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UENOS Aires, 3 de marzo de 1949 Fredi:Estoy de vuelta en el trabajo después de un mes de relativo descanso. Quería irme a Salta, y tenía ya el pasaje en el bolsillo cuando se produjeron inundaciones en la zona norte, y tuve que quedarme en Buenos Aires. Ya era demasiado tarde para irme a otro sitio turístico, y como esto no es Europa, y no se puede elegir mucho, opté por mi casa y las caminatas por la ciudad. He explorado sistemáticamente la Boca, Belgrano, Villa Lugano, los pueblecitos del oeste, y no crea usted que no me he divertido. Eran paseos sin propósito fijo, nada más que salir y tomar sol y meterme en los almacenes a chupar caña y comer salame. (Ahora conozco diez o quince sabores nuevos de salame.)
Algunos de esos paseos los hice con Jorge. Estoy bastante preocupado con él; todavía no ha conseguido estabilizarse, aunque es natural que en enero y febrero no se podía buscar mucho ya que todo el mundo andaba afuera. Jorge lo soporta muy bien, y tiene muchos proyectos excelentes, pero es indudable que necesita una base fija de operaciones. Por desgracia, estamos desde hace casi un mes con una huelga de gráficos, y los diarios no aparecen. De manera que ni siquiera está tranquilo por el lado de Crítica. Con todo, supongo que a lo largo de este mes se presentará alguna posibilidad favorable: no dormiré tranquilo hasta entonces.
Creo haberle dicho ya que me recibí en inglés, con lo cual la doble ordalía quedó felizmente terminada. 1948 fue un año maldito, del que todavía no me he curado bien. Voy por las mañanas al estudio de Havas, y aprendo lo mejor que puedo el oficio. Naturalmente, tiene múltiples triquiñuelas, y es preciso irlas conociendo una tras otra. Por cierto que Havas está un poco intranquilo por el silencio de usted. Esperaba que le comprara (o reservara, no sé) el pasaje para tomar el barco en septiembre. Confío en que no haya nuevos inconvenientes, porque tanto a Havas como a mí nos interesa dejar definida la situación en este mismo año. Presumo que en estos días recibirá noticias suyas.
¿Cómo andan Natacha y usted? La verdad es que los extrañados mucho. De usted estuvimos hablando largamente hace días, en casa de Andrée, con Jorge, Toño,129 Susana y Perla. Me hice muy amigo de Toño, que es un hombre estupendo. Recién ahora empiezo a tener tiempo para salir un poco, oír música, reajustarme con los amigos. Y trabajar; he escrito algunos cuentos que le gustarán a usted, y se los he dado a Baudizzone. Creo que los va a editar Argos en este año; con eso quedan anulados definitivamente los que yo le había dado a Arturo, y que se caen ya de viejos (con excepción, tal vez, de "La mano")
Ya hubiera podido mandarle Los Reyes en volumen, pero la huelga de gráficos detuvo las tareas en lo de Colombo, y habrá que esperar. Me parece que va a quedar
bonito.
Jorge tiene muchas ganas de irse a Italia el verano que viene, y le gustaría que yo lo acompañara. Sé que no será posible esta vez, porque a pocos meses de iniciarme en el estudio resultaría absurdo abandonarlo por más de unas semanas, y a Europa hay que ir por no menos de tres meses. De todas maneras es una tentación de esas que lo hacen a uno dar vueltas en la cama. La gente que vuelve de allá (he hablado con varios que vuelven de Francia e Italia) lo ponen a uno en la obligación moral de dar el salto. Aquí se está empezando a leer cada vez más a los novelistas italianos de ahora, sobre todo Elio Vittorini y Cario Levi. ¿Valen la pena?
Querido Fredi, ahí van mis pocas noticias, si tiene ganas mándeme unas líneas (uno de sus célebres palimpsestos a lápiz que obligan a acudir a todos los recursos, inclusive las lupas, tintas simpáticas, lámparas fluorescentes, etc.) Dígale a Natacha cuánto la recuerdo, con todo mi afecto y reciba un abrazo fuerte de su siempre amigo
Julio
Me encontré en la calle con Sergio de Castro. Me dijo que Lozano está trabajando mucho y muy bien.
A Fredi Guthmann
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UENOS Aires, 1949 Querido Fredi:Muchas gracias por haber hallado la solución del asunto del Havas y yo recibimos simultáneamente sus cartas, y Zoltan espera de un momento a otro la visita de su hermano Georges. Creo que respecto del asunto está resuelto. Por mi parte, despeja considerablemente la situación y me permite trabajar con orden en la preparare mi viaje a Europa.
Usted me pide noticias sobre lo que ocurre con Havas. La cosa es sencilla: no hay más Paraíso. Ni en Tahití ni en ninguna otra parte. Mi en las islas ni en el mismo Zoltan. Cuando él creyó descubrir el en las islas, es que lo llevaba consigo; y ahora no lo tiene. Más precisamente: Zoltan se siente repentinamente envejecido. Sus cincuenta y ocho años le han caído de una sola vez sobre la espalda. Sus hombros son bien anchos, pero no parecen suficientes a aguantar esa piedra de tiempo que lo doblega. Ahora mismo, hace un rato, estuve hablando con él. Es curioso que jamás, hasta hoy, había franqueado como lo hizo hace una hora. Creo que es la interferencia de su carta que lo ha bouleversé bastante. Sin que yo dijera nada; empezó a hablarme de su vista, de sus años, de su falta de ánimo. De pronto, realmente, me pareció que delante mío había un hombre que ha entrado en la edad del retiro. Le dije: "Puesto que se siente usted necesitado de retirarse, nada mejor que hacerlo en Tahití donde la vejez futura le llegará serenamente". Pero aunque estuvo de acuerdo, presentí una cosa terrible: que su ideal de retorno a las islas iba unido al sentimiento de juventud, de plena posibilidad. No sé la hipótesis de usted, Fredi, acerca de algún fracaso sentimental, es exacta. Ni él diría nada, ni yo averiguaría nada. Pero el sentimiento de fracaso está presente, y ahora se le nota de manera visible. Me dijo “Es triste que la realización de los ideales sea tan penosa, tan dura” Y luego buscó otra explicación,
hablándome de los problemas económicos. Realmente, las cosas parecen haberse puesto muy mal en Tahití. Se acabó el paraíso, liquidación forzosa de saldos y retazos. Un huevo cuesta el equivalente de tres pesos. Una casa, quinientos pesos mensuales. Una sirvienta, cuatro mil francos, and so on. A su pérdida de paz interior, a su sentimiento de senilidad, se agrega ahora el temor sobre el porvenir. Me dijo: "La idea de tener que volver a B. A. me resultaría insoportable". Entonces yo comprendí ese párrafo de su Carta, donde usted me repite lo de la piedra al cuello y dejarse caer de canoa.
Ya ve que prefiero contarle todo esto con absoluta franqueza. Zoltan está visiblemente contento de que Georges le traiga el pasaje. Los problemas de familia también se han despejado (no habrá expiación, el suegro se ha mejorado though he went absolutely nuts)130 no cabe duda de que estamos frente a una crisis de déracinement, usted mismo había previsto en una carta anterior a mí. Hay tanto orden, tanto contralor en Havas, que el irse a enfrentar (con una familia a la espalda) una vida que ya no es edénica ni mucho menos, lo aflige y preocupa. Creo, con todo, que la preparación y organización del viaje lo restablecerán moralmente. Lo de su vista no es tan serio como le escribió a usted, and of course he is not going blind at all.131 Tiene la vista muy cansada, y como se empeña en hacer todo su trabajo solo hasta el último día (lo cual es razonable en cuanto le permite reunir más dinero, pero peligroso para su salud), hay días en que tiene los ojos bastante estropeados. Creo que una semana de horizonte marino lo dejará como nuevo.
Me parece que lo que usted pueda escribirle de tiempo en tiempo a Havas le hará mucho bien.
Hablemos un poco de mí. Estoy encantado con la noticia de que se puso a traducir Les Rois. No me importa en absoluto que se represente o no (vanidad peligrosa es el teatro) pero me siento muy orgulloso de que usted haya considerado a
Los Reyes dignos de traducirse al francés. Por supuesto que esperaré que algún día me
haga llegar esa traducción, cuya perfecta coincidencia con el original está descontada —lo que no ocurriría con otro traductor que me conociera menos y se limitara a repetir las palabras—. Muchas gracias de nuevo, y ojalá algún día pudiera yo tener la recompensa de traducir cosas suyas —que tan poco y mal conozco, pero que tanto admiro —al español.
Preparo mi viaje. Parece que "el año santo" me ayudará a ir barato a Europa. Jorge Romero Brest me ha dicho que el cambio es atrozmente malo, y que viviré muy mal con menos de mil quinientos pesos mensuales. Haré lo posible por tener ese mínimo, y en cuanto a las comodidades del viaje no me preocupan en absoluto. Un amigo me ha sugerido alguna combinación para habitar en la Ciudad Universitaria mientras esté en París. También me dijo que está lejos del centro, y que si a uno se le hace tarde en París se queda sin metro, ergo hay que pescar un taxi, ergo cuesta plata. Le agradezco mucho lo que me dice sobre recomendarme a buenos amigos de allá. Por supuesto que acepto encantado, sobre todo porque en una ciudad topográficamente desconocida y en la que se va a estar muy poco, es importante que a uno le indiquen las cosas que no hay que ver; sistema eliminatorio muy importante. Pero para eso hace falta que sea gente capaz de tener una buena escala de valores. Sus amigos serán perfectos para eso. En cuanto a Italia, haré una vida errática, pero me
gustaría que (si algún día le vienen ganas de hacer de cicerone epistolar) me diga cuáles son ciudades y aún las cosas dentro de ciudades que me aconseja ver. No quiero trazarme desde aquí un itinerario meramente estético, para el cual me ayudarían mis lecturas. Tengo un poco de miedo al procedimiento. Romero Brest sabe bien cuál es la Italia que debe verse mirando hacia el pasado; pero además yo quisiera indicaciones que vayan más allá de cuadros y museos. (Por otra parte me oriento bastante bien; y tendré dos meses para ir de un lado a otro.) He releído la página anterior y tengo la impresión de que usted va a afligirse nuevamente a propósito de Havas. Le pido que no lo haga. Me parece que, en vísperas de soltar amarras, se apodera de él el temblor que se nota en los animales de raza cuando se les obliga a enfrentar una planchada o un puente. Yo, por ejemplo, no me voy tranquilo de la Cámara del Libro. Me consta que Havas no me fallará, pero la idea de volver de Europa y encontrarme con cualquier novedad que no me permita trabajar inmediatamente en el bufete de traductor, es bastante para inquietarme. Creo que, en el fondo, es el mismo estado de ánimo de Zoltan; y en él se agrega el sentimiento físico de déchéance, de vejez que avanza.
No news from the Group K. Never heard of it.132 Jorge bien, aunque ha pasado por una sinusitis que lo preocu —o un poco. Muy melómano, aguantando millones de conciertos, aristas, flautistas, pianistas y cancionistas, mélange impur. Sigue trabajando en Mitchell's, creo que está contento. No sé nada de su viaje a E.UU. Jorge y yo tenemos extraños pudores —como siempre que uno se ha conocido casi de niño —y ante ciertos temas esperamos que el otro hable primero. Se me ocurre que la cosa está un poco paralizada. Es una lástima, porque me hubiera gustado encontrármelo en Europa vagar juntos.
Si ve en alguna parte En bas, de Leonora Carrington (o cualquier cosa de ella), ¿me lo manda? Aquí no hay nada y me interesa verla. Me acuerdo de un cuento estupendo, "Lapins Blancs"; et vous savez que je suis quelque peu l'amateur de lapins.133
Cariños a Natacha, y un gran abrazo para usted Julio
Esta mañana me desperté con esta frase: "No deberíamos ser como el perro de Guillermo Tell, que trepa incansable por la piel de su amo". Se la regalo.
1951
A Fredi Guthmann
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UENOS Aires, 3 de enero de 1951 Mon cher Fredi:Hace ya mucho que quería escribirle, pero esperaba un poco una carta suya en respuesta a la mía desde París. No me llegó, pero en cambio conocí su larga carta dirigida a Susana, y que también me estaba destinada. De esto ya hacen dos meses; ahora creo que es tiempo de que le escriba sin esperar más. Lo único que lamentaría es que usted no esté ahora en la dirección adonde mandaré esta carta, pero supongo que se la remitirán a cualquier otra parte.
Me cuesta encontrar palabras para decirle lo que significó para mí su carta a Susana. Si algo puede creer de mí, es que la leí con tolda la pureza y toda la receptividad posible; con todo el deseo de que la carta hiciera por mí lo que usted deseaba que hiciera por todos nosotros. Sólo que, Fredi, estoy muy lejos, y no sé todo lo que sabe usted, no merezco lo que merece usted. No tome esto como meras frases, no creo que entre nosotros las frases sean necesarias. Su experiencia, esa admirable experiencia que su carta cuenta como solamente un poeta puede hacerlo, es la experiencia que alcanza aquel que agotó plenamente los frutos previos, las etapas previas, los caminos que, finalmente, lo han llevado a su saber de hoy. ¿Y qué somos nosotros, los que y recibimos su carta, los destinatarios de su carta? No puedo hablar por Susana ni por los demás; sólo por mí, sólo por este saco de huesos que ama la vida y le sale al encuentro en su pequeña medida sudamericana, en su mínima dimensión de literatura y de arte y de honor y de tiempo. Entonces, Fredi, su revelación me llega como la luz de la luna; usted es la luna, recibiendo directamente la luz; y lo que me toca a mí es su carta con sus palabras, la luz de la luna para leer su carta.
He tenido con todo una enorme alegría. Por usted, por saber que usted está tan en paz y tan sereno. Su carta transmite una impresión de serenidad como sólo lo dan los textos místicos extremos, esos donde el lenguaje es como el suyo, ya casi no es lenguaje sino voz en estado de pureza, transmisión directa del balbuceo. Qué literario suena todo esto, Fredi. Perdóneme esta retórica que oculta lo que en verdad me gustaría poder decir.
Ha pasado mucho tiempo, y quizá usted esté en otras cosas viviendo otra vida, ya realmente muy lejos de Julio Cortázar. Esta geografía inmensa que nos separa tiene un valor de símbolo, parece mostrar la otra geografía interior que también nos distancia. ¿Estuvimos realmente cerca alguna vez? Sí, por el cariño y por los gustos comunes; estuvimos juntos en una misma página de Pierre-Jean Jouve, en un mismo verso de César Vallejo. ¿Pero tendrán estos nombres algún sentido para quien quizá puede ahora prescindir de todo nombre?
en París, amigo. En mis largas andanzas con Sergio, usted era un nombre incesante en nuestro diálogo. También lo extraño en Buenos Aires, pero de algún modo me doy cuenta de que usted no perteneció nunca a esto, que estaba siempre de paso. Europa lo incluía a usted de una manera casi obsesiva. Me acuerdo de Firenze, de un domingo de tarde en que se me ocurrió ir a escuchar la Ofrenda musical que Scherchen dirigía en el Teatro Comunale. Cuando surgió el primer tema, cuando el aire fue Bach, usted ya estaba a mi lado, oyendo conmigo esa pura maravilla. Y por la noche, en el Lungarno, en el Ponte Vecchio, usted caminaba conmigo, y bebía de mi vino en una hermosa, sucia cantina del Borgo Sancto Spirito, a doscientos metros de los frescos del Masaccio.
Poco le puedo contar de mí, y en realidad hasta que no reciba algunas líneas suyas me estaré preguntando si esta carta no es más una molestia para usted que otra cosa. (El pasado debería quedarse quieto, pero no quiere, se mueve, crece y vuelve; yo también recibo cartas que quisiera no recibir, cartas escritas por muertos.) Lo sé sincero conmigo, y si las palabras del americano ya no tienen sentido para usted, dígamelo en dos líneas. Nada tiene el cariño que ver con esto. Una vez alguien se marchó por siempre de mi lado, y me dejo como despedida esta línea de Rilke: Il faut
laisser seuls ceux qu'on aime. Es un buen consejo; dígame si debo seguirlo; la
amistad se mantendrá del otro lado de las palabras, invariable.
De todos modos, aquí van noticias. Supongo que ya sabe el fracaso del viaje de Havas. No alcanzó a estar dos meses en las islas, y a fines de octubre llegaba nuevamente a B.A. No me parece justo abrir aquí hipótesis sobre lo sucedido; él me dijo que había tenido un desfallecimiento, una necesidad de volver junto a su familia, y que eso fue más fuerte que los inconvenientes materiales (que por otra parte eran muchos). Ya se imaginará usted que mi situación se presentó delicada y difícil. A los treinta y seis años, y en Buenos Aires, no es fácil salir a ganarse la vida de golpe. Con todo, Havas se apresuró a decirme que contaba conmigo, y me propuso inmediatamente constituir una sociedad. Acepté, y estamos trabajando juntos. Para mí la solución, aunque sin las ventajas del primer convenio en cuanto a dinero, me representa menos trabajo y una gran tranquilidad. Puedo dedicarme a mis cosas con bastante tiempo, escribo mucho, leo, y vivo en paz. Tengo nostalgia europea, incesantemente; si pudiera irme por siempre allá lo haría sin vacilar. Pero ya imagina usted que un argentino no halla fácilmente con qué subsistir en Francia, aunque estuviera dispuesto a hacerlo pobremente. (Y sin embargo estoy un poco obsesionado; me elijo europeo, y me siento un cobarde por no cumplir mi elección, «quiero decir: tal vez un día... porque ésa es la más repugnante de cobardías. Un día me iré, y eso será todo.)
¿Quiere noticias literarias, Fredi? ¿Realmente quiere noticias literarias? Mis últimos cuentos están en prueba de página; los edita Sudamericana, y saldrán en un par de meses. Durante el invierno escribí una novela, El Examen; no se podrá publicar por razones de tema pero me ha servido para escribir por fin como me gusta, en plena libertad. Yo le conté una vez algunas ideas que irían en esa novela, lo aquello del barrido de los tranvías con todos los pasajeros dentro. Ya está escrito, y me gusta bastante. Y ahora, para pasar el verano, he reunido el mucho material que había juntado en varios años sobre Keats, y estoy haciendo de eso un libro. No quiero que