"Allá por el veintiséis Diputado en el Congreso Defendía el derecho cívico De los empleados a sueldo Excluidos de votar Con el absurdo pretexto Que al depender de un patrón Ataría su
pensamiento En defensa del humilde Se alzó el verbo de Dorrego.
Del veintisiete al veintiocho En su gestión de gobierno Propulsó el federalismo Que siempre fuera su credo
Y cayó buscando luz Entre las sombras envuelto No pudo montar de vuelta Como lo hizo en Nazareno Y en un trece de diciembre Se apagó Manuel Dorrego." COPLASDELPAYADOR URUGUAYO JOSÉ CURBELO
La Historia no deja finales abiertos. Es siempre imposible preguntarse qué hubiera pasado. ¿Qué hubiera pasado si...? Los protagonistas y los elementos, los hombres, el fuego, el frío, los sueños, bailan una danza que siempre parece perfecta, aun cuando bailen alrededor de la Muerte. No hay hubiera. Las respuestas condicionales dependen del corazón, y no del Tiempo. El tiempo es atroz.
¿Qué hubiera pasado aquella semana anterior a la Navidad de 1828, en Navarro, si De La Valle no hubiera fusilado a Dorrego? ¿Qué hubiera pasado si Dorrego, líder vencedor de los unitarios, contaba con el poder suficiente para evitar la llegada de Rosas? ¿Hubiera sido posible una Argentina federal anterior a la Constitución del '53?
No pasó lo que hubiera pasado: pasó que aquel 13 de diciembre de 1828, en Navarro, Dorrego pidió una chaqueta prestada para ser fusilado con ella, escribió tres cartas a tres mujeres (su esposa y sus dos hijas) y entró a la Historia por la dolorosa puerta del frente.
Manuel Críspulo Bernabé Dorrego nació el 11 de junio de 1787 en Buenos Aires, hijo menor con cinco hermanos, criado en la familia acaudalada de un comerciante portugués. Estudió leyes en Chile, en la Universidad de San Felipe, y fue el primero en lanzar allí el grito de "Junta queremos" enterado de los sucesos de Mayo de 1810 en Buenos Aires y pidiendo la renuncia del gobernador español. Volvió a Buenos Aires, ingresó al Ejército y al poco tiempo ganó el ascenso a capitán. Peleando a las órdenes de Pueyrredón fue herido dos veces, y quedó de por vida con la cabeza ladeada sobre el hombro. Peleó con Belgrano en Salta y Tucumán, y luego estuvo confinado por actos de indisciplina. En 1813 retomó su cargo, pero fue nuevamente castigado, y en mayo de 1814 se ordenó su traslado a Buenos Aires.
Junto a Manuel Moreno, Domingo French, Pedro Agrelo y otros fue partidario de la autonomía de Buenos Aires y la formación de un gobierno federativo, y formó parte de la oposición a Pueyrredón. El entonces director supremo lo deportó el 15 de noviembre de 1816, y recién al tercer día de viaje supo cuál sería su destino: Dorrego terminó en Baltimore, Estados Unidos, enfermo y sin recursos, y se mantuvo allí durante más de un año. Su estancia norteamericana está rodeada de silencio: sólo se sabe que pudo reunirse allí con otros opositores al gobierno porteño y que quizá la observación de la vida política del Norte lo haya reafirmado en sus convicciones federalistas. Volvió a Buenos Aires luego de la caída del Directorio y sufrió dos derrotas: una militar, en Gamonal y otra política, en elecciones contra Martín Rodríguez, como gobernador de la provincia. Fue desterrado a Mendoza, huyó a Montevideo y regresó al amparo de la Ley del Olvido. Editó el periódico opositor El Argentino, contra la gestión de Martín Rodríguez y de Bernardino González Rivadavia.
Fue elegido representante por Santiago del Estero durante el Congreso Nacional que discutió la Constitución rivadaviana de 1826. Dorrego fue la figura principal en el debate sobre el artículo sexto del proyecto constitucional, en el que se negaba el voto en las elecciones "a los menores de veinte años, a los analfabetos, a los deudores fallidos, a deudores del tesoro público, dementes, notoriamente vagos, criminales con pena corporal o infamante y a los domésticos a sueldo, jornaleros y soldados . En este último caso, el gobierno presumía que los domésticos y peones estaban bajo influencia del patrón. "El artículo 6 —dijo Dorrego en el debate— forja una aristocracia. La más terrible, porque es la aristocracia del dinero. Échese la vista sobre nuestro país pobre, véase qué proporción hay entre domésticos, asalariados y demás clases del Estado y se advertirá al momento que quien va a tener parte en las elecciones, excluyéndose las clases que se expresan en el artículo, es una pequeñísima parte del país, tal vez no exceda de una vigésima parte. He aquí la aristocracia del dinero; y si esto es así, podría ponerse en giro la suerte del país. Entonces sí que sería fácil influir en las elecciones, porque no es fácil influir en la generalidad de la masa, pe ro sí en una corta porción de capitalistas; y en ese caso, hablemos claro, el que formaría la elección sería el Banco,
porque apenas hay comerciantes que no tengan giro con el Banco, y entonces sería el Banco el que ganaría las elecciones, pues él tiene relación con todas las provincias."
Dorrego fue también una de las piezas clave en la crisis que determinó la renuncia de González Rivadavia a la Presidencia de la Nación. En agosto de 1827 fue elegido gobernador de Buenos Aires, y como tal suspendió el pago de intereses del empréstito Baring Brothers,18
perfeccionó la Ley de Enfiteusis de los campos pastoriles y agregó los agrícolas, fijó precios máximos sobre el pan y la carne, suspendió el reclutamiento forzoso y prohibió el monopolio para los productos de primera necesidad.
A mediados de 1828, la mayor parte de los ganaderos bonaerenses, afectados por la prolongación de la guerra con el Brasil e influidos por intereses británicos exportadores, quitaron su apoyo al gobernador Dorrego, que quedó solo y aislado frente al enemigo unitario.
Juan Galo de La Valle, unitario, era —según escribe Felipe Pigna— hijo de un descendiente directo del conquistador de México, quien se desempeñaba como contador general de las Rentas y el Tabaco del Virreinato del Río de la Plata. En ocasión de los sucesos de Mayo, la suerte fue adversa con los De La Valle, que se mantuvieron subordinados a las autoridades españolas. Pigna relata que en agosto de 1812 Juan Galo pidió su alta como cadete en el Regimiento de Granaderos a Caballo y suprimió la partícula "de" de su apellido, para evitar que se lo confundiera con los españoles. Pigna reproduce en su biografía de Lava-He un intercambio de correspondencia entre Julián Segundo de Agüero y Vicente López, ambos miembros de la oligarquía porteña, en ocasión del fracaso unitario y la asunción de Dorrego: "No se esfuerce usted en atajarle el camino a Dorrego; déjelo que se haga gobernador, que impere aquí como Bustos en Córdoba: o tendrá que hacer la paz con el Brasil con el deshonor que nosotros no hemos querido hacerla; o tendrá que hacerla de acuerdo a las instrucciones que le dimos a García, haciendo intervenir el apoyo de Canning y Ponsonby. La Casa Baring lo ayudará pero sea lo que sea, hecha la paz, el ejército volverá al país y entonces veremos si hemos sido vencidos."
La aviesa carta de Agüero resultó premonitoria. Dorrego tuvo que firmar la paz con el Brasil y tuvo, también, que aceptar la mediación inglesa que impuso la independencia de la Banda Oriental. Así nació la República Oriental del Uruguay en agosto de 1828. El 1o de
diciembre Dorrego fue derrocado por un golpe de Estado encabezado por Lavalle.
Juan Galo Lavalle (quien fue definido como "una espada sin cabeza" por otro unitario, el escritor Esteban Echeverría) fue permeable a los consejos de sus compañeros. "Hemos estado de acuerdo en la fusilación (sic) de Dorrego antes de ahora —le escribe Salvador María del Carril —, ha llegado el momento de ejecutarla. Prescindamos del corazón en este caso (si pierde usted la ocasión) de cortar la primera cabeza de la hidra, no cortará usted las restantes."
Lavalle decidió fusilar a Dorrego al día siguiente, a once días de la Navidad de 1828. El general unitario Gregorio Aráoz de Lamadrid, ex camarada de Dorrego en la lucha por la Independencia, lo acompañó hasta el final y rompió en llanto antes de que comenzaran los disparos. A pedido de Dorrego, se quitó su chaqueta y se la entregó para que muriera con ella, y cargó con el uniforme de Dorrego con destino a quien sería su viuda.
"Mi querida Angelita —decía una de las tres cartas que escribió antes de la muerte, dirigida a Ángela Baudrix, su mujer—: En este momento me intiman a que dentro de una hora deba morir; ignoro por qué, mas la Providencia Divina, en la cual confío en este momento crítico, así lo ha querido. Perdono a todos mis enemigos y suplico a mis amigos que no den paso alguno en desagravio de lo recibido por mí. Mi vida: educa a esas amables criaturas: sé feliz, ya que no lo has podido ser en compañía del desgraciado. Manuel Dorrego."
Ángela, su viuda, quedó en la miseria. Angelita e Isabel, sus hijas, tenían seis y doce años de
edad. Poco tiempo después trabajaron como costureras en el taller de Simón Pereyra, proveedor de uniformes para el Ejército e intermediario en la compra y venta de tierras. En 1925, en una de las tierras de Pereyra, se construyó el Colegio Militar de la Nación. De allí egresó, entre otros, el general Pedro Eugenio Aramburu, fusilador del general Valle en 1956.19
"No era preciso fusilar a Dorrego, pero se cometió el error histórico y los males fueron profundos —escribe Chaneton—. Toda muerte innecesaria es una calamidad. No será, más tarde, necesario ni sensato eliminar al general Valle, pero se lo hará de todos modos, porque los enconos oscurecerán la perspectiva. Para que este desfase entre imaginario y realidad se hiciera patente el país argentino debió resignar treinta mil almas. (...) Las propuestas políticas dorregueanas de unidad de todas las provincias en una sola Nación, en igualdad de derechos y con el desarrollo económico como norte y la democracia política como modo de vida tuvieron, en el siglo pasado, súbita turgencia en la acción y en la pluma de Justo José de Urquiza, realizador efímero de ideales que hubieran merecido otro destino."
Una muerte injusta en la que se intentó en vano matar al fantasma más que a la víctima en sí, causa futura de otra serie de muertes similares e igualmente absurdas. Dar la guerra para lograr la paz. Cuando es la Argentina irreal quien mata, el que muere es siempre algún testigo de cargo: alguien que descubrió el error, el desfase en la mirada establecida, la grieta en el futuro que luego se caerá como un mazo de naipes usados. Esos testigos, en nuestra historia, mueren a causa exclusiva de sus ideas: se llamarán Dorrego o Walsh, Valle o Moreno, Mugica o Lisandro; se quitan la vida porque les quitan la vida, o lisa y llanamente les disparan, convencidos de poseer el monopolio de la razón. Éste es también el país en el que los próceres se mueren afuera20 y en el que la verdad siempre se encuentra en junta de acreedores.
19Véase Argentinos 2.
20Una lista incompleta de personajes de la vida p ública argentina que eligieron morir fuera del país puede verse en