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SERVICIO AL MUNDO

In document Una Vida Sin Límites (página 154-156)

Cuando llegamos a Sudáfrica después de un largo viaje, nuestro anfitrión esperaba en el aeropuerto como nos había dicho que lo haría. Por alguna razón yo había imaginado que John Pingo era un hombre mucho mayor. No creía que tuviera la edad de mis padres, pero sí que anduviera en los treinta y tantos.

¡Tenía diecinueve años! Era sólo un año más joven que yo entonces.

Cuando nos conocimos en el aeropuerto, pensé: Tal vez no fue tan buena idea. Peor, por fortuna, John demostró ser un sujeto muy maduro y capaz. Me abrió los ojos a una cantidad de pobreza y necesidad nunca antes vistas. Me dijo que cuando vio el video se había sentido inspirado por mi vida. Pero, más adelante, descubrí que su historia también era muy peculiar; su dedicación y fe me tomaron por sorpresa.

John nació en una granja ganadera en la República del Estado Libre Naranja, al sur de Sudáfrica. Cuando era adolescente se juntó con gente que no lo benefició en lo absoluto, pero después, se convirtió en cristiano y ahora era dueño de una pequeña compañía de transporte. Se sentía muy agradecido porque Dios le había ayudado a encaminar su vida y lo había bendecido.

John estaba tan decidido a que yo difundiera fe e inspiración en su país, que había vendido su propio auto con el objetivo de reunir dinero para nuestra gira en iglesias, escuelas, orfanatos y prisiones. También le pidió prestada a una tía una camioneta azul para transportarme a los compromisos en Cape Town, Pretoria, Johannesburgo y todos los puntos intermedios.

La agenda era una locura, hubo días en que sólo dormíamos cuatro o cinco horas, sin embargo, ese viaje me ayudó a conocer gente, lugares y situaciones que cambiaron mi vida para siempre. Me ayudó mucho para descubrir a qué me quería dedicar el resto de mi existencia: compartir mi mensaje de motivación y fe por todo el mundo.

Por el hecho de nacer en Australia y vivir en California, Aarón y yo creíamos haber vivido bastante, pero cuando realizamos este viaje, nos sentíamos como niños perdidos en el bosque. Esta condición se hizo evidente a un nivel mucho más profundo cuando dejamos el aeropuerto y pasamos por Johannesburgo. En una intersección, Aarón miró por la ventana y vio un letrero que lo aterró: “Área de pedradas y despojamiento”.

“Ah, quiere decir que en esta zona te arrojan pedradas a las ventanas, sacan tus cosas del auto—te despojan de ellas— y se van corriendo”, dijo John.

Cerramos las puertas con seguro y miramos a nuestro alrededor. Notamos que mucha gente vivía en casas rodeadas por altos muros de concreto con alambre de púas en la parte superior. Mucha de la gente que conocimos en los primeros días nos habló de que la habían asaltado o robado. A pesar de lo anterior, descubrimos que Sudáfrica no era más peligrosa que muchas otras regiones en donde la pobreza y el crimen son problemas de importancia.

De hecho, Aarón y yo nos enamoramos de Sudáfrica y su gente, a pesar de todos los problemas del país y de las circunstancias de la población, descubrimos que los sudafricanos son gente maravillosa, llena de esperanza y alegría. Nunca habíamos contemplado tales grados de pobreza y desesperación ni habíamos experimentado tal alegría e implacable fe.

Los orfanatos eran desgarradores e inspiradores al mismo tiempo; visitamos un orfanato dedicado al rescate de niños que habían sido dejados en botes de basura o bancas en parques. La mayoría de ellos estaban enfermos y sufrían de malnutrición; nos afectaron tanto que al día siguiente volvimos con pizza, refresco, juguetes, balones de soccer y otros regalos sencillos. Los niños estaban en éxtasis.

También vimos niños que tenían heridas abiertas debido a bacterias que se comen la piel, adultos muriendo de sida y familias que todos los días tenían que buscar comida y agua limpia para beber. Vivir esa situación tan de cerca, percibir el aroma de la enfermedad y la muerte bailando sobre seres humanos en agonía, y saber que lo único que podía hacer era rezar para consolarlos, fue una experiencia que me abrió los ojos. Nunca había visto tanta pobreza y sufrimiento, era mucho peor que cualquier situación que yo hubiese enfrentado, me hizo sentir que, en comparación, toda mi vida la había pasado muy consentido. Me abrumó el conflicto de sentimientos: la compasión me hacía querer saltar y salvar a quien pudiera, y además, sentía enojo por la existencia de tanto sufrimiento y la aparente inamovilidad de éste.

Nuestro padre nos había hablado sobre su infancia en Serbia, con sólo un trozo de pan y un poco de agua y azúcar para cenar. Su padre, mi abuelo, había sido peluquero de oficio, había trabajado en una estética del gobierno pero lo corrieron cuando se negó a unirse al Partido Comunista. Para él era muy difícil manejar su propia peluquería porque los comunistas lo presionaban demasiado. La familia se tuvo que mudar una o dos veces al año para que mi abuelo, cuya religión le prohibía usar armas, pudiera evitar que lo reclutaran en el ejército. Cuando contrajo tuberculosis y ya no pudo trabajar en su oficio, mi abuela tuvo que mantener a sus seis hijos trabajando como costurera.

Después de presenciar tan de cerca la pobreza y el hambre de Sudáfrica, las historias de mi padre sobre las dificultades que había tenido que enfrentar su familia, cobraron un nuevo significado. Yo ya había visto la angustia en los ojos de las madres moribundas y escuchado a sus niños aullar del dolor de tener el estómago vacío. Visitamos ciudades perdidas en las que las familias vivían en diminutas chozas de lámina, no más grandes que un cuarto de servicio, calentándose con papel periódico y sin agua. También hablé en una prisión en la que los presos llenaban la capilla y el patio de afuera. Nos enteramos de que muchos de los prisioneros todavía estaban en espera de ser juzgados y que el único

enviarlos a la cárcel. Conocimos a un prisionero que había sido sentenciado a diez años de prisión porque debía doscientos dólares. Ese día los prisioneros cantaron para nosotros y sus voces se elevaron sobre el desolado lugar con un gozo inigualable.

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