Capítulo 3. Los usos del arte en The Sovereignty of Good
3.3. Realismo y discurso sobre el bien
En cuanto al mapa conceptual murdoquiano, el ámbito de lo bello permite a Murdoch establecer o justificar la relación entre el realismo que exige la aprehensión de la contingencia (y, a fortiori, la vida moral) y la noción de
trascendencia que ella cree implícita en el concepto de Bien. La autora
desarrolla esta argumentación en “On ‘God’ and ‘Good’”, ensayo que –no lo olvidemos- busca mantener y reservar para la idea de Bien muchos de los atributos y predicados que tradicional o espontáneamente habían sido adscritos a la divinidad, y así lo define como un objeto de atención único, perfecto,
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La cuestión de la educación estética no es ajena a Murdoch. Cf., por ejemplo, SG p. 326.
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trascendente, no representable y necesariamente real (a single perfect
transcendent non-representable and necessarily real object of attention) (344).52
Para la autora, la clave que enlaza el realismo de la vida buena con la trascendencia del concepto de Bien es la aplicación de conceptos tales como ‘indestructibilidad’ (indestructibility) o ‘incorruptibilidad’ (incorruptibility) al ámbito de lo bello. Lo verdaderamente bello, discurre la argumentación, es inaccesible, y lo es en dos sentidos: por un lado no puede ser poseído y por otro no puede ser destruido. El jarrón ornamentado se rompe en mil pedazos, pero hay algo en el que no se destruye, que no está sujeto a los avatares del tiempo, del ciclo generación - corrupción que tanto preocupó a los griegos.53 Esta separación de lo bello del proceso temporal sería precisamente su trascendencia, y sería en virtud de esta cualidad que el buen arte (el arte bello) ejercería su autoridad: un concepto descriptivo capital para entender el papel del arte entre los personajes murdoquianos. Esta trascendencia, que, siguiendo a Platón, Murdoch cree ser razonablemente “visible” en el caso de la belleza, es mucho más dificilmente intuible cuando del Bien se trata.54 Las cosas bellas contienen belleza de una manera no del todo idéntica a como las buenas acciones contienen Bien, aunque sólo sea porque la belleza está más (o más directamente) relacionada con la aprehensión sensible de la realidad (348). En este sentido, el Bien sería trascendente puesto que no puede ser experimentado directamente; por la misma razón la única “prueba” que se podría aducir a favor de su existencia es la
ontológica. El Bien está “más allá”, el Bien es “perfecto” (absoluto), el Bien existe
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En Metaphysics, argumentando contra la filosofía de la religión heideggeriana de Martin Buber, Murdoch encuentra su noción de “trascendencia” más ajustada a la realidad que el Sein del pensador alemán. Cf. MGM p. 471.
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El problema de la trascendencia de la belleza sobre la corruptibilidad material es explorado en todo detalle poético por John Keats en su célebre Ode to a Grecian Urn.
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Cf. el diálogo Fedro (250d-251a) al que se refiere Murdoch (SG 348). En este pasaje Platón, como hace también a lo largo del Banquete, contrapone la visión (temporal) de los cuerpos bellos que conduce a la generación corporal (temporal) a la misma visión que lleva a entrever la belleza en sí (eterna, increada, incorruptible, trascendente al proceso temporal).
necesariamente. El razonamiento es una adaptación en términos metafóricos del
argumento de Anselmo; no demuestra nada lógicamente, pero si partimos del cuidadoso análisis de la idea de perfección aplicada a la vida moral –en el ensayo que lleva el mismo nombre- sí que parece quedar cierto lugar para una idea de lo perfecto (inalcanzable ergo trascendente) tradicionalmente adscrita a “Dios” pero que ahora podemos predicar del Bien. Una idea que, en definitiva, ejercería el mismo tipo de autoridad que poseen también las cosas bellas.
En este difícil punto, la argumentación de Murdoch adquiere un carácter elíptico: es un ir y venir entre conceptos indudablemente relacionados pero cuya relación precisa no acaba de presentarse en toda su claridad. Esto puede deberse sencillamente a las dificultades propias de salvar filosóficamente unas ideas normativas tradicionales o que Murdoch encuentra especialmente inspiradoras; sin embargo, también es posible que la propia naturaleza de la investigación no facilite una argumentación más clara. Pongamos la situación en términos expuestos anteriormente. En los citados pasajes de “On ‘God’ and ‘Good’” Murdoch está tratando de analizar descriptivamente un término moral primario como es el de “Bien”. Algo complicado, puesto que, según la propia Murdoch, son los términos morales secundarios los que aportan la mayor carga descriptiva al análisis. Pero Bien no es humildad, Bien no es coraje, Bien no es magnanimidad. Sería, a lo sumo, la suma de las perfecciones de todas las posibles virtudes, en un lugar inalcanzable (trascendente) y ejerciendo sobre nosotros una atracción magnética (384). Pareciera, en efecto, que fuera más fácil describir el lugar y la relación del Bien respecto de nosotros que explorar su naturaleza. Aquí el platonismo de Murdoch resulta fácilmente identificable. La autora desarrolla en “The Sovereignty of Good over other Concepts” la idea de que el Bien es indefinible; el Sócrates de la República, requerida por los confundidos Glaucon y Adeimanto una explicación del Bien, prefiere dejar esta
discusión para más tarde (nunca), mostrándose solamente dispuesto a hablar sobre “algo que parece ser hijo del bien y asemejarse sumamente (homoiotatos) a él” (506e) o, más adelante, de clarificar su metáfora del bien como fuente suprema de luz (sol) añadiendo que el bien es “la parte más brillante (phanotaton) del ser” (518c).55 Cada uno en su guisa, ni Murdoch ni Platón dicen mucho sobre el bien; cuando lo hacen es por medio de un discurso imaginario o metafórico (“hijos” del bien, realidades generadas y, por lo tanto, imperfectas). En cambio, ambos reconocen la centralidad de la idea de bien en sus filosofías respectivas.56
Consideradas las graves dificultades con las que nos enfrentamos si queremos describir el bien directamente, es más fácil comprender los constantes esfuerzos de Murdoch por dirigir nuestra atención hacia nuestra experiencia de la belleza y el arte como evidencia de la trascendentalidad y autoridad del bien. El gran arte ejerce sobre nosotros una autoridad derivada de su éxito a la hora de representarnos con unidad de forma una realidad en diversos modos inaccesible a nosotros (trascendente) pero que nos atrae magnéticamente. Así,
experimentamos la trascendentalidad de la belleza, cosa que, senso strictu, no
sucede con el bien, y tal experiencia nos puede ayudar a arrojar cierta luz sobre la idea de bien; nos puede servir como punto de partida en nuestra reflexión moral. Ahora bien, ¿no podríamos decir otro tanto del amor humano? ¿No es el amor generoso y desinteresado de las personas una gran evidencia de la trascendentalidad del bien? Desde luego, responde Murdoch. No cabe duda de que, en cierto sentido, el amor es lo más importante. Si bien es cierto que el amor humano es habitualmente demasiado profundamente posesivo y mecánico
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PLATÓN: La República. Traducción de José Manuel Pabón y Manuel Fernández-Galiano
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Platón: el más sublime objeto de conocimiento (503b), hace a las virtudes útiles y beneficiosas (505a), principio de inteligibilidad y realidad (alegoría de la caverna) y término del proceso dialéctico.
para erigirse como un lugar de visión moral (361). El amor es indudablemente un concepto más importante que la belleza a la hora de entender la vida moral; sin embargo, es mirando al ámbito de lo bello como mejor podemos comprobar el tipo de amor impersonal que la idea de bien requiere de nosotros. Porque, opina Murdoch, rara es la instancia de amor humano que no está profundamente condicionada por el mecanismo erótico-fantástico freudiano al que antes hacíamos alusión. En el apéndice 1 nos ocupamos del papel del concepto de amor en el pensamiento teórico de nuestra autora.
Resumiendo lo expuesto, podemos afirmar que la realidad de la belleza en la naturaleza y (sobre todo) en el arte es la clave principal que utiliza Murdoch para describir las exigencias de la vida moral. La actividad del artista es en muchos aspectos analógica al vivir moral de la buena persona: es un mirar atento, constructo y realista que lucha contra las tentaciones de un mismo enemigo. Más aún, la relación de la vida artística con la vida moral es esencial, ya que en ambos caso se practica el mismo tipo de virtud. La experiencia de la belleza es, además, la entrada más accesible a una vida de búsqueda del bien, ya que ésta nos enseña que la virtud debe amarse sin finalidad alguna. Y como la belleza se experimenta de forma más patente que el bien, Murdoch se apoya en ella para construir un argumento en defensa de la transcendencia de la idea de bien en el vivir moral humano.