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La crítica de la filosofía moral contemporánea en

Capítulo 2. El lenguaje filosófico de la contingencia

2.1. La crítica de la filosofía moral contemporánea en

“The Idea of Perfection” (1962), el primero de los tres ensayos publicados bajo el título de The Sovereignty of Good, comienza, como tantos otros textos filosóficos de Murdoch, con intenciones polémicas. A la autora no le satisface la posición general que ha alcanzado la filosofía moral en la tradición anglosajona, y así elige estructurar su ensayo como una crítica del “hombre moral” descrito por Stewart Hampshire en su obra Thought and Action y su curso “Disposition and Memory”, una descripción estimada suficientemente representativa de la posición entera. A grandes rasgos, lo que Murdoch intenta combatir es la creencia de que los conceptos mentales sólo tienen sentido en tanto que podemos analizarlos genéticamente, es decir, con referencia a una realidad exterior observable (acciones) o a un código común (lenguaje) y que por lo tanto la vida interior no es sino una sombra de la vida pública. Consecuentemente – siempre según esta posición general- la moralidad y a fortiori la filosofía moral deben ocuparse no de los “estados mentales” sino primera y fundamentalmente de las decisiones (choice) que dan lugar a una acción u otra y que son perfectamente describibles en un lenguaje público. Sin entrar por el momento en

un análisis más detallado de esta concepción ni en las dificultades concretas que Murdoch le achaca, sí es interesante resaltar y analizar los tres tipos de objeciones que la autora les presenta -empíricas, filosóficas y morales (SG 306)-, pues a través de ellos podremos llegar a comprender mejor los aspectos fundamentales del propio método de Iris Murdoch.

En primer lugar, Murdoch estima que el tratamiento dispensado por Hampshire al hombre en tanto que moral no se ciñe del todo o ni siquiera esencialmente a los hechos (facts). El hombre, según Murdoch, no es en realidad tal como lo pinta Hampshire. Es el tipo de objeción más natural y, en cierta forma, el más importante, ya que en la visión moral murdoquiana es la realidad empírica contingente la que marca el comienzo y el final de la reflexión moral. El comienzo, porque es la particular opacidad o confusión que reina tan frecuentemente en la interacción con nuestros iguales –tan lejana de la por lo menos aparente necesidad que impera en la ciencia- la que nos lleva a buscar claridad y una serie de principios explicativos o normativos generales para poder desenvolvernos en el ámbito moral. Pero también el final, ya que cualquier teoría debe hallar su constatación en los hechos mismos y no en criterios de consistencia interna o incluso estéticos. En este punto, y al menos nominalmente, el acuerdo con los postulados de la tradición analítica y el incipiente análisis lingüístico (linguistic analysis) de Wittgenstein y Ryle es total. Por eso a Murdoch le sorprende, por citar sólo un ejemplo, que la reflexión moral contemporánea prácticamente ignore un concepto tan importante y comúnmente utilizado en el día a día de tantas personas como es el del amor. En tal caso, puede afirmarse que la objeción empírica a tales teorías (la realidad no es así de

la vida moral que ignore un concepto de uso cotidiano tan importante como el del amor no puede ser convincente. 26

Y es que se trata de convencer, no de demostrar. Por razones apuntadas anteriormente, Murdoch entiende que la argumentación filosófica es contingente, de naturaleza casi siempre inconclusa. Como señala en “On ‘God’ and ‘Good’”, “uno solamente puede apelar a áreas de experiencia determinadas, señalar determinados aspectos, y usar metáforas adecuadas o inventar conceptos adecuados para hacer visibles dichos aspectos,” 27 La experiencia debe ser por tanto la piedra angular de todo proyecto de filosofía moral. Experiencia de diferentes ámbitos vitales, como puedan ser el arte o la religión o las diferentes formas de comunicar la realidad moral, que deben ser objeto de la contemplación del filósofo, pero experiencia también (y quizá sobre todo) del propio pensador, pues éste es ser moral aún antes de reflexionar acerca de su condición como tal. Por lo tanto, aún con las reservas críticas que exige la actitud filosófica, el pensador no tiene por qué desdeñar sus reacciones más inmediatas ante descripciones teóricas de una realidad tan íntima a él. Como señaló Wittgenstein, crítico del más crítico de nuestros lenguajes, el que nos sintamos irresistiblemente impelidos a decir algo no quiere decir eo ipso que la verdad sea otra (EM 316).

Una de las consecuencias de la centralidad epistemológica que Murdoch otorga a la experiencia es la necesidad de que toda investigación filosófico-moral sea, ineludiblemente, un proyecto descriptivo. Pues si el filósofo no es capaz de

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Este empirismo de la autora es aplicado, mutatis mutandis, a su concepción general de cómo debe ser elaborada una filosofía del arte o de la literatura (o, para el caso, una crítica literaria). No es la teoría filosófica la que debe determinar qué obras artísticas son grandes, sino nuestra “aprensión directa” de la grandeza en tales o cuales obras la que dará o quitará validez a la teoría en cuestión. El enfoque es prácticamente el mismo que adopta George Steiner en Tolstoy and Dostoevsky y que denomina Old Criticism. Murdoch desarrolla esta temática, así como su profunda relación con la filosofía moral, en el ensayo “The Sublime and the Good” (1959). Cf. EM, 205 – 220.

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caracterizar adecuadamente la condición moral del ser humano, difícilmente podrá proponer conceptos explicativos de sus principios o de sus relaciones con otros ámbitos de la realidad. En este respecto, Murdoch es una pensadora de su época. Como ya había señalado en la introducción a Sartre: Romantic Rationalist, la convicción de que la filosofía debía fundarse en la descripción de la experiencia –cuando no ser solamente descripción- constituía el denominador común de las más variadas escuelas de pensamiento de la época, desde Sartre hasta Ryle.

Por su parte, quizá la contribución metodológica más importante de Murdoch en el ámbito académico sea el eclecticismo de su enfoque de la experiencia, condicionado sin duda por su interés en la fenomenología de la Europa continental, especialmente Sartre y Merleau-Ponty.28 En esa contribución destaca especialmente la atención filosófica al fenómeno de la creación artística en general, y a diversas obras literarias en particular, como fuentes de descripción y clarificación en cuestiones morales. Todo lo cual no es óbice para que Murdoch se mantenga en el horizonte metodológico del análisis lingüístico anglosajón, interesado, ante todo, por el uso efectivo del lenguaje y su relación con los contenidos mentales. Lo que sucede, en cambio, es que, dentro de este mismo horizonte, la consideración del lenguaje literario –que es, en definitiva, otra forma de uso del lenguaje corriente- va a ayudar a Murdoch a purgar dicho método de sus prejuicios behavioristas. Lo veremos en el apartado siguiente.

Otro aspecto reseñable del método descriptivo de Murdoch es su convicción de que lo que las personas hacen con el lenguaje corriente debe ser descrito en términos de ese mismo lenguaje. Por eso, a lo largo de sus escritos,

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Los fenomenólogos alemanes fueron, en cambio, menos importantes en la configuración del pensamiento moral de Murdoch. Husserl apenas es mencionado en sus escritos, y cuando aparece lo suele hacer como clarificación del pensamiento de Sartre o de Merleau-Ponty. En Metaphysics as a Guide to Morals, por el contrario, se dedican unas páginas al idealismo de Husserl, y

nuestra autora jamás buscará reelaborar nuestro lenguaje para fines técnicos filosóficos, acuñando neologismos (Heidegger), o empleando términos que sólo de forma oblicua señalan hacia su significado familiar (Husserl, Zubiri), sino más bien elegir de entre el rico vocabulario corriente una serie de palabras cuyos conceptos sirvan como guías o centros magnéticos (metáfora más murdoquiana) de la reflexión moral: atención, amor, Bien, imaginación, virtud, etc. 29

En realidad, la insistencia en que la reflexión teórica sobre la dimensión moral debe minimizar el uso de jerga filosófica –repetida por la autora a lo largo de sus escritos- puede entenderse como un aspecto de su defensa de la autonomía de la reflexión moral con respecto a los ámbitos científico y tecnológico. Murdoch en ningún caso aspira a elevar la reflexión moral al nivel de ciencia. Está claro que los conceptos de los que suministra el lenguaje corriente para dar forma moral a la realidad ni son “positivos” en el sentido comptiano ni aspiran a alcanzar el grado de claridad de las proposiciones geométricas. Pero es que, apunta Murdoch, conocimiento científico y reflexión moral aprehenden cosas distintas de una manera muy diferente. (De hecho, la autora seguramente objetaría a la metáfora de “elevación” utilizada anteriormente) Por eso, escribiendo en una época en la que las únicas verdades incuestionables parecían provenir de la ciencia y la tecnología (en esto no hemos cambiado especialmente), una de sus preocupaciones consistirá en hacer ver a sus compañeros de profesión que la reflexión moral no debe buscar parecerse a una

numerosísimas referencias a Heidegger, si bien fundamentalmente a su obra tardía. De hecho, la última obra filosófica escrita por Murdoch, y que jamás llegó a completar, trata sobre Heidegger.

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El rechazo al tecnicismo filosófico es una constante en la obra de Murdoch. En Metaphysics as a Guide to Morals la autora sugerirá que la filosofía debe utilizar el lenguaje corriente en la medida de lo posible, evitando la pretenciosidad de la jerga especializada (296). Un lenguaje cotidiano que refleja la verdad (truth-bearing) y que debe permanecer a salvo de la influencia de los discursos técnicos o los códigos científicos (164). Una posición que puede ser entendida desde el carácter no-académico de su pensamiento: Murdoch siempre –y más significativamente desde que dejó su posición académica en Oxford- buscó entenderse con un público no especializado (en gran medida, el mismo que leía fielmente sus novelas). En cambio, hay también, como veremos a continuación, buenas razones suponer que el tecnicismo filosófico no es condición sine qua non para alcanzar la claridad descriptiva en asuntos morales.

ciencia, y que si se empeña en buscar criterios tales como la neutralidad o la necesidad formal sólo conseguirá emborronar aún más la imagen que tenemos de la vida moral de los individuos.30 Porque, en gran medida, sostendrá Murdoch en Metaphysics, uno de los riesgos de primar el uso de los lenguajes técnicos o “científicos” en el análisis moral es que acabamos analizando más éstos últimos que las situaciones morales en cuestión.31 Y, al menos a día de hoy, la ciencia no ha sabido aún proporcionarnos una explicación del complejo mundo de relaciones morales en el que habitamos más comprensiva o convincente del que nos han ofrecido algunas de las más grandes novelas o la mejor filosofía. Pero volvamos a los ensayos de Murdoch.

En “The Idea of Perfection” Murdoch critica la concepción de Hampshire y, como esperaríamos, trata de refutarla. Pero esta “refutación” no se basa, como tan a menudo en el discurso filosófico, en la mostración de una falacia lógica, de la cuestionabilidad de una premisa implícita o explícita o de un razonamiento circular (dice Murdoch que casi todos los argumentos importantes lo acaban siendo). Al contrario, Murdoch plantea un pequeño caso práctico al sistema de Hampshire (análisis genético de la actividad moral), invitándole a describirlo y

explicarlo en términos morales. La situación descrita, ya anticipada en el capítulo

anterior, es la de una madre (M) que pasa de considerar a su nuera (D) como una persona simplona y en cualquier caso no del todo digna de su hijo a darse cuenta de sus celos y comenzar a ver a D con más justicia. Todo esto se lleva a cabo en un contexto en el que no ha habido ninguna variación reseñable ni en la

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Años más tarde, en Metaphysics, Murdoch reconocerá que este problema filosófico-moral sigue muy presente. “Podría parecer que contamos en la actualidad con las filosofías que reclama nuestro tiempo: una época de mentalidad científica donde la religión se deja de lado. ¿Acaso tal época no necesita y pide un determinismo clarificado, combinado quizá con una doctrina behaviorista de la razón no-universal razonable [....] en lugar de teorías que hablen de virtud y de espiritualidad y de calidad de conciencia (quality of consciousness)?”. Cf. MGM, p. 159-69).

conducta de D ni en lo que M sabe sobre ella, etc. sino simplemente un proceso de cambio puramente interior en M motivado por un esfuerzo por ver a D más claramente, y al que acompaña el subsiguiente proceso de reflexión.

En su comentario de esta situación, Murdoch es consciente de que, dados los presupuestos del análisis genético, éste puede perfectamente concluir que, a falta de acción, no ha habido decisión y por ende ninguna alteración moral en M. Por eso y principalmente, lo que Murdoch objeta al análisis genético es una incapacidad a la hora de describir y explicar cosas tales como la lucha interior (struggle) de M; una idea clara y familiar para casi todos y que tanto otro tipo de análisis filosófico (más metafórico, tal vez) como las buenas novelas parecen tratar de forma más satisfactoria. Vuelve aquí, en definitiva, la objeción empírica: las cosas no son así puesto que nuestra experiencia nos dice que en tal caso existe un complejo de reacciones que llamamos “lucha interior” y que no tiene por qué resultar en acción o comunicación exterior alguna pero que, sin embargo, es de profunda significación para el individuo. Por lo tanto, el análisis de Hampshire no peca tanto de incoherente como de reduccionista, y es rechazable en tanto que es posible ofrecer un análisis alternativo igualmente coherente pero mucho más comprensivo o realista.

La descripción adecuada a los hechos es, para Murdoch, el momento fundamental del análisis filosófico. Bien entendido que la importancia del constante retorno a la realidad empírica en cualquier reflexión sobre lo moral no tiene por qué impedir que el filósofo se sirva de teorías formuladas a lo largo de la historia de la filosofía. Precisamente, y en claro contraste con la actitud de muchos filósofos de su tradición, hallamos en Murdoch el ejemplo de una pensadora en constante diálogo con la historia de la filosofía, desde Platón hasta

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Esta crítica, válida en el contexto filosófico en que se inserta The Sovereignty of Good, es aún más relevante veinte años después, con el auge de los diversos post-estructuralismos en las diferentes Humanidades. Cf. MGM, p. 167-168.

Wittgenstein, pero también con las ideas de las principales tradiciones religiosas y de “místicos” tales como Kierkegaard o, sobre todo, Simone Weil.32

Esta descripción filosófica –cuando menos en el contexto que marca la problemática que tratamos de enfrentar- no puede ser un mero análisis neutral o positivo de la realidad. Por el contrario, una de las ideas más importantes y controvertidas expresadas en The Sovereignty of Good es que la reflexión filosófica referida a lo moral no puede ser adecuada si no sabemos reconocer en ella su intrínseco carácter normativo. Este y no otro es el sentido último de la objeción de tipo moral que Murdoch encuentra en el desarrollo hampshireano: sencillamente, no cree que la gente deba representarse de esa manera (“I do not think that people ought to picture themselves thus”) (306). Esta afirmación no constituye una figura retórica, ni siquiera un desideratum de la razón práctica, sino que es defendida desde la propia naturaleza de la argumentación teórica. Ciertamente, si Murdoch es capaz de introducir la palabra ought en un ensayo de crítica filosófica –algo que incomodaría a cualquier filósofo en la tradición anglosajona después de Hume- es porque discrepa profundamente con sus contemporaneos al considerar que la distinción entre hechos (facts) y valores (values) que aquéllos dicen aplicar en sus análisis morales resulta, cuando menos, cuestionable. En realidad, los ataques de Murdoch a este dualismo, inspirado en Kant y canonizado por Witgenstein, son frecuentes en su obra filosófica, incluyendo un ensayo dedicado exclusivamente a este tema y publicado dentro del volumen Metaphysics as a Guide to Morals (1992). Sin

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En su prólogo a Existentialists and Mystics, George Steiner propone cuatro tipos de interlocutores en el diálogo filosófico de Murdoch. En primer lugar estarían los clásicos filosóficos, tales como Schopenhauer, Kant y, sobre todo, Platón. En segundo lugar hallaríamos a sus coetáneos, language-analysts como Ryle, Hare, Hampshire o Stevenson y, en general, el pensamiento que emanaba de Oxbridge en la primera mitad del siglo XX. También como contemporánea señala Steiner la importancia del existencialismo continental en la obra de Murdoch: fundamentalmente Sartre –tan influyente en el pensamiento europeo de la postguerra- pero también Heidegger, sobre quien Murdoch escribió una obra que no llegó a completar. Por último, las limitaciones del pensamiento existencialista llevaron a la pensadora a buscar inspiración en los místicos: en Simone Weil y, a través de ella, en Platón. Cf. EM p. xii-xiii.

embargo, quizá donde con más claridad se haya expresado Murdoch al respecto sea en el ensayo titulado “The Darkness of Practical Reason”, que es, irónicamente, una reseña de la obra Freedom of the Individual del mismo Hampshire, publicada en 1966.33

Brevemente, Murdoch rechaza el dualismo según lo utiliza Hampshire (y por lo general, la tradición “behaviourista-existencialista”) por dos razones. En primer lugar, porque el supuesto análisis neutral de los hechos que propone esta tradición está, al igual que gran parte del pensamiento de Sartre, empapado del valor de la libertad de elección (es, en el fondo, la libertad como summum bonum de Kant y sus sucesores) que es el que de una manera más o menos explícita se termina promoviendo. Este aspecto concreto ya había sido desarrollado con mayor profundidad en el importante ensayo “Vision and Choice in Morality” (1956)34. Los contenidos de este texto han sido ya resumidos y explicados detalladamente por autores tales como Maria Antonaccio o Cora Diamond.35 Fundamentalmente, Murdoch acusa al análisis supuestamente neutral de la filosofía analítica del momento de estar imbuido de valores liberales-protestantes que sesgan el análisis desde su misma estructura, mediante el énfasis que pone en conceptos tales como la libertad, la aplicación de principios claramente explicitados por el lenguaje y la importancia de la acción como término de esta aplicación. En este mismo ensayo, Murdoch concluye que, lejos de refutar el “naturalismo ético” (el salto lógico de hecho a recomendación –de is a ought- la definición de términos morales según términos no morales, la no existencia y/o no aplicabilidad de entidades metafísicas a la reflexión moral), lo que hace el modelo analítico es resumir una actitud moral (moral attitude) de tipo no

33

“The Darkness of Practical Reason”, en EM p. 193-202.

34

Cf. EM p. 76-98.

35

Cf. Antonaccio, Picturing the Human, pp. 33 ss; y Diamond, “We are perpetually moralists”, en Iris Murdoch and the Search for Human Goodness pp. 80 ss.

naturalista y que en gran parte responde a los valores históricos anteriormente citados.

Pero es que, mucho más gravemente, tanto en la reflexión filosófica como en la vida cotidiana no afrontamos los hechos sin más, sino mediante un trabajo de nuestra imaginación.36 Efectivamente, la “mera” percepción de los hechos es en sí misma una actividad moral, pues conlleva la resistencia a una natural (mecánica) inclinación por la fantasía egocéntrica. En una frase que Murdoch repetirá en Metaphysics as a Guide to Morals, la percepción es evaluación