"Todo lo que de extraordinario se ha realizado, desde que el mundo existe, se debe a acciones individuales”
"La fuerza no consigue resultados duraderos más que cuando se halla al servicio de una idea".
Alexis Carrel
La actitud del Carrel borrado de diccionarios de medicina que deberían contar con su nombre, fue de una honradez absoluta durante toda su vida. Es el suyo un caso raro de hombre de ciencia que supo en un momento dado plantearse la importancia y el papel de los logros científicos en el contexto general de la humanidad, que buscó nuevos valores para una sociedad de autómatas, y que no temió escribir ni decir lo que su sentido común le dictaba. Alexis Carrel nació el 28 de junio de 1873 en una aldea junto a Lyon. Tras el bachillerato, cursó estudios de Medicina, entrando a trabajar en hospitales lyoneses. El problema, entonces candente, de las suturas vasculares, ocupó parte de aquellos años, y el nuevo médico se preocupó en lograr la forma de coser vasos seccionados.
En 1902 viaja por primera vez a Lourdes. En "Le voyage á Lourdes" describe sus experiencias al respecto. Nada más lejos que la imagen del converso al catolicismo que se ha querido ver en su interés por la realidad de los milagros. Carrel mantiene aquí un estricto criterio científico, aunque movido de una innegable curiosidad. A su regreso a Lyon, el ambiente se le toma estéril y sus declaraciones de lo visto en Lourdes despiertan polémicas y le granjean enemigos. Lyon se le queda pequeño y es en ese instante de vacilación en que Carrel decide dar el gran salto que cambiará su vida: Tras una breve estancia en Paris, en mayo de 1904 Carrel coge el barco que ha de llevarle a América.
Viaja primero por el Canadá. Contacta con hombres de ciencia, pues la práctica de la medicina no le interesa. Sabe que su misión es dedicarse a la investigación. Sigue trabajando en experimentos sobre suturas pero su nombre es poco conocido aún. Su peregrinación es larga: Montreal, California, Chicago, Nueva York... sus notas personales denotan desaliente y pesimismo al no encontrar el lugar adecuado. No será hasta finales de 1905 que entrará en contacto con Simon Flexner, pudiendo en octubre de 1906 empezar a trabajar oficialmente en el nuevo laboratorio del Instituto Rockefeller, que pondrá a su disposición todos los medios necesarios para desarrollar su labor. Dedica a ésta, enfundado en su habitual bata negra, todas las horas del día, y las publicaciones y resultados de sus conocimientos médicos se van sucediendo sin descanso.
Ya en 1912 le es concedido, como evidente muestra de su renombre y de los frutos de su investigación, el Premio Nobel de Medicina, que recogerá a la vez que Hauptmann lo hace con el de Literatura.
Durante la Gran Guerra acude a Francia, donde comprueba la necesidad de atender a los heridos antes de que, al cabo de seis horas de la herida, Ia infección microbiana haya hecho estragos,- insiste pues en la necesidad de montar hospitales junto al frente. Carrel, apoyado por el dinero de la Fundación Rockefeller, podrá instalar su hospital y dedicarse al estudio y práctica de métodos antisépticos. Un laboratorio (sufragado por la Fundación americana) y un hospital (dependiente de Sanidad Militar) coexisten así bajo sus órdenes. Sin su sólido prestigio internacional, tal solución, en un país en guerra, habría resultado imposible. El resultado de su investigación será el tratamiento Dakin-Carrel, como método de desinfección, que ocupará la primacía hasta que en 1944 Fleming descubriera los antibióticos.
Aun en Francia, Carrel comprende que el desastre originado por la guerra se debe a algo más que a una derrota militar; él mismo escribe: "Nuestra democracia no ha sabido formar la aristocracia necesaria para su propia dirección”.
Vuelto a América, su desilusión va en aumento, sin que ello suponga dejar su actividad científica: "Los americanos han escogido el camino opuesto. La vida en rebaño, la eliminación completa de la meditación, la dispersión del espíritu, la supresión de toda la vida y disciplina interior".
En su obra "Jour aprés jour", y fechado en 1935, escribe: "La democracia, el socialismo, el comunismo, datan de una época en la cual la ciencia estaba en sus albores. Estas doctrinas son supervivencias de ideologías que se remontan a los siglo XVIII y XIX... La ciencia nos da hoy una visión diferente y más amplia de la civilización, de lo que llegará a ser en un porvenir próximo si, en lugar de aferramos a formas caducas de la sociedad humana, tenemos la valentía de destruirlas. El siglo XVIII que vio nacer las democracias, el siglo XIX de Carlos Marx, eran épocas de ignorancia si se las compara a la nuestra. Ninguna de las doctrinas nacidas en esa época de oscurantismo, pueden convenirnos hoy. Hemos creado un mundo material nuevo: debemos también crear una sociedad nueva".
Lentamente, el científico cede ratos a la reflexión social y política. "La ciencia no servirá para nada si la sociedad y la raza degeneran", se dice a si mismo: Carrel se revuelve así contra la progresiva masificación ("Yo no creo que pueda encontrarse en el mundo más que un 4 por ciento de personas inteligentes. El resto, o son imbéciles, o son a la vez imbéciles y cretinos"), contra los sistemas parlamentarios ("No cabe duda de que la democracia en su forma actual es un desastre"), y se fija y simpatiza con la figura de Mussolini como principio garante de disciplina y orden.
Su futuro pensamiento se presagia ya en sus consideraciones sobre el valor de la ciencia. Nuestra civilización se desploma, y la ciencia debe adaptarse a la mentalidad humana para, con su enorme poder, reconstruir una nueva sociedad según las leyes de la naturaleza. Va surgiendo así la idea que plasmará en su obra más conocida: "La incógnita del hombre" (1935), cuyo éxito de ventas resulta tremendo e inesperado: 400.000 ejemplares vendidos en Francia y traducción a 18 idiomas. En su libro, con el lenguaje científico, Carrel mantiene la tesis de que las clases sociales equivalgan a clases biológicas: Se trata de formar pueblos racialmente puros y lograr una aristocracia de los más responsables.
Los postulados de esta obra se resumen en una defensa de la salud, en un verdadero conocimiento de la naturaleza del hombre y en su cuerpo, en una defensa de la raza como principio de formación de los pueblos, "La civilización moderna, con ayuda de la higiene, el confort, la buena comida, la vida fácil, los hospitales, los médicos y las enfermeras, ha permitido vivir a muchos individuos de calidad mediocre. Estos seres enclenques y sus descendientes contribuyen en gran medida a la debilitación de las razas blancas. Quizá deberíamos renunciar a esa forma artificial de salud y perseguir exclusivamente la salud natural, que proviene de la excelencia de las funciones de adaptación y de la resistencia innata a la enfermedad".
Carrel llega a postular una defensa de los medios para conservar la raza en su estado creador, sin temor a pronunciar palabras vedadas en las democracias: "La eugenesia es indispensable para la perpetuación de los fuertes. Una gran raza debe propagar sus mejores elementos. Sin embargo, en las naciones de civilización más elevada, la reproducción está disminuyendo y produciendo seres inferiores. Las mujeres se estropean voluntariamente por medio del alcohol y del tabaco. Se someten a regímenes alimenticios peligrosos con el fin de obtener la delgadez convencional de su tipo. Además rehusan tener hijos. La eugenesia puede ejercer una gran influencia sobre los destinos de las razas civilizadas. Podría imponerse un examen médico a las personas que van a contraer matrimonio... "
En el fondo, Carrel acierta al resumir: "La verdadera civilización consistirá, sobre todo, en derribar los valores actuales, en ordenar el mundo con relación al hombre, de forma tal que la personalidad pueda desarrollar todas sus potencialidades, en lugar de forzar al hombre a plegarse al mundo material".
Atraído por el fenómeno de las dictaduras, su postura antidemocrática resalta en todos sus escritos. Simpatiza con el movimiento francés "Cruces de Fuego" y luego es atraído por el PPF de Doriot; Carrel intenta intervenir él mismo en la política francesa, pero tras cortas escaramuzas volverá a su trabajo en América. Al marchar, una breve declaración de la situación del momento: ",..Sufren los estragos del socialismo, la idiotez de los conservadores capitalistas.. Situación excesivamente grave... La ignorancia de las gentes crece. Trátase de bestias y de holgazanes. No se estiman lo suficiente los progresos de Alemania y de Italia. La democracia mata a las grandes razas lenta pero seguramente. Un ideal, una fe, una actitud heroica ante la vida, son indispensables".
En 1939 se vería cesado, por razones que él no ve claras, de la Fundación Rockefeller, a pesar de sus 33 años de labor. " ¡Ah, los Rockefeller! Me han hecho mucho bien, pero también mucho mal. Toda la propaganda alrededor de mi nombre era para ellos". Con el estallido de la II Guerra Mundial, Carrel vuelve de nuevo a ponerse a disposición de Francia, Tras una breve estancia de 25 días en España, llega a Vichy, donde Laval le propondrá, en dos años sucesivos, la Cartera de Sanidad, que él rechazará. Carrel explica a Petain sus ideas sobre el estado sanitario de la infancia francesa y sus más urgentes necesidades, consiguiendo del jefe de estado luz verde. Trabaja en París en la formación de una nueva sociedad que luche por una nueva humanidad.
Decididamente opuesto a la Resistencia y a las proclamas de De Gaulle, con la entrada de los aliados recibe inmediatamente un comunicado urgente por el que se le suspende de todas sus funciones; su caso ha de pasar a un Comité de Depuración, ya que durante la ocupación alemana Carrel no ha sido molestado por las tropas nacionalsocialistas. Es el 21 de agosto de 1944, la prensa, recién estrenada en sus persecuciones de antiguos colaboracionistas, le califica de "racista, apologista de las teorías nazis, eugenista nazi". La policía va a buscarle a su domicilio para evitar que pueda escapar. En realidad, Carrel no puede ni quiere escapar; su estado de salud es precario. El 5 de noviembre de 1944, finalmente, expira, mientras fuera sigue hablándose de su juicio.
Tras su muerte, suenan aun sus palabras: "...El pasado no volverá a comenzar. Han muerto los días que encantaron nuestra juventud. Hay que mirar a la edad de hierro que se prepara, en la que se realizarán nuevas y grandes cosas". J.T.
"Otro error es el de la igualdad democrática... El credo democrático no tiene en cuenta la constitución de nuestro cuerpo y de nuestra conciencia. No conviene al hecho concreto que es el individuo. Es cierto que los seres humanos son iguales Pero los individuos no lo son. La igualdad de sus derechos es una ilusión. Los débiles mentales y el hombre de
genio no deben ser iguales ante la Ley. El estúpido, el inteligente, aquéllos que son dispersos, incapaces de atención, de esfuerzo, no tienen derecho a una educación
superior. Es absurdo darles el mismo poder electoral que a los individuos completamente desarrollados. Los sexos no son iguales. Es muy peligroso no hacer caso de estas desigualdades. El principio democrático ha contribuido al fracaso de la civilización, oponiéndose al desarrollo de una élite. Es evidente, por el contrario, que las
desigualdades individuales deben ser respetadas". Alexis Carrel
"El liberalismo ha conducido a las democracias a la bancarrota. El marxismo se ha derrumbado en la más abyecta de las barbaries.
Los hombres necesitan actualmente una nueva doctrina a fin de reconstruir la civilización”
Alexis Carrel
“La eugenesia es indispensable para la perpetuación de los fuertes. Una gran raza debe propagar sus mejores elementos”.