"Partir... no quedarse en nada, destino, situación ni sentimiento: partir, partir... Irse a ser otra cosa sin haber llegado a ser bien la primera. Ser extranjero sin haber sido todavía algo. Pensamos a nuestra capital en términos de universalidad, lo que estaba muy bien, pero creímos que la universalidad era sinónimo de extranjerismo, lo que estaba muy mal. Porque para alcanzar la universalidad no es menester ser rico en disparidad, sino ser rico en la unidad... Nosotros pensamos a la inversa, que bastaba con que nos pareciéramos a Europa para ser casi europeos; con lo cual quedábamos siendo casi argentinos y muy poco europeos."
EDUARDO MALLEA
"La cultura es creación humana, pero es también tiempo. Somos, al fin y al cabo, jóvenes y Francia, por caso, cuando sólo contaba con dos siglos de vida, no lucía mejor que nosotros hoy."
Siguiendo a José Luis Romero en su ensayo historiográfico Las ideas políticas en la
Argentina, puede advertirse con claridad que nuestra historia ha sido "irremediablemente dual".
Romero y Chaneton proponen que "el caso es que no hubo síntesis entre autoritarismo y liberalismo en esta parte del mundo. Aquí han sobrevivido, hasta hoy, ambos". Para Romero, "la era criolla, primera etapa de la historia argentina propiamente dicha, encabezada por los hombres que llevaron a cabo la Revolución que nos hizo autónomos fracasó, sin embargo, a la hora de emprender la construcción del Estado nacional: porque para ellos la realidad social siempre fue un enigma".
Fermín Chávez, en una personal interpretación de "civilización y barbarie" publicada en 1956, coincide en los vicios de origen al señalar que "todo comienza con las dos corrientes" que llevarán a la independencia: "los dos Mayos. Un Mayo tradicionalista, que iba contra la política de Carlos III, y un Mayo informado por la filosofía del siglo XVIII, republicano y antiespañol". En 1821, el padre Castañeda escribía que nuestra Revolución "no se redujo más que a reformar nuestra administración corrompidísima, y a gobernarnos por nosotros mismos en el caso de que Fernando no volviese al trono. (...) La Revolución así concebida no tenía el menor odio hacia los españoles, ni la menor aversión contra sus costumbres, que eran las nuestras, ni mucho menos contra su religión que era la nuestra. Pero los demagogos, los aventureros, impregnándose en las máximas revolucionarias de tantos libros jacobinos, empezaron a revestirla de un carácter absolutamente antiespañol, ya vistiéndose de indios para no ser indios, ni españoles, ya aprendiendo el francés para ser parisienses de la noche a la mañana o el inglés para ser místeres recién desembarcados en Plymouth".17 La visión de
Castañeda, aunque demasiado parcial con nuestro amor peninsular, se adelanta a subrayar una de las dicotomías que persistirán en la cultura argentina durante más de un siglo: aquella sostenida por los ideólogos que calificarán de bárbaro a todo lo americano.
La dualidad entre federales y unitarios no correspondió solamente a formas de organización social, sino también a dos maneras de vivir la cotidianidad y a valores de vida contrapuestos. La "síntesis" de aquellas ideas jamás se produjo: la pacificación alcanzada por la sanción de la Constitución de 1853 fue más una fórmula de conciliación política que un puente integrador de aquel abismo cultural.
Aquellas Argentinas fueron resumidas por la cultura de la época en diversas líneas interpretativas de nuestra historia, casi invariables y difundidas por quienes presumían el monopolio de la verdad. Argentina fue un invento argentino: aquel invento en el que nos convencimos de ser un amigable crisol de razas, de enarbolar la democracia y el pluralismo como modo de vida y de poseer una visión progresista del Estado que consolidara la Nación. Como señala Chaneton con claridad, "educar al soberano no ha consistido sino en forzar la realidad para hacerla coincidir con la idea que de ella han pulido las clases dominantes del país".
Así, las líneas Mayo-Caseros o Sarmiento-Mitre-Generación del Ochenta lograron transformar el discurso "liberal" en un supuesto discurso objetivo. Obviamente, la "objetividad" supuesta en un discurso se encuentra íntimamente ligada a su difusión: un discurso es objetivo en tanto dominante y, siendo objetivo, se tamiza, a la vez, de supuestamente apolítico. La llamada "línea nacional" o revisionista de la historia, sintetizada por San Mar tín- Rosas-Perón, contó con algunos brillantes intelectuales como Raúl Scalabrini Ortiz, Arturo Jauretche, Rodolfo Puiggrós y, según enumera Shumway en su trabajo ya citado, contó con cinco "impulsos principales":
• una comprensión antinómica de la historia argentina po
larizada por Buenos Aires-Interior y Oligarquía-Pobres; • reivindicación de los caudillos, "cuyo supuesto barbaris
mo era el único recurso disponible de las provincias en su lucha contra Buenos Aires";
• espíritu latinoamericanista;
• rescate de lo español y lo latino por oposición a la fasci nación europeísta de los liberales;
• reivindicación del gaucho pobre de las pampas como pro totipo de los valores argentinos.
En Argentina: la ambigüedad como destino. La identidad del país que no fue, Juan Carlos Chaneton se pregunta si "es posible encontrar paradigmas fundantes de nuestra identidad nacional por fuera de la inconducente dicotomía liberalismo nacionalismo", y propone una nueva línea, más abarcadora e interesante de transitar: Dorrego-Urquiza-Alberdi.