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ESPERA LO INESPERADO

In document Una Vida Sin Límites (página 104-106)

Desde el principio y en las primeras semanas que pasé en Estados Unidos, el choque cultural tuvo un efecto en mí. De hecho, el primer día de escuela entré en pánico cuando vi que todo el grupo se ponía de pie para recitar el “Juramento de lealtad”. En Australia no hacíamos nada así, sentí como si me hubiese unido a un club en el que no había lugar para mí.

Luego, un día sonaron las alarmas y los maestros nos dijeron ¡que nos resguardáramos bajo los escritorios! Yo pensé que los alienígenas nos estaban atacando, pero era solamente un simulacro de terremoto. ¿Terremotos?

Por supuesto que también me miraban con nerviosismo, me hacían preguntas groseras y hacían comentarios raros sobre mi carencia de extremidades. No podía creer la curiosidad que les causaba a los chicos de primaria estadounidenses saber cómo manejaba el asunto de ir al baño. Yo oraba para que hubiese un terremoto, tan sólo para acabar con las interminables preguntas sobre mis prácticas en el sanitario.

También tuve que ajustarme al constante cambio de salones para tomar las distintas materias. En Australia nos daban todas las materias en el mismo salón, no teníamos que andar saltando todo el día como canguros en el Nunca Nunca. [1] En la Secundaria Lindero Canyon parecía que nos la pasábamos saltando de un salón a otro sin parar. Yo no estaba lidiando muy bien con este trascendente cambio; a pesar de que siempre había sido un buen estudiante, muy pronto mis compañeros me dejaron atrás. En los grupos ordinarios de primer grado no tenían lugar para mí, así que me colocaron en un programa avanzado. Mis calificaciones comenzaron a caer. Ahora que lo pienso, me doy cuenta de que sólo estaba estresado, pero, ¿cómo no iba a estarlo? Acababan de empacar mi vida entera en una maleta y la habían mandado al otro lado del mundo. Ni siquiera teníamos una casa propia, papá trabajaba con el tío Batta y viviríamos con él y su familia en su enorme casa hasta que pudiéramos encontrar una casa para nosotros. No veía mucho a mis padres porque estaban muy ocupados buscando trabajo, trasladándose de un sitio a otro o buscando un lugar para vivir.

Lo odié, me sentí abrumado emocional, mental y físicamente. Por consiguiente, me convertí en una tortuga y me replegué hacia el interior de mi caparazón. En los recreos y en los descansos, me quedaba solo; a veces me escondía entre los arbustos que estaban cerca del patio. Pero mi lugar favorito para ocultarme era uno de los salones de música que supervisaba el señor McKagan, maestro de música y director de la banda.

El señor McKagan todavía trabaja en Lindero Canyon y es un maestro tremendo. Era superpopular, como si fuera una estrella de rock en la escuela. Tenía ocho o nueve grupos al día. Su hermano, Duff, es un bajista legendario que ha tocado con Guns N’Roses y otras bandas de rock importantes. Ése era otro aspecto peculiar de haberse mudado de Australia a California: sentía que habíamos abandonado una existencia familiar perfectamente normal para aterrizar en un reino con una cultura popular surrealista. Vivíamos justo en las afueras de Los Ángeles y Hollywood, por lo que siempre nos encontrábamos estrellas de cine y televisión en la tienda de abarrotes o en el centro comercial. La mitad de mis compañeros de clase deseaban convertirse en actores. Después de clases podía encender el televisor y ver a un simpático chico de mi grupo de Historia, Jonathan Taylor Thomas, sobreactuando en el popular programa Home Improvement.

Mi vida se había visto alterada de tantas formas que yo me sentía agotado. Había perdido toda la confianza que tanto trabajo me había costado reunir. Mis compañeros australianos ya me habían aceptado, pero Estados Unidos era una tierra extraña en donde yo era un extraño con un acento extraño y un cuerpo todavía más extraño. O por lo menos, así es como me sentía entonces. El señor McKagan notó que yo me escondía en los salones de música e intentó animarme a salir y convivir con los otros estudiantes. Pero era imposible motivarme en ese momento.

En lugar de enfocarme en ajustar mi actitud y mis acciones, estaba luchando contra un cambio que no podía controlar. En serio, yo ya sabía cómo eran las cosas. Sólo tenía doce años pero ya había aprendido a enfocarme en mis cualidades en lugar de en mis defectos; había aceptado mi carencia de miembros y había logrado convertirme en un niño bastante feliz y autosuficiente. Pero el cambio me sacó totalmente de la cancha. ¿Alguna vez has notado que cuando entras en uno de esos periodos de transición importantes en la vida, tus sentidos se agudizan? Cuando pasas por un rompimiento muy duro, ¿no te parece que todas las películas y programas de televisión tienen un mensaje oculto para ti? ¿Acaso no parece que todas las canciones de la radio hablan sobre ti y tu corazón herido? Esas emociones y sentidos agudizados pueden ser herramientas de supervivencia que se activan cuando estás bajo estrés o cuando te encuentras en situaciones poco familiares. Te ponen en alerta y pueden ser muy valiosos.

Todavía recuerdo que, a pesar de lo estresado que me sentía de haber dejado Australia, siempre encontré paz y consuelo al mirar las montañas o al contemplar la puesta de sol en la playa de mi nuevo hogar. Sigo creyendo que California es un lugar hermoso, pero, en aquel entonces me lo parecía aún más.

Negativo o positivo, el cambio siempre puede ser una experiencia poderosa y aterradora. Es por ello que nuestra primera reacción siempre es rechazarlo. Cuando tomé clases de prácticas empresariales en la universidad, aprendí que la mayoría de las grandes corporaciones tiene ejecutivos a los que se les denomina “agentes de cambio”. Su trabajo es ayudar a los empleados reticentes a integrarse durante transiciones importantes: puede ser una fusión, el surgimiento de una nueva división o la implantación de una nueva forma de hacer negocios.

Como presidente de mi propio negocio, he podido aprender que cada empleado o empleada tiene su propia forma de lidiar con las nuevas iniciativas o con las

emocionen ante las experiencias nuevas, pero la mayor parte de la gente se resiste porque ya se siente cómoda con el statu quo o porque temen que sus vidas sufran un cambio perjudicial.

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