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ADONIS, ABRE LA P UER TA

In document Adoum, Jorge - Adonay (página 72-75)

Los recuerdos del día son los tormentos de la noche. Muchos de los actos del hombre son ejecutados como si fueran de un borracho. Pero la almohada es el peor despertar.

—"¿Por qué he hecho esto? —se preguntaba Adonis—. Ahora ¿qué partido debo tomar?

"Esta chiquilla, ha despertado bruscamente al amor y a su edad es peligroso. Mañana o pasado, ebria de dicha, divulgará su amor. ¿Y cuál será el resultado?

"¿Por qué me colocó Aristóteles en esta casa y me ordenó no abandonarla? Debe tener su fin."

Y tomó la carta del Hierofante leyéndola detenidamente, frase por frase, con el detenimiento del químico que pesa las sustancias explosivas. Luego dedujo:

—"Aristóteles me está tentando con esta joven." ¡Qué gran diferencia había entre ella y Eva!

Ashtaruth ponía toda su alma en un beso, y Eva al besar, absorbía el alma de quien besaba. Ashtaruth lo daba todo, mientras Eva, todo lo absorbía.

Ashtaruth sin amor, se suicidaba. Eva, se consumía y se evaporaba.

Las venas de Ashtaruth tenían más sangre árabe, por lo tanto más fugacidad. Pero Eva tenía en su corazón un lago de aguas profundas y tranquilas que lo reflejaban todo, con infinita dulzura.

"Pero ¿qué haré yo ahora? —se torturaba Adonis—. Yo no puedo amarla, y aun suponiendo que lo pudiese, ¿de qué me sirve lo que he hecho hoy?... Poder llegar hasta ella, es como ansiar tomar la luna con la mano.

"¡Adonis! ¡Adonis! Eres un necio.

"Mas ¿por qué me preocupo tanto si apenas la toqué con unos besos? Esos besos eran puros.

"Sin embargo, esto no debe volver a suceder. Estoy abusando de la hospitalidad que me ha brindado su padre.

"¿Qué le diré mañana? ¿Cómo la convenceré de que esto es incorrecto? ¿Acaso tiene el amor ojos para distinguir y oídos para escuchar?"

Y así entre preguntas y respuestas, entre recriminaciones y disculpas silenciosas, resbalaban las horas de la noche sin que pudiera aprisionar el sueño.

En su lecho, tampoco Ashtaruth dormía, y despedazaba su cerebro pensando cómo agradar a Adonis.

—"Seré buena y dulce como él —se decía—. Aprenderé sus modales y sus palabras, ¡Qué suavidad y qué arrogancia encierra su hablar!

"Le daré dinero... pero él nunca pide nada. Eso no importa. Pobre amor mío. ¡Ni siquiera tiene ropa suficiente!...

"¡Qué hombre tan extraño y tan dulce!... ¿Acaso él me ama? ¿Por qué no me besa como yo le beso?... Es Eva quien tiene la culpa... ¡Oh, yo la odio!... Ella produjo un desgaste en su amor.

"Por eso vive él sufrido. Por eso... Su risa parece llanto... Y si él ama a Eva como yo le amo a él ¿cómo podría vivir?... Yo no puedo vivir sin él... ¡Dios mío! Seré como tu quieras, pero no le separes de mí."

Y en su delirio, Ashtaruth veía que Adonis se iba lejos, tal vez dentro de un mes, de una semana, tal vez mañana...

—¡No! —gritó lanzándose fuera de su cama. Pero se detuvo un momento... Volvió a acostarse y se preguntó: —"¿Es esto el amor?... No. Esta es la vida, es la existencia, es la locura... Con razón llamaban a Kais: 'El loco de Leila'... El murió extenuado por su amor, y ella le siguió a la tumba, impotente ante su dolor. Los sepultaron en la misma cripta.

"¡Oh, Adonis, tú serás la causa de mi muerte!... No, eso sí que no. Antes de que yo muera te mataré. Después...

"¿Pero qué estoy diciendo?... Casi le mato una vez y tuve que sufrir dos días a su cabecera... ¡Pobre amor mío! ¡Cuanto ha sufrido y cuánto se ha quejado por el dolor!... No. No caerá ni un cabello de su cabeza mientras yo viva.

"Me ahogo, con este calor... No puedo vivir sin él. Está visto... ¿Qué haré para que no me abandone?... ¡Ah, ya está! Me casaré con él.

"Es la única solución —continuó, mientras un leve temblor agitaba su cuerpo—. Pero, ¿y mi padre?... 'Si tu padre sabe que yo te he seducido, es capaz de desollarme vivo'... Sí. Esto dijo él... ¿Qué hago?... Quiero resolver este problema, pero no puedo... ¡Oh, Dios mío!... No puedo llegar a un desenlace. Adonis debe encontrarlo... El es sabio e inteligente...

"¡Cierto! ¡Aristóteles!... Es el hierofante. Mi padre le obedece como un niño... Iré, me arrojaré a sus plantas, rogándole que convenza a mi padre... ¿Accederá?... ¡Ay, Dios mío!... ¿Qué quiso decirme?... 'Mujer cruel, caro pagarás por lo que has hecho'... ¿Separará a Adonis de mi lado?"

Se levantó nuevamente del lecho... Este último pensamiento tomó cuerpo en su mente. Vio imaginariamente, que Adonis se levantaba, se vestía y abría ya la puerta para huir de ella.

No pudo esperar más. La tortura de este temor la impulsó y en camisa de dormir, descalza, abrió la puerta de su habitación, descendió las gradas, atravesó corriendo el patio, ascendió otra escalera que le comunicaba al cuarto de Adonis, y a través de una pequeña ventana vio la luz del candil.

Crecieron sus temores creyendo ver en esa luz mortecina la justificación de los mismos. Y era que Adonis, no pudiendo dormir, encendió su candil y reposaba acostado.

Ashtaruth desesperada trató de abrir la puerta empujándola. Pero al encontrarla cerrada llamó insistentemente.

—¿Quién es? —preguntó Adonis perplejo. —Adonis, abre la puerta.

El joven se asustó. ¿Qué iba a hacer a aquella hora, a su cuarto, la hija de Jadallah Bey? —¿Qué sucede? ¿Qué hay?

—Abre, Adonis.

La voz que provenía del exterior era suplicante.

Cubrió él su cuerpo con una gran manta, y abrió la puerta. Ella se lanzó al interior como si estuviera enloquecida, y no daba crédito a sus ojos, pues a pesar de haber oído la voz de su amado no creyó encontrarle.

Y luego de abrazarlo y besarlo, le condujo en silencio a la cama. Se sentaron ambos a sus orillas.

—¿Qué te pasa, Ashtaruth?

Ella quedó callada. Solamente corrían por sus mejillas gruesas lágrimas.

El tomó su cabeza entre las manos, y la levantó suavemente. Estaba horriblemente pálida,

—Estás enferma, hija mía —afirmó él, asustado. Ella, no pudiendo soportar por más tiempo su angustia, lloró profiriendo gritos lastimosos.

Y Adonis preguntaba la causa de su llanto, sin poder obtener respuesta alguna a más de los quejidos de Ashtaruth.

El se torturaba pensando: "¿Y si alguien viene en este momento?... ¿Y si alguien espía por fuera?..." La dejó por un momento, abrió con cautela la puerta y escuchó. Todo estaba en silencio.

Y volviendo a cerrar corrió al lado de la joven afligida.

Nuevamente intentó que ella le contara la causa de sus lágrimas. Y recurrió al único medio, que él, momentos antes, creía que no volvería a suceder: el beso.

Ella al sentir en su boca el contacto de los labios del joven, se reanimó y con férreas manos lo estrechó contra su pecho.

Mientras tanto, Adonis sentía que su corazón lloraba, quizá lágrimas de sangre, y se decía: "Esta es tu obra, Adonis. Puedes estar satisfecho." Recién notó que Ashtaruh vestía sólo una camisa de dormir, la que dejaba desnuda sus piernas torneadas y sus pies descalzos.'

Sintió un estremecimiento en todo el cuerpo y un rayo de fuego que viajaba a lo largo de su columna dorsal. Temía por su estado, le temblaron los pies, mientras que la infeliz criatura permanecía prendida a él, como si los dos no formasen sino un sólo cuerpo.

Desfallecía su voluntad. En sus oídos, una amalgama de sonidos sordos se sucedían y se creyó al borde del vértigo. Latía con tal fuerza su corazón que podía escuchar el sonido de sus latidos.

Sin embargo, conservaba el dominio de sus sentidos y meditaba.

En este estado, y sólo durante el fugaz lapso de veinte segundos, sintió y rememoró todo el saber y la carrera de los siglos...

Y escuchó entonces una voz clara que le decía: —Ámala sin deseos y adórala sin profanación.

Desconcertado por esa voz, se desprendió bruscamente de los brazos de la joven, y con el rostro descompuesto preguntó:

—¿Has oído? —¿Qué? —La voz.

—No, amor mío. No he oído nada.

Ashtaruth calmada por el eficaz calmante del beso, comenzó a cubrir de besos sus pies, mientras resbalaban hasta los mismos, algunas lágrimas rezagadas. Adonis la levantó con ternura y la hizo sentar de nuevo, junto a él, preguntándole:

—Sí, ya estoy tranquila.

—¿Por qué has venido a mi cuarto a esta hora?

—He pasado aquí muchas otras horas, durante tu enfermedad. —Ahora estoy sano.

—Sí. Y por eso tengo miedo. —¿Miedo? ¿De qué?

—De que me abandones, estando yo dormida. —Tú vas a perderme, Ashtaruth.

—¿Y yo? Ya estoy perdida por ti. —¿Qué dices, mujer?

—Lo que me oyes... Yo hasta ni una noche puedo, ni podré dormir sin ti. —Estás loca.

—Puede ser. Pero la verdad es que cuando estoy lejos de ti, me falta la respiración y me ahogo... ¿Te ha faltado alguna vez la respiración?

Adonis evocaba entonces los tiempos, remotos ya, en que sentía lo mismo cuando se separaba de Eva. —Adonis —continuó la joven— te pido un favor muy pequeño. ¿Me lo concederás?

—¿Cuál es?

—Que cuando quieras dejarme me avises un día antes. —¿Para qué me pides esto?

—Para que asistas a mi entierro antes de que partas. Sufrió con esas palabras horriblemente, Adonis. Ella hablaba con calma pero con seguridad en las palabras.

El, sintiendo como si les rodease un hálito fúnebre, le dijo:

—Adorada mujer, ángel mío: yo no merezco este cariño. Pero tengo la esperanza de que con el tiempo, este amor hará de tí lo que ha hecho de mí.

—Óyeme, mi Dios —dijo ella—. Tengo dos caminos que escoger: Adonis o la muerte. —Por favor, Ashtaruth, no me llames así, y no me repitas la palabra muerte.

—¿Tienes miedo a la muerte. Adonis?... Yo no. —Esto no es un remedio.

—Si no es un remedio, es un descanso. ¿Acaso un hombre o una mujer pueden vivir sin el amor y sin la persona amada?

—¿Qué sabes tú de amor? ¿Cuándo has amado?

—Para morir, basta una balita pequeña y para amar basta un beso. —Vuelves a nombrarme la muerte, Ashtaruth...

—Es el fin.

—Linda, algún día te enamorarás de otro, más noble, más acaudalado, más... Ella le tapó la boca diciéndole:

—No me mates todavía. Quiero vivir un tiempo más a tu lado. Meditó Adonis en tales palabras y reflexionó:

"¡Cuan pequeño soy ante esta inmensidad de amor!" Y en voz alta: —¿Que piensas hacer cuando vuelva tu padre?

—No lo sé todavía ni quiero saberlo. ¿Para qué pensar en la desgracia antes de tiempo?... Por ahora me basta con estar a tu lado, para ser feliz.

Adonis hacía lo posible para hacer que la conversación recayera en otra materia, que no fuera el amor. Pero ella se obstinaba en ese tema, y decía inquieta:

—Quisiera saber una cosa: ¿Cuando se casan dos amantes, siguen siendo felices? —No sé. Como yo no me he casado, no puedo darte razón.

—Aquí, entre nosotros, los drusos, la mujer sufre mucho (esto creo yo), pero calla.. El otro día, mi tío abofeteó a su esposa delante de cuarenta huéspedes, y ella no dijo nada, como si fuera algo muy natural.

—¿Es eso lo que temes tú, Ashtaruth?

—Yo no temo nada porque no me casaré con un druso. Mi marido será cristiano. —Y abrazó a Adonis tiernamente.

Después, ella dio un salto como quien se acuerda de una idea buscada durante mucho tiempo, diciendo: —; No sucedió nunca que una drusa se case con un cristiano?

—En Líbano, si, pero aquí, en Hurán... creo que nunca —respondió Adonis moviendo negativamente la cabeza.

—Entonces iremos a Líbano.

—No. Ashtaruth, no puedo regresar allá.

—¿Por qué, mi Dios?... ¡Ah, ya recuerdo! Oí a mi padre hablar de esto; estás condenado a la horca... ¿Por político?

Adonis respondió con un movimiento afirmativo de la cabeza.

Ella meditó un momento. Luego, gozosa, comenzó a saltar como una niña. Adonis no comprendió el por qué de ese arrebato de alegría, pero ella le sacó de dudas diciendo:

—¡Gracias Dios mío! Ahora se que no puedes abandonarme. Y se echó sobre él para besarle. Adonis, sabiendo lo inútil de la protesta, la dejaba hacer.

Cuando se restableció la calma, ella quedó pensativa. —¿En qué piensas Ashtaruth?

—Tanta felicidad, me da miedo, Adonis. —¿De qué tienes miedo?

—No sé... Yo no le temo a la muerte, pero una voz interna me dice: "Aprovéchate de la vida porque sólo es una cosa prestada."

—No seas pesimista.

—Tienes razón... Pensemos en otra cosa. ¡Ah! Me dijiste hoy día que el beso es la puerta de la dicha... ¿Cómo será la dicha después del beso?

El joven trató de recordar sus palabras, y cuando las hubo traído a su mente, esquivó la contestación, diciendo:

—Ashtaruth, eso no te lo dije hoy día, sino ayer. ¿No oyes el gorjeo de las aves que anuncian la salida del sol?... Ni has dormido ni me has dejado dormir.

—Cierto, mi Dios. Pero dime, cuando amabas a Eva ¿podías dormir? —Seguramente que sí.

—Entonces, o tú no amabas o el amor no producía en tí el mismo efecto que en mí. —¿Qué te produjo el amor, loquita?

—Quisiera poder expresar lo que tengo aquí, dentro de mi pecho, pero no puedo. Lo único que sé decirte es que yo no soy yo... o no sé como... no me sale lo que quiero decir... no puedo hacerte entender. Por Dios, Adonis, trata de ver, de oír, allá adentro, trata de sentir lo que siento yo. ¡Qué tortura!... ¿Cómo te haré sentir lo que yo siento? Pero, si es cierto que me amas, ¿cómo no sientes lo mismo?... Oye, cuando te abrazo, quisiera confundirme contigo, para no separarme jamás. Y cuando me separo, veo que la pequeña distancia entre tu boca y la mía es la causa de todo tormento... Dime ¿me comprendes?

Mientras ella hablaba así. Adonis extasiado se decía: "Venid filósofos del mundo y oíd por esa boca ignorante, la más sublime definición del amor... Pero ¿es esa Ashtaruth? Y en voz alta y sonriendo, contestó:

—Sí, te comprendo algo.

—Te ríes de mí, porque no sé hablar bien. No importa, puedes reírte pero algún día sabré expresarme mejor. —Mujer angelical ¿en dónde estabas oculta?

—Estaba dormida y tú me despertaste... Pero dime ¿me has entendido? —Sí, Ashtaruth, sí, todo. Todo.

—Entonces, tú me amas. —Seguro.

—Bueno, es ésta mi última pregunta —y se interrumpió para exclamar—: ¡Qué noche tan corta! Bueno dime ¿no habrá para los que se aman, un estado más allá y exento del ansia y del tormento?

Adonis le miraba con sumo interés. Y respondió a su pregunta:

—No, Ashtaruth, porque cuando los amantes están exentos del tormento y del ansia, se desvanece para ellos el amor.

—Entonces aquí me quedo.

Al oír estas palabras últimas el jatib le dijo burlonamente: —Aquí no puedes quedarte. Mira la luz del día...

—Cierto... Hasta luego. Dame un beso... Hasta luego. Y desapareció como una sombra ante la venida de la aurora.

In document Adoum, Jorge - Adonay (página 72-75)