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"La lengua es de todos y es de nadie (...) Nuestra lengua posee un conjunto de reglas que la rigen, pero esas reglas son flexibles y están sujetas a los usos: el idioma que hablan los argentinos no es menos legítimo que el de los españoles, los peruanos, los venezolanos o los cubanos, aunque todas estas hablas tienen características propias."

El sincretismo cultural del idioma de los inmigrantes con el 6 de los porteños compadritos se originó en los cabarets. Allí el inmigrante caía como cliente, y el compadrito era el "fiolo" (o proxeneta); al menos en las primeras décadas del siglo, ya que luego otros inmigrantes (judíos polacos y franceses) entraron en el negocio del placer por horas. En los cabarets, para amenizar la noche, comenzó a tocarse el tango: a veces un conjunto, otras un pianista, y las parejas bailaban antes de pasar a sus habitaciones. En un artículo publicado en página web de la Academia Porteña del Lunfardo, Nora López sostiene que el lunfardo proviene de aquellos encuentros en el mundo del delito, al punto que el propio término "lunfardo" era el utilizado por los ladrones para llamarse a sí mismos. El argot del delincuente junto a la media lengua cocoliche del inmigrante, y tamizado con palabras y giros de la vida cotidiana. Habrá en el lunfardo entonces palabras nacidas de dialectos italianos, como el genovés: "amurar" o "biaba", junto a términos franceses referidos al mundo de la noche: "gar-conniére" (vivienda de soltero), "pris" o "prissé" (polvo de cocaína) y otras de origen diverso: "papirusa", del polaco; "bondi", del portugués. Observa Nora López que "a través del gauchesco llegaron indigenismos (cancha, pucho), afronegrismos (quilombo, mandinga) y arcaísmos españoles (aguaitar, espichar) que comprendían también palabras del caló (dialecto gitano) como 'araca' y 'mangar', junto a palabras de la germanía (dialecto de los bajos fondos españoles del siglo XVIII) como 'runfla' y 'taita'. Otras palabras eran literalmente inventadas, por ejemplo, las que surgían de hablar al 'vesre': feca, ortiba, etcétera."

Los encontronazos entre la vida y la Academia generarían, otra vez, una fuerte pelea de fondo, similar a aquella entre Borges y Américo Castro. En este caso se enfrentaron José María Monner Sans y Roberto Arlt. Monner Sans, en una entrevista concedida al diario El

Mercurio de Chile, afirmó: "En mi patria se nota una curiosa evolución. Allí hoy nadie defiende

a la Academia ni a su gramática. El idioma en la Argentina atraviesa por momentos críticos (...) La moda del 'gauchesco' pasó, pero ahora se cierne otra amenaza: está en formación el lunfardo, léxico de origen espurio, que se ha introducido en muchas capas sociales, pero que sólo ha encontrado cultivadores en los barrios excéntricos de la capital argentina. Felizmente, se realiza una eficaz obra depuradora, en la que se hallan empeñados altos valores intelectuales argentinos".

"Querido señor Monner Sans —le escribe Roberto Arlt—: La gramática se parece mucho al boxeo. Yo se lo explicaré: Cuando un señor sin condiciones estudia boxeo, lo único que hace es repetir los golpes que le enseña el profesor. Cuando otro señor estudia boxeo, y tiene condiciones y hace una pelea magnífica, los críticos del pugilismo exclaman: '¡Ese hombre saca golpes de todos los ángulos!' Es decir que, como es inteligente, se le escapa por una tangente a la escolástica gramatical del boxeo. De más está decir que éste que se escapa a la gramática del boxeo, con sus 'golpes a todos los ángulos' le rompe el alma al otro, y de allí que ya haga camino esa frase nuestra de 'boxeo europeo o de salón', es decir, un boxeo que sirve perfectamente para exhibiciones, pero para pelear no sirve absolutamente nada, al menos frente a nuestros muchachos antigramaticalmente boxeadores. Con los pueblos y su idioma, señor Monner Sans, ocurre lo mismo. Los pueblos bestias se perpetúan en su idioma, como que, no teniendo ideas nuevas que expresar, no necesitan palabras nuevas o giros extraños; pero, en cambio, los pueblos que, como el nuestro, están en una continua evolución, sacan palabras desde todos los ángulos, palabras que indignan a los profesores, como lo indigna a un profesor de boxeo europeo el hecho inconcebible de que un muchacho que boxea mal le rompa el alma a un alumno suyo que, técnicamente, es un perfecto pugilista. Eso sí, a mí me parece lógico que ustedes protesten. Tienen derecho a ello, ya que nadie les lleva el apunte, ya que ustedes tienen el tan poco discernimiento pedagógico de no darse cuenta de que, en el país donde viven, no pueden obligarnos a decir o escribir: 'llevó a su boca un emparedado de jamón', es vez de

decir: 'se comió un sandwich'. Yo me jugaría la cabeza que usted, en su vida cotidiana, no dice 'llevó a su boca un emparedado de jamón', sino que, como todos, diría 'se comió un sandwich'. De más está decir que todos sabemos que un sandwich se come con la boca, a menos que el autor de la frase haya descubierto también que se come con las orejas (...) Un pueblo impone su arte, su industria, su comercio y su idioma, por prepotencia. Nada más. (...) Cuando un malandrín le va a dar una puñalada en el pecho a un consocio, le dice 'Te voy a dar un puntazo en la persiana', es mucho más elocuente que si dijera 'Voy a ubicar mi daga en su esternón'. Cuando un maleante exclama, al ver entrar a una pandilla de pesquisas: '¡Los relojié de abanico!', es mucho más gráfico que si dijera 'Al socaire examiné a los corchetes'. Señor Monner Sans: si le hiciéramos caso a la gramática, tendrían que haberla respetado nuestros tatarabuelos, y en progresión retrogresiva llegaríamos a la conclusión que, de haber respetado al idioma aquellos antepasados, nosotros, hombres de la radio y la ametralladora, hablaríamos todavía el idioma de las cavernas. Su modesto servidor..."78

Territorios distintos con caminos similares: también dos Argentinas en el idioma, en el habla y los sueños de las clases alta y baja, en el lunfardo y la Academia, en la teoría y la práctica. ¿Pudo existir una literatura argentina, una síntesis de estos continentes separados? Escribe Ezequiel Martínez Estrada en Muerte y transfiguración del Martín Fierro:

"Faltaba el contexto de una literatura popular, de un pueblo en la literatura, faltaba la costumbre de la lectura sensata bien hecha, de filólogos, de libros y de hechos, dentro de cuyo contexto cupieran como piezas del montaje general esos poemas gauchescos. Ese status de cultura literaria efectiva existía sólo, fuera de esos poemas, en las crónicas de los viajeros ingleses, en algunas memorias escritas con patriótica franqueza, y en las pocas grandes obras que dejaron los proscriptos. Mas no formaban un estado firme y continuo, sino piezas sueltas que se articulaban con la realidad real del país pero no con la realidad irreal que vivimos, muy cómodos, por cierto. (...) Sin una literatura de fondo, sin por lo menos centenares de obras escritas y profusamente leídas, con el mismo propósito de explorar nuestra realidad, el

Santos Vega de Ascasubi, el Facundo, el Martín Fierro, El Matadero, Amalia, muchas obras de

Hudson y los informes de los viajeros ingleses, sumados a lo que escribimos, no pasan de ser cuerpos extraños en el organismo de nuestra literatura."

A comienzos de la década del cuarenta, durante la presidencia del general Pedro Ramírez, la presión de los grupos puristas se hizo sentir y el lunfardo fue prohibido en la radio. No hubo una ley o decreto que así lo expresara, pero la prohibición funcionó como un secreto a voces, y los autores debieron cambiar las letras de los tangos o resignarse a que no se las difundiera. El tema Los mareados, de Cobián y Cadícamo, fue una de las cientos de víctimas de la tijera militar. Cadícamo escribió una nueva letra con un nuevo título: En mi pasado. Recién en 1949 el tango pudo liberarse de la prohibición. Pero la censura volvió a posarse sobre sus letras y su contenido a mediados de los sesenta, desde la dictadura de Onganía en adelante.

Un importante hotel de