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La analogía entre la práctica del artista y la vida moral

Capítulo 3. Los usos del arte en The Sovereignty of Good

3.1. La analogía entre la práctica del artista y la vida moral

En The Soveregnty of Good se alude repetidamente a la actividad del artista como pista (clue) o, más frecuentemente, analogon de la vida moral. ¿Cuáles son los rasgos más importantes de esta analogía?

En primer lugar, la omnipresencia de la metáfora visual. El gran artista es ante todo aquel cuya obra mejor mira la realidad. Esto puede sugerirnos inmediatamente ejemplos de las artes plásticas –que no van a faltar en el texto-; sin embargo, como ya señalé antes, se trata de una mirada tomada en un sentido más amplio la que va interesar a Murdoch. Es un hacer presente las personas u objetos de atención con una luz que irradia a la vez justicia (justice) y misericordia (mercy); la luz que reflejan los personajes de Shakespeare -tan

unánimemente “vivos”- o de Tolstói o tantos cuadros de Velázquez o Piero della Francesca (354). Esta es la misma mirada –la atención, concepto moral tomado de Simone Weil45- con la que M reconsidera a su nuera, D y reconsidera a su vez su propia posición ante ella. Claro que la metáfora visual dota a la analogía de una segunda implicación. Como el gran arte, y en el mejor de los casos, M llega a ver a D bajo una luz de justicia y misericordia; bien, pero, como cualquier obra de arte, esta mirada no es natural o espontánea sino el resultado de un a menudo árduo proceso de construcción. La atención moral es mirada constructa. Las otras personas se hacen presentes con justicia y misericordia mediante un esfuerzo similar a la de la construcción literaria de personajes: se seleccionan los hechos más significativos, se describen mediante un lenguaje o imaginario adecuado, se profundiza en ellos a través de los términos morales secundarios.

La mirada del artista, como la atención moral, es en su mayor grandeza justa y misericordiosa, llena de compasión. Dos nombres de virtudes –dos términos morales secundarios- que aúnan sus campos semánticos en lo que es la guía fundamental de la reflexión moral según la entiende Iris Murdoch: el

realismo. Realismo es justicia: hacer presente (re-presentar) la realidad tal como

es. Pero referido a situaciones morales (la vida, la literatura), realismo no puede

significar la justicia descarnada del Dios de los judíos, sino una presentación llena de compasión por todo lo que es otro como la única manera de vencer las fantasías egoístas de la propia mente. Aquí la reflexión de Murdoch lleva de nuevo implícita la demanda de una reflexión moral normativa -es mejor ser realistas que no serlo- pero, eso sí, una recomendación avalada por el dato supuestamente empírico de que “el buen arte es más realista que el mal arte.” Dato que, como pudimos comprobar, ya informó la crítica de Sartre en SRR.

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La influencia de Simone Weil en los escritos de Murdoch es patente desde los años cincuenta. En 1956 Murdoch reseñó los Cuadernos de Weil para The Spectator. Cf. “Knowing the Void”; EM 157-160.

Pero quizá el elemento más importante de la analogía murdoquiana entre la vida artística y la vida moral sea la identificación de un mismo enemigo para ambas causas: la actividad fantasiosa y egoísta del psiquismo humano (348). Como ya ha sido reseñado, Murdoch incorpora a su psicología moral una antropología psicológica pesimista y básicamente freudiana. El comportamiento humano es, en lo esencial, fruto de un complejo de energías mayoritariamente egocéntricas que buscan el bienestar de la psique a través de todo tipo de proyecciones fantásticas sobre el exterior. Es esta una actividad que Murdoch caracterizará repetidamente en sus ensayos y novelas como relentless (implacable, inexorable) y a la que, siguiendo el platonismo de Simone Weil, adscribirá un carácter mecánico (EM 158). Pues bien, la inclinación fantasiosa del yo es la principal responsable tanto del mal arte –fantasía que consuela al artista- como de la actitud moral de quien utiliza a los demás para la satisfacción de su propio flujo de energías, o, más pasivamente, de quien, como M al principio de la historia, no realiza el esfuerzo de verlos más allá de sus prejuicios, miedos y envidias. (En Metaphysics as a Guide to Morals, Murdoch se referirá a la pornografía como caso paradigmático de un objeto erótico degradado por dicha actividad fantasiosa46 ).

Todos estos aspectos –algunos de los cuales sirven para articular con gran claridad la concepción moral de la autora- hacen de la vida artística un excelente

analogon de la vida moral. Pero no es solamente como analogía que el análisis

del artista llega a ocupar un lugar tan central en el pensamiento moral de Iris Murdoch, sino que para la autora el vínculo que une arte y moralidad es, más que lógico o argumentativo, esencial. Ya lo anuncia en “The Idea of Perfection”: el arte y la moralidad son dos aspectos de una única lucha (332). La lucha del hombre en tanto que moral y el hombre artista es la misma; el enemigo es el

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mismo. Por eso Murdoch afirma en más de un lugar que el ejercicio del artista es un caso o una sección de la vida moral.47 Murdoch no llega a afirmar que el buen artista sea bueno, sin más; en cambio, sí desarrolla en “The Sovereignty of Good over other Concepts” la idea de que el buen artista es virtuoso en relación con su arte: es paciente, humilde, valiente, etc. La virtud es, en el fondo, la misma en el artista y en la buena persona: es atención a la naturaleza que trasciende el yo. Por eso la mirada “impersonal” de los grandes artistas, la claridad con que consiguen hacernos ver el mundo a través de sus obras –su realismo- puede y debe servirnos como modelo en nuestro vivir moral. El mejor arte, apunta Murdoch, nos enseña cómo es posible mirar las cosas y amarlas sin poseerlas ni usarlas, sin que sean incorporadas en el organismo egoísta que es el yo (353).