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HIVILCOY, 10 de abril de 1940 Mis siempre recordadas amigas:No sé cómo empezar esta carta, a menos de hacerlo con el consabido: "Perdón por haber tardado tanto"; y, dicho sea de paso y a la manera de Lope de Vega... la carta está ya empezada. No me excusaré ante ustedes; soy un haragán, el verano me aletarga, me olvido hasta de los buenos modales. Pero mi arrepentimiento se ha hecho tan intenso desde que la soledad de Chivilcoy avivó la imagen de ustedes en mi recuerdo (esto suena tonto, pero es así) que no quiero dejarle al tiempo un solo pedazo más de vida sin llenarlo con mi carta. Las supongo de regreso de Córdoba; tuve el gusto de recibir la participación del acontecimiento que tanto significa para ustedes. No he tenido el gusto de conocer al flamante esposo, pero como sé que su dicha es la dicha de ustedes dos, la comparto yo también y les deseo toda clase de venturas en su nueva vida.
Fuera de la participación, una carta de Marcelle, fechada en enero, es lo último que recibí. Pero tenía noticias aisladas, por Mercedes y Cancio (y últimamente por Cabrera). Supe que estuvieron en Buenos Aires. Yo no me moví de aquí, a pesar de sentir unos desesperados deseos de irme a Méjico. (Eso me ocurre todos los años, y, naturalmente, se queda en deseos...) Nada me ha ocurrido que merezca un comentario especial. No me dieron el premio de poesía. No escribí nada digno de mención. Mil novecientos cuarenta entró en mi corazón con la misma lisa continuidad de esta vida casi inútil.
Chivilcoy es un pueblo como todos. Si alberga espíritus afines, eso no lo sé aún, y con la vida minuciosamente solitaria que llevo, estoy en camino de no saberlo nunca. Pero —y he aquí la admirable compensación —Buenos Aires me estira la mano, a dos horas y media de tren... Viajo todos los sábados, y regreso los lunes por la noche. Resignado y con fuerzas para resistir mis dieciocho horas semanales y el clima horizontal de esta ciudad...
Marcela, ¿sigue usted recortando las revistas encuadernadas, para indignación de su mamá? ¿Completó su colección de primitivos? Me dice usted que teje tricotas "pour les poilus". Las veo a las dos trabajando, y pensando en la guerra; comprendo que tiene que alcanzarlas dolorosamente. Yo también la siento como una herida, y me siento más que nunca cerca del espíritu de Francia, que tanto significa en esta hora amarga. Los acontecimientos de esta semana se precipitan como una pesadilla inconcebible. Y sin embargo... se diría que nadie toma ya en serio la guerra. La distancia y la aparente falta de conexiones entre la Argentina y los pueblos beligerantes, crean una atmósfera de absurda ignorancia. ¿Será mejor así? Yo no puedo resignarme a creerlo, vivo la guerra con cada fibra. Y pienso en ustedes, trabajando para los soldados, como esas figuras de costureras que pintaban los flamencos, con un rayo de luz tibia entrando por un ventanal, mojando dulcemente esas caras redondas, inocentes.
Hablemos de pintura. Lo otro... lo otro está más allá o más acá de las palabras; es fatalidad de la historia... ¿Han leído ustedes la introduction a la peinture hollandaise, de Paul Claudel? Es un librito delicioso, verdadero paseo por un aire de tulipanes y lejanos molinos, con las sombras augustas de Hals, de Rembrandt, de los Van Eyck... Madame Duprat, ¿ha pintado usted nuevos paisajes? El que me regaló llena de contento una habitación de mi casa; sé que ya se lo he dicho, pero el repetirlo me causa un particular placer.
¡Los libros! No sé cuántos he leído; sé que fueron muchos, pero se me ocurre que no me han dado todo lo que esperaba de ellos. Día a día comprendo que no se debe supervalorar la cultura, como es corriente —y en una gran medida necesario — en nuestro tiempo. ¿Tendrá razón el alemán Klages, será el progreso una negación del hombre? Difícil resulta creerlo; pero, sin llegar a afirmaciones tan extremas, ¿no piensan ustedes que, en cierta medida, hemos llegado a creer con Ma —llarrné que todo termina en un libro? Cuando, en realidad, yo preferiría insinuar que es allí donde todo empieza...
(Tengo la horrible duda de que estas cartas sean tediosas; ¿serán ustedes sinceras y me lo harán saber, si así fuera? Mis problemas de .todo orden se acumulan en todo mensaje que yo envíe a un amigo; y muchas veces temo que tal acumulación carezca del más mínimo interés...)
Es que, en el fondo, ¡estamos tan solos! Rilke —un grande y admirable poeta, Marcela, a pesar de haber nacido en Praga y pertenecer al ciclo germano —lo vio con desoladora profundidad, en un libro que ustedes leerán alguna vez con emoción y que se llama Los cuadernos de Malte Laurids Brigge. (Hay alguna traducción francesa de Maurice Betz. ¿Les gustaría tenerla? Díganmelo.) Rilke, como todo poeta, midió el abismo de soledad que disfrazamos con el nombre de corazón humano. Él se dio cuenta de que si los hombres no tuvieran a mano de Dios que los sostiene, caerían como un plomo dentro de sí mismos... Y llegó, en sus últimos años a considerar como una dignidad del ser esa soledad absoluta de la condición humana. En los Cahiers había dicho: "Cada uno lleva su muerte en sí mismo, como el fruto su semilla". Y luego: "Cada uno debe morir su muerte". Él murió la suya, torturado por el dolor físico, pero negándose a que lo mecieran con calmantes, porque eso no hubiera sido su muerte...
Estamos solos: somos islas. Pero nos desesperamos por tender puentes, y todas nuestras actitudes —lo religioso, lo social, el amor, la amistad —no son otra cosa que esos puentes. Los poemas, los cuadros, ¿no son acaso sordos y a veces inconfesados anhelos de perduración y de inmortalidad? No nos resignamos a nada; y en eso está nuestra grandeza, que es nuestra miseria... Et assez!
No les envío poemas —a pesar de la promesa —porque no he traído mis cuadernos a Chivilcoy. Será en la próxima, entonces.
No saben ustedes lo que me alegrará recibir una respuesta a esta carta. Toda vez que ustedes me han escrito, he tenido una gran alegría. ¿Les contó Mercedes que estuve en su casa —una casa tibia y acogedora como la de ustedes —y que las recordamos muchas veces? Y no sé si les ocurre lo que a mí; yo me quedo con las casas donde he sido feliz, donde he asistido a la belleza, a la bondad, donde he vivido plenamente. Guardo la fisonomía de las habitaciones como si fueran rostros; vuelvo a
ellas con la imaginación, subo escaleras, toco puertas y contemplo cuadros. Yo no sé si los hombres son demasiado ingratos con las cosas, o si en mi gratitud hacia ellas hay algo de neurosis. El hecho es que amo los recintos donde he encontrado un minuto de paz; no los olvido nunca, los llevo conmigo y conozco su esencia íntima, el misterio ansioso por revelarse que habita en toda pared, en todo mueble. Una vez (las autorizo a que me tilden de tonto si es que no lo han hecho todavía) un querido amigo mío se mudó de casa, estando yo en Bolívar me comunicó la noticia cuando la antigua residencia había sido ocupada por nuevos moradores. ¡Si supieran ustedes cómo me dolió saberlo! Había en aquella casa, en lo alto de una escalera de hierro, una piecita donde, siendo estudiantes, tres o cuatro camaradas nos habíamos reunido cien veces, para fumar, reír, soñar y decir todos los lirismos que se dicen en la adolescencia. Mi amigo acababa de irse de esa casa, y yo supe de una manera inexplicable pero imperiosa que no había subido a esa piecita para despedirse de ella, para decirle adiós. Se fue de esa casa como la mayoría de los hombres se van de sus casas: fríamente, sin concederle otro valor que el de cosas útiles que repentinamente han dejado de serlo...
Y así se lo dije; se lo escribí doloridamente, y él comprendió. En nombre de todos nosotros, él hubiera debido despedirse de aquella habitación humilde que alguna vez cobijó nuestros veinte años. Cada vez que paso delante de esa casa —en la calle Rivadavia, y es una casa como cualquier otra —siento un remordimiento. Pero me tratarían de loco si pidiera permiso a los nuevos habitantes para subir a despedirme de aquella piecita; me siento cobarde... y sigo de largo.
Ahora pienso que eso les sucede a los argentinos por la misma razón que determina muchos de sus actos: la carencia de una historia.
•tas casas de Europa! ¿Cómo no quererlas, si están casi vivas? Los siglos, las costumbres, la tradición, la han ido llenado de una atmósfera que sólo un extranjero podría ignorar. ¡Pero aquí, con nuestra civilización de cemento armado y techos defendidos de la humedad! ¡Aquí, con nuestra bonita arquitectura moderna! Claro, uno no puede sentir las casas; y sin embargo yo sé que ellas tratan de comunicarse, de hacerse querer... Los poetas lo vieron y lo dijeron: yo balbuceo estas incoherencias, como una tentativa inútil de expresar lo que vivo. (Yo me explico los fantasmas: ¿cómo no regresar de la muerte, algunas veces, a visitar las casas queridas? ¿Cómo no acariciar las colgaduras, entornar las puertas de los armarios, asistir al lago de los espejos, entreabrir el aire de los aparadores? Yo seré un fantasma incansable, alguna vez; ¡tengo tantas casas que visitar de nuevo, diseminadas en la ciudad, en los pueblos, en las novelas, en la historia...!)
Y basta. ¡Basta! No debería enviar esta carta. Han de estar ustedes conteniendo bondadosamente un gesto de hastío. Perdón, y hasta pronto. Con muchos saludos para la abuelita, mi deseo de que esta "divagación pitoyablemente romantique" las encuentre bien y el afecto de
A Mercedes Arias
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HIVILCOY, mayo de 1940 Dear friend:¿Sabe una cosa? Recibí su carta. La recibí el martes pasado, luego de una serie de peripecias en las que tomaron parte activa un cartero distraído, un buzón equivocado, una vecina, dos chicos, y cuarenta y ocho horas de tiempo. (Con el tiempo solemos ser injustos, y lo excluimos de nuestros repartos; ¿pero no es él, acaso, el arquitecto supremo? A menos que, como Kant, pensemos que... pero no he de empezar con abstracciones; sorry!)
Usted dirá que bien pude hablarle por teléfono para comunicarle la noticia; pero yo —al margen de mi horror hacia ese insecto monstruoso, dotado del don de la palabra —creí preferible escribirle; con el agregado lamentable de que una serie de problemas familiares (una enfermedad de mi hermana) me alejó de la paz y del silencio, condiciones "sine qua non" de mi capacidad epistolar. ¿Es esto una excusa? Nada de ello; apenas una explicación.
Nota importante e inevitable; ahora sí me convencí de que usted no entiende cuando le escribo en inglés (!). Lo veo por la serie de preguntas dubitativas que me formula acerca de mis estados de ánimo con referencia al famoso concurso. ¡Yo, que estaba convencido de haberme expresado con toda claridad! Bueno, habré de convencerme: el inglés no es para mí... Y paso a aclararle sus dudas en mi mejor y más prolijo castellano.
No estuve ni estoy "upset". ¡Dios me libre! Tuve una primera sorpresa. ¡Estaba tan seguro de que premiarían mi libro! ("Vanitas vanitatem", sí; pero condición humana también, y no tengo por qué fingir estúpidas modestias.) Leí diez veces el nombre del ganador. Pues... no decía Denis... y se acabó. No aventuraré mi opinión hasta tanto se publique la obra; hoy me enteré, en Chivilcoy, de que en algún diario o revista de Buenos Aires apareció una declaración del jurado en la cual se menciona especialmente mi libro. ¿Sabe usted algo de eso? Han quedado en averiguarme con precisión esa noticia que, de todos modos, confirma la inteligencia de Borges y & (As you can see, I don't hide my thoughts).29
Me ha escrito usted una carta filosófica. Femeninamente filosófica, es decir, procediendo con una arrobadora sucesión de impulsos y emociones. En realidad, tiene usted mucha razón al suponer que esos problemas se hallan "beyond explanation";30 pero encuentro poco consistente que, a manera de solución —o de sucedáneo —se lance usted a estudios como los que puede ofrecerle la Facultad. Cierto que aquello es una disciplina (y, según sus justas palabras, "a way of filling, or killing life")31 y que todo estudio supone nuevos problemas y nuevas esperanzas. Con todo, yo he aprendido a través de algunos años de lectura y pensamiento que la solución a esos problemas no viene jamás del exterior. Si alguna vez se despierta usted con la respuesta justa, es que la habrá encontrado en las raíces mismas de su ser, por vías de revelación, acaso... ¿Se acuerda de la famosa frase? "No me buscarías si ya no me
hubieras encontrado...” Una enorme lección dicha en nueve palabras. Pero ahora pienso que usted podría replicarme con otra frase no menos célebre: "Por muchas vías se va a Roma". Y me callo.
Hace muy bien en estudiar las disciplinas que se enseñan en la Facultad; pero — ¿no se lo he dicho antes?—no deposite en ello demasiada esperanza. Nuestra universidad carece de grandes maestros en la medida suficiente a lo que de su misión se espera. Cierto que usted no; asistirá a las clases; no se alarme, porque los libros suplen fácil y ventajosamente las lecciones de un Alberini, de un Rojas o de un Oria. Observación: la biblioteca de la Facultad es excelente; tiene un fichero donde podrá usted hallar todo lo que precise. Eso, y el faltar a clase, —es lo mejor de Viamonte 430; se lo digo por experiencia.
Me habla usted con mucha amargura del problema de la muerte y de la segunda vida. ¿Quiere encontrar una amarga satisfacción? Lea Del sentimiento trágico de la
vida, de Unamuno. (¿O lo leyó? Empiezo a creer que hablamos de eso en Bolívar, allá
en 1937.) Ese libro —que es una inútil, una desesperada tentativa de construir la
inmortalidad— deja una serena conformidad. En el fondo, ¿qué importancia tiene
todo ello? Se trata de pensar la muerte en función de la vida; conferirle un valor que nos haga más preciosa la vida. Y, si la vida: no tiene para nosotros aliciente de ninguna especie, entonces la valoración de la muerte asumirá la tonalidad de
consuelo; ¿y por qué no desesperanza? Ya ve usted que si hay un concepto rico y
positivo, es el de la muerte. Lo moldeamos en nuestras manos, y no hay dos seres humanos que piensen de él la misma cosa. Se ha acostumbrado a creer que la muerte suponía negación. Lo es en el sentido directo; ¿pero no ha leído usted que Heidegger, el más grande metafísico de nuestros días, encuentra el ser apoyándose en la nada? De la nada sale el ser; y de la muerte sale la vida, si se quiere...
No, I don't believe in an eternal nonsense. That would be stupid. I let that idea for young people,32 que pretenden explicar positivamente la realidad. Cada día me convenzo más de que la vigilia y el sueño son momentos de una realidad que se nos escapa íntegramente, y de la cual sólo advertimos (o creamos) fragmentos aislados. Nunca amé demasiado el racionalismo frío y absoluto; ahora lo detesto profundamente. Creo que en la intuición, en los valores emotivos, en la poesía de todo acto intensamente vivido, se esconden las fuentes últimas de la verdad. Y que es más fácil encontrar a Dios en el pétalo de un jazmín que en el sistema aristotélico...
Por eso, un "eternal nonsense" no tiene justificación para mí. ¿No ve usted que aceptarlo significa destruirse a sí mismo? Sí, ya sé que lo ve con claridad, porque sus palabras me lo demuestran. Pero, dear friend, he aquí algo que yo vivo intensamente y que quisiera transmitirle: el hecho de que no poseamos a Dios, que jamás hayamos tenido una revelación ni una vivencia de su Ser, no es razón suficiente para negar una
finalidad del mundo y sus seres; no es razón suficiente para creer todo esto una vasta
pesadilla, un error, un absurdo, a tale told by an idiot...33
Usted cree haber hallado una solución a su problema de vida, y habla de "relatividad" de su existencia. No creo que sea solución, ni mucho menos; rechazar la angustia —si se está genuinamente angustiado —es suicidar el corazón. Es matar las riquezas del espíritu y lo que es peor, estérilmente.
porque le he escrito algunas veces cuando estaba bajo un ciclo de desesperación metafísica —perdón por la pedante terminología, pero es así...—. No quiero erigirme en ejemplo vivo. ¡Eso sí sería tonto! Pero, ¿no piensa conmigo que las cosas hay que afrontarlas? Si para usted el problema de Dios, de la muerte, existen, entonces no debe ni puede darles la espalda. Usted debe vivir: esos problemas. Si tuviera capacidad creadora, haría poemas, cuadros, sinfonías. Usted afirma no tenerla —cosa que dudo siempre—; pero eso no la excusa de vivir el problema en sí, sin disfraces. Afróntelo; yo lo he hecho y lo hago. A veces es él quien me vence a mí, y yo escribo cosas desesperadas (y desesperantes); a veces venzo yo al problema, y entonces escribo poemas sobre los ángeles, como uno que le enviaré dentro de poco, si no lo quemo antes. Don't turn your back!34 Toda duda es fecunda, y de toda angustia puede nacer una luz. Lo horrible, lo aplastante, es el abandonar el problema y considerarse satisfecho con los pequeños y míseros acontecimientos cotidianos. A mí me parece que es como renunciar a la dignidad misma del ser humano; quitarse el espíritu y el corazón como si fueran túnicas gastadas...
Y si no se encuentra la solución, ¿qué importa? ¿Quiénes la encontraron? Unos pocos iluminados, unos pocos que descubrieron a Dios o —como lo insinúa Unamuno —lo crearon en sí mismos, lo hipostasiaron, proyectándolo al exterior, y luego creyeron que Dios venía a ellos... ¿Pero qué importa todo esto? Se trata de vivir el drama de nuestro ser; sólo así encontraremos la muerte con una honda paz. Lo que venga luego no será ya sorpresa, ni alegría, ni espanto. Porque todo había sido presentido, y explorado mentalmente, y vivido en esencia anteriormente.
WELL, WELL, WELL...
Tengo una mala noticia, que le doy con mucha pena; ocurre que el miércoles 8 (mañana) es el cumpleaños de "granny"35 y, como yo no podré estar con ella, mi familia ha decidido celebrar un "party" el: domingo 12. Ello significa que no podré cumplir con su tan gentil invitación.
Si usted cree que el próximo domingo (19) mi presencia —and the records —no serían una molestia en su casa, estoy libre y puedo ir con mucho gusto. Usted me lo hará saber; y, desde ahora, perdón por este inconveniente surgido a último momento y que yo debí prever cuando hablamos por teléfono. (Pero en el teléfono me olvido de tantas cosas...)