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El matrimonio y la familia para la sociedad

3 ¿Qué ideal de familia?

5. El matrimonio y la familia para la sociedad

La sociedad en conjunto gana con el matrimonio y la familia al menos tanto como los individuos. Esta ganancia que la sociedad extrae de la familia comienza por la reproducción biológica, sin la que no existiría el sucederse de las generaciones, pero no termina ahí, ni mucho menos. Las familias no solo dan a luz a las futuras «personas de provecho para la sociedad», sino que además las crían, educan, forman y acompañan en su camino hacia la vida. Otras instituciones de acompañamiento, educación y formación no pueden desempeñar a este respecto sino un papel complementario y edificar sobre los cimientos tendidos en la familia. Allí donde falta una familia, la sociedad debe realizar un esfuerzo considerable para compensar esa ausencia. Las tentativas de hacer que la familia resulte prescindible en este sentido para la sociedad nunca han tenido éxito en la historia de la humanidad. Por supuesto, es una cuestión de ponderación decidir cuánto se deja en este terreno a las familias mismas y cuánto reclama para sí el conjunto de la sociedad. Las circunstancias externas, las constricciones objetivas, las mentalidades y las costumbres arraigadas desempeñan en ello un importante papel. El aspecto de la justicia de oportunidades siempre será aquí un motivo de peso para no dejar sola a la familia en esta tarea. Una sociedad en la que las oportunidades de futuro de los jóvenes dependen únicamente de la familia de origen genera grandes desigualdades. Pero quien, por otro

lado, piensa que el Estado puede hacer mucho mejor y más profesionalmente todo lo que lleva a cabo la familia se engaña por lo que respecta a la importancia de la familia y sobrecarga con exigencias excesivas las instituciones estatales y la acción del Estado. La intervención estatal en la esfera de la familia tiene siempre el carácter de una medida de urgencia y la acción del Estado en este ámbito no deja de ser un intento de manipular algo con instrumentos inadecuados. La única perspectiva razonable que se abre es reflexionar y actuar en común. Lo más importante tiene que ser fomentar, respaldar y complementar a las familias en las tareas que les son propias, mantenerlas en contacto y diálogo tanto con otras familias como con instituciones formativas. En vez de reemplazar a las familias, se trata de procurar en la medida de lo posible que puedan desarrollarse bien como las primeras instituciones educativas y formativas, y que sus potenciales y recursos sean aprovechados. Aquí no hay lugar para una política de tutelaje que intente imponer un control lo más férreo posible y dirigir a las familias de la forma más precisa posible a un ideal muy concreto de configuración de la vida familiar. En su vida diaria, las familias tienen que conjugar muchísimas exigencias, expectativas, necesidades, constricciones, urgencias y deseos. A fin de lograrlo, necesitan disponer de un cierto margen de maniobra para poder abordar de este o aquel modo una determinada situación. Si todo está estipulado de antemano, la familia pierde enseguida el rumbo.

Pero la relevancia de la familia desde el punto de vista social no se agota, ni mucho menos, en su papel de institución de «reproducción», educación y formación. Ya se ha puesto anteriormente de relieve que la familia sigue siendo importante también para los adultos. La idea equivalente desde la perspectiva social es que, como microestructura a la vez que como aglutinante social, la familia se revela del todo indispensable. La noción de que una sociedad puede estar formada por individuos sumamente móviles y flexibles que de manera provisional se acoplan cual nave espacial aquí, allá o donde sea, para poco después trasladarse a otro lugar es falsa de medio a medio. Las personas necesitan estar religadas; así se explica que, justo en una sociedad tan sumamente compleja, móvil y flexible como la nuestra, se incremente de modo especial la importancia de los contrapesos para estas fuerzas centrífugas. Precisamente cuando mucho está en flujo en la sociedad, la familia, como punto de anclaje y estable vía de integración de los individuos, resulta en extremo importante para garantizar la estabilidad global y propiciar el positivo desarrollo adicional de nuestra sociedad. En este sentido, hay que prestar atención a –y tomar en consideración– que la familia, pese a todo su volumen y su dinamismo propio, no se opone a –ni obstaculiza– un cambio social para bien; antes bien, lo refuerza y le confiere también durabilidad.

Desde este ángulo resulta apropiada también una mirada a la relevancia social del matrimonio. En ocasiones parece como si la sociedad y también el Estado debieran mantener una posición neutral ante el matrimonio, para no limitar indebidamente la libre decisión del individuo. El matrimonio es considerado entonces gustosamente como un asunto privado, que, por tanto, tampoco debería tener consecuencias fiscales. De lo contrario, se argumenta, otras formas de vida resultarían perjudicadas y discriminadas.

¿Puede darle de verdad igual a la sociedad que sus miembros tomen o no decisiones de tan profundas consecuencias individuales como contraer matrimonio? Por lo que concierne a la estabilidad de los vínculos microsociales en una sociedad, cabalmente al matrimonio le corresponde una muy considerable importancia. Que dos personas se vinculen entre sí, asuman responsabilidad la una por la otra, se apoyen mutuamente, estén abiertas a procrear y además se prometan todo esto de forma firme y solemne, y por todo lo que es sagrado para ellas, no puede ser sino de considerable beneficio para el desarrollo positivo de una sociedad. Así pues, verdaderamente existen buenas razones para promover el matrimonio, razones que no tienen lo más mínimo que ver con un mero aferramiento a las convenciones tradicionales. En este sentido, el matrimonio es minusvalorado con demasiada frecuencia. El papel central que tiene en la sociedad solo se evidencia cuando se considera lo que matrimonios y familias realizan en el ámbito del cuidado de cónyuges, progenitores y otros familiares. También en este ámbito sería inevitable la sobrecarga de las instituciones sociales y estatales si se pretendiera reemplazar o redefinir a los matrimonios y familias.

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