En una ocasión, cuando tenía veinte años, decidí realizar una gira de dos semanas a Sudáfrica. La gira la había organizado una persona a quien yo no conocía. Mamá y papá no se sentían muy entusiasmados porque les preocupaba mi salud y mi seguridad, además, los gastos eran muy fuertes. ¿Te lo puedes imaginar? John Pingo había visto uno de mis primeros videos y se propuso convencerme de hablar ante las personas más necesitadas en las regiones más pobres de su país. A través de su red de iglesias Doxa Deo, él mismo organizó una serie de presentaciones en escuelas, congregaciones, y orfanatos.
John escribió, llamó y envió correos electrónicos pidiéndome que viajara a su país. Su persistencia y entusiasmo desencadenaron algo en mí. A veces, cuando era chico y me torturaba pensando en mi situación y mi futuro, la única otra actividad además de la oración, que me hacía sentir aliviado, era hacer algo por otra persona. Mientras más me regodeaba en mis problemas, peor me sentía, pero, cuando cambié mi actitud y me enfoqué en servir a otros, me sentí más animado y pude entender que nadie sufre solo. Si tienes mucho o poco que ofrecer, sólo recuerda que los pequeños actos de gentileza son tan valiosos como las grandes donaciones. Si logras hacer la diferencia para una sola persona, ya con eso habrás logrado algo importante. Porque la bondad por sí misma puede detonar una reacción en cadena de buenas acciones. De esa forma, tu esfuerzo inicial se multiplicará varias veces. ¿Cuántas veces alguien ha hecho bueno por ti y luego, al sentirte agradecido, has hecho algo bueno por alguien más? Creo que esa respuesta es parte de la naturaleza que Dios nos concedió.
Anteriormente mencioné que el breve comentario de una niña en mi escuela me llenó de confianza y significó un cambio fundamental en mi vida, justo en el momento en que me sentía inútil y marginado. Esa niña me motivó a creer que tal vez yo tenía algo que ofrecer. Es por eso que ahora quiero ser una inspiración para la gente que necesita ayuda en todo el mundo y, al mismo tiempo, difundir la palabra del amor de Dios. La sutil gentileza de esa niña hacia mí ha crecido exponencialmente.
Así que, si eres de los que dicen que harían más si tuvieran más, yo te invito a que hagas lo que puedas hoy y todos los días. El dinero no es la única forma en que puedes contribuir. Todo lo que Dios te ha brindado lo puedes compartir para beneficiar a otros. Si eres diestro en la carpintería u otras actividades, ofrece tu talento a la iglesia, a
organizaciones como Habitat for Humanity o a las víctimas de desastres como el de Haití y otros lugares. Puede ser tejer o cantar, administrar o reparar autos: existen muchas formas en que se pueden multiplicar tus aptitudes.
Hace poco, un estudiante de Hong Kong envió un correo electrónico a mi sitio Web y me demostró que todos podemos hacer la diferencia, no importa la edad ni el nivel económico.
Tengo una vida muy afortunada, pero, aún así, hay algunos momentos en que me siento inútil y asustado. Tenía mucho miedo de entrar a la preparatoria porque había escuchado que los estudiantes mayores trataban mal a los novatos. El primer día que fui a la escuela, me uní a otros estudiantes de mi clase de Humanidad en Acción y conocí a un maestro que nos enseñó a pensar que éramos una familia, no un grupo escolar.
Con el tiempo aprendí muchas otras cosas, nos hablaron de sucesos de importancia que habían tenido lugar en otras partes del mundo. Entre ellos, el genocidio de 1994 en Ruanda y el genocidio actual en Darfur, Sudán. Los otros chicos del grupo y yo llegamos a sentir algo que no habíamos experimentado nunca antes: pasión. Nos apasionamos por comprender lo que le estaba sucediendo a la gente en Darfur. A pesar de que la gente no espera mucho de adolescentes de catorce años, encontramos la forma de mostrarle al mundo que podíamos hacer la diferencia.
Montamos una obra de teatro en la que le mostramos al público lo que estaba sucediendo en aquel lugar sudafricano. Encontramos una pasión que encendió nuestras almas y corazones. Gracias a eso logramos hacer lo que nadie esperaba: reunir suficiente dinero para enviar víveres a la gente en Darfur.
Sabias palabras de un joven, ¿no es así? La pasión de servir a otros es tal vez el más grande don que Dios nos puede otorgar. Estoy seguro de que la gente de Darfur beneficiada al recibir los víveres, se sintió agradecida por cada artículo, pequeño o grande. El maravilloso poder de Dios se refleja en el hecho de que, si deseamos hacer algo por otros, nuestra disponibilidad es tan importante como nuestra capacidad. Dios trabajó a través de nosotros, lo hace cada vez que intentamos ayudar. Adivina quién te va a ayudar cuando estés dispuesto a realizar buenas obras:
¡Dios! La Biblia dice: “Puedo lograrlo todo a través de Cristo, quien me da fuerza”.
Todo aquello que deseas para ti, hazlo por otros. Si los pequeños actos de compasión los conviertes en parte de todos los días, te sentirás más poderoso y te liberarás de tus heridas y desilusiones. Nunca debes esperar beneficios por ser generoso o por apoyar a otros, sin embargo, te aseguro que las buenas obras conducen a recompensas sorprendentes.
Soy el abogado de la generosidad incondicional porque es una manera de honrar a Dios y de multiplicar sus bendiciones. También creo que cuando haces algo por los demás, las bendiciones vuelven a ti, así que si no tienes un amigo, conviértete en uno. Si tienes un mal día, ayuda a que el día de otra persona sea bueno, si te sientes lastimado, ayuda a otros a sentir alivio.
Nunca se sabe la diferencia que puede significar un pequeño acto de gentileza en este mundo. Las pequeñas ondas se pueden transformar en enormes olas. Aquella compañera que me vio acongojado porque me molestaban los otros, me dijo que me veía bien y, con eso, no sólo logró aliviar mis heridas, también encendió una pequeña llama que catapultó mi carrera y mi misión de alcanzar a otros en todo el mundo.