permiten pensar los avances logrados frente a modificaciones y exigencias propias del presente siglo, pero no menos importancia le cabe a otro aspecto: la preeminencia otorgada a lo que se denominó como problemáticas que se desencadenan a partir del mismo ejercicio.
Dentro del amplio marco en el que podría incursionarse a los efectos de analizar las dificultades propias relacionadas al quehacer docente, interesa detenerse en un aspecto que ha generado la inquietud de muchos investigadores y profesionales dedicados al ámbito de lo educativo: El
malestar en el docente.
Es una temática suficientemente compleja, que llevó a diferentes investigadores a realizar recorridos pretendiendo acercar un modo de comprenderla y abordarla.
José Manuel Esteve Zarazaga1 investigó el tema y utilizó el concepto “Malestar Docente” por primera vez, y en 1993 publicó su libro denominado “El Malestar Docente”.
En 1994 el mencionado autor, estudioso de temáticas ligadas al ámbito de la educación, se detuvo a analizar la expresión “malestar”, dado que hasta ese momento sólo se ubicaban e interpretaban acontecimientos ligados a dolores físicos entre los profesionales de la docencia. Cuando, entre las verbalizaciones de los docentes, comenzaron a escucharse molestias vinculadas a dificultades más generales, surge la palabra: Malestar.
Esteve entiende que Malestar es un concepto abarcativo y ambiguo, que plantea parámetros difusos. Por tal razón, decidió incursionar en investigaciones relacionadas al mismo y pudo ubicar el tema “Malestar” comprendiéndolo como una incomodidad a la que no se le puede adjudicar nada en concreto (Esteve establece la diferencia con dolor físico, pues éste es localizable), es más bien indefinible, por lo tanto al usarse la palabra malestar se hace referencia a la idea de que algo no está bien, la persona no se siente bien, pero no hay posibilidad de definir qué es exactamente, ni tampoco el por qué.
Podría intentar acercarse una explicación a partir de comprenderlo como una alteración en el orden de la práctica docente, pero que implica al sujeto involucrado en la problemática.
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José Manuel Esteve Zarazaga, docente en la Universidad de Málaga y autor de viarios libros relacionados a la Educación.
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Con el correr de los años el malestar docente dejó de ser un simple tema para convertirse en un fenómeno que trasciende las preocupaciones del ejercicio de la docencia en las escuelas, e implica al sistema educativo general, a las instituciones que atraviesan la práctica docente, y fundamentalmente al sujeto implicado. Ya en 1983 países desarrollados como Suecia, Francia, Londres y España, se indagaron dificultades advertidas dentro de la profesión docente a partir de la crisis generalizada observada, en ese momento, dentro del sistema educativo.
Esteve Zarazaga (1994), en sus investigaciones sobre la conflictiva docente, realizó un minucioso análisis estableciendo indicadores (siguiendo a Blasse en sus aportes sobre el estrés) que le permitieron abordar la comprensión del malestar docente. Estableció una categorización definiendo
Factores de Primer Orden y Factores de Segundo Orden. En su trabajo
sistematizó una serie de elementos que por déficit o acumulación de exigencias y efectos en el psiquismo de la persona van generando tensiones y agotamiento que se asociarán a vivencias incómodas que conllevan al desgaste del ejercicio de la profesión docente, pues afecta su motivación, dedicación y ejercicio. Los mismos se encuentran vinculados a lo que denominó como: Factores de primer orden: “Clima de la clase”, en los que incluyó recursos materiales y condiciones directas a la tarea áulica tales como: elementos didácticos, relación del docente con el alumno, la violencia como elemento cualitativo (no por la cantidad de hechos violentos sino por el efecto que produce en los actores institucionales), la sobre-exigencia de actividades que debe llevar a cabo, etc. En los de segundo orden ubicó: “Las condiciones ambientales”, aquí destacó lo relacionado a modificaciones del contexto social y cultural cuyos efectos han ido recayendo sobre la función docente y los agentes tradicionales de socialización. El consenso respecto de la autoridad del docente en relación a la función socializadora se ha ido modificado con el correr de los años, y hoy recaen sobre la persona del docente un conjunto de demandas provenientes del medio y las instituciones (familia, iglesia, comunidad, etc.) a las que no puede dar respuestas.
Esteve Zarazaga y Claude Merazzi2 (Investigador del tema, 1983), entienden que a partir de la presencia de nuevos agentes no formales de socialización (propiciados por el avance de la tecnología), la hegemonía con la que contaban las instituciones educativas respecto de la transmisión de conocimientos, se ha ido desvaneciendo y los medios masivos de
2 Citado por Mirta G. Gavilán en su publicación: “Desvalorización del rol docente”, Revista
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comunicación han pasado a constituirse en vías de socialización de niños y adolescentes. Merazzi entiende que hasta hace algunos años existía una socialización ampliamente convergente entre los agentes (transmisores de cultura) y la institución educativa respecto de los valores, contenidos y modelos que debían transmitir, aspectos que se han visto completamente contrariados y hoy generan grandes dificultades dentro de la práctica docente. Al perderse el consenso de años anteriores, los profesores vivencian grandes malestares, por lo que, la redefinición de la función de las instituciones educativas, la de los docentes y la manera de impartir y cuestionar los conocimientos, pasa a ser una instancia necesaria en los días presentes. Aspecto que convoca a revisar también la formación de los docentes.
En el mismo sentido, profesionales de la educación como Litwin (2001) y Elichiry3 (2004) acercaron su aporte a la problemática, cuando plantearon la necesidad de una revisión crítica no sólo de las instituciones dedicadas a la formación de docentes, sino también del propio docente. Las ideas relativas a la formación y capacitación permanente como actualización del conocimiento y adaptación a las nuevas exigencias que genera el sistema educativo, forma parte de la tarea profesional docente. Litwin realizó un análisis profundo de aquello que los sistemas de formación del docente deben comenzar a implementar como estrategias de excelencia en la formación, ciertamente existe la necesidad de revisar los distintos ejes que atraviesan al sistema educativo. De todos modos, no escapa a nuestra mirada la posibilidad de relacionar estos aportes con la instancia reflexiva del propio docente, abrir nuevos interrogantes que superen lo puramente institucional, para ingresar y contactarse con los propios valores en juego, los ideales, las actitudes, aspectos que se encuentran ligados con lo que siente, piensa o actúa el propio docente. Elichiry (2004) sostiene la necesidad incorporar dentro de los espacios de reflexión de la práctica docente, aquellas nociones que acerquen concepciones teóricas entre la psicología y la pedagogía, que normalmente en el período de formación se mantienen dicotomizadas. Ambas disciplinas, dedicadas a analizar lo que acontece y se relaciona con el ámbito educativo, han abordado las temáticas relativas al aprendizaje y la enseñanza. Los avances logrados son cuantiosos, pero por momentos resulta difícil comprender que son dos instancias de trabajo inseparables, y que si se las distingue es sólo a los fines de lograr
3 Profesora Titular y Directora de Maestría en Psicología Educacional, de la Facultad de
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precisiones teóricas. Desde el momento en que se aborda el problema de aprendizaje, ineludiblemente se incursiona en el ámbito de la enseñanza. La Psicología ha realizado aportes sobre las particularidades de las etapas evolutivas y su relación con los procesos de pensamiento, los efectos en la subjetividad, etc., a modo de acercar luz a las preocupaciones sobre el aprendizaje; entre tanto, la pedagogía avanzó sobre el currículum y la didáctica a fin de mejorar la enseñanza. Estas perspectivas de análisis y profundización teórica han demandado mucho esfuerzo en el docente y el Psicólogo de la Educación, pues van nutriéndose de innovaciones teóricas pero siempre alejados de lo que se vivencia dentro del espacio áulico o institucional.
Una manera, y quizás apresurada en el presente recorrido, de pensar una posible intervención (desde un campo disciplinar, por qué no) que redunde en aportes al tema malestar, sería comprender que lo relacionado a los procesos de pensamiento o el enseñar a pensar, conlleva la necesidad de vincular los contenidos conceptuales que se transmiten al niño con estrategias apropiadas para favorecer su adquisición. Pero el tema no queda allí, en una relación de absoluta necesariedad, se debe atender a que los contenidos que se puedan transmitir se correspondan con los procesos de pensamiento propios de cada etapa del desarrollo evolutivo, como también a los efectos en la subjetividad del niño y la trama vincular. El docente puede nutrirse de diferentes recursos teóricos y posibilidades reflexivas que lo orienten a pensar, a relacionar los contenidos a enseñar, y su vinculación con las características de los procesos de pensamiento logrados en cada etapa. Bajo esta perspectiva, resulta conveniente considerar como importante que los docentes puedan incursionar e interiorizarse sobre los conceptos vertidos por la psicología acerca de la interacción entre los procesos de pensamiento y los contenidos a transmitir. Los aportes de la psicología genética y los relacionados a la didáctica, resultarán cualitativamente significativos si se propicia, desde los profesionales que acompañan al docente en el ámbito institucional, la apertura a la reflexión de la práctica docente vinculada a experiencias concretas de la vida áulica. La implementación de una metodología orientada por el seguimiento, acompañamiento y la creatividad, constituyen una manera de intervenir que posibilitará la disolución de las perspectivas dicotómicas o contrapuestas, y contribuirá a que el docente pueda pensarse involucrado en la situación y, a partir de allí, trabajar en el logro una mayor autonomía, afianzando su lugar y función.
Las consideraciones precedentes conducen a identificar y pensar el malestar en el docente como un tema suficientemente complejo. En el
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mismo intervienen variables vinculadas a lo social-político y cultural, cuyas transformaciones y nuevas decisiones tendrán efecto en el ámbito institucional, el pedagógico, lo vincular y en la dimensión subjetiva de sus actores.
Pero ¿Podría cerrarse aquí el tema? Los aportes mencionados y la mirada crítica de los autores son sumamente ricos en cuanto a dimensionar y contextualizar el tema desde sus disciplinas, permitiendo la creación de intervenciones posibles en el ámbito educativo.
No obstante ello, son construcciones que permanecen en una descripción externa de la problemática, por lo tanto parcializada, pues enuncian modos de categorizar, denominar y hasta de intervenir generalizando la problemática y las posibles soluciones.
En realidad, a partir de las verbalizaciones enunciadas por los docentes se advierte que las situaciones no afectan a todos los profesionales de igual manera. Abrir una nueva arista a la temática, conduce a reflexionar sobre cómo se entrelaza la compleja trama de aspectos que se han identificado renglones más arriba, con el sujeto involucrado, para luego trabajar sobre soluciones viables. No es posible pretender una solución inmediata e instantánea pues decantará en una mirada simplista del tema que anclará y obturará la posibilidad de arribar a soluciones.