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COSAS INCREIBLES P ER O CIER TAS

In document Adoum, Jorge - Adonay (página 107-110)

Era viernes. Día santo para los mahometanos como para los cristianos el domingo.

Adonay se dirigió al palacio del Emir, a quien encontró en el salón conversando íntimamente con varias personas que se encontraban sentadas.

El secretario saludó. El Emir Faisal le invitó a tomar asiento y dirigiéndose a su vecino, cheik (sacerdote) mahometano, dijo:

—Continúe.

—Pues, como decía a Su Alteza, este cheik Eshanty es maravilloso. El dice que es su fe. Y muchas veces produce milagros sorprendentes... En cierta ocasión encontró en la calle a un joven, víctima de un ataque de epilepsia. Se acercó, colocó el pulgar de su mano derecha en el entrecejo del paciente, le sopló a la cara y el joven volvió en si. Si no hubiera estado presente no lo creería.

—Una vez —intervino un hombre que estaba sentado junto al que había hablado— mi mujer se quejaba de un fuerte dolor crónico de cabeza. Tomó varios analgésicos, pero le calmaban sólo momentáneamente. Consulté a Eshanty sobre el asunto y se vino conmigo a verla. Colocó sus dos manos en la cabeza de mi mujer y el dolor le abandonó al momento y para siempre.

—Ese hombre debe ser un "uali" (santo) —dijo una voz. El Emir sin dar oídos a esta sentencia, preguntó: —¿Pero cómo puede comer tal cantidad? El que estaba más cerca de él, contestó:

—Yo tampoco lo sé. Pero Su Alteza puede cerciorarse por sí mismo, cuando venga él. —Es algo increíble —sentenció el Emir.

Otro cheik habló:

—Lo más sorprendente, en este ser, es que nunca guarda ni dinero, ni alimentos para mañana. Todo lo sobrante de su propia familia lo reparte entre los necesitados.

—¿Cómo? —dijo Faisal—. Y al siguiente día, ¿qué come?

—¡Tiene tanta confianza en la Divinidad! Y parece que Dios no le abandona nunca... Sus palabras favoritas son: "Recibo para fiar y cuando doy, recibo."

Después de estas palabras reinó un silencio marcado. El Emir meditaba, Adonay recorría los rostros de los asistentes de uno en uno.

Un cheik anciano que estaba a su lado, dijo por último:

—Y aquel famoso juicio de su Excelencia Eshamba con El Azim que duró más de diez años... No hubo manera de arreglarlo a pesar de la intervención de Nazim Bacha; a Eshanty le bastaron dos minutos. Fue a cada uno de los dos y les dijo: "Hermano, que la paz sea en tu corazón. Hay que arreglar este pleito, con tu contendor, en este mundo y no cargarlo hasta el más allá..." Su Excelencia el Azim me contó: Cuando oí las palabras del cheik, sentí un deseo intenso de ir a hacer una transacción con su Excelencia Eshamba. Y en efecto, me dirigí a su casa con esa intención, y grande fue mi sorpresa al ver a mi contendor que venía a la mía con el mismo propósito. En menos de cinco minutos lo arreglamos todo y ahora somos, desde aquel momento, muy buenos amigos.

Mientras en todos los asistentes se advertía la sorpresa, el portero anunció: —¡Cheik Eshanty!

—Que pase —ordenó el Emir.

Asomó en el marco de la puerta un hombre, cuya estatura medía por lo menos un metro noventa. Cubría su cabeza con un turbante blanco y en la barba se advertían algunas hebras plateadas. Era delgado y simpático a pesar de cierta fealdad de su rostro. Vestía un manto negro viejo, descolorido, y hasta sucio. Su cabello estaba desarreglado y enmarañada su barba.

Anduvo algunos pasos certeros y firmes y exclamó con voz sonora: —Asalam halaicom (La paz sea con vosotros).

—Halaik asalam (Y contigo) —respondieron los presentes.

Se acercó al Emir y le beso la mano. Afablemente, Faisal le invitó a que se sentara. El, con una inclinación de cabeza, dijo:

—¿Permite su Alteza que conozca a todos los presentes? —Y recorría todos los rostros con su mirada penetrante. —Sí... conozco a todos. Menos a... este... caballero —Y clavó sus ojos en Adonay.

Este sostuvo su mirada escudriñadora con otra muy suave y dulce. El cheik se acercaba a él con pasos lentos mientras el Emir explicaba:

—Adonay, para servirle —respondió el joven. Sin quitarle la mirada de encima, el cheik le extendió la mano. Adonay se levantó y apretó la mano extendida.

Ambos callaban y ambos se miraban a los ojos. Ni una palabra pronunciaron, pero parece que se entendieron perfectamente.

El cheik, se volvió al Emir diciéndole: —A sus órdenes, Alteza.

—Ven —dijo el Príncipe—. Siéntate a mi lado. ¿Es cierto lo que me han contado de ti? ¿Es verdad que curas las enfermedades con la sola imposición de tus manos?

—Sí. Es una cosa muy sencilla, Alteza. Vos mismo podéis curar y todos los presentes también.

—¿De qué manera? ¿Acaso esto no es un don divino? —Sí, Alteza. Pero ese don divino es patrimonio de todos los hijos de Dios.

—¿Por qué yo y los otros no podemos hacer esto?

—El secreto consiste en querer y creer, Alteza. Si los hombres no pueden curar es porque no pueden querer ni creer... Sin embargo, hay entre los presentes un hermano que cura solamente con la fuerza y el poder de su deseo, de su mirada y no obstante, nadie sabe, ni se da cuenta de que él tiene este poder.

—¡Qué maravilla! —dijeron algunas voces del grupo. El Emir, trató de conocer de quién se hablaba y lo buscó entre los presentes. Pero vencido, preguntó:

—¿Y tú no puedes decirnos quién es él para recompensarle? —No, Alteza, porque este hermano no pide nada, ni recibe recompensas, por su obra.

Reinó el silencio más profundo entre los presentes. Y algunos adoptaron una postura llamativa e interesante, como si significaran: "Ese soy yo."

Adonay en tanto, miraba al cheik como quien oyera por primera vez en su vida esa disertación. Nuevamente el Emir reanudó la conversación.

—Oye, ¿es verdad que tú puedes comer más de lo que comen veinte personas? —Decid más bien como cuarenta o cincuenta —respondió sencillamente el cheik. —¿Puedes comer un "mansef"? —Haremos la prueba, al menos...

El Emir entonces dio una orden.

Antes de diez minutos entraron por la puerta seis hombres que cargaban una enorme fuente, sosteniéndola por sus asas. Aquella vasija estaba llena de arroz cocido y sobre el arroz, un carnero completo bien cocinado.

La fuente fue colocada en el salón. Contenía de tres a cuatro arrobas de arroz sumergidas en más de veinte libras de mantequilla.

Entonces, el Emir dijo sonriendo: —Estás servido.

El cheik se adelantó. Se sentó en cuclillas frente a la vasija, y extendiendo su mano sobre el alimento, invocó:

—En nombre de Alá Todopoderoso.

Comenzó a comer, o mejor dicho a tragar porque masticaba poco. En un completo silencio, todos le devoraban con la mirada, como hacía él con el arroz y la carne.

Poco a poco el asombro del Emir y de todos los circunstantes llegó al máximo. ¿Qué fenómeno era aquél? ¿Ilusionismo? ¿Engaño?

No. Era la realidad visible.

Y mientras tanto, parecía que el cheik tenía más apetito mientras más comía. El bocado llamaba a otro bocado con más avidez y más deseo.

Los minutos corrían y la comida mermaba con gran rapidez.

Un rumor de conversaciones calladas, un cuchicheo de Iglesia o mezquita se pudo escuchar entonces. El gastrónomo no prestaba atención a nada, ni a nadie. Su mirada fija en su alimento, recordaba la de un fakir en éxtasis.

Tras una hora, sólo se veían los huesos blancos de lo que fue un carnero y la tercera parte del arroz. Sin embargo el cheik continuaba como si recientemente empezara a comer. Media hora más, y la fuente quedó completamente vacía. Al fondo, los huesos. Con gran naturalidad, el cheik miró a todos los concurrentes y pidió:

—Un poco de agua, por favor, para lavarme las manos. Nadie se atrevía a romper el silencio. Pero uno que se hallaba al lado de Adonay, murmuró:

—Este hombre debe tener demonios en su vientre. Adonay no contestó. El Emir, exclamó entonces:

—¡Es sorprendente! ¡Increíble!... ¿Y puedes comer más?

—Alteza —respondió el cheik con gran seriedad— todavía no he comenzado mi almuerzo... En todo el palacio se oyó entonces un coro de carcajadas.

Solamente Adonay continuaba triste y fruncido el ceño. Cuando cesaron las risas, preguntó nuevamente Faisal: —¿En tu casa, comes así?

—No, Alteza. Un pan y un vaso de leche tomados por la mañana, son mi único alimento en todo el día. —¿Nada más?

El Emir entregó al cheik un rollo de billetes de banco, mientras decía, entre una sonrisa: —Señores, es hora de almorzar. Ojalá el apetito del cheik os haya contagiado.

—¿Y a mi, Alteza, no me invitáis? He venido en ayunas —dijo Eshinty. Nuevamente rieron todos al tiempo que el Emir le decía:

—Acompáñanos, hijo. Pero dudo que haya alimento suficiente para tí.

Entraron todos al comedor. El Emir dirigió una corta invocación y todos tomaron asiento. El cheik, que estaba a la izquierda del príncipe, pidió un plato de leche cortada.

Entonces habló el Emir: —¿Qué, no te gusta la comida?

—No es eso, Alteza, pero ya os dije que mi alimento en el día es un pan y un vaso de leche. —¿Y lo que comiste hace un momento?

—Pero... ¿yo he comido? —preguntó el cheik, en un tono de voz, como si hablara consigo mismo. Uno de los convidados intervino:

—No faltaba más sino que se repita aquí el cuento del gato del avaro. —¿Cómo fue eso? —preguntó interesado el Emir.

—Se cuenta. Alteza, que un avaro envió a su sirviente al mercado para comprar tres libras de carne. El sirviente, que estaba con gran apetito, se las comió. Cuando su amo le preguntó por el paradero de las mismas, contestó: Ya se las comió el gato... El avaro tomó al gato y lo puso sobre la balanza. El pobre animal no pesaba sino dos libras y media... Furioso el avaro gritó: "¡Ladrón! ¿Si es éste el peso del gato, dónde está la carne? ¿Y si éste es el de la carne, dónde está el gato?"

Fue general la carcajada. Luego, el mismo narrador continuó:

—Ahora podemos pesar al cheik, y su peso no será menor de 400 libras, por lo menos... —Está usted equivocado —exclamó el Emir sorprendido. —Yo no miento nunca, señor.

Admirado el Príncipe por la seriedad del cheik. pidió una báscula, y terminado el almuerzo, dijo sonriendo al cheik:

—¿Puedes colocarte en la báscula?

—A sus órdenes —respondió—. Y se puso de pie sobre el tablero.

Muchos se acercaron. Y uno de ellos comenzó a mover el pilón de la romana hasta conseguir el equilibrio. Entonces gritó:

—¡Ciento ochenta y dos!

Un ¡ah!, dejaron escapar los comensales, llevados por la admiración. Y el narrador del cuento del gato, dijo: —¡Caramba! Parece que después del suculento almuerzo, el cheik enflaqueció dos libras...

Nadie se rió del chiste. Mientras tanto, el cheik bajó de la romana, se acercó a ella, examinó su brazo y dijo: —Yo peso más. Vosotros estáis equivocados.

—¡Qué! ¿Acaso no sabemos leer los números?

—No se- pero yo peso más —y volvió a subir sobre el tablero. Efectivamente, el brazo de la romana se desequilibró y ascendió.

Colocaron una pesa de cincuenta libras pero seguía como antes. Entonces pusieron una de cien, de doscientas, pero aun era mayor el peso del cheik.

Una ráfaga de temor cruzó por los asistentes. Y desesperado el que se encargaba de pesarle, tomó las pesas de 500, 250, 200, 150, y por último la de 50. Ya no había más pesas en palacio. Y el cheik continuaba impasible, encaramado sobre el tablero de la báscula, y el brazo de la misma continuaba en ascensión.

Cuando descendió, un golpe seco indicó la caída del brazo.

Adonay, en medio de ellos continuaba triste y de mal humor. Pero nadie se atrevió o se interesó en decirle una palabra.

El Emir trataba de explicarse el fenómeno de aquel hombre y al cabo de un momento de silencio, exclamó: —Oh, cheik, yo no sé qué decirte. Eres portentoso...

—Señores —continuó—, es la hora de la oración. ¿Quién desea acompañarme a la Mezquita? —Todos —dijeron los presentes

—¿Tú también, Adonay? —¿Por qué no. Alteza? —Porque tú eres cristiano...

—¿Acaso el Dios de los cristianos no se encuentra en una mezquita? Calló el Emir para decir después:

—Es el día de las sorpresas.

CAPÍTUL O V

In document Adoum, Jorge - Adonay (página 107-110)