El matrimonio: «verdadero y propio sacramento de la nueva alianza».
5. El testimonio bíblico sobre el matrimonio
Ahora hay que profundizar en las consideraciones bíblicas sobre el matrimonio. En los relatos veterotestamentarios de la creación, los autores van más allá de la concreta praxis matrimonial de la época y toman como referencia la voluntad originaria del Creador y el orden de la creación aún no empañado por el pecado: ponen en cuestión o relativizan por principio la relación patriarcalmente entendida del varón y la mujer, así como la poligamia consuetudinaria, la posibilidad básica de divorcio y la posibilidad de repudiar al cónyuge.
El relato yahvista de la creación acentúa la relación paritaria y personal entre el varón y la mujer. Solo la mujer procedente de Adán, tomada de él, puede ser su igual y, por ende, una compañera personal de vida en el marco de la «ayuda» recíproca. Gn 2,24 no habla, en efecto, de una esclava, sino de la relación intrasubjetiva de la persona como principio de perfeccionamiento de esta. El varón, que reconoce en la mujer la misma naturaleza humana y la igualdad personal («carne de mi carne»), abandona su familia de origen y se une así a su mujer, a fin de ser con ella «una carne, una caro», es decir, para fundar una comunidad de vida en el amor (cf. Gn 2,24).
El relato sacerdotal de la creación afirma que la naturaleza humana, tanto masculina como femenina, es creada a imagen y semejanza de Dios. La relación intracreatural entre el varón y la mujer es, por eso, signo de la relación de toda criatura con Dios. Al varón y a la mujer –y a la comunidad personal que forman– se les confían los dones y tareas de la fecundidad, así como la utilización de la tierra y la responsabilidad sobre el mundo. Esta comunidad del varón y la mujer se halla bajo la bendición y la palabra de la promesa divina (cf. Gn 1,27ss).
De los escritos tardíos del Antiguo Testamento se desprende que la bendición de Dios (eulogía) sobre el amor personal entre el varón y la mujer se refleja en la acción de gracias (eucharistía) del ser humano a Dios por el don del matrimonio y la vida conyugal, cuya finalidad es glorificar a Dios (cf. Tob 8,4-9). El matrimonio no fue establecido en su origen como un orden meramente natural. Como ya se ha sugerido, en cuanto realidad creada era una alusión simbólica al origen del ser humano en Dios al
mismo tiempo que un medio a través del cual Dios comunicó su bendición a la creación. En cuanto comunidad de vida humana, el matrimonio representaba simbólicamente la comunión de la vida divina y la vida humana, más en concreto, la unidad originaria entre naturaleza y gracia, entre creación y alianza. Tras la pérdida de la comunión originaria con Dios, también el matrimonio cayó bajo la influencia y la carga de la pérdida de la gracia, como subraya la «maldición» pronunciada sobre el varón y la mujer (cf. Gn 2,25–3,24).
También en el Nuevo Testamento es encuadrado el matrimonio en el proceso histórico-salvífico de la redención del ser humano, así como en el restablecimiento de la unidad originaria entre alianza y creación, entre gracia y naturaleza. A la luz del acontecimiento salvífico de Cristo se subraya de nuevo la determinación originaria del matrimonio. Este se caracteriza en lo más íntimo por la nueva alianza de Dios con su pueblo: no es casualidad que la alianza de Dios con Israel fuera presentada simbólicamente como una relación de amor entre esposa y esposo (o novia y novio; cf. Mal 2,14; Prov 2,17). La falta de fe y la ruptura de la alianza por parte del pueblo fueron estigmatizados como adulterio (cf. Ex 20,14; Os 1,2). La Iglesia como pueblo de la nueva alianza tiene su origen en la entrega amorosa de Cristo en la cruz: Cristo es su novio, como justamente el tercer capítulo del Evangelio de Juan expone con énfasis: «Quien se lleva a la novia es el novio» (Jn 3,29). De ahí que el amor entre el varón y la mujer, en virtud del cual existe el matrimonio, tenga su origen en esta auto-oblación de Jesús por su Iglesia, a la que representa y de la que está profundamente colmado (cf. Ef 5,21.33; 2 Cor 11,2; Ap 19,7): la Iglesia es la novia que se prepara para la boda del Cordero, con Cristo, autor y mediador de la nueva alianza. Por último, también el autor de la Carta a los Efesios considera que la comunidad de vida del varón y la mujer se funda en la relación mutua del «amor» (agápē) del esposo por la esposa y de la «obediencia» de la esposa al esposo. En el cristianismo, la «obediencia» siempre debe concebirse cristológicamente, a diferencia de la sumisión sociológicamente entendida. Así, Pablo puede calificar esta comunidad de vida de profundo misterio (mystḗrion /
sacramentum magnum), que él pone en relación con Cristo y su Iglesia (cf. Ef 5,32).
El Jesús prepascual sitúa el matrimonio en el contexto de su proclamación del reino de Dios. Con ello trasciende la casuística matrimonial de las reglamentaciones pragmáticas de divorcio en tanto en cuanto remite al orden originario de la creación, en el que se hace manifiesto el designio salvífico de Dios. Tales reglamentaciones, según las cuales el varón podía abandonar y repudiar a la mujer, eran meras concesiones realizadas a causa de la «dureza de corazón» de los israelitas, que Moisés y los escribas de la antigua alianza se habían limitado a tolerar, aunque nunca habían aprobado, pues «al principio de la creación no era así». El varón y la mujer devienen definitivamente uno, ya no son dos: «Así pues, que lo que Dios ha unido no lo separe el hombre» (Mc 10,6-9; cf. Mt 19,1-9).
Por eso, Jesús no concibe de hecho el matrimonio como una institución neutral en la perspectiva de la salvación ni como un campo secundario de moral cristiana vivida. El
matrimonio es la forma originaria del encuentro con Dios y su designio salvífico, por lo que Jesús puede hacer del matrimonio indisoluble como comunidad personal de vida un signo del venidero reino de Dios, del reino de Dios que ha cobrado realidad y devenido eficaz. Aquí tiene su fundamento la ética del matrimonio.
El varón que abandona y repudia a su esposa o la mujer que abandona y repudia al esposo «cometen adulterio» e infringen así «la nueva alianza» (cf. Mc 10,11; Lc 16,18; 1 Cor 7,10). Esta intención fundamental de Jesús no es dejada sin efecto por las «cláusulas de lujuria» secundarias (cf. Mt 5,32; 19,9), según las cuales la separación es posible en caso de adulterio. Tampoco es anulada por el privilegium paulinum de 1 Cor 7,15ss, conforme al cual un converso al cristianismo puede abandonar a su cónyuge aún pagano si este no desea vivir en paz con él. Pablo no ofrece ninguna respuesta precisa a la pregunta de en qué medida es lícito para el cónyuge convertido al cristianismo contraer un segundo matrimonio. El ser humano no está en condiciones de hacer frente a las exigencias de la indisolubilidad del matrimonio como signo de la alianza nueva y eterna meramente con sus propias fuerzas morales y desde su sola disposición personal. Únicamente acogiendo la llamada a la conversión, a la fe y al seguimiento de Cristo (cf. Mc 1,15), y a la «vida en la fuerza del Espíritu Santo» (Gal 5,25), puede realizar personalmente la realidad interior del matrimonio como signo de la comunión y la alianza de Cristo con la Iglesia. La comunión espiritual y corporal entre el varón y la mujer está llamada a ser sagrada y se halla determinada a la santificación mediante el Espíritu Santo (cf. 1 Tes 4,3-8).
Pero puesto que el matrimonio es situado también en el contexto del reino de Dios, es necesario afirmar que, en cuanto forma de vida humana, pertenece asimismo al tiempo provisorio de este mundo; y en la forma en que ahora lo conocemos no existirá ya en el mundo futuro (cf. Mc 12,25). Por eso es lícito contraer matrimonio tras la muerte del cónyuge. La vocación personal de ponerse al servicio de la venida del reino de Dios, por un lado, y la llamada de Jesús (cf. 1 Cor 7,7), por otro, pueden llevar a que, como en el caso de Jesús, el matrimonio no sea ya meta de la propia vida, sino que uno siga más bien la «llamada de Dios» (cf. 1 Cor 7,17; cf. Lc 14,20) y, con ayuda del don sobrenatural (chárisma) de la vida célibe, se consagre por entero a la «causa del Señor» (cf. 1 Cor 7,32).
Según san Pablo, toda persona y todo cristiano es libre de optar de modo por completo personal, a la vista del contexto salvífico del matrimonio, por la forma de vida naturalmente más adecuada para él o ella (cf. 1 Cor 7,7.28.38.40; Mt 19,12). Pero una vez que el varón y la mujer están casados, les exhorta: «A los casados les ordeno, no yo, sino el Señor, que la mujer no se separe del marido; pero si se separa, que no se case con otro o se reconcilie con el marido, y que el marido no se divorcie de su mujer» (1 Cor 7,10-11). El matrimonio entre cristianos, entre consagrados en Jesucristo (cf. 1 Cor 7,39), es contraído y vivido «en el Señor» (1 Cor 1,2). También Pablo atestigua de este modo la existencia de una dimensión teológica sobrenatural del matrimonio cristológicamente fundada. Contra todo menosprecio por parte de los herejes gnósticos,
quienes pretenden prohibir el matrimonio (cf. 1 Tim 4,4), se subraya la participación del matrimonio en la bondad de todo lo creado. Un matrimonio vivido en fidelidad mutua está en consonancia con la voluntad de Dios y «el matrimonio [debe ser] respetado por todos» (Heb 13,4).
Aunque los «códigos de deberes domésticos» (Haustafeln) sugieren una cierta subordinación de la esposa al esposo (cf. Col 3,18; Ef 5,22-33; 1 Pe 3,1-7), ello no permite llegar a ninguna conclusión en el sentido de una sanción religiosa de determinadas condiciones sociales. Tales textos hablan más bien de una recíproca subordinación «en atención a Cristo» (Ef 5,21), quien, en la obediencia de su amor, es modelo de la comunión de vida de Dios con su pueblo. Una actitud altruista puede ganar para la palabra del Evangelio a esposos no creyentes; con su «proceder casto y respetuoso», las mujeres pueden atraer a sus esposos a la fe incluso sin palabras (cf. 1 Pe 3,2; cf. 1 Cor 7,14).