Con lo dicho hasta aquí creo que resulta evidente la importancia de la interacción con el entorno y de los estímulos que las personas alrededor del niño le proporcionan. Como decía, las experiencias sensoriales, emocionales y motoras que el niño vive, crean, junto al sustrato biológico cortical, también un sustrato mental. Estas experiencias, a medida que son elaboradas y correctamente articuladas, van formando una red de conocimientos y experiencias “digeridas”, y asimiladas que constituyen la organización coherente de la mente.
Pero para que este proceso se desarrolle es necesario que la madre6 contribuya con su capacidad de realizar “funciones maternas”. Estas funciones han sido estudiadas comparándolas con la función terapéutica del psicoanalista o del psicoterapeuta y han sido descritas por diversos autores bajo distintas denominaciones, que corresponden a ciertas diferencias de concepto. Así, Bion (1962) habla de revêrie y de función alfa de la madre, refiriéndose a su capacidad de asociar ideas en torno a las necesidades del hijo, captarlas y simbolizar. Winnicott (1987) ha descrito la función materna
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Me referiré a “madre” para significar funciones maternas, que por supuesto también realiza el padre. En realidad llega a ofrecerlas más adecuadamente aquel progenitor con mayor sensibilidad, intuición y posibilidad de dedicar tiempo y de conocer a fondo al hijo.
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de holding; Lebovici (1961) se refiere a las anticipaciones maternales, Kohut (1971) prefiere hablar de self-objects, y Rof Carballo (1961) lo expresa diciendo que la madre es el neocórtex del recién nacido.
Creo que estos conceptos describen la capacidad de la madre de contener, aguantar, tolerar, las ansiedades de su bebé, su llanto, sus desesperaciones, sus rabietas, sin hundirse ni sentirse demasiado fracasada, con suficiente confianza en sus propias capacidades de atender y remediar y sin excesivo temor por la suerte del bebé. Esta capacidad es imprescindible para poder tomarse el tiempo necesario para observar, intuir, asociar ideas y pensar, o sea, considerar la situación en su contexto, en relación a situaciones vividas anteriormente y al conocimiento que la madre tiene de su bebé.
El contexto es muy importante. Es el marco que arropa las asociaciones de ideas y donde pueden interpretarse las experiencias. Por eso, el llanto del bebé toma connotaciones diferentes si por ejemplo, se acerca la hora de la comida, si por el contrario llora después de una comida, si hace horas que no duerme...
A este proceso, que la madre va convirtiendo en pensamiento verbal y en palabras dirigidas a su bebé, contribuyen su intuición y empatía, su conocimiento profundo de su hijo, su experiencia adulta, sus anteriores experiencias de maternidad, sus recuerdos infantiles... Todo esto le permite recuperar la comunicación con su bebé, interpretar correctamente su llanto, expresiones faciales, sonidos, gestos, conducta y diferenciar entre sus necesidades y estados de ánimo. Entonces ella intuye cual es el problema de su hijo, qué tiene que hacer para tranquilizarlo y satisfacerlo. Se da cuenta de si es hambre, sueño, miedo, tristeza, dolor, rabia y por tanto sabe si es cuestión de alimentarlo, acostarlo o acompañarlo y reconfortarlo. En este cuidado coherente el niño puede asimilar experiencias coherentes y aprender a orientarse, él también, en relación a sus propias necesidades y afectos en forma coherente.
Es fácil observar que las madres, mucho antes de que sus bebés comprendan el lenguaje, tienden espontáneamente a hablarles y a transmitirles lo que ellas van observando, lo que van pensando, lo que interpretan que le sucede a su hijo -estás contento, claro, has comido muy
bien; has dormido mucho; estás cansado; tienes hambre; estás enfadado, claro, mamá se ha retrasado... También lo que están haciendo y lo que harán - te preparo la comida y enseguida te doy de comer; te pongo en el cochecito y salimos de paseo... Y tantas otras frases a las que el bebé contesta con sus
sonrisas, su satisfacción, sus sonidos, sus pedaleos, sus llantos, sus enfados... El bebé de momento no entiende las palabras pero capta muy bien los
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afectos, el estado de ánimo y el conjunto de la otra persona a través de los tonos de voz y las expresiones faciales, y responde a ellos con sus propias expresiones faciales y corporales, y con sus sonidos y gestos. Además, en cada contexto capta del lenguaje mucho más de lo que parece y de lo que en general los adultos creen. Las madres, los padres, tienen con sus bebés verdaderos diálogos de sonidos y de gestos y es importante recordar que la palabra surge de este diálogo y no al revés.
Estas experiencias son estímulos de gran calidad, “personalizados”, matriz de la capacidad de pensar, del pensamiento verbal y del lenguaje del bebé. En realidad el lenguaje y las funciones psíquicas del bebé comienzan en la mente de la madre.
De esta forma, la madre -los padres- transmiten a su hijo el conocimiento tanto de la realidad externa, del entorno, como de la realidad interna, de lo que él mismo vive. Así, en los momentos de cuidarlo, de jugar con él, los padres ponen nombre a los objetos del mundo del niño, sus colores, sus tamaños, su peso: mira este cochecito rojo ¡tan grande!; cuidado, pesa
mucho, no te hagas daño; toma el pequeño, el azul... y estas denominaciones
se integran en una experiencia global.
Por otro lado, los padres intuitivos y empáticos ponen también nombre a la realidad interna de su hijo, sus afectos, estados de ánimo, temores... Este conocimiento se produce también en su contexto, en su red de asociaciones, dentro de una coherencia. Ellos ofrecen al niño las palabras para expresar lo que siente -estás asustado, no tengas miedo, no pasa nada;...contento;...enfadado; tienes mucha prisa, te cuesta esperar... Así lo
ayudan a diferenciar y a orientarse en relación a lo que vive, a sus afectos. No se trata de aprender palabras, sino de integrar experiencias globales, articuladas, coherentes, con su vertiente de conocimiento y la experiencia emocional correspondiente.
En todas estas vivencias, el interés de los padres por su hijo, su motivación para comunicarse con él, sus cuidados, son fundamentales para estimular interés, atención, motivación y capacidad de aprender en el niño. En la medida en que los padres en el diálogo con su hijo sitúan las experiencias en el espacio y el tiempo -ya pasó; haremos; allá afuera; está
lejos...- transmiten también las bases para la orientación del niño en el
espacio y en el tiempo. Nuevamente algo tan importante en relación a los niños disléxicos.
En este diálogo e intercambio los padres ayudan a su hijo a diferenciarse como individuo, a conocer y construir su identidad separada, diferenciada,
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en la medida en que ellos mismos lo reconocen como alguien diferenciado, con sus propias necesidades y emociones. El respeto de los padres por las características personales de su hijo, por sus emociones y necesidades, permite además que éste vaya desarrollando su autonomía.
Me he referido hasta aquí principalmente a la interacción entre el bebé y su madre. Cuando las cosas van bien, esta interacción se produce en la matriz de la relación con el padre.