DIETMAR MIETH
3. Nueva vida a partir del fracaso
a) Las situaciones de partida son diferentes
En primer lugar hay que cobrar conciencia de cuán heterogéneas son las situaciones de partida. La descripción general de un nuevo comienzo es casi imposible. Vivir en una nueva relación, que plantea nuevas exigencias, puede ser, por ejemplo, una situación de partida; vivir solo y asumir una nueva responsabilidad, otra distinta. La existencia de niños y la diversidad de su carácter y edad cambian asimismo la situación de manera considerable. Puesto que las posiciones de partida son diferentes, también lo son las posibilidades de nueva vida. Según la viva y experimente, la vida significa algo del todo distinto para cada persona. Siempre es sospechoso que se hable del sufrimiento sin más. No hay dos vidas que sean iguales, como tampoco dos sufrimientos ni dos fracasos.
Algunos ejemplos: una mujer quiere, por ejemplo, iniciar una nueva relación, pero ese nuevo comienzo no le resulta posible. En la historia de amor de Tristán e Isolda, especialmente en el nuevo encuentro de Tristán con la otra Isolda, Isolda Manoblanca, se narra justamente esto en el caso del varón: no es posible un nuevo comienzo. El Tristán que, después del destierro y la separación de Isolda la Rubia, conoce a Isolda Manoblanca es sencillamente incapaz desde el punto de vista psíquico y físico de iniciar una nueva relación. Tristán, cuyo nombre procede de tristesse [tristeza], no conoce la liviandad de un nuevo gozo amoroso. Este es un modelo de una posible experiencia24.
Un segundo modelo: una mujer no quiere iniciar ninguna nueva relación. Se ejercita en el arte de la soledad, sin proyectar sobre sus hijos la falta de un compañero.
Un tercer modelo: abrirme a un nuevo proceso de relaciones en mi vida. Las posibilidades son tan diversas que no cabe decir qué sería válido para todos los casos, que sería aconsejable en general. La nueva vida debe estar respaldada por la solidaridad. Solo el reencontrarse con uno mismo lleva a un camino de nueva vida.
c) En cualquier caso, se trata de vivir de forma más consciente, de vivificar activamente la vida
«Vivificación» de la vida no quiere decir sino que la experiencia de intensidad de la vida cobra mayor fuerza. Las personas que realmente creen experimentan la esperanza como llena de sentido, porque con ella pueden vivir más intensamente. Si uno no vive más intensamente gracias a la fe cristiana, si la experiencia de la fe cristiana no fortalece la sensibilidad para algo que «hace subir más alto y hundirse más hondo» (Robert Musil), entonces esa fe no es una experiencia, sino mera convención. Vivificar la vida es posible allí donde los contrastes son más marcados, y eso es lo que ocurre en el fracaso.
Vivificar la vida y vivir más conscientemente resulta posible allí donde pueden entablarse contactos. En muchos casos, a causa del nuevo comienzo en el fracaso, los nuevos contactos son necesarios: como padre o madre solteros en un grupo de referencia, en nuevas situaciones profesionales. Para ello se necesita sin duda la experiencia de la solidaridad, sobre todo la solidaridad de comunidades eclesiales. Quien quiere vivir de forma más consciente y vivificar la vida intenta anclar «más profundamente» su identidad. Aprende más acerca de lo que se esconde tras su propia identidad. «Dios actúa, y yo devengo», dice el Maestro Eckhart en relación con esta profundización del autoconocimiento.
d) Los nuevos caminos vitales después del fracaso plantean problemas con las normas sociales e institucionales
También el mundo secular está regulado. Pero los impedimentos reguladores en lo tocante al derecho familiar y el divorcio son más bien indirectos y burocráticos. Tal como suele ser entendida, la sanción que la Iglesia católica impone a sus miembros en caso de
contraer nuevo matrimonio después de un divorcio no debe ser vista como excomunión de la Iglesia, sino más bien como no admisión a la comunión eucarística. Para que tales normas sean modificadas en el sentido del amor de Dios, que se extiende más allá del fracaso, son necesarias dos cosas: una, que los afectados expongan sus genuinas experiencias en el sentido de convicciones cristianas vividas; y dos, que la Iglesia esté dispuesta a abrirse tanto a las experiencias de los afectados como a las posibilidades de su propia tradición (véaseinfra) y, a resultas de semejantes encuentros, reconsidere sus normas. Esto puede ocurrir también de modo tal que la Iglesia exija condiciones previas especiales para recorrer el camino sacramental hacia el matrimonio. Y junto a ello, la Iglesia tendría que respetar también las uniones de vida de cristianos y cristianas que no hayan sido selladas sacramentalmente en razón de la responsabilidad recíproca vivida por los cónyuges. También el camino que pasa por la conciencia de los afectados debería ser preservado frente a un objetivismo fundado en el derecho sacramental, en el cual se obstaculiza la asignación del amor misericordioso de Dios.
e) ¿Qué sentido tiene ante Dios la historia de fracaso de un matrimonio?
Regreso al punto de partida: la afirmación central de la fe cristiana por lo que respecta a la imagen de Dios reza: Dios es amor. Y amor significa aceptación incondicional. Antes de nada se trata de ver de qué manera muestra Dios el amor por propia iniciativa. Ya al comienzo de este capítulo he dicho que ese amor se manifiesta en el hecho de que para Dios toda persona vale más de lo que vale a sus propios ojos y a los ojos de los demás. Eso quiere decir que es importante percatarse antes de nada de que en la fe el individuo experimenta a Dios como amor, lo que para él comporta una revalorización personal. El amor revaloriza en tanto en cuanto se dirige a la persona como si no existiera nadie más y como si todos los demás no contaran en ese momento. De Dios damos por sentado que ama a todos por igual y, sin embargo, a cada individuo de forma especial. Esto es difícil de imaginar para nosotros, y solo puede pensarse como paradoja. La paradoja del amor divino, o sea, del amor que fluye de Dios es el «a todos por igual y a cada cual de manera especial»: ahí late un misterio. Pero existen analogías para este misterio. No es casualidad que, ya antes de Jesús, Dios fuera denominado Padre o Madre (por ejemplo, por Oseas), porque el amor paternal y maternal puede de hecho aceptar a todos los hijos por igual y, sin embargo, a cada uno de ellos de modo especial.
Esa es la imagen propiamente cristiana que tenemos de Dios. A todos por igual y a cada uno en especial: eso es un misterio. Ello va acompañado por la reflexión de que este misterio nos será revelado cuando vivamos «no ya en la fe, sino en la visión (beatífica)», esto es, al resucitar. Las postrimerías nos muestran que el amor preferencial y la apertura forman una unidad. Esto solo se hará visible en el cielo (véase infra).
De ahí que se plantee la pregunta: ¿qué sentido tiene una historia ante Dios, la historia de un fracaso, la historia de dos relaciones sucesivas, si uno ha fracasado en el amor preferencial? Nadie puede estar totalmente abierto a todos. El amor preferencial conoce límites. Precisamente esto se hace manifiesto en el fracaso: el proyecto de vida
en el que el amor preferencial se realiza en tan gran medida se encuentra desbaratado. El afectado o la afectada necesitan, sin embargo, el amor preferencial exactamente igual que cualquier otra persona. Solo en la resurrección se hace patente de qué modo están entrelazados el amor preferencial y el amor universal. O lo que es lo mismo, cómo el individuo forma una nueva comunidad con todas las personas a las que en este mundo no puede amar simultáneamente. Pues lo único que está a nuestro alcance es amar primero a unos y no excluir luego del amor a los demás. Esto vale también allí donde el amor preferencial no se vive en una comunidad sexual de vida, sino en una comunidad conventual: todo lo que es distinto es distinto, y todo lo que no es distinto no es distinto. La comunidad conventual no se crea a través de un sacramento, sino mediante votos. Estos votos de fidelidad parecen más fáciles de revocar en caso de fracaso que las implicaciones de fidelidad del sacramento matrimonial. En este punto tradicionalmente se atribuye un papel especial a la muerte del cónyuge. Pero cabe preguntar: ¿existe solo esta muerte? Además: ¿es esta muerte física una disolución del matrimonio provista de un futuro abierto para una nueva relación? ¿No hay una vida de la relación más allá de la muerte física? ¿Matrimonios que perduran en el cielo, por amor, sin prescripciones adicionales?