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DUD AS Y S UFRIMIEN TOS

In document Adoum, Jorge - Adonay (página 78-81)

Hacía quince días que el Bey estaba en casa. Miles de medios, que le dictaban su imaginación enamorada, puso en práctica para poder ver a Adonis... Ashtaruth sufría intensamente. Varias veces quiso confesar a su padre la pasión que la consumía, pero temía que el autor de sus días, disgustado, despidiera a Adonis. Y ella se repetía que era imposible la vida lejos de él.

Adonis en tanto, se veía acosado por sus dolores, aunque cada día decrecían en fuerza. Muchos le dijeron que era reumatismo y que debía abstenerse de la carne. Y se abstuvo de comerla.

Todos los de la casa, y luego todos los habitantes del pueblo, notaban el cambio operado en Ashtaruth, y crecía la incertidumbre sobre la causa que lo había motivado.

Ella había sido una mujer preñada de orgullo, que muchas veces ni siquiera contestaba el saludo, y ahora, entre otras cosas, saludaba ella primero y a la persona saludada, la llamaba con su nombre de pila.

Un día asistió con su padre a la celebración de un matrimonio pobre. Este caso llamó la atención a todos. El mismo padre, feliz y contento, observaba a su "nueva hija", la contemplaba admirado. Pero debido a su superstición, nunca le preguntó la causa de su regeneración, temiendo que una pregunta de tal índole hiciera desvanecerse el encanto.

Ashtaruth encontró en cierta ocasión a una pobre viuda que lloraba la reciente muerte de su esposo. Ella la consoló un momento, y luego le tendió su mano con diez o doce libras oro, que constituían una fortuna. Aquella pobre mujer, fue la prensa del pueblo que regaba la noticia, y llevada por su emoción y agradecimiento, exageraba los hechos.

Poco después, todos saludaban a la hija del Bey, ostentando en sus labios una sonrisa de cariño. Adonis —preguntó un día Ashtaruth—, ¿cuál es la mayor felicidad del hombre en esta vida? —Pues, hacer felices a los demás.

—Es verdad. —Y calló Ashtaruth. Mas, con un tono de profundo dolor, preguntó—: ¿Habrá alguien que pueda hacerme feliz a mí?

Adonis sonrió, y mientras asomaba a sus facciones la malicia, le respondió: —Algún día llegará aquel hombre.

—Oye, cuando tergiversas el sentido de mis palabras, tengo ganas de morderte esos labios. Y como Adonis riera, le mordió la mejilla. Luego corrió a la cocina.

Pero el primer golpe dado a su felicidad, lo recibió de su padre, quien le dijo: —Ashtaruth, tú estás dando demasiada confianza al jatib. Te veo siempre a su lado. —¿Qué mal hay en esto, padre?

—Ninguno. Pero tu primo, tu novio, no tomará a bien esto.

—Padre —suplicó ella con voz desfalleciente—, si quieres que yo viva unos días más, no me hables de matrimonio con mi primo.

Plena de sorpresa, sonó la voz del Bey: —¿Por qué, hijita?

—Padre, ¿para qué voy a darte razones? Nuestras leyes y costumbres no las aceptarían. Entonces, ¿por qué voy a amargarte y amargar mi vida, explicándote los síntomas de mi enfermedad que no tiene remedio por ahora?

—Eso quiere decir que lo tendrá algún día. —¡Tal vez! —se limitó a contestar su hija.

—Desde mi vuelta, Ashtaruth, te noto muy cambiada. ¡Por Hamsa que tu cambio me alegró mucho! Ahora todo el pueblo habla de ti como de una "ualie", una santa. Todos nuestros sirvientes y trabajadores se desviven por contentarte... Fui ayer a vigilar a los cosechadores y fue incalculable mi sorpresa al ver que habían

cosechado todos aquellos trigales en un día, mientras que el año pasado duró la cosecha dos días y medio. Y cuando les pregunté cómo se había operado tal milagro, me respondieron: 'Por el cariño que profesamos a nuestra ama, juramos por la mañana no tomar ningún alimento hasta terminar nuestra faena... ¡Ah Bey! A cada cinco minutos gritábamos: '¡Por Ashtaruth!', y desaparecía nuestro cansancio."

Ashtaruth seguía atenta al relato, y manaba de sus ojos un torrente de lágrimas.

Al ver llorar a su hija, el Cheik saltó de su asiento admirado y dolorido a la vez, diciendo:

—Por Allah, Ashtaruth, ¿qué tienes? ¿Tú, tú sabes llorar?... Esto debe ser algo grave... Hijita, dime qué necesitas y te lo obtendré para ti, aunque se encuentre en el infierno. Dime Ashtaruth mía, dime...

Ashtaruth al ver preocupado a su padre, al verle desesperado como un niño, él, que toda su vida la había pasado en el lomo de su caballo y en el fragor de las batallas, él, que se había criado entre el fuego de las armas y el relucir de la espada, estuvo tentada a decirle su secreto. Tuvo la idea de confesarlo todo. Y ya iba a lanzar sus palabras cuando creyó ver a su padre con el revólver en la mano, arrojando sus cinco proyectiles en el pecho de Adonis.

Dio un grito desgarrador y ocultó la cabeza entre las manos. El Bey movió sus hombros y quedó silencioso.

Pasado un momento, reaccionó su hija y le dijo:

—Perdóname, papá. Soy una tonta que te hago sufrir sin motivo. Nada hay que justifique este sufrimiento. Sólo que por ahora no quiero casarme. A mas de eso, nada necesito.

—Bien. Si es eso. no volveré a mencionar lo de tu matrimonio, por ahora. Tenemos muchos años por delante, eres joven todavía... ¿Estás contenta?

—Si, papá, gracias...

Mientras que en su interior, se decía: "—Algo he conseguido."

Por la tarde, sentada a los pies de Adonis, le relataba toda la conversación. Al día siguiente, Jadallah Bey preguntaba a su secretario:

—¿Qué le pasa a mi hijita, jatib? Le miró calmadamente Adonis y le dijo:

—¿Acaso debo saber yo lo que tiene la señorita?

—No, no es eso. Te preguntaba porque noto que cuando está a tu lado se encuentra más tranquila. —No, señor. Tampoco está tranquila junto a mi.

—Pero, ¿de qué conversan entre los dos?

—De muchas cosas. De poesía, de literatura, de viajes ... —¿Y de amores?

Adonis quiso penetrar el significado del gesto que ejecutaba su rostro, y riendo forzadamente, respondió: —Todavía tengo necesidad de mi vida, señor... Ustedes los drusos, no quieren cambiar sus leyes ni sus costumbres, ni tampoco he venido para hacerlo... De manera que usted puede estar tranquilo, porque su "jatib" no abusará de la confianza que le ha brindado, y sabe hasta donde llegan sus límites.

Jadallah le proporcionó una mirada de cariño mientras le hablaba:

—Oye, jatib: lástima que no seas druso. Yo te quiero y te aprecio. Primero, fuiste tú la admiración del pueblo y ahora lo es mi hijita... Aristóteles me habló de ti en muy buenos términos, quizá porque eres un sabio, como lo es él... aunque nadie es como el Hierofante... Pero, ¿no puedes tú decirme a qué se debe el cambio de mi hija?... La dejé una leona y la encuentro una oveja. ¿Qué significa esto?

—Antes de contestarle ¿puedo preguntarle si sabe usted algo de Aristóteles?

—Creo que ahora está en Líbano, pero no sé cuándo vuelve... Ahora contesta a mi pregunta. Adonis dejó a un lado su libro de cuentas y volviéndose a su amo, dijo:

—Dice usted que me aprecia ¿no es así? —Sí, así es.

—¿Por qué es eso?

—Hombre, no sé. Quizá por tu proceder con ese pobre labrador... Quizá porque eres correcto en tu comportamiento, o... por simpatía.

—Bueno. Y si le digo: "Jadallah Bey, hágame el favor de prestarme una libra o de regalármela", ¿qué respondería?

—Que este es un favor insignificante para negártelo.

—Gracias... Ahora supongamos que la señorita Ashtaruth después de tratarme mal, después de atentar contra mi vida, después de ver que yo nunca le dirigí una queja, ni un reproche a pesar de sus insultos, llega a apreciarme algo así, como a un pariente. Después voy yo y le digo: "Oiga, señorita Ashtaruth: yo la estimo y por esa estimación me duele mucho el verla como un objeto de odio por parte de toda la servidumbre y de burla por parte del pueblo... La mujer debe ser una flor que perfume al ambiente en el que vive y que aromatice a todo transeúnte... El dominio de la mujer debe ser a base de dulzura y no de despotismo..." Luego trato de despertar en ella los sentimientos dormidos de su noble corazón, y le digo muchas cosas más...

Calló Adonis. Pero el jefe que le miraba con atención y escuchaba con avidez, le dijo: —Continúa, por favor.

—Bien. Si usted que es un hombre que ha pasado toda su vida a caballo y combatiendo, un hombre cuyo corazón —perdóneme la expresión— están encallecido por las circunstancias y el ambiente, estima a su

secretario hasta el punto de darle una suma fuerte de dinero, si él se lo pidiera, ¿por qué no podemos creer que la señorita Ashtaruth, que posee un corazón sensible por el hecho de ser mujer, para complacer a una persona que la estima, trata de cambiar su carácter y ser lo que debe ser?

—Pero jatib ¡es un milagro el que has hecho con mi hija!... Cuántas veces traté yo de cambiar su carácter y todo fue en vano.

—Es porque no ha sabido encontrar usted el camino de su corazón.

—¡Magnífico! ¡Soberbio! En este caso, voy a pedirte un favor, y pide lo que quieras por él. —Señor, estoy obligado a vender mi trabajo, pero no mis favores... ¿Qué desea?

—Ve, si puedes convencerla de que se case con su primo Abdullah. —Esto sí que no es posible, señor.

—¿Por qué?

—Porque para mi desgracia, su hija está enamorada de mí. El Bey, creyó haber entendido mal, y preguntó:

—¿Cómo?... ¿Qué dices?

—No se asuste, señor. Está enamorada de mí, del jatib. Saltó Jadallah empuñando el revólver, y gritando: —¿De ti, perro cristiano?

Pero al terminar su frase, se disipó su furia. Movió la cabeza con el dolor del arrepentimiento. —Escúchame con calma, señor.

—Perdóname, jatib. Eres mi huésped, y por lo tanto, sagrado.

—No, excelencia. Eso no importa, pero oiga lo que le voy a decir. Cuando Hamsa, la Luz, creó a los drusos, por su sabiduría infinita creó a los cristianos, y si los drusos van contra los cristianos es porque ellos tratan de ir contra los designios de Hamsa que los creó. De esta manera, no debe pedirme perdón a mí, su huésped, sino a Hamsa, mi creador. ¿Qué culpa tengo yo si Hamsa me creó cristiano para venir a servir a usted y a su hija? Si soy culpable en algo, no trato de evadir el castigo. Además, yo he sufrido mucho en esta casa, y nunca me quejé ni a usted, ni al mismo Dios. Esto le digo para demostrarle que no estoy aquí por mi deseo, y por mi propia voluntad, sino obedeciendo a una voluntad superior, a la voluntad de Aristóteles... Pero basta una palabra suya para abandonar su casa en este momento.

Jadallah Bey, arrepentido y admirado por la franqueza y erudición de su secretario, quiso decirle muchas cosas, pero sólo preguntó:

—¿Cómo sabes tú tanto de nuestra religión que ordena matar a todo infiel que la descubre? —No es verdad, señor. Su religión es como todas las otras: nunca ordena un mal.

No sabiendo qué contestar calló el Bey para que Adonis continuara:

—Por otro lado, no hemos terminado de hablar sobre su hija, de quien le dije que está enamorada de mí, pero a quien yo no puedo amar.

—¿Cómo, que no puedes amar a mi adorada Ashtaruth? ¿Quién eres tú para no poder amar a mi hija? Dijo esto el Bey, haciendo un esfuerzo para contenerse, pues las palabras de Adonis herían su dignidad y orgullo de padre y jefe.

—Siempre cambia usted el sentido de mis palabras y por eso se encoleriza. —Entonces ¿qué quieres decir?

—Lo siguiente: Primera razón: Su hija es drusa y yo soy un perro cristiano.

Nuevamente se levantó de su puesto el jefe druso. Pero Adonis le detuvo el brazo diciéndole:

—No me refiero al insulto, señor, sino a la creencia general de su raza, que un perro cristiano no puede casarse con una drusa, aunque en Líbano esto sucede según le consta a usted mismo.

Se sentó el Bey diciendo: —Sí. Es cierto.

—Segunda razón —continuó Adonis—: Yo estoy en su casa en calidad de sirviente, y un sirviente nunca puede levantar los ojos hasta su ama.

—Tercera: yo soy un joven pobre y la señorita es millonaria.

—Cuarta: yo no quiero morir todavía, sobre todo sabiendo que mi muerte no beneficiaría a nadie, pues sé que si trato de seducir a su hija, usted me mataría sin miramientos.

—Quinta razón: yo no soy un traidor para abusar de la confianza y bondad que he hallado en su casa, en calidad de huésped.

—¿Ya comprende mis razones por las que no puedo amar a su hija?

El Bey se hallaba conmovido por las palabras de su secretario. Y parecía su voz como ahogada por llanto: —¡Qué irónico es el destino! —exclamó—. Cada vez que el hombre se convence de algo, el Kadar, las circunstancias, vienen en su contra.

Adonis creyó que el Bey aludía al casamiento de la hija con su sobrino y trató de consolarlo: —No se preocupe, Bey, todo saldrá bien a su debido tiempo. Su hija se casará a su voluntad.

—Oye, jatib, ¿hay muchos cristianos que te igualen en nobleza? Eludió Adonis la contestación diciendo: —Aun no hemos llegado a la solución del problema... ¿Ha amado usted alguna vez?

Cerró el jefe los ojos tristemente y con una amarga sonrisa en los labios respondió:

—Sí, Adonis —era esta la primera vez que llamaba a su secretario por su nombre, y lo hacia con cariño—. Amé y por mi amor fui desgraciado toda mi vida.

—Perdone. No sabia que mi pregunta pudiera causarle tristeza.

—No importa. Siempre hay algo de grato en esta tristeza. Joven era todavía cuando el Sultán Abdul Amid, después de nuestra guerra con Turquía, invitó a mi padre a que fuese a Constantinopla.

—Allí me enamoré de una joven, que se apoderó de todas mis facultades y sentidos. Era una joven pura y la amé locamente.

—Llegó a saberlo mi padre y él...

Al decir esto, el Bey levantó la mano a la altura de los labios y sopló sus dedos. Continuó:

—De la noche a la mañana, ella desapareció con sus padres y hasta con los muebles de su casa. El recuerdo de hacía treinta años causaba sufrimiento a aquel férreo druso.

Adonis le contemplaba detenidamente, y le preguntó: —¿Qué hizo usted después?

—Calla, hombre. Casi me suicido... Pero dejemos este recuerdo, que es como fuego bajo las cenizas. —No, señor. Estoy obligado a avivar este fuego por el bien de su hija y de usted.

—Ah, cierto. Estábamos hablando de ella, de Ashtaruth.

—Si. Su hija no debe saber nada de lo que hemos hablado, pues si llega a perder su ilusión de amor, es capaz de matarse.

—Por Dios, jatib ¡tú me matas!

—Efectivamente, es dura la realidad. Pero ante las contrariedades debemos ser hombres. Yo quise convencerla con razones lógicas de que ella está en un error y de que yo nunca puedo ser su esposo. Pero ella no quiso entender razones y vive solamente por la esperanza. Ahora, si usted quiere ahorcar esa esperanza, yo no puedo afrontar la responsabilidad de las consecuencias.

—¿Qué debemos hacer?

—Yo he pensado lo siguiente: tal vez el Hierofante Aristóteles no retorne pronto, y en vista de lo sucedido yo no puedo esperarle por más tiempo. Usted ha de contarle los sucesos y yo le escribiré pidiéndole perdón por no cumplir mi promesa... y me voy.

—¿A dónde?

—Al Emir Faisal, pues sé que está pidiendo voluntarios.

—Estás loco, jatib, y tu idea es descabellada. Primero: tengo que dar cuenta al Hierofante sobre tu persona y devolverte a él sano... Segundo: Tú, con tu cuerpo tan delicado, no podrías hacer un viaje por el desierto. Y suponiendo lo contrario, no sirves para soldado.

—Pero puedo servir de sirviente o de escribiente.

—Tercero: no puedo permitir que suceda algo a mi hija. Debes quedarte aquí hasta curarla de su locura. —¿Y si no lo consigo?

—Ya veremos lo que puede suceder después.

—Bien. Y ahora que ya conoce usted nuestro secreto ¿puede decirme cuál debe ser mi proceder para con ella?

—Debes continuar tal como te has comportado hasta ahora. —Bueno. Pero por lo que pueda suceder, quisiera enviar una carta al Emir Faisal.

—¿Te conoce personalmente?

—No, pero mi carta sería mi recomendación.

—Escribe la carta y yo me encargo de enviarla con la caravana que parte dentro de ocho días. —Gracias.

—Pero te ruego —suplicó el padre— trata bien a mi hija y no la hagas sufrir.

CAPÍTUL O XX

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