• No se han encontrado resultados

GEORGES SOREL

In document Thule - La Cultura de La Otra Europa (página 82-91)

Nació Georges Sorel en Normandía, concretamente en Cherburgo, en 1847, en el seno de una familia burguesa cuyos negocios, sin embargo, no iban demasiado bien. Bien dotado para las ciencias, obtuvo el título de ingeniero y como tal trabajó para el Estado francés en diversos puntos de la geografía gala. Con tan sólo 45 años de edad, abandonó esta profesión, dedicándose a la vida pública. No mucho antes, había publicado su primer libro. Se asentó en la periferia de París, donde viviría hasta su muerte, en 1922.

Hablar de la obra de Georges Sorel no es nada fácil. Y no se trata del manido tópico tendente a dar realce a un autor. Es una verdad exacta. Nunca fué, para empezar, un autor sistemático. Pero, sobre todo, fué un hombre tremendamente cambiante en cuanto a sus posiciones. Isaiah Berlin describe así su trayectoria: "... legitimista en su juventud, y todavía tradicionalista en 1889, ya en 1894 era marxista. En 1896 escribía sobre Vico con admiración. En 1898, influido por Croce y también por Eduard Bemstein, empezó a criticar el marxismo, cayendo por esas mismas fechas bajo el hechizo de Henri Bergson. Fue dreyfusista en 1899 y sindicalista revolucionario durante la década siguiente. En 1909 era ya enemigo acérrimo de los dreyfusistas, y en los dos años o tres siguientes, aliado de los monárquicos que publicaban "Action Française" y partidario del nacionalismo místico de Barrés. En 1912 escribía con admiración del socialismo militante de Mussolini, y en 1919 con admiración aún mayor sobre Lenin, para terminar manifestando un apoyo incondicional al bolchevismo y, en los últimos años de su vida, una admiración indisimulada por el Duce". ¿Quién no se siente tentado de dejar en este momento de estudiar la obra de Sorel, acusándole, con semejantes datos en la mano, de ser inconsciente, inconsecuente, voluble?

Sin embargo, la realidad es muy otra. Los mismos bandazos que dió demuestran que siempre tuvo bien claro lo que quería, y que una idéntica idea dirigió cada uno de sus pasos. En ningún lugar hizo Sorel carrera política, No perseguía ninguna poltrona y sus cambios de situación no estaban, por tanto, destinados a obtener ventaja alguna, Lo que Sorel perseguía, de un extremo al otro del espectro político, pero sin jamás acampar en los lugares intermedios, donde habitaba todo lo que él combatió, era encontrar los hombres y las ideas que fueran lo suficientemente fuertes como para aplastar al mundo burgués. "Sorel se quejaba dice Hamilton - de la falta de heroísmo que reinaba en la sociedad moderna". El buscaba el tipo humano capaz de desarrollar ese heroísmo, y sabía que sólo podría encontrarlo en aquellos grupos o ideologías que fueran radicales y extremistas, ajenas al juego democrático de la burguesía. En definitiva, no le interesaban tanto las ideas (muy diversas entre sí) que propugnaban los diversos grupos a los que apoyó, como su escala de valores. El lo que deseaba era combatir a la burguesía por la que sentía una "violenta y constante repugnancia". Odiaba sus valores, el "humanitarismo entontecedor", la fe en la "armonía racional" que dirige el mundo, el íntelectualismo, el optimismo antropológico... Contra todas estas falacias guerrea incansable Sorel, y no permite que un temor al ridículo típico del ‘petit bourgeois’ le impida desplazarse meteóricamente desde una posición a otra. siempre que él encuentre que es desde la nueva posición desde la que puede batir adecuadamente a su enemigo

Por lo demás, el caso de Sorel no es único, al contrario, es un hombre muy de su tiempo, perfectamente integrado en su época. Dice Uscatescu que "el influjo de Sorel sobre los movimientos revolucionarios más importantes de nuestro siglo, y de un modo especial sobre las personalidades revolucionarias de Lenin y Mussolini, demuestran la enorme eficacia de su doctrina y su gran conexión con la realidad de nuestra época". El mismo autor sitúa a Sorel dentro de lo que él ha llamado la "rebelión de las minorías". Otra expresiva reivindicación del principio de las "élites" políticas y sociales como promotores de las grandes transformaciones contemporáneas es, sin duda, la doctrina de Sorel.". Y Berlin dice que su obra "está en la entraña de esa magna rebelión contra el racionalismo y la Ilustración". Nada hay, pues, de caprichoso, arbitrario, o snob en la obra de Sorel, y por muy desconcertante que sea, es

evidente que está animada por una idea central por una parte, y que responde perfectamente a una época y una tradición intelectual, por otra.

Nietzsche nos ha enseñado que la historia se debe leer como un oráculo, y que entendemos el pasado como el proyecto del futuro que aspiramos a construir. Por esa misma razón, tanto Sorel como Nietzsche (el primero de los cuales, dicho sea de paso, era un gran admirador del segundo), sitúan como prototipo la civilización griega clásica. Hasta que apareció el gran pervertidor, Sócrates, para poner en duda todos los valores que habían dado vida a un pueblo, introduciendo "las semillas letales que conducirían a la glorificación de las abstracciones, de los esquemas utópicos, de las academias, de las filosofías contemplativas o críticas, y con ello el ocaso de la vitalidad y el genio griegos", dice Berlín.

Por referencia a este mundo de valores superiores, no cabe duda, para Sorel, de que vivimos en la decadencia, y que es contra ella contra quien hay que enfrentarse. No cabe confiar en el simple paso del tiempo, pues Sorel, como buen pesimista, critica lo que él llamó "las ilusiones del progreso", que según él se debían a que se confundía el progreso técnico (que existe) con el progreso cultural y humano. Antes bien, ocurre al contrario: la historia nos muestra cómo civilizaciones heroicas y creadores se han hundido.

Fue realizando sus análisis históricos de cómo las culturas luchaban y resistían, y así llegó al descubrimiento y a la formulación de lo que constituye lo más original de su doctrina: la función del mito. Pero ¿qué es un mito?, Normalmente esta palabra está muy desacreditada y tiende a ser asimilada pura y simplemente con mentira. "Los hombres que toman parte en los grandes movimientos sociales -escribe Sorel en sus "Reflexiones sobre la violencia" - se presentan su acción próxima bajo formas de imágenes de unas batallas que van a asegurar el triunfo de su causa. Yo proponía llamar "mitos" a estas construcciones, cuya comprensión presenta tanta dificultad para el historiador". Así pues, los mitos no son tanto racionales como efectivos, son más creencias en algo (antepasados, tradiciones, símbolos, etc) que acerca de algo; están destinados a cohesionar y provocar el despliegue de las energías; son casi espontáneos y naturales. "Un mito se compone de imágenes "cálidamente coloreadas" y afecta a los hombres, no como lo hace la razón, la educación de la voluntad o el mando de un superior, sino a manera de un fermento del alma que engendra entusiasmo e incita a la acción y, si ello fuera necesario, al desorden. Los mitos no necesitan de realidad histórica, dirigen nuestras acciones, movilizan nuestra voluntad, dan sentido a cuanto somos y hacemos". Otro estudioso del tema de los mitos, Mircea Eliade, nos ha dicho que el mito provee de modelos de conducta y confiere por esto significación y valor a la existencia.

Pero no cualquier cosa se presta a ser transformada en mito: "La experiencia nos enseña -dice Sorel- que ciertas construcciones, de un futuro indeterminado en el tiempo, pueden tener gran eficacia y no tener sino unos pocos inconvenientes cuando son de una naturaleza dada-, esto tiene lugar cuando se trata de mitos en los que se encuentran las tendencias más fuertes de un pueblo, de un partido, de una clase, tendencias que vienen a presentarse con la fuerza y la insistencia de instintos, en todas las circunstancias de la vida y que dan un aspecto de plena realidad a ciertas esperanzas de acción próxima". Dadas todas estas características del mito que estamos citando se comprende lo que dice Uscatescu de que "Un movimiento revolucionario sin mitos es inconcebible".

En pocas palabras, y empleando los términos de Sorel, diríamos que el mito, de naturaleza irracional, tiene como función crear "un estado de ánimo épico".

Y esta será la principal aportación de Sorel al fascismo, del que, con razón, se le ha señalado como precursor directo. Dice Simone de Beauvoir que los fascistas "han aprendido de Sorel que el mito es una fuerza dinámica mensurable, no en forma intelectual, sino en su eficacia". Esto es hasta tal punto cierto que al hablar de fascismo casi podríamos hablar más de "mitología" que de "ideología"; todo el fascismo se mueve en torno a mitos; el mito de la juventud, el mito de la raza, el mito de la acción, etc. No es falso decir que el fascismo es irracionalista. El racionalismo está en plena crisis, y está en crisis porque es antinatural. El mito

soreliano cuadra mucho mejor a la naturaleza del "horno fascismos" y del hombre luchador en general, que el mundo de leyes y conceptos abstractos, tan querido por el buen burgués. Dice Berlin que "la propaganda fascista encontraría munición aprovechable en sus escritos: la burla de la democracia liberal, el antiintelectualismo violento, la apelación al poder de las fuerzas irracionales, los llamamientos al activismo, a la violencia, al conflicto como tal, todo ello alimento de corrientes fascistas".

Veamos algún ejemplo: "En los estudios sociales escribía Sorel que se hacen hoy en día, se atribuye una importancia excesiva a las cuestiones de número. Tal ilusión se halla grandemente alimentada por los prejuicios que derivan del sufragio universal. Los rebaños electorales pueden transformar en jefes de gobierno a no importa qué mediocridad. Pero tales rebaños no resisten ante la fuerza moral sólidamente organizada, así como las masas bárbaras no pudieron vencer a los ejércitos de Alejandro o de César". En cuanto al marxismo, es cierto bárbaras no pudieron vencer a los pequeños el que durante mucho tiempo se defini6 marxista, pero su marxismo era harto peculiar. Observando que sólo las clases trabajadoras podían destrozar el mundo burgués, creyó por mucho tiempo que el marxismo podía ser un "mito" para estas clases, "una doctrina de lucha para pueblos fuertes que reduce la ideología al papel de un mero instrumento", como él mismo dijo, pero no dejó de señalar sus limitaciones, que empezaban desde el momento en que se le adoptaba como ideología. Sobre esto escribe Berlin: "Sorel rechaza la fraseología determinista de "tendencias que operan con necesidad férrea hacia sus resultados inevitables", y otras afirmaciones del mismo corte, que tanto abundan en Das Kapital", y también: "El economicismo de Marx es exagerado, puede haber sido necesario para contrarrestar las teorías idealistas o liberal individualistas de la historia, pero esta clase de teorías corren el riesgo, a juicio de Sorel, de desembocar en la creencia de la posibilidad de predecir las formaciones sociales del futuro. Ello constituye un utopismo peligroso y falaz. Semejantes fantasías pueden servir de estímulo a los trabajadores, pero también de arma a los despotismos".

"Todo lo que yo soy, se lo debo a Sorel", declaró Mussolini a un periódico francés. Se ha argumentado que en realidad lo que Mussolini buscaba era darse alguna base intelectual de prestigio. La realidad es que Sorel, como casi todos los precursores, no era un hombre de tanto prestigio social como para reivindicarlo por este motivo. Al contrario, eran muchos sus críticos y muy reducido el círculo de sus fieles. No podía ser tal el motivo que impulsara a Mussolini. Este sentía una admiración real por el pensador francés. Y Sorel, recíprocamente, tenía también la mejor opinión del Duce, de quien dijo que era un genio político de una "dimensión que supera a la de todos los hombres de Estado actuales", que "ha inventado una cosa que no se halla en mis libros: la unión de lo nacional y lo social, que yo he estudiado, pero no he profundizado. Este descubrimiento de la síntesis nacional social, que es la base de su método, es puramente mussoliniana y yo no he podido inspirarla ni directa ni indirectamente". C.C.

E. SCHURE

E. Schuré nació en Estrasburgo el 21 de enero de 1841, hijo de un médico y de la hija del decano de la Facultad de Derecho de esta ciudad. Su educación fue burguesa y protestante, empezando la carrera de abogacía pero, al parecer, abandonándola para dedicarse a la filosofía y, en especial, al estudio de las religiones comparadas.

Viajó por Alemania e Italia, asistiendo a las Universidades de Bonn, Berlín y Munich. Aquí conoció a Richard Wagner a quien le debe, sin duda, la primera y principal inspiración para el desarrollo de toda su posterior obra poética y esotérica. Schuré presenció en 1865 la primera representación en Munich de "Tristán e Isolda". Aquí habló con el gran compositor, quien le comunico su preocupación por armonizar religión, arte y mitología. Desde entonces crece su admiración por Wagner convirtiéndose, a su llegada a Paris en su gran defensor cuando éste era todavía desconocido en Francia, todo ello principalmente a través de dos libros "Souvenirs de Richard Wagner" y el "Drama Musical" en los cuales daba a conocer las nuevas teorías artísticas. Estos dos libros serían traducidos al castellano y también aquí fueron de las primeras obras sobre el maestro, publicadas antes de acabar el siglo.

Sin embargo no fue Wagner el único que influyó en Schure sus historiadores coinciden todos en dar suma importancia a su compañera de por vida Margarita Albana Mignaty. ‘Una teósofa'. Parece evidente que el mismo Schuré fué teósofo (Y todos sabemos que la teosofía es una derivación de la masonería). No obstante al leer su obra cumbre. "Los grandes iniciados" - Traducida al español -, se advierte enseguida la enorme diferencia ética y anímica que existe entre Schuré y el resto de las teósofos al uso, abundantes en el siglo pasado y a principios de éste. como la Blavanski y la Besand, por ejemplo. Además, dos datos importantísimos a tener en cuenta, es que muy pocos teósofos han soportado el espíritu heroico y caballeresco que inspiran todas las de Wagner y casi ninguno se adhirió al fascismo. Schuré por el contrario -ya hemos visto su devoción por Wagner , murió en Paris el 7 de abril de 1929. siendo gran admirador de Mussolini desde que éste accedió al poder.

El Padre Tusquets reconocía en su obra, "El teosofismo", que prefería a un positivista. a un escéptico materialista, que a un teósofo. Pues en las escuelas teosóficas se respiraba y se respira - olor i decrepitud, a patologia, e histeria mediumínica. En cambio la obra de Schuré, abordando idénticos temas que los teósofos de la época, los trata con una altura espiritual y un espíritu critico y sintético inexistente entre aquéllos.

Schure ve claramente que, debido al materialismo y al positivismo imperantes en este fin de siglo, se ha llegado a una falsa idea de la Verdad y del Progreso. La Verdad era cosa muy distinta para los filósofos de Oriente, de Grecia y de Egipto. Sabían, evidentemente, que no pueden alcanzarla sin un conocimiento sobrio del mundo físico, pero sabían además que la auténtica Verdad reside en nuestra formación y en nuestro equilibrio interior, y en la vida espiritual del alma. Para ellos, el alma era la única, la divina realidad y la clave del universo. De eso e trataba, de desarrollar sus facultades latentes las del alma , y así alcanzar esa suprema intuición que denominaban Dios. Pero esos filósofos, esos místicos, ¿eran simplemente contemplativos? No. El mundo todavía se nutrirá de sus enseñanzas. En "Los grandes iniciados” hace Schure un profundo y detallado estudio de ellos y de sus doctrinas. Nos son presentados con una honradez intelectual sin mácula los siguientes y determinantes personajes de la Historia y de la mitología: Rama. Krisma, Hermes, Moisés, Orfeo, Pitágoras, Platón y Jesús. Y lo más importante, a través de ese maravilloso relato a veces incluso algo fantástico, también hay que decirlo, vemos la conexión existente entre las altas filosofías y creencias religiosas de todos ellos, la creencia que ha adoptado tal o cual raza en un momento determinado y la intensidad con que ha sido aceptada o combatida. (Para sacar auténtico provecho a esta obra, es sumamente importante haber leido la obra de Gobineau, "Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas").

Nos muestra la historia de las religiones en sus dos vertientes, la exterior o aparente y la interior o esotérica. La exterior son los dogmas y los mitos enseñados públicamente en los templos; pudiéramos decir lo "supersticioso". La interior, es la que sólo se enseñaba a los iniciados, mostrándonos cuán duro era el camino del que, en principio, se le aceptaba como elegido.

Con todo lo "extra-mundano" que pueda parecernos el pensamiento de Schuré, fue, antes que nada, un gran idealista; cree con todas sus fuerzas en la supremacía del espíritu sobre la materia, pero manteniendo su contacto con la vida real (‘su representación'). Su aspiración máxima es que religión y ciencia dejen de mirarse como enemigos, o en el mejor de los casos, de soslayo, y aúnen esfuerzos para la gran síntesis metafísica que la humanidad precisa. La misma síntesis que en otro orden más "positivista", si se quiere llamarlo así - intentan Vintila Horia y su escuela en la actualidad. Entre sus obras principales mencionaremos: "Vercingetorix” (Drama), "Les chants de la montagne", "Santuaires d'orient", “Les grandes légendes de la France", "Précurseurs et Révoltés", "Femmes inspiratrices et poétes innovateurs”, “Evolution Divine", "La Légende des siégles", "La Druidesse”, “L’Ame Celtique et lagenie de la France”. J LT

SCHOPENHAUER

"Si gustais de planes utópicos, os diré que la única solución del problema político y social sería el despotismo de los sabios y los justos, de una aristocracia pura y

verdadera, obtenida mediante la generación por la unión de los hombres de sentimientos más generosos con las mujeres más interesantes y agudas". En tal frase

se resume la rotunda oposición de toda la filosofía schopenhaueriana a la igualdad democrática.

"Mi obra se dirige a una minoría: Esperaré sin impaciencias a que suba este pequeño grupo de personas cuya disposición de espíritu, que no es la ordinaria, les capacita para

comprender".

Arthur Schopenhauer nace en la ciudad libre de Dantzig, en febrero de 1788, hijo de un renombrado comerciante cuya herencia, sabiamente administrada, a pesar de la madre, le proporcionó los recursos suficientes para vivir, pudiendo dedicarse plenamente a la filosofía. Trasladada la familia a Hamburgo cinco años después, Arthur recibe una educación esmerada a la vez que viaja por diversos países europeos, buena causa sin duda ésta de la ausencia total de chauvinismo patriotero en su obra: Es Francia en 1799, Checoslovaquia en 1800, Alemania, Holanda, Inglaterra, Suiza, Francia, Austria y Suiza en 1803, y un largo etcétera que durará lo que su vida.

A la muerte del padre (1805), su madre funda un salón literario en Weimar. Schopenhauer conoce, entre otros, a Klopstock o al mismo Goethe, con el que mantendrá una interesante relación a raíz de las respectivas teorías de los colores. En 1807 tiene que abandonar Gotha, donde se encontraba, por los enemigos que generan sus mordaces sátiras. En su persona va

In document Thule - La Cultura de La Otra Europa (página 82-91)