Debemos buscar el origen del movimiento cultural nacional-sindicalista en un hombre que estuvo íntimamente ligado al nombre de una revista de la que fue su alma: Giménez Caballero y "La Gaceta Literaria". Giménez Caballero es uno de los intelectuales españoles más curiosos, fascinantes y pintorescos. Podría ser comparado a Marinetti y ciertamente su grado de exaltación es similar al del autor futurista. También su desmesurado afán por figurar al frente de las experiencias literarias más vanguardistas del momento. Su nombre empezó a sonar paralelamente a la irrupción del surrealismo en España. Fue el primero en muchas cosas: el primer surrealista con su novela "Yo, inspector de alcantarillas", el primer nacional-imperialista con "Circuito Imperial" y, por supuesto, no podía ser de otra forma, también el primer fascista español, tal como hoy lo sigue motejando cualquier manual de literatura española del presente siglo. Como muchos fascistas revolucionarios, Giménez Caballero no sintió por el comunismo un odio visceral, es más, colaboró en distintas ocasiones con él y solamente en el periodo bélico se advierte en él unas pulsaciones anticomunistas primarias, fruto seguramente de dramáticas circunstancias (como aquella famosa alocución tras la liberación de Madrid). Precisamente fueron varios los comunistas (muy suI generis, bien es cierto) que colaborarían en "La Gaceta Literaria". En "Genio de Espafia", Gimenez Caballero recordaba que "La Gaceta" "había alumbrado las dos juventudes espirituales que cuajarían el porvenir de Espafía: los comunistas y los fascistas". Entre los colaboradores de la revista encontramos nombres tan dispares como Buñuel (ya comunista por entonces) y Ramiro Ledesma (también fascista convicto y confeso en esa época) junto a Sebastian Gasch, Antonio Espina, Guillermo de la Torre y otros muchos venidos de horizontes diversos y que la diáspora post-bélica se encargó de alejar física y moralmente. Podemos comparar "La Gaceta", a un "Je suis partout" francés, a cualquiera de las muchas revistas de los "conservadores-revolucionarios" alemanes o a las múltiples revistas literarias que florecieron en el "ventennio". Sus características eran comunes siempre: canto a la juventud, nacionalismo vitalista y agresivo (españolismo), terrorismo intelectual y violencia dialéctica, crítica corrosiva.
"La Gaceta Literaria" dio sus primeros pasos en 1927 y moriría hacia 1932, cuando las tendencias políticas de los redactores hacían imposible una "coexistencia pacífica", máxime cuando el clima político tendía cada vez con una velocidad más vertiginosa hacia la radicalización que llevaría a la guerra civil. A todo esto, Giménez Caballero, con sus paradójicos y en ocasiones incongruentes razonamientos, seguía meditando sobre las causas que le llevaron al fascismo, y apenas podía evitar una cierta frivolidad cuando escribía en 1929: "Cuando el fenómeno fascista surgió en mi conciencia, a posteriori de mi reconocimiento entrañable con Roma, me ví perdido. Tenía que admitirlo ACRITICAMENTE (irracionalismo, n.d.a.) como un mandato familiar, como una imperiosa llamada a la obediencia. Su camisa negra, el negro del águila imperial, el negro del clérigo de la Edad Media y el negro del jubón del Renacimiento. Era el negro ecuménico, católico, expansivo, interventor de culturas incipientes, pobres pero originales. Frente al rubio nórdico. Frente al rojo asiático".
Al igual que el fascismo italiano, el incipiente fascismo español intentó inspirarse en las guerras africanas para encontrar fuentes de arrebato y exaltación. Claro que poco podía enorgullecerse España por la desastrosa guerra de Marruecos (Anual, Abdelkrim fueron nombres trágicos para los españoles, que marcaron todo el primer cuarto de siglo; sólo después, La Legión, Alhucemas, etc. contribuirían a crear un clima más propicio de exaltación patriótica). Giménez Caballero, naturalmente, no podía permanecer ajeno a este tema. Otro escritor catalán, más tarde falangista de primera hora y que todavía hoy mantiene una incólume fidelidad a sus principios falangistas, Luis Santamarina, siguió por la misma senda. Así, mientras Caballero escribía sus "Notas marruecas de un soldado" (había servido como soldado regular en el Rif), de carácter filosófico-exaltado y crítico, el segundo publicaba "Tras el águila de César", título ya de por sí altisonante, inspirado en sus experiencias como soldado voluntario de la Legión. Una especial referencia merece hacerse a este último, pues en él están presentes todos los rasgos de la literatura del fascismo español y europeo, de una expresividad agresiva y vanguardista sin límites. Véase este fragmento a modo de ilustración "Qué hermosa eres, paloma! El día en que la razón rija los actos de los hombres, el Tercio en vez de banderas de seda llevará
mujeres desnudas, flotantes al Viento las cabelleras y entonces todos, unánimes, seguirán su enseña, la de los favoritos de la victoria... Además, eres ligera como una rosa; te llevaría sin cansarme días y días... ¿Cómo te llamas? ¿Dolores? ¡Qué nombre tan triste! Voy a cambiártelo... Desde hoy te llamarás Leda, pues serás amada de un águila ya que no de un cisne... Yo te bautizo en Mi nombre, Amén".
Estos primeros escarceos finalizaron en 1931, cuando las guerras africanas ya quedaban lejos y cuando Ramiro Ledesma y un grupo de activistas decidían lanzar la primera empresa política auténticamente fascista en España, "La conquista del Estado". Su primer número apareció el 14 de marzo de 1931. Ocho meses más tarde, alrededor ESPAÑOLES del núcleo de redactores, se constituyeron las J.O.N.S. En sus páginas, la Conquista del Estado vio aparecer artículos de Malaparte y textos de Hitler, recensiones de los primeros libros doctrinales del fascismo y del nacionalsocialismo y, sobre todo, a medida que avanzan sus números, podemos comprobar cómo una ideología -el nacionalsindicalismo- se va lentamente perfilando. A la experiencia de "La conquista", Falange Española (integrados por un tiempo las J.O.N.S. en ella) seguiría la revista "JONS" y el semanario "FE", en los cuales - especialmente en la primera- prosigue el proceso de concreción ideológica que la guerra y la persecución frentepopulista truncaron de raiz. Entre los colaboradores de F.E. podemos encontrar a Victor d'Ors, hijo de Eugenio d'Ors, a Samuel Ros, autor de novelas de humor y al inefable Giménez Caballero, publicando artículos sobre la Roma clásica, que valieron la réplica de algunos estudiantes que afirmaban que el tono de "FE" no era suficientemente combativo y que no valía la pena arriesgar la vida para vender una revista en la que se hablara de Platón y de las ruinas de Roma, carta que José Antonio contestó con aquella famosa nota dirigida "A un estudiante que se queja de que FE no es suficientemente duro", en la que sentaría las bases del estilo falangista. A "FE" siguió "Arriba", en la misma tónica desde el 21 de marzo de 1935. Rafael Sánchez Mazas estaba a cargo de la sección "Consignas y normas de estilo", José Antonio se encargaba personalmente de la "Crónica Política Nacional", mientras que Giménez de Sandoval (el biógrafo apasionado de José Antonio) se encargaba de la política internacional. Pero, aparte de las revistas, tuvieron más importancia los grupos intelectuales que circundaban a Giménez Caballero, los amigos de José Antonio tentados por la intervención literaria y los jóvenes universitarios seguidores de las tesis noventayochocentistas. De entre las varias típicas tertulias que recogían esta corriente de simpatía, destacaba la que tenía lugar en el local de "La Ballena Alegre" y a la que solían asistir Mourlane Michelarena, Ridruejo, Agustín de Foxá, Quadra Salcedo, los pintores Cabanas y Ponce de León, los ensayistas Eugenio Montes y Sánchez Mazas, los novelistas Samuel Ros y el prolífico Zunzunegui y periodistas como Víctor de la Serna, así como el compositor del "Cara al Sol", el maestro Tellería. Estas reuniones muy frecuentes tenían su continuación en las llamadas "Cenas de Carlomagno", celebradas en el Hotel París de Madrid; los comensales, de rigurosa etiqueta, no dudaban en consumir manjares medievales a la luz de tres candelabros y con un fuego en la chimenea impasibles ante el caos que vivía España en aquellos momentos. Se trataba de una forma de protesta contra las revueltas que asolaban España, y particularmente Madrid en aquellos momentos, una forma de revivir un pasado mítico y legendario con que sustituir un presente que se hacía cada vez más odioso y que iba a precipitar a muchos de los comensales de las "Cenas de Carlomagno", que no eran otros que la mayoría de los miembros de la tertulia de la Ballena Alegre, a un trágico final.
En las estructuras militantes de FE, hubo un tiempo para la literatura y la intelectualidad: el SEU apenas consiguió un minuto de tregua entre batalla campal y batalla campal. La revista "Haz", portavoz de los estudiantes del SEU, apenas podía dedicar unas líneas a la crítica cultural del momento: no se hablaba del centenario de Lope o del teatro universitario de "La Barraca", de Casona y de las vanguardias literarias de la época, pero dichos análisis apenas podían encontrar el mínimo eco entre el sonido de los disparos que asolaban los claustros universitarios.
El 18 de julio de 1936 estallaba la guerra civil. Las alas conservadoras del Movimiento Nacional se preocuparon de promocionar una cierta literatura nacionalista de carácter patriótico y conservador: se leyó hasta la saciedad la "Defensa de la Hispanidad" de Maeztu y el "Estado Nuevo" de Vázquez de Mella. "Genio de España" de Giménez Caballero, a pesar del carácter
entusiasticamente leido por la juventud falangista de la época. "Acción Española", revista del pensamiento nacionalista español neo-maurrasiano, se transformó en Cultura Española y en sus columnas Juan José López Ibor escribió su "Discurso a los universitarios Españoles". Mención especial merece la revista "Jerarquía", a pesar de que solamente aparecieron cuatro números. En ella colaboraron intelectuales de la talla de García Valdecasas, Laín Entralgo, Angel María Pascual y Torrente Ballester, Dionisio Ridruejo, Agustín de Foxá y Eugenio d'Ors. A "Jerarquía" siguió "Vértice", con el pintor Sainz de Tejada y Giménez Caballero, José María Pemán, en plena exaltación falangisto-patriótica, escribía por entonces sus "Odas al Alférez Provisional" y el "Poema de la Bestia y el Angel". También escribieron en "Vértice" Edgar NeviHe, José María Castroviejo y Alvaro Cunqueiro. Simultáneamente a "Vértice", "Legiones y Falanges", editada desde Roma, quería simbolizar la unidad de los fascismos mediterráneos. En esta última colaboraron plumas destacadas: el crítico y autor teatral Alfredo Marqueríe, Rafael García Serrano, Azorín y el por entonces joven estudiante malhablado pero que sabía disimular sus procacidades con un sutil y cuidado vocabulario, Camilo José Cela.
Cuando el Eje perdió la guerra, todo esto desapareció como por ensalmo. Muchos fervientes "intelectuales nacionalsindicalistas" se acostaron pensando en el imperio y en la unidad de destino y amanecieron socialdemócratas, liberales o monárquicos alfonsinos; los que tanto habían alentado la retórica falangista, la estigmatizaban acto seguido. No sólo los hijos del régimen, sino también los hombres que habían sido hasta hace poco el régimen mismo, se revolvieron contra ella. Cuando en los años 50 se producen los primeros incidentes en la universidad de Madrid, con el cierre de los centros docentes y la dimisión forzosa de Ruiz Giménez y de Fernández Cuesta, los protagonistas no son precisamente los escuálidos o núcleos de estudiantes comunistas sino los "intelectuales monárquicos", los "juanistas" o monárquicos liberales los que se enzarzan a tiros con los miembros del SEU... el principio del fin había comenzado.
Las revistas que intentaron recoger parte de la ortodoxia y el purismo falangista y continuar agrupando el núcleo de intelectuales adictos ("El Español" principalmente) no pasaron de ser meros órganos informativos dependientes de "Información y Turismo" (que llegaron a editarse incluso a principios de los años 70), si bien gozaban de cierta autonomía y se permitían clavar algunas puyas a elementos liberales o anglófilos (ambos términos fueron durante un tiempo sinónimos); la realidad era que no pasaban de ser hijos díscolos domesticados de un régimen que hacía ya mucho tiempo que había abandonado en la práctica el pensamiento por el que murieron José Antonio, Ramiro y Onésimo Redondo. E.M.