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Murdoch afirmó en The Sovereignty of Good la necesidad de una filosofía moral que haga del concepto de ‘amor’ uno de sus temas principales (229, 337). Ciertamente, una reflexión que pretenda describir adecuadamente la dimensión moral de los seres humanos no puede descuidar la significación moral del tipo de experiencias que nuestro lenguaje aglutina en torno al concepto de amor. Desde esta perspectiva, es indudable que la particular psicología moral de nuestra autora contribuye a realzar la centralidad del concepto de amor para la reflexión ética.

La concepción murdoquiana del amor puede considerarse, aproximadamente, como platónica. Esto quiere decir que no se basa en la descripción o explicación de un estado psicológico concreto, factual o recomendable, sino en un continuo dialéctico que reconoce momentos mejores que otros, pero por el cual es posible progresar. Si bien es cierto que la descripción murdoquiana del amor en sus ensayos no siempre sugiere este continuo platónico sino, más bien, una dicotomía entre los dos extremos de la dialéctica. Lo que se traduce en la utilización profusa del término ‘amor’ para referirse a dos cosas aparentemente independientes. Los siguientes ejemplos textuales ayudarán a precisar a qué me refiero.

(a) Como he comentado anteriormente, en The Sovereignty of Good la autora señala que el amor humano es normalmente demasiado posesivo y mecánico como para inspirar mejora moral (361) Por otro lado, tanto en The Fire and the Sun como en Metaphysics as a Guide to Morals se describe la

significación moral de la experiencia del enamoramiento (falling in love).57 En ambos casos, la autora se está refiriendo al amor en un sentido de uso cotidiano. (b) De forma paralela, la psicología moral de Murdoch va forjando un concepto de amor que se define en función del problema moral de la aprehensión de la contingencia personal. El amor, por citar dos ejemplos, es “the

extremely difficuly realisation that something other than oneself is real” (SG 215)

y “ the tension between the imperfect soul and the magnetic perfection which is

conceived of as lying beyond it.” Se trata, evidentemente, de un concepto de

amor más especializado o, si se prefiere, menos natural que (a).

La dicotomía se localiza, en definitiva, entre un concepto de amor como energía espiritual (Platón) normalmente mecánica y egocéntrica (Freud) y otro cuyo contenido descriptivo difiere poco del de concepto tales como ‘tolerancia’, ‘atención’ o ‘realismo’. El primero refleja la condición normal de las relaciones afectivas; el segundo apunta a los beneficios morales de una purificación del amor erótico, funcionando como recomendación. Por supuesto, la insistencia de Murdoch en que dicha purificación resulta difícilmente observable enfatiza la falta de continuidad entre un concepto y otro.

Lo paradójico de todo esto es que el esfuerzo de Murdoch por ampliar el uso y la relevancia del concepto de amor lleva a una descripción extraordinariamente vacía (por demasiado comprensiva) del tipo de amor que

deberíamos desear o que ella entiende como mejor. Desde luego, si la

recomendación ‘ama et quod vis fac” es traducible por ‘sé realista’ o ‘se tolerante’ entonces el concepto específico de amor como término moral secundario no nos está sirviendo como guía moral. (Al menos, no esta cumpliendo una función específica). Pero aquí lo objetable en Murdoch no es su creencia en que la purificación del amor erótico puedan llevar a la mejor respuesta al problema

moral de la aprehensión de la contingencia (la tolerancia, el realismo, la atención), sino que, a falta de una descripción más convincente de la continuidad entre el amor más bajo y el más alto, éste nos pueda parecer no amor sino otra cosa. En especial cuando Murdoch insiste, en más de un lugar, en señalar que el amor más elevado se produce en situaciones que no implican reciprocidad.58

Esta crítica puede ser desarrollada desde el propio horizonte de pensamiento platónico que ayuda a configurar la posición de Murdoch. Para ello, tomaré como punto de partida la preferencia de la autora –expresada en The Sovereignty- por fundamentar la trascendencia del bien desde el discurso artístico y no el amoroso. Murdoch probablemente esté en lo cierto al afirmar que los casos de amor impersonal son más difíciles de identificar que los casos de contemplación estética o desinteresada. (En cambio, también se puede argumentar que los casos de amor impersonal son mucho más indicativos de la naturaleza del bien, pues en ellos nos estamos jugando mucho más). Pero la implicación de el amor humano recíproco puede entenderse principalmente en función del modelo mecanista es simplista, y al menos en parte obedece a una falta de sutileza del idioma inglés (como de tantos otros) para con él y que sí encontramos en el griego antiguo. Pues amor (love) es para Murdoch sobre todo

Eros; en el mejor de los casos (ese tan poco común) sería algo parecido a un

amor religioso o místico (agape) pero, curiosamente, nunca philia.59 En este sentido, el carácter bipolar de su erótica adquiere tintes maniqueos, moviéndose entre la “maldad” de lo erótico y la “bondad” de lo místico; lo que sin duda ayuda a comprender su reticencia a tratar el bien a partir de la experiencia amorosa.

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Cf., p.e., MGM p. 17. Como podremos comprobar más adelante, la no-reciprocidad será también un elemento descriptivo importante en la forma de entender nuestra relación con el bien, entendido éste en un lenguaje religioso, es decir, como Absoluto.

59

El Eros de Murdoch, en tanto que difícilmente purificable, es principalmente el de Freud. En cuanto a agape, afirmaciones como las citadas anteriormente (b) difuminan, como la noción de amor religioso o de Dios, el aspecto del amor como deseo de una realidad (temporal, corruptible)

(Como demuestra la historia de las religiones, una cosa es que al místico le podamos llamar bueno y otra muy diferente es que nos pueda enseñar algo acerca del bien.) El problema aquí es que Platón, maestro de Murdoch, sí que acometió la dificilísima tarea de explorar el bien tomando como punto de partida el amor. El resultado de este esfuerzo es evidentemente El Banquete, un diálogo bellísimo, polimórfico (como el daimon erótico) y cuyas enseñanzas principales son especialmente arduas de desentrañar a causa de los diferentes “lenguajes” (dramático, poético, dialógico, mítico-religioso) que en él se entremezclan.60 Sin que este sea el lugar indicado para considerar estos misterios, sí conviene rescatar dos aspectos del pensamiento platónico sobre el amor que difieren notablemente de la concepción murdoquiana y cuya mayor consideración quizá hubieran inducido en ella ideas notablemente diferentes al respecto.

En primer lugar, y aunque pueda parecer ocioso señalarlo, el Eros platónico no se corresponde exactamente con el Eros freudiano que Murdoch incorpora a su análisis. Es cierto que el mecanismo egocéntrico-erótico a la que tanta importancia da nuestra autora está presente de diversas formas en las caracterizaciones y los discursos de los diferentes interlocutores del diálogo, desde Fedro hasta Alcibíades, acaso con la excepción de Sócrates – supuestamente experto en cosas eróticas- y de su maestra Diotima, cuya función en el diálogo es de tipo profético-religiosa. Pero lo es también que, no sólo en el Banquete sino en la práctica totalidad de los discursos platónicos, Sócrates escoge dialogar solamente con personajes de naturaleza erótica: jóvenes bellos

particular. ¿Cómo es posible querer a Dios o al Bien? Finalmente, es reveladora la constatación de que el exhaustivo índice temático de Existentialists and Mystics no contenga la voz friendship.

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Claro que El Banquete no investiga el bien de forma explícita (como pueda hacerlo, por ejemplo, La República.) En cambio, hay razones de peso para considerar que este diálogo desarrolla la idea de dialéctica platónica de forma negativa o corporal, de forma contrapuesta pero análoga a la dialéctica “positiva” que exploran los libros VI y VII de La República, en especial durante la explicación de la “línea dividida”, donde se nos dice que el dialéctico asciende hasta un principio no hipotético “con la sola ayuda de las ideas tomadas en sí mismas y sin valerse de las imágenes” (510b5ss). En términos del Banquete –que sí se apoya en imágenes y, en general, en todo lo

y ansiosos de sabiduría (Cármides) guerreros deseosos de honores (Alcibíades), poetas (Agatón) e incluso tiranos sin más miras que la consecución de un poder ilimitado (Critias). En La República, por el contrario, Platón hace que el anciano y no-erótico Céfalo, padre de Polemarco, abandone el esbozo de discusión filosófica iniciado por Sócrates para atender un sacrificio (331d). El ejercicio filosófico-dialéctico exige personas de naturaleza erótica (con deseos), y esto lo reconoce tanto la progresión dialógica del Banquete (los discursos se van sofisticando, pero ningún interlocutor llega a olvidarse de la importancia de los cuerpos bellos que resalta Fedro) como la propia revelación de Diotima.61 (Claro que, todo sea dicho, una de las virtudes del Banquete es saber ofrecernos una completa tipología de personajes eróticos que no han sabido llegar a la filosofía.) Aún así, la erótica de Murdoch carece en su mayor parte de esta rica complejidad que en el fondo no es más que un reflejo fiel de la naturaleza paradójica (daimónica, en Platón) del amor: al enamorado le resulta difícil mirar fuera de sí mismo, pero quien no se enamora no llega siquiera a mirar.

Asimismo, como se ha apuntado anteriormente, el pensamiento griego – por lo menos en cuanto refleja la lengua- ha tratado la idea de amor de una forma a la vez más sutil y comprensiva que muchas de las concepciones modernas en las que se basa la reflexión teórica murdoquiana. Dejando de lado la acepción de amor como agape –una idea inspirada en la revelación cristiana y por tanto posterior a la etapa central del pensamiento filosófico de la Antigüedad griega- tanto Platón como Aristóteles otorgan en su obra un privilegiado lugar al amor de amistad, la philia. En este sentido, podríamos definir la amistad como amor en el que no existe un deseo de tipo erótico por el amigo, sino un deseo

generado y en la generación misma- el “principio no hipotético” es la le belleza en sí misma (eterna, no generada) que revela Diotima de Mantinea (211ª-b).

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compartido por un tercer término u objeto.62 Como en el amor erótico, se da el deseo (por eso es amor); pero la philia aporta un matiz crucial al admitir la posibilidad de que ese tercer término sea un objeto o realidad intemporal que, por tanto, escapa al ciclo generación-corrupción que tanto dio que pensar a los griegos y al que se adscribiría la concepción mecanista-freudiana del amor erótico. Contando con esta concepción amorosa de la amistad –que hoy en día no tenemos- resulta mucho más fácil entroncar de forma positiva una explicación de la realidad afectiva del ser humano con la búsqueda de una clave de tipo trascendente de la razón práctica (grosso modo, lo que acaba haciendo Murdoch). De esta manera, por poner un ejemplo, Aristóteles es capaz de desarrollar en la Ética a Nicomaco su idea de que la amistad perfecta sólo se puede dar entre quienes aman el bien.63

Sin detenernos más en el pensamiento griego, parece claro que, lejos de obviar los más importantes hallazgos de Freud, una concepción más “griega” del amor hubiera permitido a Murdoch liberarlo de la sombría metáfora mecanista de Weil y del espíritu de Schopenhauer y edificar su propuesta de realismo moral no solamente a partir del ámbito estético sino apoyándose también y fundamentalmente en el familiar y complejo mundo del amor humano.

62

Cf. Rosen, S: Plato’s Symposium, p. 216.

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Cf. 1156 b4 ss. En este sentido, sería útil realizar una tipología de las distintas relaciones amistosas descritas en las novelas de Murdoch. Se puede afirmar con cierta seguridad que la autora no nos las presenta como posible acceso al bien moral (el tercer término), sino, más bien en su faceta como estructuras de poder (p.e., maestro – discípulo), de reconocimiento, de utilidad, o, frecuentemente, como relaciones eróticas encubiertas. Como insistiré en el capítulo siete, Murdoch entiende que el camino hacia el bien se recorre en solitario.