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ENTRE L OS DER VICHES

In document Adoum, Jorge - Adonay (página 110-114)

En una noche húmeda y fría de diciembre, Adonay se hallaba en su cuarto, sentado meditabundo. De vez en cuando se preguntaba a sí mismo:

—¿Para qué sirvo yo? ¿De qué sirve esa ciencia si no puedo emplearla? ¿El futuro? ¡Ay del futuro, que siempre es el reflejo del pasado! ¡Ay de los árabes, cuánto sufren y cuánto han de sufrir!

Luego reaccionando un tanto se dijo:

—¡Qué vergüenza! ¿Acaso el que hereda la ciencia sagrada de los magos puede tener patria o nación? ¿Qué diferencia hay entre una raza y otra, y entre una nación y su vecina? ¿No son las células del vientre tan útiles como las del cerebro? Los árabes actualmente, son células de los pies, pero también los pies son instrumentos útiles del cerebro.

"Pero yo, yo soy yo, no puedo vivir en los pies, yo debo obrar en el cerebro. Yo necesito en el cerebro células afines que me ayuden. ¿En dónde voy a encontrarlas?"

Y en el archivo de su memoria comenzó a buscar el lugar en el que pudiera encontrar células cerebrales. Luego dijo en alta voz:

—En Damasco hay tres lugares y yo debo visitar estos tres. Voy a cumplir con mi deber... Aristóteles, padre mío, ¿Por qué has puesto sobre mis hombros esta carga tan pesada? Con todo, que se cumpla la voluntad del Yo en mí.

Antes de terminar su monólogo, oyó golpear a la puerta. Volvió en sí y dijo: —Adelante. Entró el sirviente y le dijo:

—Señor, un cheik mahometano quiere entrar. —Hazle pasar.

Después de pocos segundos entró el cheik Eshanty, diciendo: —¡Que la paz de El sea contigo!

—Y contigo, hermano —dijo Adonay y se levantó para saludarle. Cuando tomaron asiento nuevamente, dijo el secretario del Emir, algo triste:

—¿En qué puedo servirte, hermano? Algo receloso y reservado, dijo el cheik:

—Yo vengo como delegado de la Fraternidad de los Sufíes para invitarte a una sesión especial que tendrá lugar mañana por la noche.

—Agradezco, hermano, la invitación. Hace un momento precisamente estaba pensando en cumplir con un deber y es el de ir a presentar mis respetos a la Augusta Fraternidad.

—Yo mismo me ofrecí a venir, para dirigirte una pregunta. —Si en mi poder está el contestarte no vacilaré.

—¿Por qué huyes de mí?

—Yo no huyo de ti, sino de tus actos. Dios te dotó de un poder ingente y tú lo estás desperdiciando en tonterías. Tu voluntad poderosa llegó a dominar los espíritus de la naturaleza y tu mente se ocupa de disgregar los átomos nutritivos de un alimento para aparecerte como un tiburón o una ballena; luego atraes los mismos espíritus a tu rededor y te afanas en ser más pesado que una montaña. No niego, hermano, que tú has practicado mucho, pero siento decirte que estás muy lejos de la verdadera sabiduría del Sufí. ¿Has olvidado lo que te dijo el Divino Maestro?: "No debéis echar vuestras perlas a los puercos..." No ignoro que vuestros actos tienen su fin; tú y la hermandad quieren atraer al Emir a su seno. Pero, ¿habéis conseguido algo? ¿No sabéis que al que no está convencido de antemano, o mejor dicho, al que no nació Sufí, ninguna prueba puede convencerlo?

Callo Adonay y su triste mirada se fijó en el suelo. El cheik respondió:

—¿Acaso, hermano, los Sufíes no tienen derecho de intentar la conversión del mundo?

—La conversión del mundo no consiste en presentaciones teatrales sino en el pensamiento de amor, de bondad y de tolerancia. La curación de un enfermo, un alivio gratuito, puede ser un medio, pero no es el fin. Nuestra nación está ahora entre la vida y la muerte, aunque la muerte es más segura por falta de médicos y de medicinas. ¿Qué se puede esperar de una nación cuyos magos se dedican a fenómenos absurdos como el comer y hacerse pesado?... No, hermano, no. Nosotros los herederos de la ciencia espiritual no debemos formar naciones, sino al contrario mirar a todas en una. Pero los gobernantes no pueden comprender esto: piden siempre la separación para dominar sobre el más débil. Nosotros no debemos ayudar y fortificar al más débil para guerrear con el fuerte, sino iluminar a ambos para que se respeten mutuamente... ¿Te han contado el tratado secreto entre el Emir y el Ministro I? Pues esto acarreará nuevamente una guerra. La sangre árabe será derramada en vano y el país quedará bajo otro yugo, mientras tú y tus hermanos se dedican al bien de la Fraternidad, en vez de dirigir vuestros pensamientos de luz a nuestro gobernante, para que pueda dirigir el timón de nuestro país hacia otra orilla menos tumultuosa... Compréndeme bien: yo no soy nacionalista, sino universal, pero para mejorar el conjunto debemos comenzar por mejorar las partes. ¿Me comprendes hermano?

—No me llames maestro. Yo no soy sino un simple aspirante. Y es por eso que te ruego, siquiera para aliviar el golpe de la desgracia que se aproxima.

—Perdón, hermano. Tú tienes la razón.

—La razón, hermano, está en ti. Yo no he hecho más que despertarla. —Por eso, vos debéis ser el maestro.

—El verdadero maestro está dentro de cada uno de nosotros, está en el cerebro. Tú y yo no somos más que heraldos.

—No te comprendo, hermano.

—Ya llegará la comprensión a su debido tiempo... Y ahora que todo está aclarado, ¿puedes acompañarme a una visita esta noche? Calló, luego dijo:

—Pienso visitar el "tekki" o convento de los derviches. —¿A los derviches?

—Sí. ¿Te sorprende la idea?

—¿Qué tenemos nosotros que ver con esa gente fanática?

—Si el fanatismo no estuviera en nosotros, no sabríamos que son fanáticos.

—Aunque tú sabes más que yo, quisiera aconsejarte. Esta noche celebran la reunión acostumbrada y es difícil que nos dejen entrar.

—No te preocupes.

—Tú debes conocer sus misterios para atreverte a esta visita. Adonay no contestó. Llamó a su sirviente y ordenó:

—Búscame un coche.

Durante el viaje el cheik preguntaba a Adonay:

—¿Has podido conocer el origen y la historia de estos derviches?

—El Sultán Amurat I, quiso formar un nuevo cuerpo militar: Llamó a Bektatash (el Hadji), un santo mahometano, célebre, que vivía por ese entonces, para que bendijera el estandarte. Después de bendecirlo se acercó al soldado más cercano, colocó la manga de su túnica sobre la cabeza del mismo y dio a toda la tropa, en nombre de Alá, la orden de salir victoriosa en todo combate en que tomara parte. Estos fueron los nuevos soldados como él los llamó (Yeny Chery), de donde viene el nombre "yanisaires"; adquirieron luego el apelativo de "Bektashi", nombre dado a los derviches danzantes... Como tú sabes la palabra derviche es un adjetivo persa que significa pobre. Tiene en árabe el sinónimo de "fakir". La palabra derviche se aplica a todo hombre que renuncia a los bienes de este mundo para entregarse a la práctica de la devoción y ganar el Paraíso.

"Los derviches son de dos categorías: los andantes que son charlatanes, sucios e ignorantes la mayoría de ellos; y los que viven en conventos que son los más serios. Tienen rituales sagrados y una filosofía oculta, incomunicable a los profanos, que se parecen a los sufíes en algunos puntos. Ellos creen en la unidad de la existencia pero no la comprenden. Obedecen la orden del jefe sobre la conducta que deben observar en público y con los otros miembros de la confraternidad. Es para ellos esta orden, una ley infalible.

"Generalmente la sesión comienza con la danza y los aullidos de donde vienen los adjetivos de 'derviche danzante' y 'derviche aullador'.

"Visten el harapo (jirga), de color blanco o azul, y que es siempre un arambel.

"Como puede notarse, el derviche debe tener una obediencia (pasiva) y una humildad sin límites. Antiguamente no se ocupaban de la política, pero en los tiempos modernos han dado mucho que hacer al Sultán.

"Los derviches deben tener y practicar las diez cualidades del perro." Al llegar a este punto, se dirigió al auriga, diciéndole:

—De aquí puedes regresar. Se apeó, seguido del cheik.

Cuando el coche hubo partido de regreso, Adonay abrió un paquete, del que sacó las vestiduras que lo convertían aparentemente en un derviche.

El cheik lo miraba sorprendido. Cuando terminó de vestirse, dijo Adonay: —Tú no debes hablar. Tienes que imitarme en todos tus actos.

—Hermano, tú debes ser... —Calla hombre. Yo soy Adonay. La noche estaba oscura.

Anduvieron poco trecho por un camino impracticable. Los jardines ocultaban las pocas luces que se veían, a lo lejos, de Damasco. Sólo las del Salahie brillaban como estrellas.

—Son las once, hermano —dijo Adonay—. Hay que apresurar la marcha para llegar a tiempo.

Aligeraron los pasos. De vez en cuando, el cheik dirigía a su compañero una pregunta, a la que respondía el otro con monosílabos.

Al fin, llegaron a una construcción al este de la ciudad. Era un monumento bastante raro por su arquitectura. Tenía varias torres a modo de campanarios.

Se detuvieron ante la puerta principal. Adonay parecía meditar mientras su compañero sentía alguna dosis de temor o miedo.

Después de algunos instantes de vacilación, Adonay golpeó la puerta de un modo especial y característico. Al mismo tiempo se oyó abrir una ventanilla enrejada en el mismo portón, y una voz que gritaba:

—Un perro que siempre tiene hambre.

—¿En dónde está tu morada? —volvió a preguntar la misma voz. —Yo no tengo ninguna.

—La gente duerme a esta hora.

—Y yo vigilo de noche. —¿Qué herencia has dejado después de muerto? —Ninguna.

—¿Con quién vienes? —Con otro perro.

Entonces la voz desde el interior dijo: —Son de los nuestros.

La puerta de entrada fue abierta, dejando ver la más densa oscuridad. El vigilante tomó la mano de Adonay, mientras el cheik se asía fuertemente al brazo que le quedaba libre. Después de caminar varios pasos a oscuras, el vigilante tocó a una puerta.

Una voz del interior se dejó oír. Decía:

—El dueño nos abandonó después de maltratarnos. El vigilante estrechó la mano de Adonay, quien contestó: —El perro no abandona a su dueño aunque lo maltrate. —¿En dónde piensas sentarte?

—En el último puesto.

—Ya no hay lugar entre nosotros.

—Es porque yo cedí el mío a quien lo quiso. —El patrón te pegará.

—Con tal que me de un pedazo de pan vuelvo a él.

—¿En dónde está tu puesto cuando el dueño se sienta a comer? —Muy lejos de la mesa.

—¿Cuándo piensas regresar a tu casa?

—Nunca, porque sigo siempre al maestro; porque tengo las cualidades del perro. Se abrió la segunda puerta, y centenares de voces exclamaron:

—Bienvenidos hermanos.

La luz envolvía a un inmenso salón lleno de derviches. Adonay entró en él, junto con su compañero que temblaba, y que nada había podido entender de aquellas preguntas y respuestas.

Adonay se detuvo en el dintel de la puerta como si quisiera ocupar allí el último puesto. El jefe de los derviches dijo:

—Ven acá hermano. El profeta de los cristianos ha dicho: "Quien se humille será elevado." Acércate; tu puesto está a mi derecha.

Adonay se volvió al cheik y le dijo:

—No te muevas de aquí y ni una palabra...

Luego se adelantó, atravesando el vasto salón pavimentado con raros mosaicos. Sus pasos eran lentos y seguros. Fijaba su mirada a izquierda y derecha, pero sin mover la cabeza. A final se detuvo con respeto, pero indicaba también valor. El Jefe se inclinó ante él diciendo:

—Saludo al hijo de Aristóteles.

Y bajando del sitial, condujo del brazo a Adonay y lo hizo sentar a su derecha. Este obedeció después de una ligera inclinación.

El Jefe empuñó el bastón de mando y gritó:

—Que se acerquen los videntes predestinados para esta noche. Se acercaron doce derviches. Después de ser examinados, el Jefe preguntó a Adonay:

—¿A quién designa el señor?

—A éste —respondió Adonay señalando a un joven. —Es muy niño...

—Mejor así, porque está exento de prejuicios. Y con su bastón hizo sobre el adolescente varias señales indicándole luego el centro del salón.

A una señal del Jefe se retiraron los once restantes.

El derviche niño se encaminó hacia el punto señalado y se detuvo.

A otra señal, desde un rincón del aposento se escuchó una melodía con aire de danza.

El primer movimiento era "moderatto". El joven empezó a bailar al compás de la música. Poco a poco la danza y la música fueron acelerándose. Por fin callaron los instrumentos de aire y de cuerdas, quedando sólo el ruido de los tambores y timbales. Era un ruido ensordecedor. Los derviches comenzaron entonces a aullar de la manera más espantosa, que podía infundir miedo en el corazón más valiente.

Y después del aullido general, los derviches principiaron a bailar locamente en su puesto, como si todos sufrieran un ataque epiléptico.

El tambor dio una señal. Todos se detuvieron clavando su mirada en el derviche del centro del salón.

Nuevamente el tambor aceleró sus toques de la manera más fantástica y excitantemente nerviosa. El derviche niño, apoyándose en el talón derecho, comenzó a girar tan vertiginosamente, que los circunstantes no podían adivinar una forma humana en aquella columna giratoria.

Otro aullido ensordecedor retumbó en el salón. Y el joven derviche tambaleándose, cayó al pavimento sin sentido.

El aullido continuaba. En tanto, Adonay levantó imperceptiblemente la mano y trazó un signo desconocido en dirección al desvanecido.

A una señal del Jefe, calló el tambor, cesaron los gritos y reinó el más fúnebre silencio. Bajó de su dosel, anduvo hacia el extasiado y alrededor de él formó un círculo con su bastón. Acto seguido, se volvió a su puesto y con voz de mando, dijo:

—Ahmed, te ordeno que contestes a mis preguntas. —Obedezco —dijo el joven.

—¿Quién está cerca de mi? —El enviado.

—¿Cómo lo sabes? —Por la señal de mando. —¿A qué viene?

—A sembrar la semilla de la reforma. —¿La reforma? ¿Qué reforma es esa?

—El objeto de la vida es convertir a los inferiores en superiores y al hombre en Dios. Escandalizado el Jefe de los derviches, gritó:

—¡Cómo! ¿Quiénes son los inferiores? —Todos nosotros somos inferiores. —¿No somos nosotros los elegidos? —Todos los hombres son elegidos de Dios.

—¿Cuáles son los inferiores y cuáles los superiores?

—Los inferiores son aspirantes a dioses y los superiores ya son dioses. —¿Y los que siguen el camino del mal?

—No hay ni mal ni bien, ni cielo ni infierno, sino sólo en el pensamiento del hombre. —¿En dónde está "Iblis", el demonio, entonces?

—En el mismo hombre y es la reunión de todos los errores del pensamiento. Sin saber qué decir, el Jefe se volvió a Adonay explicando:

—Este niño blasfema porque está endemoniado.

—No, Maestro. Este niño está más cerca de la verdad. Volvió el Jefe a preguntar al hipnotizado: —¿Existe Dios?

—Dios es lo que es.

Como posiblemente nadie comprendió esta respuesta, volvió el Jefe a objetar: —A decir verdad, no sé a qué atribuir esto.

—Puedes cambiar el tema para cerciorarnos —sugirió Adonay. —Tiene razón.

Y dirigió las siguientes preguntas: —¿Puedes ver el porvenir? —Tal vez, si se me permite.

—¿Qué porvenir tendrá nuestro gobierno árabe? Suspirando, respondió:

—No habrá gobierno para tener porvenir.

A pesar de la estricta disciplina se oyeron varias exclamaciones de estupor. Mientras, el joven decía:

—Ay, ay, Maisalún: serás regada de sangre, Maisalún, el campo de la batalla y de la derrota. Los soldados árabes sucumben. La sangre se derrama en vano... El Rey huye cubierto de vergüenza y remordimiento porque no quiso oír el consejo. Pero vos estaréis muy lejos porque no merecéis la vergüenza de la derrota. Pero ¡ay! de aquellos que riegan la sangre de los mártires. Pagarán mil por uno y su país será arrasado por el más fuerte y déspota... ¡Guerras! ¡Guerras! Más guerras y más destrucción...

Al terminar estas frases, el adolescente comenzó a temblar. El jefe dijo:

—Hermanos, nuestro vidente desvaría, Iblis se ha apoderado de él. ¿De qué rey habla? ¿Qué batalla habrá en Maisalún?... Ahora ya estoy seguro de que está poseído.

Y a una indicación suya, los presentes se pusieron a cantar para alejar al demonio y para despertar al extasiado. Mientras tanto Adonay estaba ensimismado y gruesas gotas de sudor se escurrían por su rostro.

CAPÍTUL O VI

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