• No se han encontrado resultados

CAPÍ TUL O XIII ¿PR UEB AS?

In document Adoum, Jorge - Adonay (página 55-62)

La casa de Jadallah Bey El Atrash, está de fiesta. Se prepara el festejo más solemne.

Docenas y docenas de carneros se han sacrificado. Cuarenta mujeres preparan y elaboran el pan.

Se ha extendido una invitación general a todos los parientes y amigos, esparcidos en la Montaña de los drusos.

Los guerreros se reunieron desde muy temprano, a caballo y con sus modernos rifles automáticos, para acudir a la invitación.

Y Jadallah, como rico y como druso generoso, ha abierto de par en par su casa, su caja de caudales y su corazón para recibir a sus huéspedes.

El objeto de aquella reunión no era el festejar un matrimonio ni celebrar un cumpleaños. Era simplemente el ir a Darha para encontrar a Ashtaruth El Atrash, hija única de Jadallah Bey, que regresaba de Damasco, en donde pasó algunos años, estudiando en un colegio de monjas.

Era la primera mujer drusa que cruzó por los muros de un colegio y que por lo tanto sabía leer, escribir y hasta conocía el francés.

¿Por qué Jadallah Bey abandonó toda tradición y permitió que su hija estudiara?

Era porque Jadallah vivió algún tiempo en Constantinopla, en tiempo de Abul—Amid, luego en Líbano, y allí vio que sus correligionarios, hombres y mujeres, cultivan las ciencias.

Un día consultó también a Aristóteles sobre el particular, y éste le contestó: "Es un deber de los padres educar a los hijos."

Entonces Ashtaruth ingresó en el colegio, y también los drusos comenzaron a buscar maestros libaneses para sus hijos e hijas.

A las siete de la mañana, dos mil jinetes envueltos en un manto de polvo, entre el canto guerrero y las detonaciones de fusiles y revólveres, se encaminaban a Darha, que dista más o menos veinte kilómetros del lugar.

A las doce estaban ya de vuelta. A la una, los jinetes almorzaban en la vasta plazoleta, frente a la casa principal, y los caballos comían también en las áreas de trigo. Era un día pleno de humor y alegría.

Dos días después, Ashtaruth dijo a su padre:

—Papá, ¿me dijiste que tienes un "jatib", un maestro, que maneja tus cuentan y que se encarga de la correspondencia?

—Sí, hijita. Te saludó el día de tu llegada. —No lo recuerdo, pero quiero conocerlo. —Ahora te lo mando.

Tras cinco minutos, Adonis estaba en presencia de la hija del Bey. Ella tenía una deslumbrante belleza, y vestía a la moderna. Su orgullo racial, en vez de ser amordazado por la vida de colegio, aumentó de una manera refinada. Su nobleza, su riqueza y su educación, hicieron, de ella una mujer tirana, aunque su corazón no era malo ni estaba pervertido. En su casa y en el colegio, había sido mimada y temida hasta la devoción, lo que engendró en ella un anhelo de poderío y de mando. Era capaz de pedir a su interlocutor que le alcanzara la luna, y desgraciado de él, si no satisfacía sus caprichos.

Tenía 17 años. Montaba a caballo como el mejor jinete. Clavaba todos sus disparos en el blanco de su voluntad, y clavaba también la mirada en todos los corazones para conquistarlos y convertirlos en súbditos y vasallos.

Se complacía mortificando a todos, para reírse después a carcajadas. Pero cuando veía temblar una lágrima en las pupilas de su víctima, se arrodillaba a su lado, lloraba con ella, limpiaba su llanto y le gratificaba con generosidad. ¡Caprichos de naturaleza femenina!

Desde que la conoció. Adonis sintió agrado y desagrado, mezclados en su primera impresión. Cuando la veía competir a caballo con cualquier jinete guerrero, veía en ella a la mujer que ha alcanzado su independencia y libertad. Pero cuando la oía reprender a sus sirvientes con dureza, le dolía mucho el trato de que hacía uso la mujer libre y se preguntaba: "¿Es ésta la mujer libre? ¿No sería una maldición para la humanidad el que la mujer alcance este estado?"... Pero luego se contradecía, diciéndose a sí mismo: "No. Una vez que se la eduque bien, y cuando esté inspirada por su corazón, la mujer será la bendición de los hombres".

Cuando el Bey le ordenó que compareciera ante su hija, sintió Adonis temor y disgusto. Pero estaba obligado a obedecer: ella era su ama.

Ante Ashtaruth, saludó con una inclinación de cabeza, diciendo: —Señorita, vuestro padre me envió a vos.

—¿Quién eres tú? —preguntó ella con altivez.

—Soy vuestro humilde servidor, Adonis, el secretario de vuestro padre.

Ashtaruth ejecutó con la boca una mueca de visible decepción. Mientras tanto. Adonis observaba detenidamente todos sus movimientos.

—¿De dónde eres? —Del Líbano, señorita. —¿Eres druso? —No, cristiano.

—¿A qué has venido a nuestro país, "jatib"?

—La pobreza, señorita, obliga al hombre a hacer aún lo que no desea. La hija del Bey, orgullosa y altiva, miró un momento a Adonis y le dijo: —¿Por qué no trabajaste para ganarte la vida?

Adonis calló. Pero sentía la rebelión de su sangre y el grito de su corazón que se volcaba. —¿Por qué no contestas?

—No sé, señorita, qué es lo que queréis significar con la palabra trabajo. Creo que estoy trabajando.

—¿Tú, trabajando? —exclamó ella riéndose sarcásticamente— ¡Ja, ja! Esto sí que está gracioso... ¿Tú llamas trabajar al escribir una o dos cartas a la semana y apuntar unos números en un cuaderno, durante un cuarto de hora cada día?

Nuevamente guardó silencio Adonis. El también se creía un parásito en esa casa. Era verdad cuanto ella le decía. Pero nunca había esperado recibir de alguien aquella herida... Y sintió que la sangre de aquella herida iba a brotar de sus ojos, transformada en lagrimas.

—Qué, vuelves a callar? —gritó Ashtaruth. —Si... señorita, porque veo que tenéis razón.

—Pero el que yo tenga razón no es suficiente. En esta casa no queremos holgazanes.

—¿Podéis, señorita, designarme algún otro trabajo? —preguntó lentamente Adonis, esforzándose para retener sus lágrimas.

—¿Por qué no? Puedes ir desde mañana a cortar cebada con los trabajadores.

—Lo pensaré, señorita... ¿Deseáis algo más de mí? Sin contestar a su pregunta, le dijo: —¿En qué sabes trabajar?

—En casi nada, señorita, porque he salido recientemente de un colegio.

—¿Un colegio? ¿Y cómo dices que eres pobre? ¿O es que hay colegios de caridad en Líbano? —No, señorita. Pero antes sí tenía para poder estudiar.

—Si, sí —afirmó ella—. El Líbano tiene una manía: el labrador vende su yunta de bueyes para educar a su hijo en un colegio. ¿Y para qué? ¡Para hacer de él un holgazán!

Esta otra verdad fue dirigida directamente al corazón del joven. Ashtaruth, viendo la sumisión y el silencio del desgraciado, buscaba otra arma para herirle.

—¿Cómo me dijiste que te llamabas? —Adonis, para serviros.

—¡Adonis! ¡Ja, ja, ja! —y estalló en una risa histérica — Adonis era el amante de Ashtaruth. ¡Qué barbaridad!... Oye, debes cambiarte de nombre ahora mismo... —Y añadió lamentándose—. ¡Qué desgracia! Yo, Ashtaruth. tengo a mi lado a Adonis. ¡Esto es el colmo! Debes cambiar desde ahora tu nombre.

Adonis sentía que se le escapaba el aire. No podía respirar... Quería huir lejos de aquella bárbara mujer, huir después de abofetearla. Sentía el horrible deseo de hacerlo, aunque eso le costara la vida, pero recordó el juramento hecho a su maestro y callado se serenaba.

—¿Qué te parece el nombre de "holgazán"?

—No es malo, señorita. En la escuela me llamaban "chiflado".

Esta respuesta de Adonis, arrancó nuevamente la carcajada de su ama, que dijo: —¡Qué gracioso...! ¿Y por qué cambiaste de nombre?

—Son ellos mismos quienes me devolvieron el original.

—Pues mientras vivas en esta casa, no te devolveré tu nombre. Te llamarás Holgazán. Calló Adonis meditando, para decir luego:

—¿Y si me voy de la casa?

—¿Cómo? ¡Tú no puedes salir de aquí sin mi orden y la de mi padre!... Salvo el caso que prefieras ser tratado a palos, como a los demás sirvientes.

(Cabe aquí anotar, que el jefe druso es amo y dueño, de la vida y de la muerte, de los de su pueblo.) —¿Y usted señorita, cree que sus palabras son menos duras que el palo?

Esta pregunta salió de los labios del joven, saturada de veneno. Al oírla, Ashtaruth, no supo qué hacer ni qué decir. Y tomando de su pie el zapato, se lanzó contra Adonis. Este, al verla como una leona herida, tomó la resolución de no moverse de su puesto, y de no hablar ni una sola palabra.

Cruzó los brazos en serena actitud, levantó la cabeza, y clavó en ella una mirada desafiante. Su postura semejaba la de un rey.

Al verle en aquella "pose", Ashtaruth bajó su mano que se hallaba a la altura del rostro de Adonis, le miró con desprecio, y volvió a recostarse sobre su lujoso diván oriental. Ella meditaba y su siervo la contemplaba. Pasados dos minutos, la hija del Bey rompió el silencio, diciendo:

—¡Vete, Holgazán! Ya meditaré tu castigo. Se inclinó Adonis con respeto, y salió. Llegó a su cuarto, corrió el cerrojo de la puerta, y lanzándose sobre el lecho, murmuró: —¡Aristóteles! ¡Aristóteles! Tú me aniquilas...

Pasaron dos días sin que ningún suceso rompiera la rutina. Adonis los pasaba entregado a sus libros y a sus meditaciones.

Quería abandonar esa casa, pero no podía faltar a la palabra dada a su Maestro. Quiso relatar a Aristóteles todo lo sucedido pero le dijeron que estaba ausente por un tiempo indefinido.

Al fin, trató de olvidarlo todo, diciéndose que él era secretario y contador del padre, y que la hija nada tenía que ver con él.

Al tercer día, fuera de toda costumbre, el muchacho que le servía no le llevó su desayuno. Adonis lo atribuyó a un olvido, pero tampoco le enviaron el almuerzo ni la comida.

Por la noche, al salir del salón de huéspedes, se encontró con el sirviente y le interrogó:

—Oiga, joven, ¿por qué no me llevó hoy comida? Y el sirviente, mirándole con insolencia, le respondió: —Vete a trabajar, Holgazán, para merecer alimento.

Comprendió Adonis de dónde le venía el golpe.

El dolor y la desesperación de que fue presa, le sumieron en horribles convulsiones espirituales, y la incertidumbre de su situación le arrancaba quejidos de despecho. Se inclinó tristemente y se refugió en su cuarto. ¿Qué debía hacer? ¿Abandonar la casa...? Ya varias veces le había dicho Aristóteles:

—"Nunca debes salir de aquí".

¿Presentaría sus quejas al padre? ¿Y acaso el padre iba a aceptar quejas contra su adorada hija...? Y su maestro también le había dicho:

—"Tus sufrimientos serán tremendos, pero no debes quejarte a nadie, sino a tu corazón. Esta es tu prueba". ¿Abandonaría la iniciación? Eso era indigno. Después de largo cavilar se dijo:

—"Tantas veces he sufrido el hambre, que no me importan unos días más". Y se dedicó de lleno a sus estudios.

Los manuscritos que le había dado Aristóteles, eran escritos por él y poseían ciencias y secretos filosóficos muy raros.

Entre las obras, había algunas que llevaban estos títulos: "Antes del nacimiento", "El misterio fundamental de las religiones", "El deber del Mago y el derecho del hombre", "La salud por el espíritu y la mente", "La voluntad como arma", "El poder en la dulzura", "El dominio que el Mago debe evitar", "Dios y el hombre", "Magia".

Después de cada capítulo de las obras citadas, se encontraban siempre dos palabras escritas con tinta roja y encerradas entre paréntesis, así: "(Medita y practica)".

Ante cada sufrimiento. Adonis acudía al libro que necesitaba y buscaba un capítulo especial, lo leía, lo meditaba, y seguía sus consejos. Después de la práctica de los consejos que encontraba en los manuscritos sentía un alivio innegable, y comprendía cada vez más la intención de Aristóteles y el por qué de los sufrimientos. Y aquella noche, se dijo:

—"Aunque el mundo entero se convierta en Ashtaruth El Atrash, no podría influir en mi ánimo. Continuaré aquí, aunque sea sin comer".

Al día siguiente, salió temprano de la casa, en busca de algún alimento. Pasó en la calle, cerca de la casa de Feres Eziban, hombre acaudalado y que no estaba en buenas relaciones con el Jefe Jadallah, por razón de un disgusto antiguo.

Por casualidad, en el momento en que Adonis cruzaba por allí, entraba Feres a su casa, y viéndole le llamó la atención:

—¿A dónde vas, jatib? —Sin rumbo fijo, señor.

—Ven un rato. Charlaremos un poco... ¿Has desayunado? —No, todavía.

—Entonces entra a desayunar conmigo. Entraron juntos.

Y mientras el dueño ordenaba que se preparase un buen desayuno, Adonis esperaba impaciente, y el olor de los huevos fritos en aceite que se escapaba de la cocina, aumentaba y excitaba su apetito.

Tras un momento de espera, ambos desayunaban, y el dueño de casa atendía a su huésped. Cuando se hallaban satisfechos, Feres preguntó a Adonis:

—¿Estás contento en la casa de Jadallah?

—No me quejo —respondió el jatib, evasivamente.

—Oye, jatib, —propuso Feres— yo tengo un hijo de doce años de edad y quisiera enseñarle a leer. ¿Quieres tú ser su maestro?

—No hay inconveniente... ¿Cuánto me paga? —Dos libras mensuales y la comida.

—Es muy poco, excelencia.

Al oír este nombramiento, se sintió halagado el dueño de la casa y dijo sonriendo: —Te daré tres libras.

—Que sean cuatro, las que me pague, y el trato está hecho. —Aceptado, jatib.

—Pero con una condición —propuso Adonis. —¿Cuál?

—Dos horas por la mañana y una hora por la tarde. —Está bien. Y si quieres venir a la casa, te preparo una habitación cómoda.

—No, gracias. No puedo salir de la casa del Bey. Y al llamado de Feres, acudió su hijo, que comenzó a intimar con Adonis, poniendo así el primer hilo en la urdimbre del cariño.

Cerca de las tres de la tarde, Adonis volvió a la casa. Encontró en el patio a Ashtaruth, en compañía de seis muchachas, primas y amigas. Al verlas, saludó sin detenerse y continuó su camino.

—¡Hola, joven! Ven acá —ordenó imperiosamente, Ashtaruth. Se acercó Adonis y saludó con la cabeza, sin despegar los labios. —¿Qué, has perdido la facultad de hablar?

—El silencio es oro, señorita.

—Entonces —habló sarcásticamente ella— véndenos un poco de tu silencio, señor Holgazán.

Una carcajada juvenil y femenina resonó en los muros del patio. Adonis callaba pero su rostro se tornó lívido. Ashtaruth se mordió los labios, y con tono autoritario, exclamó, dirigiéndose a una habitación:

—Entremos.

Entraron todas las mujeres, y Adonis permaneció en su puesto, como si sus pies se hubieran clavado en el lugar que ocupaba.

—¡Ven acá! —ordenó la hija del Bey.

Con pasos lentos, se encaminó Adonis a la habitación en la que estaban reunidas las mujeres. —Siéntate.

—¿Qué nuevo martirio me está preparando, señorita?

Las palabras del jatib, el tono doloroso y humilde con que las había pronunciado, parece que despertaban en ella la voz de la conciencia. Se ensombreció su semblante, pero en seguida recobró su lucidez. El orgullo amordazaba la voz que nacía. Se volvió a sus compañeras, diciendo:

—Yo, Ashtaruth, os presento a mi adorado Adonis. Y pronunció estas palabras, con gracia del comediante satírico, lo que causó la risa de todas las chiquillas.

—Ven, —continuó hablando a Adonis, con ridícula ternura—, siéntate, amor mío... ¿No tienes hambre? —No, señorita. El holgazán no merece comer.

—Recuerda que te dije que sabría castigarte.

—Y yo le digo, señorita, que este holgazán está en su casa por su propia voluntad, sirve aquí porque él lo quiere, sin que nadie le obligue... Tal vez mañana o pasado me iré para siempre.

—¡Ah! ¿Ya te nombraron ministro? ¿O sin duda te llama a su lado el Emir Faisal?

Al oír este nombre. Adonis sintió un despertar interno y se quedó pensativo, sin escuchar siquiera las manifestaciones de alegría de que hacían derroche las amigas y primas de su ama.

—¿No te gusta vivir con nosotros? ¿Qué te hace falta...? Vives comiendo, bebiendo y durmiendo sin hacer nada.

—Pues, de hoy en adelante no comeré ni beberé en su casa, señorita. —¿Vas a ayunar?

—No, señorita. Trabajaré, en donde aprecien mi trabajo. Ashtaruth quedó un momento pensativa. Y dijo luego:

—¿Y en dónde dormirás?

—Me basta una orden suya, y desocuparé el cuarto. La hija del Jefe Jadallah, tentada estuvo a decir la palabra que esperaba Adonis. Pero la retuvo.

Una de las muchachas, compañera de Ashtaruth, se acercó y le dijo: —Déjale, Ashtaruth. ¡Pobre joven!

Y así interrumpió esa conversación, que se tornaba sombría. Adonis la miró con gratitud, mientras su ama le ordenaba:

—Vete. Y cuidado con salir de esta casa.

Al día siguiente, por la mañana, el sirviente llevó a Adonis su desayuno.

Pero al verlo, recordó el jatib el insulto recibido el día anterior y la promesa hecha a Ashtaruth, y le dijo: —Llévatelo. Y vete a decir a la señorita que le agradezco su limosna, pero que ya no me es necesaria. Ocho días transcurrieron.

Adonis se convirtió en el maestro de un muchacho inteligente, pero demasiado inquieto.

Supo Jalladah Bey, de labios de su hija, el nuevo estado de su jatib. Y enfurecido lo mandó llamar.

Se presentó Adonis y lo encontró paseándose a todo lo largo del aposento, mientras su hija estaba sentada, en actitud pensativa.

—¿De dónde vienes?

—Señor, vengo de dar una lección de lectura al hijo de Feres Bey.

—¿De Feres Bey? ¿Cómo? ¿No sabes que somos enemigos...? ¡Mi propio secretario, sirviendo en casa de mi enemigo!... No faltaba más.

—Perdón señor. Yo no sabía este particular. Con todo aún así, yo no veo el mal en enseñar a leer a un niño inocente.

—Pues señor jatib, debes saber que aquí no consentimos esto.

—Perdón, señor —dijo Adonis mirando a Ashtaruth— como aquí soy holgazán, quise ocuparme en algo. —No, eso no lo permito. Si necesitas dinero o cualquier otra cosa ¿por qué no me pides?

—Yo no pido nada, señor, porque nada necesito.

—¿Cómo que no necesitas? Desde que estás aquí no te he pagado nada. —Nada me faltó, Bey, —contestó Adonis calmadamente— por eso no le pedí.

Jadallah Bey se disgustó contra si mismo. Y como si hablara solo, sin que nadie le oyera, murmuró: —Tanto tiempo sin recibir un solo centavo. ¡Qué calamidad!

—Su bondad para conmigo —dijo Adonis con sinceridad— vale más que todo el dinero del mundo. —Basta ya. Vete ahora mismo a decir a Feres Eziban que no puedes continuar dando clases a su hijo. —Está bien, pero con una condición.

—¿Cuál?

—Que iré, durante el día, a cortar cebada y trigo con los trabajadores. El Bey lo miró estupefacto. Movió su cabeza y exclamó:

—Se ha vuelto loco este hombre. Y salió para asistir a un entierro en un pueblo algo distante, dejando completamente solos al jatib y a su hija.

Ashtaruth se levantó de su asiento y ?e dirigió a Adonis. Este quiso salir, abandonar el recinto, pero ella le detuvo diciéndole:

—¿Estás vendiéndonos al enemigo, eh?

Adonis sintió que la sangre se le agolpaba en la cabeza. Experimentó un terrible martilleo en las sienes, y en sus ojos amenazaban las lágrimas por salir... Se mantuvo callado, mientras Ashtaruth proseguía:

—Ahora que ya no puedes cobrar el valor de tu traición ¿qué esperas hacer? —Pues, para no verte, iré a trabajar al campo con los trabajadores.

Ashtaruth tembló de indignación. Su orgullo y su poderío estaban heridos y sangrantes ante estas palabras de Adonis. ¿El, un sirviente, tratándola de "tu"? ¿él, un miserable holgazán, injuriándola? Íntimamente deseaba que la tierra abriera sus fauces para tragar al monstruo que tenía delante.

Ante la culminación de su cólera, en el supremo espasmo de la indignación, no sabía qué actitud tomar. Ni

In document Adoum, Jorge - Adonay (página 55-62)