Llegó Adonis a casa de su novia, que le esperaba con ansia e impaciencia. Ambos sentían llorar sus corazones, pero la fría máscara exterior demostraba indiferencia.
La madre de Eva acudió al cuarto apartado de la casa para informarse. —Y ahora, Adonis, ¿qué piensas hacer? —preguntó la señora.
—Vea, madre mía —respondió el joven, dando a la madre de Eva este nombramiento, según costumbre adquirida desde que ella manifestó su cariño por Adonis—. Por el momento nada pienso hacer, quiero pasar estos últimos instantes con usted y con mi amada Eva.
Eva preguntó:
—¿Es cierto. Adonis que ya son diez los ahorcados en Beirut?
—Diez o veinte, da lo mismo. —Y suplicante pidió—: ¡No me olvides, Eva!
La muchacha miró a su enamorado con los ojos envueltos en lágrimas y no respondió.
—No llores, amor mío —le consoló Adonis—, fue sólo una broma. Pero voy a decirte una cosa. —Ojalá que no sea de las de tus sueños.
—Precisamente me refiero a eso. Las últimas noches te he visto abrazada a otro hombre. —¡Adonis! —dijo ella, con tono a la vez imperioso y tierno—, ¿por qué quieres mortificarme?
—No, amada de mi alma, no quiero mortificarte. Ni yo mismo creo en este sueño, porque muchos anteriores no se realizaron.
Un momento calló pensativo el joven, y continuó:
—¿Te conté aquel sueño del anciano que me decía: Esto es natural? ¿Si? Pues bien. Ayer le vi de nuevo y me dijo: Ven pronto, te estoy esperando; voy a morir, pero antes debo dejarte el secreto. Te espero... Ya ves que en mis visiones hay algo de alucinación... ¿Qué secreto será éste?... Yo creo que este hombre raro no existe.
—Dime, Adonis —interrumpió Eva—, ¿tienes dinero suficiente para el viaje?
—¿Dinero? ¿De dónde voy a tenerlo en esta época en que todos se mueren de hambre? Con todo, esto no me preocupa. Al llegar a Chipre puedo emplearme con los ingleses o con los franceses. Lo principal es salir del país para conservar mi cabeza.
Salió Eva seguida por su madre.
Adonis en tanto, meditaba en su pasado, en el presente que debía arrostrar y en el desconocido futuro que le esperaba.
Pasados cinco minutos, volvió Eva sola, con un pañuelo de bolsillo en el que había algo abultado. —Adonis, ¿me quieres? —preguntó, besándole tiernamente en la mejilla.
—¿A qué viene esta pregunta?
—Contéstame —insistió ella, tratando de contener sus lágrimas—; ¿me amas?
—¿Eva, te has vuelto loca? ¿Acaso las palabras querer y amar pueden expresar lo que siento en el corazón? —Entonces, dame una prueba de tu sentir.
—¿Qué es lo que quieres como prueba? ¿Mi sangre?... Dime, ¿qué quieres? —¿No rechazarás mi petición?... Contesta categóricamente.
Adonis la miró extrañado de su proceder. Después contestó con énfasis:
—Te juro, Eva mía, que aceptaré todo lo que venga de ti, aunque sea la muerte. ¿Qué me pides? —Acuérdate que lo has jurado.
—No lo olvidaré.
—Entonces, acepta esto.
Y le puso en el bolsillo el pañuelo atado. Lo sacó Adonis y oyó un ruido metálico. Al abrirlo a la luz, vio el resplandor de las alhajas de Eva y de su madre.
Meditaba silenciosamente. Madre e hija se desprendían de sus joyas para dárselas a él. Se sintió ofendido. ¿Iba a aceptar esta caridad y de su futura esposa?
Para el hombre occidental, este proceder de las mujeres puede ser muy natural. Pero ante el criterio de los orientales esto significa una ofensa y una ignominia.
Adonis quiso atenuar el dolor, evocando el amor y el cariño de Eva y de su madre. Quizás esto era sólo el fruto del amor verdadero y del sacrificio... Quiso hablar pero no supo qué decir.
Eva adivinaba, al contemplarlo, la lucha que se libraba en su interior.
—Adonis —murmuró—, escúchame. Te libro del juramento, sin obligarte a ser perjuro ni a cumplirlo sin voluntad. Pero préstame atención. ¿Si yo te he dado mi alma y mi corazón y si pronto te daré también mi cuerpo, por qué sufres y me haces sufrir por algo imaginario? ¿Cuántas veces me hiciste muchos obsequios y yo no objeté? ¿Por qué rehúsas ahora esta insignificancia, que a mí me estorba a veces y que son ya pasadas de moda? Tu cabeza tiene precio y eres un fugitivo. ¿Cómo puedes huir sin tener el suficiente dinero?... No, Adonis. Tu orgullo me hiere el corazón, pero eres libre de hacer lo que quieras.
—Eva, diosa mía, no llores. Perdóname mi carácter. Y para complacerte voy a aceptarte esto... —y comenzó a rebuscar entre el montón de joyas— solamente esto.
Y tomó un pequeño anillo de oro, en el que se habían montado doce perlas pequeñas que rodeaban a un brillante. Se lo colocó en el dedo anular de la mano derecha, y continuó diciendo:
—No llores más. Tú me has librado de mi juramento, y ahora te complazco. Y sombríamente dijo: —¡Es hora de partir! ¡Ven a mis brazos!
—No, es temprano todavía —objetó ella, con la esperanza de los que saben que es otra la realidad. —No, amada. Debo llegar a Beirut antes de la aurora, para no ser descubierto durante el día.
Entró en el recinto la madre de Eva. Y se tejió entre los tres un silencio doloroso, imposible de ser descrito. Lloraban las mujeres. Adonis callaba, porque el silencio es la cualidad del hombre que iguala a las lágrimas femeninas.
Por fin. Adonis se desprendió de los brazos de las mujeres, y comenzó a correr a saltos, como si huyera de un lugar comprometedor. No quiso volver la cabeza; no quiso mirar atrás; no quiso detenerse ni un momento, como el niño que corre saliendo de un cementerio.
Más de una hora llevaba en su huida. Y sentía el sudor empapar su rostro no obstante la frescura de la noche.
Llevó al bolsillo su mano para sacar su pañuelo y enjugar el sudor, v se encontró con un cuerpo pesado. Era el pañuelo de Eva con todas sus alhajas, que mientras Adonis abrazaba, ella imperceptiblemente lo había dejado caer en el bolsillo de su amado.
—Ya es tarde —musitó Adonis con lágrimas en sus ojos. Y prosiguió su carrera.
Eran las cuatro de la mañana.
En los suburbios de Beirut, un hombre golpeaba a una puerta. Entre uno y otro segundo, dirigía temeroso las miradas a todas direcciones.
—¿Quién es? —preguntó una voz desde el interior. —Yo, Adela. Abre.
Giró la llave en la cerradura y el fugitivo se lanzó al interior.
—¿Tú, Adonis? —preguntó estupefacta la llamada Adela—. ¿Todavía estás aquí?
—¿Cómo? ¿Qué quieres decir? ¿Dónde está tu hermano? —¡Ay, Dios mío!... Yo te creía con los demás. —¿Qué sucede? ¡Contesta!
—Pues ayer capturaron a José el Heni, y los demás tuvieron que adelantar el día de la huida. Desde las doce, esta noche, están en alta mar, rumbo a Chipre. Adonis, mudo y pálido, no podía hablar.
—¿Qué debes hacer ahora?... Pero, oye, ¿cómo has podido llegar hasta aquí? La casa está vigilada.
Adonis sintió un frío recorrer todo su cuerpo. Tembló... Su mente le hizo ver una celada: los gendarmes le dejarían entrar para atraparle a la salida.
Quiso salir. Escuchó atentamente tras la puerta, y no oyó nada. Pero luego, pensó en otro problema. Si la casa está vigilada, mañana los turcos capturarían a Adela por haber recibido a un prófugo de la ley. Debía salir cuanto antes. Y con afectada calma, dijo a la mujer:
—Adiós, Adela. Ruega por mí.
Abrió la puerta. Aguzó el oído, y se lanzó a la inmensidad de las tinieblas.
Minutos después se hallaba atravesando un callejón oscuro al que apenas llegaba la luz de un foco eléctrico, muy lejano. Desembocó en otro corredor, al fin del cual vivía una pariente lejana.
Pensaba Adonis llegar hasta ella, y pasar el resto de la noche allí. Pero al torcer precipitadamente para entrar en el anhelado callejón, golpeóse de lleno con un gendarme que, retrocediendo, gritó:
—"¿Narda Uacica?" ¿Tu cédula de identidad?...
En idioma turco, "Narda Uacica" es el espanto de la juventud, es la espada de la maldición suspendida constantemente sobre las cabezas.
¿Qué cédula puede presentar el que se halla perseguido por los lobos?
Adonis sintió paralizarse los latidos de su corazón. Nada pudo contestar. Pero instantáneamente, retrocedió un poco, y al impulso de un puntapié de desesperado, hizo rodar algunos metros al gendarme, que estaba de pie en la parte inclinada de la calle.
Con las alas que brindan el temor y el instinto, Adonis desanduvo el camino recorrido. Se internó en otro callejón, luego en otro y en otro, perdiéndose en el vericueto de los oscuros senderos, en el laberinto de la noche. Corría huyendo de la muerte.
Llegó a una calle de los suburbios un poco más alumbrada. Encontró entornada una puerta y entró. Era un burdel.
En el salón, recostada en un sillón dormitaba una joven, quizá cansada de esperar una presa. Al ver entrar a un hombre, levantóse rápidamente, restregó sus ojos y le dio un saludo de bienvenida. Sereno un tanto, Adonis le dijo:
—Vamos al cuarto.
Una vez en él, se acostó en el lecho, diciendo: —Ahora a dormir. Hablaremos después.
Quiso objetar la mujer. Adonis le cerró la boca con una libra turca.
Hay en árabe un dicho que enuncia: "Tres son los que no pueden dormir: el miedoso, el hambriento y el friolento."
Por eso, mientras Adonis no pudo cerrar sus ojos, la mujer dormía junto a él tranquilamente.
Entrando el día, Adonis no se atrevió a salir. Era muy conocido en Beirut. A la vez, despertó a su compañera, diciéndole tras una pausa:
—Oye, linda, ¿cómo te llamas? —Josefina, para servirte.
—Gracias, Finita. Hoy me perteneces todo el día... Toma esta libra más para ti, y aquí tienes otra para conseguir algo de comer.
—En seguida —respondió la mujer muy alegre.
Llamó a su sirviente y le ordenó que sirviera desayuno para dos.
Nunca Adonis había conocido un burdel. Su sólo nombre y el de prostituta le producían una repugnancia interna, que le causaba a veces sacudimientos de terror, sin conocer la causa. Pero aquel día bendijo todas los burdeles y todas las prostitutas del mundo. ¿Qué mejor refugio para un prófugo que un burdel? Allí nadie iría a buscarlo. Y hasta la noche, podría resolver su situación.
Admirada la mujer por la generosidad de Adonis, respetaba su silencio y su meditación. Solamente hablaba al ser interrogada.
Adonis se desesperaba. Las horas del día se le alargaban horriblemente. —¿De dónde eres, Finita?
—De Saida (Sidón), señor. —¡De Saida!
Se iluminó el rostro de Adonis. Acababa de concebir una idea salvadora. Iría a Saida. Nadie le conocía allí. Aquella noche, un carruaje cerrado conducía al joven a Saida. Pasada allí una noche, siguió al día siguiente el camino de Nabatíe. Después se unió a una caravana que viajaba a Hurán.
El anhelo de Adonis era llegar al territorio de los drusos, porque una vez con ellos, no podía alcanzarle la mano turca.