En los casos de divorcio siempre existe culpa. ¿Han intentado al menos los cónyuges perdonarse mutuamente, alcanzar el perdón, ya sea solo en parte, poner fin a la guerra del divorcio? ¿Cómo se puede construir una nueva relación, un nuevo vínculo sobre el odio –a menudo lleno de amargura–, remanente del primer matrimonio? Los pastores de almas que acompañan a divorciados deben acometer con ellos este intento: «¿Ha dado Ud. al menos algún paso hacia su antiguo cónyuge, su ex mujer, su ex marido, después del divorcio?». ¿Qué significa el deseo de los sacramentos si todavía está vivo el antiguo odio, el antiguo conflicto?
4. Los cónyuges fieles, ¿ignorados?
En las parroquias y comunidades hay familias que se mantienen heroicamente unidas a pesar de todas las tormentas y temporales, porque se han prometido fidelidad y porque se toman en serio el sacramento. ¿Qué signo les dan sacerdotes y pastores de almas si se habla todo el tiempo de los «pobres divorciados vueltos a casar»? Ciertamente es necesario mostrar compasión con estos, pero cuidado: que ello no nos lleve a olvidarnos de expresar aliento, reconocimiento y gratitud a aquellos matrimonios que perduran, pues perduran en la fe. Un diácono al que su obispo le encargó acompañar en la diócesis a los divorciados vueltos a casar y a los matrimonios que atraviesan dificultades o están a punto de divorciarse atestigua que el Señor, por la vía del acompañamiento, puede salvar matrimonios y parejas. Si en nuestras comunidades eclesiales se destacara a las parejas que viven su matrimonio en fidelidad mutua y ofrecen un ejemplo de lo que significa la fidelidad de Dios para con nosotros, ello alentaría a los matrimonios más jóvenes a no partir caminos a las primeras dificultades y a los menos jóvenes a aguantar. ¡Con cuánta frecuencia vemos divorcios tras veinticinco o incluso cuarenta años de vida conyugal! ¡Cuán conmovedor resulta, en cambio, participar en la celebración de bodas de oro o de diamante!
¿De qué manera podemos presentar como modelo a quienes permanecen fieles a su promesa matrimonial? ¿Y qué debe respondérseles a los divorciados cuando se quejan de la dureza de la Iglesia? Es necesario que nos preguntemos si no puede el pastor de almas caminar a su lado, acompañarlos y decirles: «Miren esta o aquella pareja en nuestra comunidad, en nuestra parroquia: ¡cómo se mantiene unida a pesar de las dificultades! Por desgracia, Uds. no han podido permanecer junto a sus esposas o esposos; su matrimonio ha fracasado, pero no acusen a la Iglesia de falta de compasión. Mírense primero a Uds. mismos y suplíquenle luego a Jesús misericordia para sí y para todos aquellos que sufren a causa de su divorcio y su nuevo matrimonio».
A los divorciados que se casan de nuevo siempre les digo: aunque consiga Ud. la anulación de su primer matrimonio y aunque el párroco le administre –ya sea con vacilación– los sacramentos, porque su segundo matrimonio es una realidad y porque Ud. tiene el profundo y sincero deseo de unirse a Cristo a través de los sacramentos, invariablemente permanece la pregunta: ¿cómo se presenta Ud. ante Dios, ante su conciencia, ante el hondón de su alma? A Dios no se le puede engañar, ante él no valen las falsas apariencias.
En nuestra conciencia estamos solos ante Dios. Ante él debemos plantearnos la pregunta: ¿he sido misericordioso con mi cónyuge? ¿Y con nuestros hijos comunes? Estas preguntas no se las puede ahorrar a uno ningún sacerdote, ninguna Iglesia. Únicamente se puede responder a ellas ante Dios.
Es muy difícil decidir cómo debe abordar uno semejantes situaciones. Soy consciente de ello.
Debemos excluir dos extremos. El primero: un párroco en una diócesis vecina colocó una gran pancarta en su Iglesia: «Aquí puede comulgar todo el mundo». Eso no es una actitud pastoral ni tampoco la actitud de un buen pastor de almas. Es falsa misericordia. Todos tenemos necesidad de recorrer el camino de la conversión. El otro extremo consiste en decir: «No hay solución para los divorciados ni para quienes vuelven a casarse, en ningún caso, nunca». Tampoco este camino es satisfactorio.
Es necesario considerar cada situación de cerca, en el marco de la cura de almas. Sé que eso es muy difícil. Muchos párrocos, pastores de almas y afectados exigen reglas claras. Está, a no dudarlo, la regla de Jesús: el Evangelio, y este es muy claro. En una ocasión, estando yo de visita en una parroquia, un señor se dirigió a mí en tono bastante agresivo: «¿Por qué es tan dura la Iglesia? Carece de toda compasión con los divorciados vueltos a casar». «Querido amigo –le respondí–, bien le gustaría a la Iglesia tener una solución a este problema. Pero Jesucristo se manifestó al respecto, ¡y ese es el obstáculo!». Y entonces cité simplemente las palabras de Jesús: «Quien repudia a su mujer y se casa con otra comete adulterio» (Lc 16,18; Mc 10,11; Mt 19,9). El hombre palideció y no dijo nada; estas palabras le habían llegado directamente al corazón: «Este hombre eres tú, te dice Jesús, y has roto la promesa de fidelidad que habías hecho». Cuando llega ese momento, entonces puede producirse el perdón misericordioso. Este solamente es eficaz en la verdad; en la mentira no tiene ninguna eficacia. Mientras uno siga anclado en la acusación a los demás, Jesús no puede ofrecer su misericordia.
Primero hay que ver si existe algún camino de fe. En mi libro sobre la eucaristía7 menciono el ejemplo de una pareja en la que la mujer es una divorciada que se ha vuelto a casar. Tanto él como su mujer aceptan que no pueden confesarse ni comulgar, y lo hacen desde la fidelidad a la doctrina y la palabra de Jesús. Esta familia de campesinos tiene ocho hijos, a los que han educado modélicamente en la fe. Los conozco bien. Los padres nunca acuden a recibir los sacramentos; pero cuando los niños van a comulgar, dicen: «Mamá, hoy voy por ti». Cuando le pregunté a esta señora: «¿No anhela Ud.
recibir la comunión?», su respuesta fue: «Por supuesto que sí, incluso mucho; pero cuando la gente de nuestra comunidad parroquial me dice que la Iglesia se ha vuelto más liberal y que ahora podría recibir la comunión, yo les contesto: “No os preocupéis por mí; preocupaos más bien por quienes podrían recibir los sacramentos y no lo hacen”». He aquí ejemplos de conductas impresionantes, y es importante alentar a tales personas en este su camino, que constituye una bendición para la Iglesia.
Pero también están aquellos a quienes semejante actitud les parece inalcanzable. A menudo sufren amargamente por saberse excluidos de los sacramentos. Sus preguntas se tornan entonces más atormentadoras; y sus peticiones, más insistentes. ¿No existe ninguna senda de reconciliación para las personas cuyo matrimonio ha fracasado? Se nos propone adoptar la «solución» de las Iglesias ortodoxas, que aceptan hasta tres uniones con divorcio y nuevo matrimonio (aunque solo las primeras nupcias son consideradas sacramento eclesial pleno). La Iglesia católica nunca ha asumido esta praxis. Se atiene fielmente a la unicidad e indisolubilidad del matrimonio, y eso es un valor tan grande para todos –para la familia, para los hijos y para la propia pareja–, que hay que mantenerse con firmeza en ello, fieles a las palabras de Jesús: «Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre» (Mt 19,6).
No puedo ofrecerles ninguna solución sencilla, ninguna receta para los innumerables casos de divorcios y nuevos matrimonios. Pero les recomiendo seguir los cinco puntos precedentes: como camino hacia la conversión y la reconciliación. Y este llamamiento a la conversión nos concierne a todos. Que en el trato con aquellos cuyo matrimonio ha fracasado nos guíe la palabra de Cristo: «Quien de vosotros esté sin pecado tire la primera piedra» (Jn 8,7).
1. Para lo que sigue, cf. CH. SCHÖNBORN, Die Freude, Priester zu sein. Exerzitien in Ars, ed. por H. PH. WEBER, Freiburg i.Br. 2011, 144-157 [trad. esp.: La alegría de ser sacerdote: tras los pasos del cura de Ars, Rialp, Madrid 2010].
2. CH. SCHÖNBORN, Vom geglückten Leben, ed. por H. PH. WEBER, Wien 2008, 105-106.
3. La compleja situación es descrita por D. KLEPP en N. NEUWIRT H (ED.), Familienformen in Österreich. Stand und Entwicklung von Patchwork- und Ein-Eltern-Familien in der Struktur der Familienformen in Österreich, Österreichisches Institut für Familienforschung der Universität Wien, Wien 2011, 73-186. M. MÜHL, Die Patchwork-Lüge. Eine Streitschrift, München 2011, sostiene un enfoque crítico, marcada también por su experiencia personal. De forma bastante más matizada argumenta el especialista danés en terapia familiar J. JUUL, Aus Stiefeltern werden Bonuseltern. Chancen und Herausforderungen für Patchwork-Familien, München 2011.
4. Los datos aducidos se corresponden con los publicados por la Oficina Austríaca de Estadística
correspondientes al año 2010:
http://www.statistik.at/web_de/statistiken/bevoelkerung/scheidungen/index.html; http:// www.statistik.at/web_de/statistiken/bevoelkerung/eheschliessungen/index.html (consulta realizada el 16 de noviembre de 2011). Al respecto, cf. R. K. SCHIPFER, Familien in Zahlen 2011. Statistische Informationen zu Familien in Österreich, Österreichisches Institut für Familienforschung der Universität Wien, Wien 2011.
5. Al respecto, cf. Aufmerksamkeiten. Seelsorgliche Handreichung für den Umgang mit Geschiedenen und mit Menschen, die an eine neue Partnerschaft denken, ed. por DEPARTAMENTO DE FAMILIA DE LA PASTORAL
CAT EGORIALDELA ARCHIDIÓCESISDE VIENA, Wien 2011 (nueva ed. revisada).
6. Numerosas iniciativas ofrecen ayuda a hijos de divorciados. Como ejemplo para Austria mencionaremos tan solo la asociación Rainbows: Für Kinder in stürmischen Zeiten (http://www.rainbows.at) y, para Viena en particular, el Centro de Atención a Madres y Padres Solteros de la archidiócesis (Kontaktstelle der Erzdiözese für Alleinerziehende, http://www. alleinerziehende.at/).
7. Cf. CH. SCHÖNBORN, Wovon wir leben können. Das Geheimnis der Eucharistie, ed. por. H. PH. WEBER, Freiburg i.Br. 20062, 142ss.