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"Cuando tenemos un argentino típico, notamos que algo nos impide comunicar con él. El argentino es un hombre admirablemente dotado, que no se entrega a nada, que no ha sumergido irrevocablemente su existencia en el servicio a alguna cosa distinta de él."

JOSÉ ORTEGAY GASSET

"La falta de comunicación es (en los argentinos) la falta de vitalidad que se ha agotado y gastado por la conservación de una imagen artificial (...) el 'ser' se posterga y se desaloja para dar paso a la imagen idealizada. El hombre argentino usaría esta imagen idealizada para escapar de su rol social."

Hay una Argentina abstracta, inasible, un eterno traje teórico con el que intentó vestirse al país real: ¿cuánta energía gastamos ya en seguir manteniendo nuestra ficción de ser? Adler y Karen Horney señalan que "cuanta más energía absorba la imagen del ideal, habrá menos energías disponibles para el verdadero yo (...) Se imita lo que se quiere ser. Esta conducta, en el argentino, se hace aguda porque no se busca conciliar o coincidir la "pose" con el ser peculiar; por el contrario, se le opone. El ser argentino se identifica místicamente con el personaje que ha elegido y se aleja de la orilla de su propio ser natural. Su "pose" le sirve para huir de la realidad. No es nunca una meta que el individuo se esfuerce en alcanzar, sino una idea fija que tiene y venera. Actuamos nuestro destino: hemos vivido creyendo que somos lo que queremos ser. Una semilla viviendo una vida de árbol. No es casualidad que nuestro juego nacional de naipes sea el truco: ahí los sueños y la realidad son equivalentes y sólo el coraje vacío, sin cartas, la impostura, superan al juego mismo; importa que el jugador se crea ese juego que no está pero que le permitirá ganar.24

"Casi, casi todo joven argentino —escribe Ortega y Gasset— se ve a sí mismo como un posible gran escritor. Él no lo es aún, pero su persona imaginaria lo es, desde luego, y lo que ve de sí mismo no es aquella su realidad, aún insuficiente, sino su proyección en lo perfecto. Como es natural, está encantado con ese sí mismo que se ha encontrado, y ya no se preocupará en serio para hacer efectiva esa posibilidad. No atenderá radicalmente a cuanto le vaya pasando de hecho en su existencia, a las ocupaciones que vaya ejerciendo, ni siquiera a lo que escriba, porque como nada de ello, ni aun su producción es aún lo propio de un gran escritor, y él sabe que no lo es, no tiene apenas que ver con él, no lo considera como su verdadera vida, sino como un mero acontecimiento externo que no merece formal atención. Sólo se hará solidario de lo único que está en su poder: el gesto y, en efecto, desde luego y sin descanso adoptará el gesto que a su juicio corresponde a un gran escritor. De aquí que con tanta frecuencia los escritores argentinos comiencen siendo grandes escritores (...) El argentino típico no tiene otra vocación que la de ser ya el que imagina ser. Vive, pues, entregado, pero no a una realidad, sino a una imagen."

Lo que parece en Ortega y Gasset una exageración risueña es, en Juan Bautista Alberdi, una expresión sincera de deseos. El autor de las Bases escribe en "Mitre al desnudo", refiriéndose al concepto de libertad durante la guerra por la Independencia: "Si no existe del todo en realidad, existe en apariencia. La apariencia es un homenaje que la iniquidad tributa al derecho. Lo que empieza por ser apariencia, acabará por ser realidad."

En su Psicología de la viveza criolla, el brillante e injustamente olvidado Julio Mafud sostiene que quienes defendieron el europeísmo en estas tierras habían asimilado una cultura "que estaba basada y sustantivada sobre abstracciones: Progreso, Asociación, Nación, Pueblo. Todos estos conceptos poseían cierta realidad en Europa, aun cuando seguían siendo abstracciones en América. El viejo pueblo europeo no podía ser el nuevo pueblo americano. (...) Esta pauta histórica provocó un método que luego se hizo normal: se sustituyó la realidad por la abstracción. Cada vez que se intentaba estructurar al país se recurría a las abstracciones en lugar de los hechos, porque siempre las primeras resultaban más dóciles que los segundos". Hemos visto un razonamiento similar en Agustín Álvarez, que afirma en South América: "Toda la cuestión se reducía, en tal caso, a mandar a fabricar las constituciones por el mejor constitucio

nalista teórico".

Esta tendencia a resolver teoremas americanos con hipótesis europeas fue advertida también por José Ingenieros en Sociología argentina: "Ningún pensador europeo ha estudiado

24Como habrá advertido el lector, este párrafo está tomado de "DNI-ADN", incluido en Argentinos 1, y es el origen

unasociedad casi primitiva como la nuestra, sino sociedades viejasque han sufrido transformaciones y revoluciones, donde el hombre ha ejercido la actividad de su fuerza, donde la industria ha ejercido prodigios, donde superabundan los capitales y los hombres y donde existen en pleno desarrollo todos los elementos de la civilización. Verdad que ellos han descubierto porciones de verdades económicas que son de todos los tiempos y climas; pero si se exceptúan esas verdades, de poco pueden servirnos sus teorías para establecer algo adecuado a nuestro estado y condición social."

En su libro Sociología, R. M. Maclver y Charles H. Page escriben: "Ningún orden social podrá subsistir mucho tiempo si llegase a depender exclusivamente de las sanciones de los códigos. A menos que los códigos no se hallen profundamente enraizados en el grupo sobre el que mantienen su influjo, su inutilidad quedaría prontamente demostrada". Para decirlo de otro modo: la clase dirigente de un país imaginario deberá conformarse con leyes imaginarias y un pueblo —real— que las desobedece.

"El concepto idealista impuesto por Buenos Aires —describe Mafud— aceptó el ideal jurídico abstracto sobre el hombre, y su aplicación uniforme y rigurosa a todo el país. La Revolución de Mayo, estrujada por esas oposiciones, triunfó en los criterios y en los deseos. Pero no pudo triunfar en la convivencia ni cambiar los hábitos sociales." No es casual, entonces, que nuestro poema nacional relate la historia de un gaucho desertor: para los argentinos, la justicia es incompatible con la autoridad, que siempre es vista como arbitraria y usurpadora. "Otra causa —sigue Mafud— que hace que el argentino desprecie a la autoridad es que la ve siempre como una abstracción." Escribe José Hernández:

La ley se hace para todos, mas sólo al pobre le rige.

La ley es tela de araña —En mi inorancia lo explico— No la tema el hombre rico; Nunca la tema el que mande; Pues la ruempe el bicho grande Y sólo enrieda a los chicos.

Y concluye Echeverría este hipotético contrapunto: "Se ha proclamado la igualdad y ha reinado la desigualdad más espantosa; se ha gritado la libertad y ella sólo ha existido para un cierto número; se han dictado leyes, y éstas sólo han protegido al poderoso. Para el pobre no hay leyes, ni justicia, ni derechos individuales, sino violencias, persecuciones injustas. Él ha estado siempre fuera de la ley."