B
UENOS Aires, diciembre de 1942 Chére amie:Está escrito que todas mis cartas han de comenzar con una especie de "compte rendu" que me sirva de excusa por mis injustificables silencios. Esta vez, sin embargo, la reseña que debo hacerle es singularmente triste; tanto, que siento el deseo de evitarla. Y, sin embargo, usted merece más que nadie que me confíe y le cuente aquellas cosas que marcan con piedra negra algunos momentos de mi existencia. Usted, sí, porque posee una infinita capacidad de comprensión —tantas veces notada por mí, y siempre agradecida—; usted, porque la edad la coloca en una actitud más serena, más alejada de la reacción bulliciosa y el comentario irreflexivo, y le permite decirme cosas hondas —pienso en su última carta—, en las cuales el afecto no oculta la severidad de juicio. Quizá todo esto sea inútilmente dicho, ya que bien conoce usted mi estima y mi cariño; pero siento una obligación moral de reconocerlo explícitamente, de decirle que encuentro en usted un espíritu cuyas resonancias acaso nunca había hallado en mi vida, y en este país tan poco espiritual.
El tema de la muerte vuelve una vez más. Pero esta vez no se trató de mí en forma directa, sino la que hoy segó una vida para mí muy cara. ¿Ha reparado usted cómo pierdo rápidamente a mis amigos? En dos años he visto apagarse tres miradas que me llenaban de contento; primero fue un camarada del cual le hablé en alguna carta de 1941; a principios de este año perdí a mi cuñado, a quien quería fraternalmente. Ahora —y pocos días después de llegada a mí su última carta de usted —hubo de ser otro amigo del cual no sé si alguna vez le dije algo. Era un compañero de estudios que, terminados esos años del magisterio y del profesorado, siguió conmigo los caminos amistosos de la lectura, del estudio, de los viajes. Se llamaba Francisco Claudio Reta; fue el camarada con quien viajé por todo el país hace dos años, ¿recuerda? Tenía una misteriosa capacidad para ser amigo, capacidad constituida por pequeños detalles, por finezas que pocas veces se hallan en la juventud. Y era un muchacho enfermo, con una afección renal surgida en la infancia, que lo minaba lentamente. No sé si la idea de su próximo fin —por cierto más fundada que mi idea, de la que volveré a hablarle más adelante —lo hacía más hondo, más vuelto a sí mismo y, por lo tanto, más capaz de silencio y de comprensión. Eso: la capacidad de silencio, ¡qué virtud maravillosa! ¿Ha reparado usted cómo son charlatanes los argentinos? Nos dicen un pueblo triste; si es así, ¿por qué se habla tanto? ¿Por qué se parlotea tanto desde las tribunas, los libros, las cátedras, los paseos, los teatros? Este amigo sabía callar, y yo también lo sé; por eso nos ocurría a veces pasar días de viaje sin cambiar más que las frases imprescindibles. Nos entrábamos tanto en el paisaje, en el color, en la experiencia toda del viaje, que las palabras se nos antojaban blasfemias, incongruencias que podían manchar tanta belleza ofrecida a cielo abierto. En fin, entre ambos había nacido un lenguaje sin palabra, que nos permitía entendernos de la manera más simple y más pura. Y luego,
diez años de frecuentación constante, ¡cómo acercan a dos seres humanos! El distribuía sus cariños entre una novia, otros camaradas, su familia; a veces estuvimos meses sin vernos (cuando yo vivía en Bolívar); y sin embargo era suficiente encontrarnos para comprender que esa amistad nuestra estaba invenciblemente por encima de toda contingencia. Yo me sentía seguro de un afecto invariable; y sé que él tenía pruebas de sobra para pensar lo mismo. Así llegamos a este año, en que hube de regresar precipitadamente de Tucumán y empezar aquí una sorda vida de trabajo a disgusto y dolor por la pena de mi pobre hermana, pena que yo compartía intensamente. En marzo, mi amigo se enfermó gravemente; yo estaba a su lado en esos días, junto con otros compañeros; lo internamos en un hospital, donde se luchó por todos los medios para que reaccionara. Hubo una gran mejoría, acentuada en julio y agosto, y pensé que acaso el mal no fuera irremediable. Pero entonces, como llevado por un afán de autodestrucción —que yo había reparado muchas veces en él, con no poca amargura— nuestro amigo quiso volverse a Tucumán, donde reside un hermano, y pasar allá el fin de su licencia. Sabíamos que sólo daño podía traerle un viaje así, e hicimos cuanto fue posible para disuadirlo. Se fue, sin embargo. Y regresó en octubre, justamente en esos días en que usted me escribió su carta. Yo acababa de leerla, en Chivilcoy, cuando una comunicación telefónica me informó del arribo y de la gravedad de Reta. Usted, que me conoce un poco, no se sorprenderá de mi conducta; abandoné las clases —sin remordimiento, porque llevaba adelantados los programas— y vine a Buenos Aires. Mi amigo no tenía parientes aquí, y sólo contaba con sus amigos. Estuvimos con él desde el 23 hasta fin de mes; yo pasaba las noches a su lado, y otros amigos se turnaban durante el día. Buscamos clínicos, agotamos recursos... ¿Para qué, si la muerte había entrado con nosotros en esa casa? Una horrible batalla de una semana; una agonía en una noche de luna llena, irrisoria y burlona. Murió rodeado por todos sus mejores amigos, lúcido hasta el fin, plenamente seguro de lo que iba a suceder. Desdichadamente, ¡a él le Ocurría lo que a mí!: ignoraba la fe. Esa noche comprendí lo que es morir sin el auxilio de una religión. Morirse físicamente, biológicamente; dejar de respirar, de ver, de oír. Y comprendí otra cosa —que ya conocía intelectualmente a través de los poemas de Rilke—: la soledad inenarrable de toda muerte. Estar junto a un ser humano, tocándolo ayudándolo; y tener que admitir, sin embargo, que inmensos abismos separan a uno de otro; que la muerte es una, solamente personal, indivisible, incompartible. Que se está solo, absolutamente solo y desgajado en ese instante; que ya no hay comunión posible entre seres que momentos antes eran como ramas de un mismo árbol.
En fin, cuando todo hubo terminado, regresé a Chivilcoy para la última etapa de clases. Las desempeñé como un autómata, y sin embargo era lo único que me distraía de tanto alucinante pensamiento. Muchas veces, en esos días, pensé en escribirle; pero me sentí incapaz de todo esfuerzo. Fui aplazando el momento hasta llegar a las vacaciones; y hoy le envío estas páginas con una calma que entonces me habría sido imposible conservar. Es curioso, sin embargo; ahora estoy más apenado que en las primeras semanas. No sé si el agotamiento físico me vencía, después de extenuantes noches en vela, luchando por aliviar sufrimientos, fingiendo una alegría y un optimismo que se derrumbaban —como se cae un antifaz del rostro —apenas abandonaba esa habitación; quizá el esfuerzo fue demasiado, y me produjo un estado
de falsa indiferencia, de resignación que a mí mismo me causaba asombro. Después, como una marea que retorna imperceptiblemente, las manos de la angustia han vuelto a mi garganta. Ahora siento verdaderamente ese vacío, esa ausencia. Estoy en vísperas de un viaje: el 10 de enero me voy a Chile por mar. Ese viaje, solo, después de tantos viajes al lado del camarada perdido, me da la justa noción de lo que me falta.
Nada me salva de meditaciones sordas y torturantes; ni el cansancio, ni los conflictos más o menos sentimentales, ni los libros, ni la música. Apenas si la Poesía... y eso por instantes, que harto le agradezco.
Todo esto pasará. Lo monstruoso de la vida es precisamente que todo, aún lo más válido, pasa. Usted puede pensar: es mejor así. Ciertamente, desde un punto de vista pragmático, defensivo. Pero no es eso lo que un corazón inconfesadamente desea. Yo llevo a mis muertos —¡son ya muchos!—conmigo; y a veces, empero, me sorprendo en momentos de culpable olvido. Culpable, sí, porque es gracias al recuerdo que los idos se perpetúan en el tiempo. Pero la vida exige sus derechos... y acaso sea necesario, y mejor.
Yo sé bien que estas frases mías no han de llegar a usted con su contenido intacto. Mi pensamiento es irreligioso, bien lo sabe usted, y yo soy el primero en deplorarlo. La muerte, desde mi punto de vista, asume una importancia que no tiene para un espíritu tocado de gracia. Lo que para usted es un tránsito —y una liberación —es para mí final, un aniquilamiento. ¿Y cómo no ser rebelde ante un final que llega cuando apenas empieza la vida? Frustración, fracaso, injusticia; vea usted los conceptos que se me ocurren.
Y vuelvo a lo que sugerí antes; siempre he creído que uno puede subsistir —en esencia, en idea —cuando se deja una obra o se vive en el recuerdo de aquellos a quienes se quiso mucho. Por eso soy celoso en el culto a mis muertos; me siento depositario de lo poco —o de lo mucho —que de ellos queda. Ahora que lo pienso, recuerdo haber escrito unos versos que le dirán esto mucho mejor que mi mala prosa. El poeta habla a la muerte y le cierra el paso: no crea ella que se lleva todo al matar. Lo más puro, lo más bello, permanece en los corazones de aquellos que subsisten.
No te lo llevas todo cuando ciñes la voz al abandono del que yace; en tu seguro paso se interpone algo que sobrevive y te derrota. Detenida en los lindes de la nada
—esta mano en la sombra, calcinándote— no te lo llevas todo. Entre los brazos ves deshojarse el aire de tu reino.
Búscame en vano el pecho que mantiene la flor arrebatada a tu codicia
—imagen viva, solamente mía—. Nada es tuyo en la esfera clausurada;
aquí el clavel, desnudo de cenizas, con la fragancia del ayer persiste.
Es ya tiempo de dejar este tema, que sin duda la habrá entristecido. Quiero hablarle de su carta, su extensa y fina carta, que he leído muchas veces para comprenderla mejor. Pienso que acaso tenga usted razón al hacerme notar que la juventud cree haber vivido mucho sin que, en realidad, la existencia le haya deparado sus más rudas experiencias. Quizá yo sea vanidoso. Pienso, con todo, que un hombre depende menos de aquellas circunstancias que graviten sobre él de era hacia adentro (episodios, sucesos, desdichas y venturas) que de otras, infinitamente más grávidas, que tienen su principio y su fin en propia intimidad. Entre una conversión religiosa producida por el espectáculo de un milagro, y aquella otra producida por un lento fermento interior, ¿no cree usted que esta última es mucho más válida, digna? ¿Por qué han de ser los sucesos exteriores aquellos que conduzcan al hombre hacia la sabiduría y la madurez? Pienso en Pascal —a quien cita usted—; pienso en ese espíritu admirable, que arrancó de sí mismo, por sí mismo, todo lo que había de constituir su perfección moral y religiosa. Y, si acepta usted eso conmigo, convendrá también en que los términos "juventud" y "vejez", aplicados cronológicamente, carecen en sí mismos de sentido. Creo en una juventud del alma y en una madurez del alma. La edad física puede ser una ventaja o una desventaja; el hombre maduro tiene mayor suma de experiencia que el joven: pero esto, si hay en él una centella de perfección (o de perfectibilidad), no precisa necesariamente escalar el tiempo y cosechar, uno a uno, sus frutos y sus yermos. Y tampoco creo en la acumulación de dolores; pienso que un gran dolor —sobre todo el primer gran dolor —vale por todos los que puedan venir después; como creo que el primer gran amor es el molde donde se vacían, más tarde, otros cariños escalonados en el tiempo.
Le agradezco profundamente sus palabras acerca de usted misma y de Marcelle. Comprendo sus inquietudes con respecto al porvenir; en verdad que viviendo en Bolívar, ustedes no han de tener muchas amistades. ¡Hay tan poca hondura en esas almas entregadas a lo cotidiano como si lo cotidiano fuese lo esencial y lo único necesario! Marcela y usted distan de esos seres por muchas razones; no solamente por motivos de cultura, sino por razones espirituales de raza, por ideales que, bebidos en las fuentes admirables de Europa, de Francia, hallan en ustedes dos fieles depositarías; y también por la calidad interior —puntilla finísima —de sus vidas. Lamento tanto no vivan ustedes en Buenos Aires, ciudad que, junto a sus gruesos defectos de metrópoli cosmopolita, destaca las aristas nobles de los grupos consagrados al arte, al pensamiento desinteresado. Cuando pienso que podríamos vernos seguido...
En el momento de recibir su carta —en octubre —confiaba yo poder ver su cuadro en los salones del Banco Municipal, tal como usted me lo anunciaba. El relato que ya le hice de cómo viví esos diez últimos días del mes me excusa de justificar mi ausencia de la exposición. No sabe cuánto me alegra saber que uno de sus cuadros fue adquirido en La Plata. Y más aún la idea de que insistirá en pintar la montaña; creo que, dentro del género paisaje, es el tema por excelencia; acaso precisamente porque pocos pintores han sabido "rendre" la montaña en lo que tiene de evasiva, de
cambiante. Usted, que pinta esquemáticamente —entiendo por eso que evita la "fotografía" minuciosa y apoya su obra en los elementos verdaderamente significativos del tema —verá en la montaña aquello que está más allá de la forma y la piedra y los matices. Vaya usted a Córdoba, que le brindará, además de la presencia de su hijo y de Lucita Inés (esto lo sé por Marcela), descanso y motivos pictóricos; creo que este año la sierra y usted se encontrarán plenamente en el concierto de una tela. Siempre he pensado que el hombre recién alcanza a vivir plenamente un paisaje cuando vuelca sobre él su capacidad creadora. Usted, que la posee plásticamente, se adueñará sin dificultad de la belleza serrana.
Me alegró saber que el poemita a usted dedicado le agradó, así como la Balada. En cuanto al "San Sebastián", Marcela y usted declaran firmemente no comprenderlo. Y yo, ¡hélas!, no puedo explicarlo.
He trabajado un poco en estos últimos tiempos; hay algunas cosas mías que no me disgustan del todo; con todo, estoy lejos de lanzarme a la publicación de otro libro, ya que los problemas derivados de la guerra se extienden a las artes gráficas y de manera especial a las ediciones en buen papel y tiraje restringido como debe ser un tomo de poemas. Sus palabras de aliento me proporcionan una gran alegría, porque bien sé hasta qué punto están dictadas por la amistad, y al margen de todo compromiso de urbanidad. No crea que desdeño afrontar el juicio de mis contemporáneos; creo que ese juicio es necesario en todos los casos, parezca o no justo. Antes bien, espero que 1943 me ofrezca la oportunidad de provocarlo mediante algún volumen. Entretanto... las páginas se acumulan, y bien sé yo cuántas alfombran mis anaqueles.
A modo de despedida, copiaré para usted unos versos simplísimos, que sólo tienen para mí el valor de haber sido recibidos por aquella que los motivó. Se habla en ellos de la más hermosa plaza de Chivilcoy, de un mediodía y de una cita.
Plaza España —Contigo
El sol de octubre besa los mosaicos dormidos; en matinales nidos la mañana está presa Pero mira la plaza llenarse de colores:
abre el sol por las flores la estremecida caza. Canta la primavera con cada flor que asoma prometido el aroma de su amor y su espera. (¿Sabes por qué la rosa perfuma su contorno? Porque aguarda el retorno de alguna mariposa.) En la piscina fría y en la fuente sonora
es más clara la hora tibia del mediodía. Canta el agua y olvida su fatiga de viajes Los peces son celajes que demoran su huida La vida es esperar y esperar es la muerte; santa, la flor que vierte su pena en perfumar. Y entonces tu figura viene a mí,
iluminada como la pincelada final de una pintura. Y es ya perfecto el día si estás en su mañana,
jubilosa campana que tañe en mi Poesía.
Para usted y Marcela —a quien escribiré pronto —mi deseo de que pasen muy felices fiestas. Feliz Navidad y Año Nuevo, hasta pronto, y reciba usted el invariable afecto de su amigo
Julio Cortázar
A Lucienne y Marcelle Duprat
V
IÑA del Mar, 27 de enero de 1943 Mis queridas amigas:No he olvidado mi promesa de escribirles durante mi viaje, aunque en verdad los días se han pasado en una sucesión tan variada de experiencias y de acontecimientos, que terminé por perder un poco la noción del tiempo. Ahora, justamente cuando me dispongo a retornar, comprendo que hace 23 días que salí de Buenos Aires, y que debo dar pruebas de mis recuerdos a los buenos amigos.
He viajado mucho. En síntesis, mi itinerario fue el siguiente: a Mendoza en tren, dos días ahí y luego el cruce de los Andes en automóvil (viaje tan maravilloso que no puede ser relatado, al menos por mí). En Santiago de Chile permanecí 6 días, y luego bajé al sur, atravesando el hermoso valle araucano. Conocí los lagos: el Llanquihue, enorme y tranquilo, con sus aguas de azul cobalto y sus cerros arbolados; el Todos los Santos, prodigiosamente verde, con un verde que jamás había creído yo posible. Allí descansé unos días, visité luego Osorno y Valdivia, y retorné a Santiago para pasar luego a Valparaíso f Viña. Valparaíso es una espléndida ciudad pacífica. Verla de noche —desde lo alto de un cerro —con todas sus luces rodeando la bahía, es un espectáculo inolvidable.
En Viña me disfracé de turista, para no desentonar. Hice, pues, cosas de turistas: bañarme en Concón, pasear en bicicleta, y perder dinero en el Casino (¡oh, ruleta, ruleta nefasta!). Eso sí, agregué algo muy personal: fui a ver todas las funciones del Original Ballet Russe del coronel de Basil que, para suerte mía, estaba justamente ofreciendo funciones en Viña.
Esta noche zarpa el Arica, llevándome —mejor, trayéndome —a Buenos Aires. Calculo estar allí el 17 o el 18 de febrero y si los señores del Eje no disponen otra cosa ya que mi barquito es de bandera chilena, más de 20 días de mar, y el Atlántico; un lindo viaje ¿no es cierto?
Espero que estas líneas las encuentre muy bien. Será hasta pronto, entonces, con mis mejores deseos para ambas y un cordial saludo de
A Mercedes Arias
B
UENOS Aires, febrero de 1943 My dear friend:I am very glad knowing that your holiday makes you happy. (Your postcard exultes happiness.) But... why spoil that "heavenly" place with my bitter, chilly and unpleasant poems? I though, at first, that is was better if I refuse send them to you; but, after deep meditation... you see, there they go! I hope my poor verses won't cover your blue skyes with another kind of "blues".76
Me alegro de que le guste Córdoba, y le agradezco su pedido. Le envío copias