Sobre la pastoral de los fieles divorciados y vueltos a casar civilmente.
C
HRISTOPHS
CHÖNBORNCOMO cristianos se nos alienta a acercarnos a los más pobres de entre los pobres. El concilio exige prestar atención a los más pobres, sobre todo en la cura de almas en las parroquias. Los más pobres no son solo aquellos que carecen de medios de vida o están excluidos, sino también quienes han fracasado en el amor, han tenido problemas en una relación de amor iniciada o han visto derrumbarse el hogar que se habían construido. En nuestras parroquias hay muchos fieles divorciados que se han vuelto a casar civilmente1: participan en diferentes grupos, colaboran de forma activa en la preparación de los sacramentos, se involucran en tareas caritativas, asisten a la eucaristía y les gustaría comulgar. Para muchas de estas personas es una necesidad dar también con ello ejemplo a sus hijos. Esto plantea un difícil problema a numerosos pastores de almas: ¿cómo podemos ayudar con talante misericordioso a quienes con frecuencia tienen el corazón desgarrado y desean construirse una vida con más amor que la anterior?
En las exequias del presidente federal austríaco Thomas Klestil abordé el dilema ante el que numerosas personas se encuentran en la actualidad, ante el que también Thomas Klestil se encontraba:
«No nos corresponde a nosotros juzgar. Jesús lo dijo con énfasis: “No juzguéis y no seréis juzgados” (Mt 7,1). No olvidemos nunca estas palabras de Jesús. Con consternación constatamos cuán grande es hoy el anhelo de vivir una relación lograda, el anhelo de seguridad en el matrimonio y la familia, y cuán difícil se ha tornado verlo satisfecho. Siempre respetaste la posición de la Iglesia en esta cuestión, aunque no te resultaba fácil. Tampoco a la Iglesia le resulta fácil encontrar el camino entre la necesaria protección del matrimonio y la familia, por una parte, y la asimismo necesaria misericordia para con el fracaso humano y los intentos de comenzar de nuevo, por otra. Quizá tu muerte, querido amigo, nos proporcione ocasión de esforzarnos todos juntos por lo uno y por lo otro, conscientes de que ambas cosas son necesarias y de que ninguna de ellas es sencilla»2.
En Austria muchos saben que yo mismo procedo de una familia rota. Mis padres se divorciaron cuando yo tenía trece años. Se conocieron durante la guerra y al cabo justo de tres días se casaron: mi padre estaba en el frente y sentía la necesidad, perfectamente comprensible, de saber que había alguien en casa mientras él se encontraba en Stalingrado. Al terminar la guerra, muy pronto se puso de manifiesto que este hogar no estaba construido sobre fundamentos sólidos; no obstante, mis padres permanecieron juntos hasta 1958.
Hablo, pues, de una realidad que he vivido en mis propias carnes, una realidad que asimismo me sale al paso desde muchos flancos, pues al menos en nuestros países
europeos y en Norteamérica se trata de algo cotidiano. Pero también es necesario ensanchar la mirada y observar a las personas que no se casan, sino que conviven sin más. Si miramos a otros continentes, la situación es a menudo aún más dramática. En América Latina no pocos varones tienen varias esposas e hijos, con quienes viven en circunstancias irregulares. En África, la poligamia sigue estando muy extendida en numerosos lugares. Por doquier tenemos que vérnoslas con problemas relacionados con esta fundamental realidad humana. Desde la primera página de la Biblia en adelante, la unión del varón y la mujer para formar una familia y transmitir la vida es altamente valorada. Al mismo tiempo, la Biblia aborda los conflictos que desde la «caída», o sea, desde el pecado original lastran la relación entre el varón y la mujer.
Invito ante todo a una mirada misericordiosa. Todos conocemos biografías complejas, familias patchwork (es decir, compuestas de retazos). Hace poco conversé largo y tendido con un señor que está casado por cuarta vez y tiene hijos de sus tres primeras relaciones. El cuarto matrimonio es, por fin, una relación feliz; la pareja convive desde hace ya diecisiete años, y él descubrió la fe hace tan solo unos cuantos años. Se siente feliz por haber encontrado la fe para su vida, pero tiene a sus espaldas el fracaso de sus tres primeros matrimonios. ¿Qué se debe hacer con esta persona, que ha terminado encontrando a Cristo y descubriendo la fe y ahora está integrada por completo en la comunidad parroquial? Él tan solo quiere saber una cosa: «Ahora que soy creyente, ¿puedo participar plenamente en la vida de la Iglesia y recibir los sacramentos?». En su vida anterior, todo esto no desempeñaba papel alguno.
Lo primero que no podemos pasar por alto es que las familias creyentes y unidas representan la excepción en nuestra sociedad. No son el caso normal. Lo normal en la ciudad de Viena son los divorcios y, con frecuencia, segundas o terceras nupcias. Como resultado de ello, surgen complejas situaciones familiares, las llamadas familias
patchwork. Pero también hay gente que no vuelve ya a casarse. En Francia, gracias al
PACS (Pacto Civil de Solidaridad), una unión de hecho registrada, existe un «matrimonio
light» (al igual que en España). En Francia no son tanto las parejas homosexuales
quienes hacen uso de esta figura legal, sino más bien parejas heterosexuales que optan por una forma más liviana de relación, porque tienen miedo a la carga del matrimonio y las obligaciones que comporta, así como a la posibilidad de fracasar en esa empresa.
Tales familias patchwork plantean sin duda abundantes problemas a todos los involucrados. Pero no podemos pasar por alto que en estas situaciones hay a menudo también mucho bueno3. La condición básica para sacerdotes y pastores de almas es no tratar a estos matrimonios o parejas con una actitud condenatoria, sino con empatía, aun cuando se encuentren ya en su tercera, cuarta o quinta relación estable de pareja y tengan hijos aquí y allá o incluso abortos a sus espaldas... No lo olvidemos: en las familias compuestas de retazos existe a menudo mucha generosidad; esta no es patrimonio exclusivo de nuestras buenas familias, que permanecen unidas de por vida. En estas situaciones existenciales hay que ver la caña cascada que aún no se ha quebrado y el pábilo vacilante (cf. Is 42,3; Mt 12,20), aunque las circunstancias sean irregulares
desde un punto de vista objetivo. ¡Si no modificamos nuestra visión en relación con estas situaciones, nos convertiremos en una secta! Los cristianos somos una minoría. Y los matrimonios que conviven en mutua fidelidad representan un pequeño grupo en las grandes aglomeraciones urbanas, pero con mucha frecuencia también ya en zonas rurales en las que la gente lleva una vida cristiana y aún entiende el sacramento del matrimonio. En Viena, aproximadamente el cincuenta por ciento de los matrimonios terminan en divorcio y muchos afectados vuelven a casarse después (más o menos el treinta y cinco por ciento de los enlaces matrimoniales)4. Estos datos ni siquiera tienen en cuenta el elevado número de parejas que sencillamente conviven sin contraer matrimonio. El número de enlaces matrimoniales celebrados por la Iglesia ha descendido dramáticamente.
¿Cómo debemos proceder pastoralmente con esta situación? He formulado un programa de cinco puntos para los sacerdotes y pastores de almas de la diócesis de Viena: Die spirituelle, christliche und menschliche Begleitung von geschiedenen und
wiederverheirateten Paaren [El acompañamiento espiritual, cristiano y humano de
parejas divorciadas y vueltas a casar]5. Se trata de una suerte de ayuda para la lectura de la realidad, de pasos que ayudan a recorrer un camino de acompañamiento a afectados que puede llevar a una verdadera conversión, a una auténtica renovación de la vida de fe. En este programa se contemplan los siguientes conjuntos de problemas.