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RAMIRO DE LEDESMA RAMOS

In document Thule - La Cultura de La Otra Europa (página 168-171)

Entre los fundadores del nacional-sindicalismo como movimiento ideológico destaca la personalidad, entre todas, de Ramiro Ledesma Ramos. Su figura, si bien desdibujada por el atractivo y la mitificación de que fue objeto José Antonio, se sitúa sobre el terreno ideológico e incluso sobre el plano de los análisis políticos, muy por encima de la del "fundador". Ramiro Ledesma tenía una formación intelectual excepcionalmente sólida, no se había limitado a terminar y ejercer una carrera, sino que dedicó gran parte de su vida al estudio y a la investigación. Conocedor de la filosofía europea tradicional y moderna, había publicado innumerables ensayos sobre filósofos tan dispares como Bertrand Russell, G.V. Vico, Hegel, Ortega, Keiselring, Düthey y otros muchos más.

"El sello de la muerte", novela de Ramiro, publicada en 1924, es comparable a un "Fuego Fatuo" y podemos encontrar en él rasgos muy similares a Drieu la Rochelle, En esta novela, Ledesma se autodefine de la siguiente forma en palabras del protagonista: "El mío era un temperamento fogoso, poco dado a la ramplonería mística y muy amigo de la intelectualidad viril del hombre, cerebro abierto a todos los estoicismos y reacio a las humoradas sensibles, espíritu libre, irreligioso y amante de las impulsiones nobles; aficionado a la claridad de toda ideología darwinista y nietszcheana" Por esa misma época, dedicó un estudio a Nietzsche (recogido luego en la recopilación "Escritos Filosóficos de Ramiro Ledesma"), en el que lo define como un filósofo que "por su carácter mismo de pensador arbitrario y genial, fue condenado a vivir a media luz" e incluso llega a compararlo con Unamuno en su común aspecto demoledor. José Antonio, sin embargo, no tuvo un conocimiento directo de Nietszche sino a través de Ortega.

Spengler había encontrado eco en España, no sólo entre los nacional-sindicalistas, sino que anteriormente el grupo situado en torno a Ramiro de Maeztu había adoptado posiciones muy similares a las del historiador alemán. Basta cambiar el vocablo "prusianismo", tan usual en la obra spenglariana, por el "sentido aristocrático" de Maeztu, y henos en las mismas. Como en el caso anterior. Spengler penetró en España de manos de Ortega, algunas de cuyas tesis recogió en 'la "Rebelión de las masas", traduciéndolas a las coordenadas españolas. Incluso la definición de Nación ("una entidad de destino en lo universal") no es más que una transposición del concepto spenglariano tamizado por Ortega y Gasset en una de sus conferencias políticas. Otro tanto puede decirse del concepto joseantoniano de "persona": "No se es persona sino en cuanto se es OTRO; es decir, uno frente a los otros, posible acreedor o deudor respecto de otros, titular de posiciones que no son las de los otros". La definición ascética y mística del prototipo nacionalsindicalista como "mitad monje, mitad soldado" puede considerarse entresacada de "Prusianismo y socialismo". Y, por último, como dato curioso para demostrar el conocimiento del fundador de Falange Española de la obra spenglariana, habría que citar la carta remitida genéricamente "a los militares de España", pocos días antes del Alzamiento: "Y siempre ha sido así, la última partida es la partida de las armas. A última hora -ha dicho Spengler- siempre ha sido un pelotón de soldados al que ha salvado la civilización".

El tercer filósofo que influyó decisivamente en el movimiento nacional-sindicalista fue Ortega y Gasset y en concreto debemos circunscribirnos a dos títulos especialmente: "La España invertebrada" y "La Rebelión de las masas". Algunas de las opciones de Ortega son, desde nuestro punto de vista, más que discutibles. "Liberalismo y nacionalización", tal es el lema orteguiano. "Por liberalismo no podemos entender otra cosa sino aquella emoción radical, vivaz siempre en la historia, que tiende a excluir del Estado toda influencia que no sea meramente humana y espera siempre y en todo orden, de nuevas formas sociales, mayor bien que de las pretéritas heredades" ("Vieja y Nueva Política"), o véase este otro fragmento: "Todo europeo actual sabe, con una certidumbre mucho más rigurosa que la de todas sus "ideas" y "opiniones" expresas, que el hombre europeo actual tiene que ser liberal"... opiniones que en cierta medida pueden calificarse de "subversivas", la primera frase podría damos a entender un cierto "progresismo" (en el sentido de la historia, se entiende) orteguiano, por la segunda el reconocimiento de un hecho -discutible por otra parte- y una resignación poco europea. A nuestro modo de ver es precisamente en la ambivalencia del pensamiento orteguiano en donde hay que buscar parte de los extravismos del movimiento falangista en la postguerra y que se han venido prolongando hasta transformarse en disparates en algunos casos, hasta la actualidad. Ortega tiene dos vertientes: una liberal y otra nacionalista, aristocrática y liberadora (no liberal),

La segunda palabra del paradigrna orteguiano "nacionalismo" es, para nosotros, mucho más atrayente, Se trata de un proyecto de libertad para España: "Nacionalismo supone el deseo de que una nación impere sobre otras, lo cual supone, por lo menos, que aquella nación vive. ¡Si nosotros no vivimos! Nuestra pretensión es muy distinta: nosotros, como se dice en el prospecto de nuestra sociedad, nos avergonzaríamos tanto de querer una España imperante como de no querer una España en buena salud, nada más que una España vertebrada y en pie". En su "Epílogo para ingleses" de la "Rebelión", Ortega da un salto cualitativo a su "nacionalismo": Europa es para él la nueva dimensión nacional. dice: "En vez de figuramos las naciones europeas como una serie de sociedades exentas, imaginemos una sociedad única -Europa- dentro de la cual se han producido grupos o núcleos de condensación más intensa". El nacional-sindicalismo heredó de Ortega y de la generación del 98 su preocupación por España, el patriotismo crítico del que hablara José Antonio y antes que él Ganivet, su "dolor por España", su "deseo social" (transformación de las masas en pueblo), la interpretación que hizo de la "invertebración" de España. Aparte de Ortega, Spengler y Nietzsche, pocos otros filósofos influyeron sobre el nacional-sindicalismo. Algunos han hablado de Carlyle y de Kant o Fichte, pero no podemos decir sino que se tratan de coincidencias que muy bien pudieron ser "accidentales". La influencia de Hegel es, por el contrario, evidente en los primeros manifiestos de la Conquista del Estado y de las JONS, cuando se insiste, incluso de forma obsesiva, en lo que no dudamos de calificar como "estatolatría", mucho más radical que la del fascismo italiano.

Pero ¿cómo se tradujo esta influencia en la intelectualidad nacional-sindicalista? La realidad cultural del nacional-sindicalismo fue, a decir verdad, muy pobre.

No generó un movimiento de masas de carácter político-cultural; fue siempre privativo de élites excepcionalmente diversificadas y sin unos puntos comunes muy claros entre ellos. La falta de esa "clase intelectual" fue quizás uno de los factores que favorecieron el que de una forma increíblemente fácil los falangistas fueran expulsados del poder por hombres sin nervio, sin temperamento ni ideología, por los tecnócratas. El movimiento falangista, bajo el franquismo, debió recluirse así en ambientes juveniles sistemáticamente torpedeados desde el poder; primero cayó el SEU y las Falanges Juveniles no resistieron mucho tiempo. Pero sería cometer una injusticia histórica si no reconociéramos que en las filas de las Falanges Juveniles se forjó un espíritu ardiente y combativo, militante y desinteresado, un afán de servicio y de sacrificio, un estilo y una camaradería mucho más lejos de cualquier movimiento puramente escutista... Si, con los años, muchos de esos jóvenes fueron desmovilizados, se alejaron del nacional- sindicalismo e incluso tomaron partido por la revolución marxista, esto se debió sin duda a que chocaron con el inmenso desengaño de un régimen "nacional-sindicalista", terreno de pasto del imperialismo americano, de la tecnocracia más deshumanizada y del oscurantismo más irresponsable.

Retomando el tema, no podemos por menos de extrañamos que el movimiento cultural nacional-sindicalista no lograra salir del ghetto y se cerrara en un movimiento sumamente elitista y alejado de las vivencias populares en unos casos o, en otros, volcado hacia el pueblo, no supiera interpretar sus anhelos (véase sino la "literatura imperial" o el "celuloide de cartón piedra" de la postguerra ... ). Desde un principio, y hasta su agotamiento postrero, el movimiento cultural nacional-sindicalista fue patrimonio exclusivo del estrecho círculo de lectores de una miriada de revistas de escasa tirada y menor difusión, deficitarios siempre y que muy raramente encontraban aprobación en las esferas oficiales (esto tras el primero de abril de 1939).

In document Thule - La Cultura de La Otra Europa (página 168-171)