Capítulo 1. La significación de la contingencia en la obra teórica de IM
1.2. Sobre los usos murdoquianos de la contingencia
1.2.2. Enfoque psicológico
Uso esta expresión para apuntar a la realidad particular no como contingente o no necesaria de suyo (sentido ontológico), sino en tanto que es aprehendida o representada por la conciencia humana. Este proceso de aprehensión alude de forma ambivalente a dos usos del término citados anteriormente. En primer lugar, la realidad particular aparece ante la conciencia como una contingencia, es decir, como un producto del azar que escapa de su control; y, por lo mismo, se trata de una realidad absurda, ininteligible. Sería, recordemos, el núcleo central de la Náusea de Roquentin. Sin embargo, en tanto que re-presentada, esa realidad pasa a depender de o estar condicionada por la conciencia aprehensora. Precisamente, es en la calidad de este condicionamiento que Murdoch va a situar la clave de la vida y mejora morales por parte del individuo.
Intentar clarificar aquí el uso y la relevancia del sentido psicológico de la contingencia en Murdoch comporta ensayar un primer bosquejo de una filosofía que, al igual que sus novelas, refleja una forma de ver el mundo que la autora definió en los años setenta como su ‘psicología moral’.18 Este es un término útil, ya que dirige nuestra atención hacia el interés primordial de nuestra autora por la descripción de la condición moral del ser humano a través de la experiencia moral de las personas. Y al recalcar ese interés, insiste en la continuidad del pensamiento moral murdoquiano a lo largo de sus diferentes etapas, pero también en la continuidad (crítica) de aquél con el proyecto fenomenológico de Jean Paul Sartre.
Condición que, a su vez es, siguiendo al hablar de Paul Tillich sobre Dios, incondicionada o, en el sentido aludido anteriormente, no-contingente.
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El carácter omnipresente de la contingencia en la psicología moral de Murdoch nos obliga a que esta primera presentación sea, necesariamente, esquemática. Se trata de anunciar los principales accidentes de una cartografía conceptual que será trazada en mayor detalle a lo largo de esta investigación. Nos hace falta una interpretación operativa de la función de la contingencia psicológica en Murdoch para poder profundizar en su problematismo, pero para ello debemos ocuparnos primero de los principales conceptos que la autora propone para organizar el pensamiento moral, así como de la ‘relación magnética’ que, según ella, les une.
¿Cuál es, según Murdoch, el problema moral de la aprehensión de la contingencia? Hemos podido comprobar como, para Sartre, el problema moral que representa la pérdida de libertad (valor) se deriva de un problema de
inteligibilidad de la realidad existente. Roquentin: la realidad existente es
absurda, y nuestros sistemas de aprehensión discursivos (el lenguaje, la narración histórica, la reflexión conceptual, etc.) apenas rozan el flujo de mi experiencia. Murdoch no está en total desacuerdo con esta afirmación; en cambio, aceptando el absurdo fundamental de la realidad (contingencia ontológica), propone un análisis de la cualidad moral de la aprehensión de la contingencia que rechaza el objetivo ideal de la inteligibilidad discursiva de Roquentin, o de Sartre. En otras palabras, Murdoch no pide del sujeto moral que trate de hacer inteligible la realidad contingente, si por inteligibilidad se entiende la aproximación de esa realidad a la supuesta plenitud de sentido del círculo ideal, o de la melodía fugaz. Por el contrario, propone que las personas deben aprender a ver esa realidad contingente –especialmente la realidad personal- como una realidad independiente del yo pero a la vez interesante, de una manera análoga a como el buen novelista crea y desarrolla sus personajes. En la desconfianza hacia los sistemas discursivos de mediación de la realidad moral –
compartido, por otra parte, por Roquentin- y en su propuesta de una comprensión de la realidad compatible con su radical ininteligibilidad, la concepción murdoquiana puede calificarse de mística. ¿Cuáles son los términos más importantes de este misticismo moral?
Partamos de un caso particular. Nos serviremos del mismo que utiliza Murdoch en “The Idea of Perfection”, y que del cual nos ocuparemos con más detalle en el siguiente capítulo. M es una madre a quien un día su hijo presenta a N, su novia y por lo tanto posible nuera de aquélla. (Una nuera es, qué duda cabe, una de las ‘contingencias’ más significativas en la vida de una madre.) Pues bien, según Murdoch, a este evento azaroso le sigue natural y casi inevitablemente un proceso mediante el cual la conciencia de M va apropiando la existencia contingente de N en una serie de estructuras necesarias. Por ejemplo: “N es buena chica, pero es menos detallista que la novia anterior de mi hijo”; o, más gravemente: “N no se ha arreglado para la comida familiar. Es una chica desconsiderada.”
Como sugiere Murdoch, no es difícil observar la semejanza entre el proceso mediante el cual una persona va conociendo a otra y la construcción de personajes por parte de un autor. Ambos representan ejercicios de imposición de forma a la realidad contingente, en un intento de hacerla inteligible con fines prácticos (predecible, manejable). Por lo mismo, ambos corren el riesgo de sacrificar la independencia y realidad propias de las personas descritas a los fines egocéntricos del psiquismo, ya sea del agente moral o del autor. Por ejemplo, N podría quedarse con el sambenito de ‘poco detallista’ o incluso ‘desconsiderada’ en base a una sola experiencia, y a pesar de posteriores intentos por agradar a M. Análogamente, un ‘mal’ personaje resulta a menudo demasiado previsible, transparente, encasillado en un rol necesario en la trama pero por el cual el autor no demuestra un verdadero interés. (Recordemos la
crítica de Murdoch a Les Chemins de la Liberté.) Puede ser también un personaje demasiado glorioso, atractivo, etc. como reflejo de las fantasías egocéntricas de su autor. Precisamente, algunas de las más importantes novelas de Murdoch se sirven de la narración en primera persona para describir desde dentro la actividad fantasiosa del mal artista y cómo a su vez éste –y, a su vez, el lector cómplice- son desenmascarados por la fuerza de la realidad que les rodea. Tal es el caso, entre otros, de Bradley Pearson (The Black Prince) y Charles Arrowby (The Sea, the Sea).
Dejando de lado, por el momento, la crítica artística del problema moral – que será explorada en el capítulo cuarto- es necesario comentar algo sobre la visión del ser humano sobre la cual aquél se funda. La psicología moral de Murdoch se nutre directamente de las descripciones de Freud,19 así como del uso de la antropología freudiana en la visión religioso-moral de Simone Weil. El siguiente pasaje, tomado del ensayo “The Sovereignty of Good Over Other Concepts”, proporciona un resumen sucinto de sus principales presupuestos:
El psiquismo [psyche] es un individuo determinado históricamente que siempre e inexorablemente [relentlessly] busca su propio cuidado. Es, en cierta forma, como una máquina: su funcionamiento precisa de fuentes de energía, y está predispuesto a ciertas formas de actividad. […] Trata de evitar lo desagradable. Su conciencia de las cosas no es, normalmente, un cristal transparente a través del cual se percibe el mundo, sino una nube más o menos fantasiosa diseñada para protegerle de dolor. Busca constantemente el consuelo, ya sea imaginando un ‘yo’ engrandecido, o refugiándose en ficciones de tipo teológico. Incluso su amor es, casi siempre, una forma de auto-afirmación. Creo que no nos resultará difícil reconocernos en esta caracterización un tanto deprimente. (SG 364)
El empleo metafórico de ‘la máquina’ es constante en la obra de Murdoch, tanto en sus ensayos teóricos como en sus novelas. De hecho, uno de los grandes logros de Murdoch como creadora es la descripción convincente de los avatares morales de las personas, precisamente en tanto que sujetas a todo tipo
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de fuerzas mecánicas de tipo determinista: fundamentalmente psicológicas, pero también sociales. (Las sociales pueden entenderse como sedimentación de las psicológicas). ‘La máquina’ describe el psiquismo humano, pero también la dinámica matrimonial, el mal en el mundo o las prácticas religiosas.20 La omnipresencia y el determinismo de estas fuerzas nos refieren a uno de los aspectos principales de la contingencia. Nuestros deseos, intenciones, ideas, representaciones, creencias –nuestra identidad, al fin- son contingentes porque
dependen de manera crucial de los mecanismos citados, ya sea en un plano
psicológico o social. ¿Dónde queda, pues, la libertad que con tanto ahínco se encargó de defender Sartre? ¿Existe la más mínima razón a favor de la posibilidad de progreso moral, o es este vocabulario otra pieza más de la máquina?
Simone Weil afirmó que el progreso moral depende de nuestra resistencia a la máquina (SG 158). Se trata de un camino sumamente difícil, carente de recompensas, que lleva a experimentar el vacío (void). Más aún, se trata de un camino contemplativo, en el que primará no la acción (exigencia existencialista), sino la ‘espera’ o la ‘atención’. Surge así un concepto de libertad radicalmente distinto al de Sartre, y que será desarrollado por Murdoch, tanto en sus ensayos como, de forma más concreta y realista, a través de sus personajes ‘santos’. Si atendemos lo suficiente, nos dice Weil, llegamos a un punto en el cual ya no hay elección: y es en esa obediencia a la realidad tal como es –es decir, más allá de las ilusiones consoladoras y egocéntricas de nuestro psiquismo- y no en una determinación arbitraria de la voluntad donde radica la verdadera libertad.21 (EM 159)
20
Cf., p.e., The Sandcastle, p. 21; A Fairly Honourable Defeat, p. 100; Henry and Cato, p. 395.
21
Cf. SG, p. 329: “I can only choose within the world I can see, in the moral sense of “see” which implies that clear vision is a result of moral imagination and moral effort.”
Por su parte, la moral mística murdoquiana empleará ampliamente el concepto de ‘atención’ de Weil, aunque añadiendo varios matices. Atención es, para nuestra autora, mirada amorosa dirigida a una realidad individual (SG 327). En este sentido, es un término sinónimo del realismo al que ya nos hemos referido, y que tiene en el arte su principal fuente de inspiración. Sólo la mirada atenta, más allá de la máquina, es capaz de ver la realidad individual y contingente como independiente e interesante. Por volver a una situación familiar, M puede esforzarse por atender a la persona de N más allá de la primera (mecánica, egocéntrica) impresión que ésta le haya podido causar. Aquí, como sugería antes, podemos entender el problema moral como la aprehensión por parte de M de la contingencia N que, en tanto que contingencia, depende de su atención para ser representada justa y verdaderamente como N. Y, en la medida en la que M consigue aprehender a N de una forma más atenta o realista, podemos hablar de mejora moral por su parte.
Un caso límite de atención de la contingencia en la experiencia moral de las personas es el reconocimiento de la propia mortalidad. Para Simone Weil, la exposición del alma a Dios condena el mal que hay en ella no al sufrimiento, sino a la muerte. En la misma línea, Murdoch estima que la aprehensión del hecho personal e inminente de nuestra desaparición es de mayor aprovechamiento moral que la insistencia moral o religiosa en el valor supuestamente “redentivo” del sufrimiento humano. Pues el sufrimiento personal es más fácilmente integrado en mecanismos de inspiración romántico-masoquista que en el fondo no son sino un impedimento para la atención. La muerte, en cambio, resulta mucho más difícilmente inteligible, no siendo, en ningún caso, “manejable” como el sufrimiento. La pérdida inexorable de control sobre las cosas que conlleva la muerte debe llevar, ipso facto, a un reconocimiento de la independencia de aquéllas. Este reconocimiento puede ser, además, positivo, como en el caso de
Ivan Illych en el relato de Tolstói, o, dentro de la obra de Murdoch, en la descripción de la muerte de Effingham Cooper en The Unicorn. En dicha novela, Effingham descubre, mientras se ahoga en una ciénaga, la relación entre la muerte del yo y la mirada más atenta sobre las cosas, una mirada que calificará como amor perfecto por ellas.22 Como podremos comprobar más adelante, Murdoch se servirá el concepto literario de tragedia como fuente de inspiración sobre el necesario lugar de la muerte en la reflexión moral.
Murdoch ha insistido en más de una ocasión en que el santo, de existir, no es ‘powerless’, sino más bien ‘non-powerful’. No se trata de que no sepa dar forma a la realidad, sino de que se niega a hacerlo. Es, discutiblemente, el caso de Tallis en A Fairly Honourable Defeat, a quien Elizabeth Dipple a calificado como un santo apóstol de la contingencia.23 Y es que el santo lo es, esencialmente, porque la calidad de su atención a lo contingente le permite salir de la máquina. “Una comprensión adecuada de la contingencia aprehende el azar y sus horrores no como destino [fate], sino como un aspecto de la muerte, de la fragilidad del yo y de la vaciedad de los deseos mundanos.” (MGM 106). La azarosidad del mundo nos recuerda la inminencia de nuestra muerte, ayudándonos a ser más humildes (501).
Por lo tanto, un aspecto fundamental de esa mirada realista que es la atención es la consideración socrática de la vida, por así decirlo, sub specie
mortis. Dicha consideración, haciéndonos más humildes, debe hacernos más
atentos ante las cosas (MGM 501). Dicho esto, a lo largo de sus escritos Murdoch cifra la posibilidad de mejora moral no sólo en la calidad de la
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En su artículo “Two Experiences of Existence: Jean-Paul Sartre and Iris Murdoch”, Diógenes Allen compara las diferentes respuestas de Roquentin y E. Cooper ante la contingencia de lo real. Como nos sugiere este autor, Murdoch entiende que nuestra forma primordial de estar en el mundo no es explicando las cosas, sino amándolas (p. 185). Recordemos que la primera sección de este capítulo llegó a la misma conclusión a través de la crítica filosófico-literaria murdoquiana de la obra de Sartre.
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aprehensión de lo contingente sino también en la calidad de los objetos de
atención. La lección moral del Eros platónico sería, para Murdoch, que la energía
espiritual que alimenta la máquina puede ser purificada en virtud de mejores (menos corruptibles, más bellos) objetos de contemplación (MGM 496). Y así, siguiendo el camino dialéctico platónico, Murdoch topa con la difícil cuestión de la posibilidad de contemplación del mejor objeto de atención, a saber, el bien. La autora concuerda con Platón en que resulta difícil contemplar el bien directamente (República: es difícil mirar al sol directamente), pero que, en cambio, éste es experienciable en ámbitos tales como las technai, el arte o, con reservas, el amor. Esta creencia tiene consecuencias didácticas. Muy posiblemente, la contemplación de la belleza en el arte sirva a muchas personas como escuela para el reconocimiento de la perfección moral.
En un difícil movimiento que espero clarificar más adelante, el pensamiento de Murdoch postula el bien como condición trascendental de la experiencia moral. Sin una idea de bien implícita en nuestro pensar y nuestro hablar, nuestras experiencias cotidianas de mejora moral no tendrían el menor sentido. El bien es una idea necesaria, incorruptible, trascendente a toda experiencia particular; como tal, condiciona nuestra experiencia de la contingencia, convirtiéndola en una experiencia moral. El bien, usando la metáfora más repetida por Murdoch, atrae al alma magnéticamente, pero a su vez permanece frío, distante e inamovible.
Como ya he anunciado, Murdoch justifica su concepto de bien de varias maneras. En primer lugar, se apoya en argumentos de tipo empírico-moral, tales como la experiencia de la idea de perfección en el ensayo del mismo nombre, o –en un espíritu más pragmático- la creencia histórica generalizada en un Dios perfecto, necesario y trascendente; una creencia que todavía puede sernos de utilidad en una sociedad secularizada. En segundo lugar, y sin renunciar a la
argumentación a partir de la experiencia moral, su revisión de la prueba ontológica busca reafirmar la necesidad del concepto de bien en un lenguaje más teológico.
Dejando para más tarde un examen más detenido de estas pruebas, así como la reflexión en torno a algunas ambigüedades contenidas en los conceptos morales en los que se apoya Murdoch, este recorrido por los lugares fundamentales de su psicología moral nos ha aportado varias cosas significativas. Como ya apuntaba su crítica de Sartre, Murdoch entiende que la clave de la vida moral está en la calidad de la aprehensión de la realidad particular por parte de la conciencia. La realidad es contingente no sólo por azarosa o carente de razón, sino también porque depende del esfuerzo moral de quien la aprehende para seguir siendo realidad individual independiente. (Lo que resulta especialmente pertinente en el caso de la realidad personal). Este esfuerzo se concreta en una atención contemplativa antes las cosas y ante las personas, una suerte de mística que entiende la libertad personal, paradójicamente, como obediencia a una realidad que es percibida con la mayor claridad posible.
Además, la preocupación por la aprehensión de la contingencia por parte de la conciencia entronca, en lo esencial, con la aceptación crítica del proyecto de fenomenología sartreano reseñado anteriormente. El hecho de que los escritos de Murdoch –incluso los más académicos- contengan numerosas recomendaciones morales no debe oscurecer la inspiración descriptiva de su proyecto. A fin de cuentas, una de las tesis más presentes en su obra teórica es que la descripción adecuada o verdadera de la vida moral de las personas (el acceso a los hechos morales) es, en sí misma, un ejercicio empapado de valor. En el capítulo siguiente exploraremos con detenimiento el ataque de Murdoch a la separación filosófica clásica de los hechos y los valores (fact and value). Por el
momento, conviene completar nuestro esquema adelantando alguna de las consecuencias más importantes que tiene la comprensión murdoquiana de la contingencia en su crítica de las posiciones filosóficas más significativas.