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AMA TU PERFECTA IMPERFECCIÓN

In document Una Vida Sin Límites (página 55-58)

Un día, en una gira por el Este de Asia, hablé en Singapur ante más de trescientos ejecutivos y empresarios de negocios del más alto nivel. Cuando terminé mi presentación y la gente salía de la sala, un caballero muy elegante se apresuró a alcanzarme. Tenía la apariencia de ser muy exitoso y de tener mucha confianza en sí mismo, al igual que los otros distinguidos miembros del público, es por ello que me sorprendieron mucho sus palabras.

“Nick, ayúdame”, suplicó.

Después pude enterarme de que este exitoso hombre era el poseedor de tres bancos. Sin embargo, se había acercado a mí con gran humildad porque la riqueza material no podía protegerlo de la angustia que lo consumía.

“Tengo una maravillosa hija de catorce años y, por alguna extraña razón, cada vez que se mira en el espejo, dice que es horrible”, dijo. “Me rompe el corazón que no pueda ver lo bella que es. ¿Cómo puedo hacerla ver?”

Es fácil de entender la preocupación del hombre porque lo más difícil para los padres es soportar el sufrimiento de sus hijos. Él había tratado de ayudarla a superar el odio que se tenía a sí misma por una razón muy importante: si no podemos aceptarnos cuando somos jóvenes y tenemos salud, entonces, ¿cómo nos sentiremos cuando envejezcamos y comencemos a tener problemas médicos con el paso de los años? Y si nos odiamos a nosotros mismos por cualquier razón al azar, pues es muy fácil terminar reemplazando esa razón con cien más, tan arbitrarias e inválidas como la inicial. Si en lugar de enfocarte en tus cualidades sólo ves tus fallas, la inseguridad de la juventud puede lograr que te desplomes en una espiral sin fondo.

La Biblia nos dice que fuimos “creados con maravilla y temor”. Entonces, ¿por qué sentimos con tanta frecuencia que no somos suficientemente hermosos, altos o delgados? Estoy seguro de que aquel hombre de Singapur no escatima en los elogios para su hija, que siempre trata de fortalecer su confianza y autoestima. La gente que nos ama y nuestros padres pueden desvivirse para construir nuestra confianza y, sin embargo, basta con una sola frase negativa de algún compañero o un comentario nauseabundo de nuestro jefe o colega, para derribar los logros de quienes nos aprecian.

Cuando nos comparamos con otros o cuando la opinión que tenemos de nosotros mismos se basa en lo que otras personas piensan, nos volvemos vulnerables y la mentalidad de víctima nos aprisiona. Si no estás dispuesto a aceptarte a ti mismo, tampoco podrás aceptar a otros, lo que te puede llevar a experimentar soledad y marginación. Un día estaba hablando ante un grupo de adolescentes sobre la manera en que el deseo de ser popular a veces hace que algunas personas rechacen a los chicos menos atractivos o menos atléticos de la escuela. Para ilustrar lo que decía les hice una pregunta muy directa: “¿A cuántos de ustedes les gustaría ser mis amigos?”

Para mi alivio, la mayoría de la gente en el salón levantó la mano, pero luego les lancé una pregunta que los confundió mucho: “Entonces no importa como luzco, ¿verdad?” Dejé que lo analizaran por unos minutos. Acabábamos de hablar sobre el hecho de que los chicos y las chicas invierten mucho tiempo en tratar de pertenecer: usan las prendas correctas, se hacen un corte de cabello cool y tratan de no tener sobrepeso o estar demasiado delgados, no muy bronceados ni muy pálidos.

“¿Cómo pueden desear ser amigos de un tipo sin brazos ni piernas —tal vez el tipo más distinto a ustedes que jamás hayan conocido— pero rechazan a otros compañeros porque no tienen los jeans de moda, la piel clara o un cuerpo de modelo?”

Cuando te juzgas a ti mismo con demasiada severidad o te presionas en exceso, comienzas a juzgar a los demás de la misma forma. Amarte y aceptarte de la manera en que Dios te ama, abrirá una amplia puerta hacia un sentido mucho mayor de paz y plenitud. Parece ser que las presiones que sufren los adolescentes y los adultos jóvenes son universales. He sido invitado a hablar para gente de China y de Corea del Sur porque existe una gran preocupación ante los altos niveles de depresión y suicidio que hay en esos países en donde se trabaja tanto y el desarrollo se ha tornado vertiginoso.

Llegué a Corea del Sur cuando se estaban llevando a cabo los Juegos Olímpicos de Invierno en Vancouver. Fue muy emocionante ver cómo se esparcían el entusiasmo y el orgullo nacional por todas partes de Seúl cuando Kim Yu-Na, la “reina” del patinaje artístico de Corea del Sur, logró la primera medalla de oro para su país. El interés en su lucha era tan fuerte que en su última participación, las operaciones de la bolsa de valores del país, se desplomaron a la mitad de su nivel habitual.

Yo había aparecido en un documental que se vio mucho entre la población cristiana de Corea del Sur. Eso provocó que me hicieran varias invitaciones para hablar. La explosión de fe que hay allá es extraordinaria. Mis anfitriones de la iglesia Onnuri me dijeron que los cristianos surcoreanos sienten gran pasión por el trabajo misionero. Predecían que, en una década o dos, los misioneros surcoreanos superarían en número a los misioneros estadounidenses, lo cual es de llamar la atención dado que Corea del Sur es un país mucho más pequeño.

Al entrar a Seúl me asombró el número de iglesias. Se dice que en la capital se encuentran las tres iglesias cristianas más grandes del mundo. A pesar de que hace sólo cien años había pocos cristianos en Corea del Sur, ahora casi un tercio de sus cuarenta y ocho millones de habitantes se consideran cristianos. Una de las iglesias en donde hablé, la iglesia Yoido Full Gospel, tiene más de 800 000 miembros que asisten a los servicios en veinte templos.

Tengo amigos que visitan Corea del Sur sólo para conocer las iglesias. Las ceremonias son asombrosas: las oraciones se hacen en voz alta y las campanas repican para anunciar el inicio de cada nuevo programa. Sin embargo, a pesar de este fuerte crecimiento espiritual, la gente experimenta altos niveles de estrés debido a las largas jornadas de trabajo. La presión también es intensa en las escuelas: hay una competencia furiosa por ser el mejor. Mucha gente joven se siente estresada porque cree que el único lugar que vale la pena alcanzar es el primero. Si no llegan a la posición más alta, se sienten como perdedores. Yo los exhorté a tomar conciencia de que reprobar un examen no los convierte en fracasados. Ante los ojos de Dios, todos somos valiosos, así que deberíamos amarnos a nosotros mismos de la misma forma en que Él nos ama.

El tipo de autoamor y autoaceptación que yo promuevo no se trata de amarte a ti mismo de una manera egoísta y obsesiva. No, esta forma de amor no es un ensimismamiento. En ella debes dar más de lo que tomas, ofrecer sin que te pidan, compartir cuando no tienes mucho, encontrar felicidad al hacer sonreír a otros. En ella, te amas a ti mismo porque, en realidad, no estás preocupado por ti: te sientes feliz contigo porque logras hacer felices a los que te rodean.

Pero, ¿qué tal si no te puedes amar porque nadie más te ama? Me temo que eso es imposible. Verás, tanto tú como yo somos hijos de Dios; cada uno de nosotros puede contar con su amor incondicional, su compasión y su perdón. Debemos amarnos, comprender nuestras imperfecciones y perdonar nuestros errores, tan sólo porque Dios también hace todo esto por nosotros.

En una gira por Sudamérica hablé en un centro de rehabilitación en Colombia. Los adictos y los rehabilitados que formaban el público tenían tan poco interés en su valor como seres humanos, que casi habían logrado destruirse con las drogas. Les dije que Dios los ama sin importar por cuánto tiempo han sido adictos. Sus rostros se iluminaron cuando les aseguré, a través de un intérprete, que Dios los amaba sin condiciones. Si Dios está dispuesto a perdonar nuestros errores y a amarnos como somos, ¿entonces por qué no podemos perdonarnos y aceptarnos nosotros? Al igual que la hija de aquel banquero de Singapur, los adictos colombianos habían extraviado su camino porque, por alguna razón, comenzaron a minusvalorar sus vidas. Sentían que no merecían lo mejor que la vida puede ofrecer; yo les dije que todos eran merecedores del amor de Dios. Si Él nos perdona y nos ama, nosotros debemos amarnos y perdonarnos, y luego luchar por tener la mejor vida posible.

Cuando le pidieron a Jesús que mencionara cuáles eran los mandamientos más importantes, dijo que el primero era amar a Dios con todo tu corazón, alma, mente y fuerza, y el segundo era amar a tu prójimo como a ti mismo. Amarte a ti mismo no significa ser egoísta, egocéntrico o ensimismado, significa que tienes que aceptar tu vida como un regalo que se debe nutrir y compartir como bendiciones para otros.

En lugar de regodearte en tus imperfecciones, tus fallas o tus errores, enfócate en las bendiciones y en la contribución que puedes hacer, ya sea a través de talento, conocimiento, sabiduría, creatividad, trabajo duro o nutriendo almas. No tienes que complacer a nadie porque tú puedes tener tu propia definición de lo que es ser perfecto.

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