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La crisis de la religión tradicional en Occidente

Usando la formulación murdoquiana, no es gratuíto afirmar que la crisis de la religión tradicional en Occidente, generalizada en la segunda mitad del siglo XX a todos los estratos de la sociedad, es una tragedia moral. Y lo es porque lo que entra en crisis es, más allá de una serie de valores culturales concretos, toda una estructura de interpretación de la condición moral del ser humano. A lo largo de la historia, la mayoría de las personas han empleado un paradigma religioso (en el sentido más amplio) para desenvolverse en el ámbito moral. Pues bien, cuando éste se debilita, o se disuelve ante las exigencias –supuestamente menos cuestionables- del funcionamiento del sistema económico o político, pueden bien darse en las personas formas de anomia o “desarraigo moral”; sobre todo si, como parece ser el caso, ese paradigma no es sustituido por otro que cumpla sus mismas funciones morales con la misma eficacia. Esta posibilidad es importante en el trasfondo de la psicología moral murdoquiana, y, en concreto, de su tratamiento de la religión en Metaphysics.103

Por otro lado, y en tanto que tragedia, la crisis de la religión tradicional tiene, según Murdoch, un elemento positivo incluso para las propias religiones históricas: la posibilidad de purgar todo elemento de falsedad en su representación de la divinidad y, en general, de la dimensión moral del ser

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Como tanto nos insistirá Murdoch en Metaphysics, una religión no es sólo un sistema de mandatos más o menos relacionados, sino una forma de ver el mundo bajo un prisma unitario moral. La cuestión moral de la crisis de la religión tradicional es, por tanto, si podemos seguir viviendo moralmente (sentido murdoquiano) sin la presencia y validez general de ideales morales religiosos.

humano. La desmitificación de las creencias religiosas debe entenderse en esta clave.

El concepto de desmitificación de las religiones, tal como lo entiende Murdoch, dista mucho de ser unívoco. Alude, como sugiere su etimología, a la realidad, o, cuando menos, al status de los mitos o las historias en el seno de cada religión. En el caso del cristianismo –la religión de la cual más adecuadamente se puede predicar este término- puede referirse al rechazo de la interpretación antropocéntrica de Dios (Dios Padre, Dios Hijo...) así como de nuestra relación con Él que nos propone la Biblia, a la reinterpretación de sus dogmas y verdades de fe como enseñanzas alegóricas o simbólicas con una función didáctica orientada hacia la vida moral, o a la supresión de las realidades y los lugares sobrenaturales (Cristo como Dios, Cielo e Infierno). Tal como lo entiende Murdoch, se refiere sobre todo a la despersonalización de Dios, que pasará, para algunos teólogos, a convertirse en el Absoluto, y que ella traducirá en Metaphysics por la “exigencia incondicional” (unconditional demand) que establece el bien en la vida moral de las personas.

El siguiente extracto del ensayo “The Ontological Proof” resume los puntos principales de la posición murdoquiana respecto de la desmitificación del cristianismo:

Puede ser (creo yo) que el Cristianismo pueda continuar sin un Dios personal o un Cristo resucitado, sin creencias en lugares y sucesos sobrenaturales, como el Cielo y la vida tras la muerte, pero manteniendo la figura mística de Cristo ocupando un lugar análogo al de Buda: un Cristo que pueda consolar y salvar, pero que se encuentra no en un más allá sobrenatural sino en el interior de cada uno, como una fuerza viva. Una continuidad tal podría preservar y renovar la tradición cristiana como siempre ha sucedido, de una forma u otra, hasta hoy. El cristianismo siempre ha sabido transformarse en algo aceptable por la generalidad de los creyentes. Tal vez esta transformación llegue demasiado tarde, cuando la fe y la práctica cristianas hayan desaparecido prácticamente (MGM 419).

Las páginas de Metaphysics dejan claro el deseo de Murdoch de que la religión tradicional – en concreto, el cristianismo- siga ejerciendo un influjo moral importante en la vida de las personas. Bien entendido que, para ello, deberá, nuevamente y como –en idea de T.S. Eliot- ha sabido hacerlo a lo largo de su historia, adoptar una forma que pueda ser asumida por la generalidad de la población (126).

En cambio, para el filósofo o “analista moral”, el momento histórico de la crisis de la religión tradicional en Occidente, con su proceso de purificación de dogmas y lugares sobrenaturales, se presenta como un magnífico momento para ocuparse de la verdad moral que poseen las religiones:

Quizá la filosofía moral se vea en la obligación de ocuparse de la desmitificación de la religión; esto es, de la realidad humana “profunda” sobre la que descansan tanto la moralidad como la religión, y que posiblemente sea más fácil de discernir y discutir ahora que la religión se está liberando de los dogmas sobrenaturales (425).

Murdoch, sin duda condicionada por su ateísmo intelectual, y desde una posición que describirá como platónica, esta convencida de que la moralidad y la religión hunden sus raíces en una realidad común más profunda. Por eso, como apuntábamos antes, se empeñará en defender el carácter descriptivo (y no sólo expresivo) del lenguaje religioso: las religiones en cierta medida “hablan” esta realidad última de la vida moral. Y, como veremos en próximas secciones, su principal revelación es la de entender aquella realidad última en términos de una