo anterior, son los casos de países como Brasil o Estados Unidos, donde cada parcela agrícola es dedicada a alimentar a los autos (agrocombustibles), a las reses (pastizales) o a los humanos (cereales, hortalizas y legumbres).

Sin vuelta de hoja, todos los ejemplos señalados, son pruebas incuestionables del impacto antropogénico, que han alterado y continúan alterando la composición atmosférica. Según Toledo, “dos fenómenos encabezan la crisis de civilización; el calentamiento global y el fin de la era del petróleo” (2009: 4) provocados por el crecimiento económico, aun a expensas del deterioro de la biósfera. En definitiva, la degradación del medio ambiente ocurre porque el sistema capitalista hegemónico, conceptualiza a la naturaleza (biósfera) en términos mercantiles. Así hoy día es común considerar a la naturaleza en tanto “recurso”, que legitima el trato de mercancía o capital natural, es decir se entra a un proceso de cosificación de los procesos de los productos de la naturaleza.

No obstante lo anterior, la vida moderna para llevar a cabo el sinnúmero de actividades cotidianas e industriales, y mantener los estilos de vida consumistas, requiere de cantidades de energía que se generan con combustibles fósiles (principalmente petróleo y carbón, que son producto de los ecosistemas que existieron hace cientos de millones de años). Nada se escapa de ello, por ejemplo, absolutamente todo lo que consumimos o usamos, desde el material en que están hechas las casas, los muebles, los edificios, los autos, el tipo de pavimento de las calles y caminos, la ropa que usamos, los aparatos electrodomésticos y de oficina que empelamos, los alimentos que consumimos, requieren de energía para ser producidos, incluido todo lo que se tiene que hacer para deshacernos de los residuos sólidos. Todo este confort, bienestar social, la elevación de la esperanza de vida, ha tenido un alto costo ecológico para el planeta. De este modo, el ser humano, avalado por su antropocentrismo, se autoconstituye en la referencia central para determinar qué es y cómo utilizar la naturaleza. Los datos están a la vista, “…la concentración de CO2 en la atmósfera se ha mantenido relativamente estable durante cientos de miles de años entre 200 y 280 partículas por millón (ppm)” (Carabias, 2010: 51).

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En este mismo orden de ideas, las tasas de acumulación de gases de origen antropogénico que se ha venido acumulando a partir de la Revolución Industrial, no tienen precedente.

Empero, “las actividades antropogénicas han aumentado dicha concentración, en poco menos de dos siglos, a más de 387ppm” (Carabias, 2010: 51). Hasta ahora las grandes superpotencias no dan señales para asumir y pagar las facturas que les corresponden, ni mucho menos disminuir sus ritmos y volúmenes de emisiones de gases contaminantes, como sucede en Australia y Estados Unidos, considerados como los países que más contaminan, su apuesta ha sido incrementar el predominio del desarrollo de la razón tecnológica por encima de la organización de la naturaleza, para someterla a los ritmos de la globalización económica, como si la pudieran someter a una “suma mecánica de partes, posibles de ser reordenada y explotada en forma creciente” (Foladori, 2015: 97), donde todo es reducible a una valoración simple, como capital natural.

Íntimamente interrelacionado está la destrucción de la naturaleza ante el crecimiento avasallante del capitalismo, que sigue teniendo efectos altamente negativos sobre la propia especie humana. El proceso de degradación y cosificación que ha sufrido la naturaleza, al ser valorada como objeto/mercancía y el ambiente como una máquina mesurable productora de recursos, ha traído como consecuencia, la forma utilitaria moderna de valorar los procesos y productos de la naturaleza, e incluso ha permitido trasladar la valoración de la biósfera (individuos, comunidades y relaciones bióticas) a estimaciones monetarias, dado que la preocupación está centrada en la obtención máxima de la ganancia, en cómo mantener el status quo de las clases hegemónicas para evitar un estancamiento económico y mantener a toda costa sus estilos de vida y condiciones materiales de existencia. Según Paul Crutzen, premio Nobel y Eugene F. Stoermer, “hemos entrado en una nueva era geológica, el Antropoceno, caracterizada por el hecho que los procesos naturales están ahora alterados por los seres humanos” (Houltart, 2013: 9). A los riesgos del cambio climático se deben sumar los conflictos internacionales, los desplazamientos por cuestiones ambientales y la evasión de responsabilidades. No obstante, la experiencia nos indica que la naturaleza no distingue entre el Asia pobre y el depredante Estados Unidos.

El último reporte del IPCC (2014) confirma que nunca antes se ha constatado de modo tan inequívoco que la actividad humana es la mayor responsable del aumento de la temperatura.

El panel asegura que los daños causados por el calentamiento global son cada vez más

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recurrentes, catastróficos y evidentes. Empero, las acciones tomadas hasta la fecha son insuficientes para frenar los efectos que vivimos día con día.

Por todas estas consecuencias enunciadas, existe preocupación sobre lo que causa y producirá este fenómeno, impactos que aumentarán con el tiempo pero lo más lamentable es que sus efectos se distribuirán de manera desigual. Sabido es que quienes más sufrirán los estragos del cambio climático-como cualquier otro asunto de deterioro ambiental-, serán aquellos países, sistemas y comunidades que tengan menor capacidad para adaptarse a las nuevas condiciones del planeta, lo que va estrechamente vinculado con la capacidad económica.

De manera somera, se han presentado algunos de los impactos ambientales en los ecosistemas, que ha venido degradando el ambiente, privilegiando un modo de producción y un estilo de vida insustentables. A partir del análisis efectuado respecto al cambio climático, se puede señalar que “el calentamiento climático es efecto y no una causa:

síntoma de males y trastornos que tienen raíces más profundas” (Riechmann, 2012: 280).

Como ya se ha apuntado antes, la acumulación de GEI en la atmósfera resulta de los impactos humanos sobre el territorio y la quema de combustibles fósiles: es nada menos la base energética de la sociedad industrial, y sus formas de ocupación del territorio, lo que está en cuestión. Los pronósticos son desalentadores, según Harald Welzer “en las próximas décadas muchas sociedades entraran en un colapso determinado por el clima”, (citado en Riechmann, 2012: 301) lo más increíble es que nadie cree verdaderamente que eso vaya a suceder. Al respecto, Riechmann plantea 4 dificultades que dan cuenta de la inercia e inactividad del ser humano, que nos ha llevado a un callejón sin salida:

1. La gradualidad de los procesos (esto remite a los fenómeno de la rana dentro de la olla, que se va calentando despacito y a los puntos de referencia cambiantes.

2. La externalización y alejamiento de muchos síntomas de la degradación (con todo un conjunto de estrategias de barrer debajo de la alfombra, que ponen en práctica los poderes dominantes).

3. La existencia de poderosos grupos de interés, comenzando por las grandes compañías energéticas y automovilísticas, que luchan por mantener el status quo.

4. Las dependencias estructurales de todo el orden socioeconómico presente con respecto al crecimiento económico, que condiciona gravosamente las alternativas (Riechmann, 2012: 301).

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La crisis ambiental se transforma así en un conflicto que va más allá de la pérdida de bienes y servicios ecológicos, generando una pérdida de la existencia no sólo en el aspecto material, sino también en cuanto al sentido mismo de la vida. “…La problemática ambiental emerge como una crisis de civilización: de la cultura occidental, de la racionalidad de la modernidad, de la economía del mundo globalizado. No es una catástrofe ecológica ni un simple desequilibrio de la economía. Es el desquiciamiento del mundo al que conduce la cosificación del ser y la sobreexplotación de la naturaleza; es la pérdida del sentido de la existencia que genera el pensamiento racional en su negación de la otredad…” (Leff, 2004:

IX).

Ante esta catástrofe, los educadores ambientales debemos reconocer que la naturaleza sistémica de los problemas ambientales es muy compleja y afecta de manera diferenciada la supervivencia de los seres humanos, el patrimonio y la memoria biocultural de los pueblos, la alteración de los ecosistemas y su biodiversidad. Bajo esta tesitura, es imperante una discusión crítica, una mirada ética en la búsqueda de soluciones desde distintos referentes teóricos y políticos, para la construcción de un horizonte de esperanza asumido por sujetos y colectivos, que les permita visibilizar su papel, los compromisos y nivel de intervención que sin lugar a dudas, superan las posibilidades de la educación ambiental para mejorar las condiciones ambientales del planeta. Aunque tendremos un papel relevante en este proceso para “educar ambientalmente a la población”.

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