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Buena nueva: María y José

Hijos de Dios en la familia de Dios.

4. Buena nueva: María y José

Completamente distinta de la de Isabel y Zacarías es la situación familiar en el caso de María y José. Lucas narra la historia desde la perspectiva de María: cómo, desde el asombro y la pregunta crece la fe; y desde la mirada minuciosa, la reflexión que conduce a la comprensión. Mateo cuenta la historia desde la perspectiva de José. Su desafío es aún mayor que el de María: la prometida está encinta, pero no de él. Es claro lo que tiene que pensar José: es claro que, sin un mensaje que le llega por boca de un ángel, no puede creer lo que ha pasado. Patrick Roth, en su novela Sunrise. Das Buch Joseph, ha descrito la tremenda tensión que ha marcado a José a lo largo de su vida. La novela va más allá que la Biblia. Pero en ella la justicia de José, que solo puede proceder de la fe, se traduce de Mateo a novela con extrema densidad.

Del ángel que se le aparece en sueños recibe José dos grandes cometidos: debe recibir a María como esposa y debe poner al Niño que ella va a traer al mundo el nombre de Jesús (traducido: Dios ayuda). Ambos encargos los fundamenta el ángel. José no debe despedir a María, «porque lo que ha concebido es obra del Espíritu Santo» (Mt 1,20); debe poner a Jesús su nombre «porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,21). José hace exactamente lo que el ángel le ha encargado: «Acogió a María como esposa» (Mt 1,24), y al Niño, que hace suyo, «lo llamó Jesús» (Mt 1,25).

Quien sigue leyendo el relato de la infancia de Mateo reconoce con cuánta previsión y energía, con cuánta solicitud y capacidad de acción asume José su papel de padre: salva a Jesús la vida, defendiéndole del ataque de Herodes, el infanticida; organiza la huida de la familia a Egipto y el regreso a Nazaret. El arte cristiano se complace en las imágenes de la «Sagrada Familia», que, en sus mejores muestras, representan, no la cursilada de una familia idílica, sino el drama de una familia de emigrantes.

La paternidad de José, en Mateo, no está definida biológicamente, sino ética y teológicamente: José puede servir plenamente de modelo de todos aquellos padres que se ocupan de hijos de otro matrimonio o los adoptan. El amor paterno no está encadenado a los genes; en verdadera fe y verdadera esperanza, puede traspasar las fronteras de la biología.

Tras el relato de la infancia, José pasa en los evangelios muy a segundo término. «¿No es este el hijo del artesano?», preguntan los habitantes de Nazaret cuando Jesús se presenta con signos y milagros, palabras y obras (Mt 13,55) –y no saben en absoluto cómo habérselas con el escepticismo que expresan–. Conocer a Jesús como el Mesías les resulta difícil, porque ellos piensan que lo conocen y, sin embargo, solo lo contemplan superficialmente.

¿Y María? Según el Evangelio de Lucas, es una madre muy peculiar: marcada más y más por la buena noticia que ha escuchado y por la fe que esa buena noticia le ha regalado. En ningún pasaje del evangelio se da a entender que a María le hubiera sido claro desde el principio el misterio de Jesús. María es, más bien, una jovencita que tiene preguntas y busca respuestas. Se pone en camino a través de la montaña para asistir a su pariente Isabel. Es caracterizada como salmista, como orante y poetisa inspirada, capaz,

en el Magnificat, de encontrar las palabras adecuadas para unir la acción salvífica de Dios con su pueblo, de la que pueden sacar provecho todos los pueblos con la gracia que ella ha experimentado. Es una orante que puede unir agradecimiento con expectativa ilusionada, amor de Dios con amor de madre. Es una madre que no da a luz a su hijo en un precioso hogar, sino en una gruta. Y, no en último lugar, es una madre a la que su hijo le ha llegado al corazón de tal manera que su amor no se vuelve ciego, sino clarividente.

Tres escenas clave destacan. Al final de la historia de la Navidad se dice: «Pero María lo conservaba y meditaba todo en su corazón» (Lc 2,19). Literalmente, la segunda parte de la frase reza así: lo componía, lo ensamblaba; dicho de otra manera: porque estaba atenta y podía acordarse, era capaz de descubrir la relación entre el camino a Belén y el nacimiento de Jesús, entre la criatura en pañales en la gruta y la visita de los pastores, entre la gloria de Dios y la paz en la tierra.

Al final de todos los relatos de la infancia se dice: «Su madre guardaba todas estas cosas en su corazón» (Lc 2,51). En el joyero de su corazón queda también ahora guardado lo que le preguntó Jesús, al que estuvo buscando angustiada cuando, en el viaje a Jerusalén, Jesús actuó por su cuenta: si ella –al igual que José– no habría podido saber a qué mundo pertenecía él y dónde se le podía encontrar si no era allí donde tiene su asiento la sabiduría de Dios: en el Templo, la meta de su peregrinación.

En el intermedio están la circuncisión y la presentación de Jesús en el Templo. María está acompañada de José. Pero solo a ella se refiere la profecía del anciano Simeón: «Una espada te atravesará el corazón» (Lc 2,35). La Mater dolorosa ha llegado siempre a los corazones. María es una madre que ha perdido a su hijo –y por ese medio lo ha recuperado, para siempre–. Lucas la presenta como modelo de fe, pero también como consuelo para todas las madres y padres que han perdido un hijo: porque ahí está Jesús, el hijo de María, que ha muerto y resucitado, con lo que la muerte no tiene la última palabra, sino que el amor es más fuerte que la muerte. El arte cristiano ha representado a la madre dolorosa en la Pietà –al pie de la cruz, con el hijo muerto en su regazo–. Pero en el Evangelio de Lucas, esa participación en la pasión comienza ya antes; y la capacidad de reflexión, la inteligencia, la vida del corazón de María se basan exactamente en esto: en que ella, como madre, toma parte en la vida de su Hijo, al que llevó en su seno y dio a luz.

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