Hijos de Dios en la familia de Dios.
7. Buenas relaciones: Prisca (Priscila) y Áquila
A Pablo se le tacha con frecuencia de misógino –y de enemigo de la familia– muy injustamente. Cierto que él mismo vive célibe. Pero casi nadie ha hecho más que él por
las mujeres y las familias. El punto decisivo fue que él apostó por el bautismo, que es uno y el mismo para hombres y mujeres, mientras que la circuncisión, el sello de pertenencia al judaísmo, solo se realizaba en muchachos y varones (gracias a Dios).
Pintoresco es, sobre todo, el cuadro que pintan los Hechos de los Apóstoles. En su relato sobre la actividad de Pablo en Corinto, anota Lucas: «Allí encontró a un judío llamado Áquila, natural del Ponto, y a su mujer Priscila, que habían llegado hacía poco de Italia, porque Claudio había expulsado de Roma a todos los judíos. Pablo fue a verlos y, como eran del mismo oficio, se alojó en su casa para trabajar: eran fabricantes de lonas» (Hch 18,2-3). De colegas de profesión se convierten en amigos; de emigrantes, en aliados; de compañeros de fe, en compañeros de misión. Áquila y Priscila son matrimonio y son cristianos; por su fe judeo-cristiana han sido desterrados de Roma; en Corinto, una nueva colonia romana en Grecia, se han asentado de nuevo y han abierto al público un negocio artesano; otorgan a Pablo hospitalidad; le ofrecen salario y sustento. Solo hay una cosa notable: ¡qué grande tiene que haber sido la armonía, la capacidad de trabajo, el talento organizativo; qué grande tiene que haber sido, sobre todo, la fe de este matrimonio, para superar el destierro, aventurar un nuevo comienzo y luego tener todavía una casa abierta, una mano abierta, un corazón abierto!
Pero la historia continúa aún mejor. Porque más tarde, cuenta Lucas, se hace a la mar Pablo con los dos hacia Éfeso, la capital de la provincia romana de Asia, no lejos del Ponto (todo en la actual Turquía). Allí se establecen (Hch 18,18-19) y forman un equipo misionero. Lucas cuenta que ganaron para la fe nada menos que al famoso sabio maestro de la Alejandría egipcia, que solo conocía el bautismo de Juan, iniciándolo en el cristianismo. «Lo escucharon Priscila y Áquila; se lo llevaron aparte y le explicaron con mayor exactitud el camino de Dios» (Hch 18,26-27). Son un equipo catequético. Ejercen, como en el caso de Pablo, la hospitalidad. Es evidente que no se amilanan ante el prestigio del divo. Buscan a Apolo precisamente allí donde está: en el bautismo de Juan y en todas las promesas que tal bautismo alberga en sí. Evidentemente, forman un buen equipo, no solo en la profesión, sino también en la fe. No desempeñan el mismo papel que su amigo Pablo. Pero sin personas, sin parejas matrimoniales como estas, la fe no se habría transmitido (dentro de las familias, pero también fuera de ellas).
También en las cartas de Pablo se menciona a Prisca (como él la llama) y a Áquila. Desde Éfeso envía Pablo saludos para ambos a Corinto y añade: «Y toda la comunidad que se reúne en su casa» (1 Cor 16,19). El apóstol enlaza con los viejos conocidos; es claro que ambos no han salido de Corinto por causa de algún conflicto, sino que siguen teniendo buenos contactos –a los que Pablo puede ahora recordar y con los que puede trabar relación–. Además de esto, ellos, como familia, pero más allá de la relación de pareja, han formado una de las pequeñas células cristianas cuya vitalidad ha sido muy grande. Egoísmo conyugal... ¡ni por pienso! Prisca (Priscila) y Áquila son uno de esos matrimonios cristianos sin los cuales la Iglesia no habría en absoluto salido a flote a lo largo de los tiempos hasta hoy. De hijos no se habla. Tal vez van incluidos en «la casa».
Pero, independientemente de esto, la pareja tiene una irradiación misionera que alcanza de su casa a la ciudad, y de Éfeso a Corinto. Pablo mismo parece fascinado por ello.
Desde Corinto manda de nuevo dar saludos a ambos en Roma: «Saludos a Prisca y Áquila, mis colaboradores en la obra del Mesías Jesús, que por salvarme la vida se jugaron la suya; no solo yo les estoy agradecido, sino toda la Iglesia de los paganos. Saludos a la comunidad que se reúne en su casa» (Rom 16,3-5). Se supone que ellos, como muchos otros, han podido regresar a Roma. Es claro que, como en Éfeso, han formado una comunidad que es conocida y reconocida. Pero, por encima de todo esto, Pablo alaba en los más altos tonos su compromiso por la Iglesia: los llama sus «colaboradores», porque han jugado también un papel activo en la misión y en la catequesis, para la construcción de la Iglesia y el crecimiento de la fe. Pondera la entrega en su favor, con lo que tal vez no piensa solo en el apoyo que ha experimentado de ellos para poner pie en Corinto y abrir una senda misionera. Refiere esa entrega no solo a sí: tan pronto como Prisca y Áquila han empezado a moverse entre bastidores, han conseguido un alto grado de notoriedad (y parece claro que por todas partes son queridos y apreciados).
Este papel activo no lo han desempeñado en itinerancia misionera, como Pablo. A pesar de su movilidad, es claro que siempre han mantenido una especial presencia local. Expulsados de Roma, aprovechan la primera oportunidad para regresar allí de nuevo. En Corinto, Éfeso y Roma ejercitan la hospitalidad cristiana, abriendo sus puertas y albergando a personas que, por su parte, también están de camino, de tal modo que en su caminata a través del desierto encuentran un oasis cuya agua no se estanca, sino que corre siempre fresca. Sin la unión familiar, esto no se habría logrado; y sin que la familia estuviera inspirada por el espíritu del evangelio, tampoco.