En aquella etapa crítica de la adolescencia, cuando la autoestima y la imagen que tenemos de nosotros mismos son tan importantes, yo permití que las preocupaciones y temores se apoderaran de mí. Así, todo lo malo que había en mí superó a lo bueno. Me tocó la pajilla más corta. ¿Cómo podré llevar una vida normal, tener un trabajo, una esposa e hijos? Siempre voy a ser una carga para quienes me rodean.
Creo que en realidad quedé discapacitado en el momento en que perdí la fe. Créeme, perder la fe es mucho peor que no tener extremidades. Si alguna vez has atravesado por
una depresión o sentido gran dolor, ya sabes lo mala que puede llegar a ser la desesperación. Yo me sentía más enojado, herido y confundido que nunca antes.
Le recé a Dios, le pregunté por qué no podía concederme lo que le había dado a todos los demás. ¿Acaso hice algo malo? ¿Es por eso que no respondes a mi petición de brazos y piernas? ¿Por qué no me ayudas? ¿Por qué me haces sufrir? Ni Dios ni los médicos podían explicarme por qué había nacido sin brazos ni piernas. El no tener una explicación, aunque fuera científica, empeoraba las cosas. Continué creyendo que si existía alguna razón espiritual, médica o de otro tipo, sería más fácil para mí manejar el problema, pensaba que el dolor disminuiría.
A pesar de que la autocompasión no había representado un problema antes, en muchas ocasiones me sentí tan deprimido que me negué a ir a la escuela. Había tratado, luchado constantemente para sobrellevar mi discapacidad, para realizar actividades normales y jugar como lo hacían los otros niños. En la mayoría de las ocasiones impresionaba a mis padres, maestros y compañeros con mi determinación y autosuficiencia, sin embargo, dentro de mí había un gran dolor.
A mí me habían criado con espiritualidad: siempre había ido a la escuela y creído en la oración y en el poder sanador de Dios. Estaba tan involucrado en mis creencias que, cuando cenábamos, sonreía porque creía que Jesús estaba ahí con nosotros sentado a la mesa. Creía que permanecía sentado en una silla vacía mientras nosotros comíamos. Yo seguía rezando para tener brazos y piernas. Por algún tiempo esperé despertar una mañana y tener extremidades. Me habría conformado con tan sólo un brazo o una pierna, pero, al no aparecer, me enojaba más con Dios.
También llegué a pensar que había descubierto el plan que Dios tuvo al crearme: que yo sería su socio en la realización de un milagro y que, gracias a ese milagro, el mundo reconocería que Él era real. Solía rezar: “Dios, si me dieras brazos y piernas, iría por todo el mundo y compartiría el milagro. Saldría en televisión nacional y le diría a todos lo que sucedió; el mundo sería testigo del poder de Dios”. Le decía que había.
Recuerdo que también oraba diciendo, Dios, yo sé que me hiciste así para después darme brazos y piernas y, de esa forma, con ese milagro, probar tu amor y tu poder. Siendo niño aprendí que Dios nos habla de distintas maneras, entonces creí que él me respondería enviando un sentimiento a mi corazón, pero, sólo había silencio, no podía sentir nada.
Mis padres me decían: “Sólo Dios sabe por qué naciste así”. Luego le preguntaba a Dios y Él no me respondía. Todos estos llamados y preguntas sin respuesta me lastimaron profundamente, porque yo siempre me había sentido muy cercano a Él.
Por otra parte, tenía otros problemas que debía enfrentar, ya que nos mudaríamos a Queensland, a más de mil quinientos kilómetros al Norte y hacia la costa. Nos alejaríamos de mi enorme familia y el capullo protector que proporcionaban mis tías, mis tíos y los veintiséis primos que tenía, estaba a punto de serme arrebatado.
El estrés de la mudanza también estaba afectando a mis padres, a pesar de la confianza que me proveían, del amor y el apoyo, no podía quitarme la idea de que yo representaba una enorme carga para ellos.
Sentía como si me hubieran puesto un antifaz, como si la luz hubiera desaparecido de mi vida; no podía imaginar el uso que podría tener para alguien en el futuro. Sentía que todo había sido un error, un tremendo error de la naturaleza, sentía que era el hijo olvidado de Dios. Pero papá y mamá continuaron esforzándose para convencerme de lo contrario; me leían la Biblia y me llevaban a la iglesia. Mis maestros de la escuela dominical también me enseñaban que Dios amaba a todo mundo, pero yo simplemente no podía salir de mi enojo y mi dolor.
Hubo algunos momentos más radiantes, como en una ocasión en la que, en la escuela dominical, sentí gran alegría cuando canté con mis compañeros: “Jesús ama a los niños pequeños, a todos los niños del mundo, rojos, amarillos, blancos y negros, todos son preciosos para Él. Y Jesús ama a todos los pequeños del mundo”. Como estaba rodeado de gente que me quería y me apoyaba, me identifiqué mucho con este himno y me sentí muy aliviado.
Quería creer que Dios se preocupaba profundamente por mí, pero después, cuando no me sentía muy bien o estaba cansado, los pensamientos negativos me inundaban otra vez. Me sentaba en mi silla de ruedas y me quedaba pensando en el patio de recreo: Si Dios realmente me ama como ama a otros niños, entonces ¿por qué no me dio brazos y piernas?, ¿por qué me hizo tan distinto a sus otros hijos?
Ese tipo de pensamientos comenzó a invadirme incluso durante el día y en medio de circunstancias que por lo general hubiese considerado agradables. Había estado luchando contra los sentimientos de desesperación y contra la sensación de que mi vida siempre sería difícil. Y parecía que Dios no iba a contestar mis oraciones.
Un día estaba sentado en la barra de la cocina y veía a mamá preparar la cena, era algo que me relajaba y me hacía sentir bien. Pero, de repente, llegaron esos pensamientos, me di cuenta de que no quería estar siempre ahí y ser una carga para ella. Sentí el impulso de arrojarme de la barra, así que miré hacia abajo y traté de calcular cuál era el ángulo correcto para golpear mi cuello y matarme.
Sin embargo, pude convencerme de no hacerlo, en particular porque, si fallaba en el intento, tendría que explicar por qué me sentía tan desesperado. El hecho es que estuve tan cerca de lastimarme a mí mismo, que sentí mucho temor; debí haber hablado con mi madre sobre lo que sentía, pero estaba muy avergonzado, no quería espantarla.
Era muy joven y, a pesar de que estaba rodeado de gente que me amaba, no podía hablar con ellos y decirles lo profundos que eran mis sentimientos. Tenía medios, pero no los utilizaba, y ése fue mi gran error.
Si en algún momento te sientes abrumado por los momentos difíciles, no tienes que afrontarlos solo. La gente que te ama no sentirá que eres una carga, y eso es por el simple hecho de que desea ayudarte. Si sientes que no puedes confiar en los demás, busca asesoría profesional en la escuela, el trabajo o en tu comunidad; no estás solo. Yo no lo estaba y puedo darme cuenta de eso ahora. Deseo que tú nunca llegues a estar tan
Pero es que en ese tiempo estaba totalmente abatido por la desesperación y creí que, para terminar con mi dolor, tenía que terminar con mi vida.