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A Sergio Serg

In document Cortázar J. cartas (página 133-142)

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EROLANDIA, 7 de enero de 1945 Querido Oso redondo y gruñón:

Corriendo el riesgo de que me llame hipócrita, mentiroso y adulador, he de decirle que los extraño mucho a Gladys y a usted. Extraño el perfume de sus alcauciles, el ukelele de la Trovadora, la fonética del Bichito, las estampillas de Sergito, y el grato desorden de su taller y de su living. Es la primera vez en casi nueve años, que Buenos Aires no me ha envuelto en olvido y novedad. ¿Se inicia la vejez, la decadencia, el provincianismo? Me da muchísima rabia acordarme en esa forma desvergonzada de ustedes —y de Oonah y Felipe, a quienes también extraño muchísimo—. Quisiera no haberlos conocido, empiezan a resultarme antipáticos, aprovechadores; siento como si se tomaran atribuciones y prerrogativas a distancia; los detesto profundamente (en su actual forma de saudadescos fantasmas) y por eso mismo los extraño más; A usted lo odio en una forma particular; odio sus corbatas, su goulash,—su grabado del Cortejo, el lado derecho de su cara, su caminar de contramaestre holandés en retiro. Lo considero un individuo tentacular que no contento con fastidiarme noche y día en Mendoza (¡oh buena vecindad!) proyecta su imperialismo afectivo hasta la más linda las capitales de la Tierra. Así es, Sergio Sergi; los extraño mucho, y esta carta no tiene otro motivo que el de decírselo e insultarlo por ello.

Mi vida bonaerense dista mucho de ser lo que necesitaría un universitario surmenagé y en víspera de concursos. Aquí se vive con el corazón en la boca, suspendido del teléfono y la radio, quemando todas las reservas nerviosas en un solo viaje al centro, fabricando cachiporras caseras y disponiéndose a lo peor. No intentaré describirle lo que es esto, el clima de violencia subiendo por momentos (y en especial a partir de hoy) y la amenazante probabilidad de que todo arda en cualquier momento. Si tuviera más ganas le contaría algunas cosas preciadas en la última semana; pero hace calor y el relato no es agradable. Además no quiero interrumpir la idílica calma de su hogar, donde, aparte de los alaridos de Fernandito, el patinar de Sergio Júnior, la de-sa-fi-na-ción de Gladys y los ladridos del dog, reina una calma que usted merece saborear en paz. Hundamos pues en el silencio los anales del peronismo porteño y vayámonos a otra cosa.

No he visto aún a ninguno de nuestros amigos comunes. Resulta harto doloroso encontrar que los puntos habituales de reunión están ahora desiertos, y que la gente se ve obligada a cambiar sus hábitos y mantenerse a la defensiva. Ni siquiera las librerías son hoy agradables; aparte de la falta de libros (o su equivalente en precios astronómicos) se nota una falta de hombres, de interés y de esperanza Uno de estos días le averiguaré la cuestión de la marfilina; aún no he andado lo bastante libre para dedicarme a ello.

Tal vez ya sepa usted que la fecha de los concursos se ha corrido a marzo, y por lo tanto me quedaré algo más en B.A. ¿Necesitará la valija? Estoy muy preocupado

por eso. No tanto por el hecho de que usted pueda necesitarla, pues en realidad tal cosa me tiene enteramente sin cuidado, sino porque acabo de venderla a buen precio y me afecta pensar que usted podría pedírmela. También vendí eso otro que usted sabe, y con ese dinero iré a pasar una semana a Mar del Plata, donde según tengo entendido la gente se divierte una barbaridad este año ya que las autoridades han organizado un programa de "divertissements" en la playa a cargo de grandes artistas circenses. Hay un payaso que creo que se llama Cooke que causa creciente hilaridad; comprenda que yo no puedo perder esa emoción estética, y que la venta de sus objetos, ¡oh Plantígrado!, era necesaria y justificable.

My dear Gladys: me dirijo a usted personalmente, porque jamás he dudado acerca de quién abre y lee las cartas dirigidas al Oso. ¿Cómo están usted y sus runruneantes cachorros? Mi madre, que devoró afanosamente los dos volúmenes de las Narraciones Terroríficas que traje de Mendoza, opina que usted ha obrado el milagro de mejorar mis gustos literarios, y que por fin tendrá ella algo interesante que encontrar en mi biblioteca. Cada vez que me lo dice, mi silencio asume proporciones cavernarias y sobrenaturales. Ya no estoy en edad de que me ofendan impunemente, y planeo desde ya una venganza perfecta, que la alcanzará a usted y a ella simultáneamente. (Por ejemplo, regalarles una edición de lujo con las obras completas de Delly o de Hugo Wast, aunque ésto último ya es demasiado cruel.)

Bueno, bichos, me salgo del papel como los dibujitos de Mac-Manus. Seguid bien, arrulláos como es vuestro hábito, acordáos de raí que os quiero mucho. Cariños a los amigos y hasta bien pronto, con un gran abrazo que los envuelve a los cuatro, a Pelusa y a Petunia,

A Mercedes Arias

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ENDOZA, 21 de julio de 1945 My dear friend:

Mi madre, que tiene el loable hábito de decirme las cosas con UNa franqueza casi increíble, acaba de comunicarme por carta una charla telefónica en la que creyó entender por parte suya un no pequeño resentimiento contra mi cuyano silencio. La pobre, que tiene la impresión muy justificable de que yo no soy malo del todo, se ha quedado atónita ante la comprobación de mi poca urbanidad epistolar, y así me lo manifiesta a lo largo de unas veinticinco líneas escritas con letra mediana. No en vano somos una familia de maestros; no perdemos oportunidad de remitirnos (certificado con aviso de retorno) grandes homilías, consejos y reflexiones. Ya ve usted las consecuencias históricas que alcanza a veces una simple llamada telefónica. "Si la nariz de Cleopatra... etc." (Pascal —creo—.)

Yo he tomado humildemente nota de las consideraciones de Ma, en parte porque son muy justas, y en parte porque hace ya tiemple-stop grinning, please!—me sentía incómodo moralmente cada vez que su linda personita cruzaba por mi recuerdo. En realidad no me sería difícil organizar cinco páginas de sensatas explicaciones, pues que me sobran razones y excusas. Las reduciré a esta carilla y tal vez a una porción de la otra, según el grado de elocuencia en que me encuentre ésta noche en que le escribo.

Basta de broma. Mecha, le pido mil perdones por un silencio que en modo alguno se justifica. Ya verá usted más abajo las que estoy pasando (y presumo que Ma le habrá dicho algo) pero no pretendo esgrimir esos azares mendocinos como escudo que disimule mi falta. Ignoro cuándo le escribí por última vez, y cuándo me llegó su última; si era deudor o lo era usted. Entiendo que siempre soy yo deudor con directo a usted, y debí enviarle, aquí y allá, por lo menos algunos boletines noticieros.

No crea —porque me dolería mucho y la creería a usted equivocada —en aquella nuestra teoría (tantas veces comentada melancólicamente, ¿se acuerda?) de la amistad que se esfuma cuando no hay contacto directo y problemas compartidos. No la crea con respecto a mí porque sigo siendo invariablemente el amigo que la quiere y la recuerda. Hasta en mi mala conducta hay un poco de la confianza de quien se sabe perdonado de antemano y se aprovecha un poco de ello. Y peor de lo que ambos creemos.

por su cuenta; ¿será un contagio surrealista?

Pero dejémoslo) sigue siendo la camarada que me salvó del tedio de Bolívar en aquellos dos años ya tan lejanos. Y creo que en lo que es más sinceramente mío, sólo tuve allí su comprensión. Otros (muy pocos) me estimaron por A o por B. Usted caló más hondo, y hasta creo que debió tenerme un poco de lástima a veces. De cosas así yo no he aprendido aún a olvidarme.

Well, this letter looks rather gloomy, doesn't it?96 Es un poco el contagio de estos dos últimos meses, en que me he cocinado en un infiernito cuyano, muy mono él y del que no sé cuándo o cómo voy a salir. Sigue el boletín:

a) Después de haber abandonado Chivilcoy bajo vehementes sospechas de comunismo, anarquismo y trotskismo, he tenido el honor de que en Mendoza me califiquen de fascista, nazi, sepichista, rosista y falangista. Ambas cosas (las de Chivilcoy y de Mendoza) con tanto fundamento como podría ser la de llamarme sauce llorón, consola Chippendale o Wee Willie Winkie.

b) He tenido violentos entredichos con los dirigentes de la política universitaria cuyana, de lo cual la ilustrará el recorte que le envío para su regocijo. El destinatario era candidato a Rector de la Universidad. Por suerte conseguimos freírlo en su propia salsa (demócrata nacional) bien que el actual Rector no nos haya resultado nada providencial.

c) Raíces del problema: yo fui designado en los nefastos días del ilustre Baldrich. Esas coincidencias (pues en mi caso lo fue) parecen habitualmente otra cosa: incondicionalidad, sectarismo, etc. De ahí las acusaciones y de ahí algunas frases que leerá usted en el recorte y que creo le aclararán el problema. (By the way, el caballero a quien allí se le dice politiquero y mentiroso, como verá en esa carta, se limitó a responder modosamente que él reconocía mi capacidad docente [¿ve que no es tan mal muchacho?] pero que le seguía llamando la atención que yo hubiese sido nombrado "chez" Baldrich. Por lo cual no hubo duelo, lo que hubiese sido una experiencia muy divertida y con gran ventaja para mí, pues mi contendiente es ancho y macizo, y ofrece diversas cuanto variadas superficies para un trocito de plomo; mientras que yo, con plantarme bien de perfil...)

Escribo un poco en broma porque me he empeñado en olvidar toda esa baja y sucia política de provincia. No crea sin embargo que he salido indemne de la pelea. Me siento distinto, mundano, relajado. Por las noches (en las semanas críticas) volvía a mi casa y miraba mis libros como pidiéndoles perdón por el abandono en que los tenía. He sabido lo que es pasar veinticuatro horas en continuo cabildeo, barajando argucias, destruyendo ataques, redactando solicitadas, organizando manifestaciones periodísticas y devolviendo cuanto proyectil honorable tenía a mano. ¿Puede uno lavarse de algo semejante? No sé, viera usted cómo corta el jabón el agua de Mendoza...

De todos modos —y sé que esto la alegrará como me alegra a mí—hay algo que salió más claro y acendrado que nunca de este jaleo: el concepto de los estudiantes de mi Facultad hacia su profesor de variadas literaturas. Mientras mis contendientes enfrentan ahora una sorda hostilidad del alumnado, yo dicto mis clases en un ambiente amistoso y comprensivo. ¿No es el balance mejor para quien ha corneado la bella tontería de ser maestro en la vida? A mí me basta.

Resumiendo: se dice que a fin de este año se llamará a concurso para proveer las cátedras. No sé lo que pasará. Evidentemente la situación de la universidad está controlada por nuestro grupo antagonista, elegantemente disfrazado de "demócrata" (¡viera usted la {Jústoria de cada uno de ellos!). Si los concursos son "dirigidos", como es de temer... mis chances son la nada en persona. Volver entonces a Chivilcoy... ¡Brr...!

Basta de egotismo. ¿Cómo está usted? Quiero —o mejor, ruego —una carta con LUJO DE DETALLES. Hace tanto que no sé nada de usted que todo lo que me cuente serán novedades. He leído en los diarios que los secundarios se quedaron sin vacaciones de invierno. Aquí pasó lo mismo, pero por distintas razones. Después de casi un mes de huelga estudiantil, las clases se reanudaron justamente en los días patrios, y hubiera sido absurdo que los alumnos volviesen a faltar (ya que en Cuyo las vacaciones se deciden por voluntad estudiantil). Yo espero, sin embargo, conseguir una semana de licencia en agosto y escalarme a Buenos Aires. Creo que estaré por allí hacia el 15, y me volveré el 23 o 24, tal vez algo más tarde.

¿Cómo está Bolívar? (Pregunta ociosa, ¿verdad?) Ni siquiera tengo noticias de allá por Cancio, que solía ser un corresponsal regular, pero al que el matrimonio parece haber pervertido profundamente en ese sentido. Además, tenemos tan pocos temas en común... Las cartas se han ido espaciando, y luego... You know the rest.97

Mi famosa novela está concluida, but I keep it in ice,98 a la espera de una revisión y reconsideración. Creo que la publicaré, y tal vez me decida este año a publicar los cuentos99 aquí en Mendoza donde hay par de imprentas buenas. Esos cuentos me pesan demasiado sobre los hombros y quiero lanzarlos antes de convencerme del todo de que son malos. Que se convenzan los demás: es más cómodo para mí. Mis cátedras me llevan todo el día y buena parte de la noche.

En Literatura Inglesa me ocuparé, hacia fin de año, de Lawrence, Virginia Woolf (cuyo conocimiento le debo a usted) y Huxley. Terminé anoche un ciclo Byron del que estoy satisfecho; creo haber mostrado los valores del poeta... y las deficiencias.

Traduzco para la editorial Nova un libro de Walter De la Mare. Memoirs of a

Midget. Es divertido pero pasadas las 200 páginas uno se harta. Espero terminarlo

para agosto, y entonces respiraré; ha sido una pesada carga, que sumada a todas las demás... Pero usted creerá que me estoy excusando de nuevo.

Consultas: ¿cómo entiende usted —hablando de fenómenos de circo—"the Spottled Boy"? ¿Qué es un"'Paisley shawl"? ¿Qué es un "volé": un cuis?

Mecha, esperaré contrito y esperanzado una carta suya. ¿Vendrá, no es cierto?

Su siempre amigo, Julio

A Lucienne C. de Duprat

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ENDOZA, 16 de diciembre de 1945

Iniciar una carta para usted es como comprender repentinamente que se está al fin de un largo viaje y sentir la dulzura de volver a los antiguos hábitos, a los afectos de siempre. Se viaja de muchas maneras, y aunque sea un poco pedante hacer citas literarias, me acuerdo ahora de que Xavier de Maistre no necesitó apartarse de su habitación para cumplir un largo itinerario y darnos uno de los libros más encantadores de la literatura francesa. Yo vuelvo ahora de un viaje que empezó en el mes de septiembre, en esta misma Mendoza, y que me ha dejado muchas experiencias, no pocas amarguras y un poco más de vejez en el alma. Durante todo ese tiempo —que trataré de resumirle dentro de un instante —viví al margen de amigos y de toda correspondencia: apenas si algunas líneas a casa pudieron llevarles noticias de mi situación y mis problemas. Todo esto ha pasado ya, vivo tranquilamente y me dispongo a viajar a Buenos Aires para pasar el Año Nuevo con los míos (ya que desgraciadamente deberé quedarme en Mendoza para Navidad). Pero recién ahora comienzo a contestar tantas cartas atrasadas, y a pedir perdón a los amigos que tal vez —piensen usted —me lo acordarán.

En verdad, este ha sido un año cruel y amargo para mí. No me ha ocurrido nada grave en cuanto a mi situación personal o universitaria; pero desde junio, en que conocí todas las miserias de la baja política provinciana, hasta octubre, en que junto con un grupo de alumnos y colegas convivimos el drama de las universidades, he pasado por las más extraordinarias experiencias, suficientes para crearme una espeje de nueva vida provisoria, artificial, dentro de la cual no tenían cabida mis recuerdos. Yo —que tan románticamente vivo casi enteramente de recuerdos, mucho más vuelto al pasado que al porvenir —tuve que someterme a la amarga ley del presente; vivir "al día", solamente en el instante, listo a atacar y a defenderme. No crea usted que se vuelve limpio de un viaje semejante; tendré que ir quitando poco a poco las telarañas que me envuelven; y escribirle hoy a usted y a Marcelle, sentir —de nuevo cerca mío como siempre, es el primer paso hacia mi verdadero ser, oculto y manchado por seis meses de tristes tareas.

Ya sé que estoy exagerando; es un viejo defecto mío, que usted conoce demasiado bien. ¿Pero es culpa mía si las cosas me hieren con más fuerza que a otros? En Mendoza he visto hombres que se insultaron en los diarios —en los días de la contienda electoral universitaria —que una semana más tarde se encontraban en la sala de profesores y se saludaban con una frescura asombrosa. He visto traiciones cumplidas a menos de veinticuatro horas de un juramento: podría citarle hechos concretos, si no valiera más olvidarlos. A mí me tocó de todo —al principio, por haber defendido lo que creí justo y de mayor calidad universitaria, me llamaron "nazi" (¡a mí, nazi!) y merecí artículos especiales en los pasquines mendocinos, donde se me decía "instrumento electoral", "agente de propaganda", "nacionalista",

"fascista", y se concluía afirmando que no tenía título habilitante. Me vi precisado a enviar una violenta carta abierta a un caballero de aquí, a figurar en sesiones del Consejo Directivo de la Facultad... que preferiría no recordar. En fin, un pequeño infierno, sin la grandeza del que imaginó Dante; infierno a medias y por eso doblemente cruel y mezquino.

Pasada esa etapa, vino la siguiente: el problema nacional. No seré muy explícito por carta, porque el Correo se ha ensañado particularmente con mi correspondencia y la verdad es que parece altamente interesado por conocer mis opiniones. Pero usted que me conoce, puede figurarse cuál es mi posición en estos tiempos que vivimos. Cuando llegó octubre, fui de los que se encerraron en la Universidad a semejanza de lo que hacían todos los institutos del país. Con cincuenta alumnos y cinco colegas, vivimos cinco días completamente sitiados, recibiendo las consabidas bombas de gases, amenazas, etc. Por fin nos allanaron, estuvimos presos, y una simple circunstancia afortunada —el brusco vuelco del 11 de octubre —hizo que la cosa no pasara a mayores. Este simple resumen, que alguna vez le ampliaré con anécdotas bastante divertidas, le mostrará la clase de existencia que nos toca a los universitarios argentinos. Desde entonces hasta hoy hemos continuado luchando por el ideal que defendemos. Yo vivo ahora algo más tranquilo, pero no en la medida que necesitaría. Para colmo, en febrero se efectuarán los concursos correspondientes a las cátedras de literatura, y debo estudiar furiosamente todo el verano para llenar lagunas, completar temas, en fin, estar listo para esa peligrosa e incierta prueba.

¿Para qué más? Pienso que usted me habrá creído ingrato, olvidadizo, cambiado. Hay un poco de todo eso, pues en mí hay malísimas tendencias y la ingratitud suele figurar entre ellas; pero usted puede tener la seguridad de que no las he olvidado nunca, y que muchas veces sentí el deseo de sentarme a escribirle. Una y otra vez lo aplacé; me sentía inquieto, incapaz de retornar a esa grata costumbre de hablar con usted; prefería esperar, y he esperado hasta hoy en que me es grato —y casi necesario —enviarle esta carta y pedirle perdón.

¿Cómo están ustedes? ¿Pasarán las vacaciones en Florida? Me gustaría tanto verlas este verano, pero no solamente un rato como en febrero último, sino más tiempo y —¿se lo confieso?—, más a solas, más 0tros tres, para charlar mucho sin temor de fatigar a quienes nos escuchan. En fin, ojalá pueda yo encontrarlas en Buenos Aires, donde estaré todo el mes de enero, antes de volverme aquí para los concursos. En agosto estuve allá por última vez... ¡Imagínese los deseos que tengo de volver a casa!

Mis cursos fueron bastante aceptables, si se tiene en cuenta lo apretado del año; por dos veces se interrumpieron las clases; todo el mes de junio, y a partir del 30 de

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