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Entre las “funciones” o “estructuras” que tienen a la vez representación cortical y mental se encuentra el esquema corporal. Como explicaré a

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continuación, su construcción e integración son centralmente importantes para el problema disléxico ya que, como ya he mencionado, los síntomas específicos de la dislexia son consecuencia de una insuficiente integración de este esquema mental del cuerpo. Se trata, no de una función como las que he citado hasta aquí, sino del complejo conjunto articulado y dinámico de funciones, imágenes, sensaciones, recuerdos, satisfacciones, temores y emociones de todo orden, conscientes e inconscientes, organizado alrededor de las experiencias posturales y motoras en relación al cuerpo (Ajuriaguerra, 1970). Este conjunto de funciones va organizándose e integrándose a lo largo de la evolución, a medida que progresa la maduración neurológica y emocional y se desarrollan las funciones psíquicas.

Como he dicho antes el feto inicia su evolución y el desarrollo de sus funciones biológicas y proto-psíquicas durante la gestación. En esta etapa su maduración neurológica y motora sigue una progresión caudo-cefálica, o sea que el tono muscular flexor propio del recién nacido va instaurándose gradualmente desde las extremidades distales -las piernas- hacia el tronco y las extremidades proximales. Como se evidencia por ecografía, en el medio líquido del útero el feto tiene gran facilidad para moverse, desplazarse, usar sus manos para palpar, agarrar... El tono muscular del recién nacido es de predominio flexor, lo cual produce su posición típica, recogida, con brazos y piernas flexionados y manos a menudo cerradas que todos conocemos.

A partir del nacimiento la maduración neurológica continúa, pero ahora el progreso se produce siguiendo la dirección céfalo-caudal. Los segmentos cefálicos del cuerpo -tronco y brazos- son los primeros en equilibrar su tono muscular, liberar la motricidad voluntaria y sostener una postura erecta. Esto permite al bebé primero sostener su cabeza, luego sostenerse sentado y paralelamente ir utilizando sus brazos y manos en forma más coordinada y precisa. Así, hacia los 3 meses el bebé se interesa por sus manos; las “ve pasar” por su campo visual como objetos en movimiento cercanos a sus ojos. Las sigue con la mirada, las observa, en ocasiones mientras sostiene algún objeto que ha “pescado” casualmente al pasar o que le han colocado en una de ellas. En algún momento, casi sin proponérselo acierta a introducirse dedos en la boca, o con ella atrapa algún dedo y lo succiona... A medida que progresa la coordinación óculo-manual el bebé explora su cuerpo y los objetos cercanos observando y palpando. Con cada mano explora la otra al mismo tiempo que las explora también con los ojos y la boca. Ésta a su vez es explorada por las manos, que asimismo tocan, palpan y exploran otros segmentos del cuerpo: tocan, palpan, arañan, exploran, repasan, la cara, las

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orejas, el tronco... Las manos entran también en contacto con los objetos que circundan al niño, a veces casualmente a veces porque el niño los ve y extiende sus brazos y sus manos hacia ellos tratando de alcanzarlos. Tocándolos, palpándolos, descubre sus cualidades -duro, blando, liso, rugoso, frío, caliente, agradable, que lastima- y las sensaciones que le producen, la distancia a los mismos, mientras con su mirada sigue sus desplazamientos... Cuando consigue alcanzar un objeto, lo habitual es que lo lleve también a la boca, ya que ésta hace las veces de órgano de prensión y exploración.

Este cúmulo de experiencias repetidas una y otra vez, con resultados diversos y mayor o menor éxito en sus tentativas, produce un gran enriquecimiento de las conexiones que el bebé establece entre distintas partes de su propio cuerpo y con el mundo circundante. Esta etapa conduce a un conocimiento funcional de la mano y el brazo y a un desarrollo progresivo de las funciones de prensión y manipulación. Estas funciones siguen también un proceso de evolución y perfeccionamiento que van enriqueciendo los representantes corticales y el esquema corporal. Si al comienzo el bebé podía coger y retener en una mano un objeto en forma más o menos casual, hasta que en algún momento lo “perdía”, luego va siendo ya capaz de coger el objeto con ambas manos, primer paso hacia la posibilidad de manipularlo, observarlo y explorarlo voluntariamente. Con todo esto la habilidad manual va progresando y las manos, primero simétricas en su función, comienzan a diferenciarse para ir convirtiéndose en complementarias.

Este proceso continúo de experiencias y gradual asimilación de las mismas desemboca en la integración en el esquema corporal de las extremidades superiores y las funciones prensora y manipulativa en forma cada vez más elaborada, diferenciada y precisa.

Todas estas experiencias conducen paralelamente a que el niño vaya conociendo los objetos de su entorno, los reconozca en sus distintas posiciones en el espacio, en sus tamaños en relación a las partes de su cuerpo y se dé cuenta de las distancias en relación a sí mismo. El conjunto estimula la evolución de los procesos de reconocimiento de sí mismo como individuo separado con una identidad incipiente.

Tiempo más tarde, alrededor de los 6 meses, cuando la función de prensión y manipulación ha progresado mucho, el bebé “descubre” sus pies. En ese momento es ya capaz de sentarse, lo que facilita a la vez su percepción y exploración de la mitad inferior de su cuerpo. Entonces el bebé

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se concentra en explorar, manipular y chupar sus pies, como unas “nuevas manos” que le producen sensaciones, que gradualmente reconoce como parte de sí mismo y progresivamente “anexa” a su esquema corporal. El reconocimiento de cada segmento del cuerpo promueve y estimula la maduración de sus funciones, y a su vez el progreso funcional y madurativo permite experiencias más ricas y más complejas que enriquecen el esquema corporal y que cierran el círculo evolutivo. Así pues, la maduración neurológica y el desarrollo de funciones de brazos y manos se producen meses antes que la maduración neurológica y el desarrollo de funciones de piernas y pies, por tanto hay un espacio de tiempo -varios meses- entre la integración de unos y otros en el esquema corporal. También las funciones de brazos y manos -prensión y manipulación- se diferencian bien de las funciones de piernas y pies -bipedestación y marcha. Todo esto facilita la integración de estas funciones y experiencias en forma bien diferenciada en el esquema corporal, y son una buena base vivencial para diferenciar las posiciones en el espacio. En otras palabras, esto facilita la diferenciación entre “arriba y abajo” del cuerpo y del espacio. Lo mismo sucede con otros segmentos del cuerpo también bien diferenciados funcionalmente: cabeza, tronco...

En cambio no sucede lo mismo con las dos extremidades superiores o las dos inferiores entre sí y por tanto con lo que será la diferenciación derecha- izquierda. Las dos extremidades superiores tienen al comienzo de la manipulación y la prensión -hacia los 4 ó 5 meses- una función similar, simétrica y poco diferenciada y son integradas al mismo tiempo en el esquema corporal. Es solamente más tarde que la función manipulativa de cada mano comienza a diferenciarse y a desarrollar capacidades complementarias entre ellas. Lo mismo sucede con las extremidades inferiores: su integración en el esquema corporal se realiza simultáneamente y con funciones prácticamente simétricas al principio. A mi entender, todo esto explica que el niño tenga mayor facilidad para la diferenciación “arriba-abajo” que para la diferenciación “derecha-izquierda”, la cual se logra mucho más tarde y suele establecerse con mayores dificultades e inseguridad aún dentro de la evolución normal. Creo que la relación con el aprendizaje de la lectura y la escritura resulta clara, ya que explica el hecho de que los niños disléxicos que invierten las letras o las palabras, lo hagan mucho más frecuentemente sobre la horizontal, escribiéndolas como su imagen en el espejo, que sobre la vertical, dibujándolas como su reflejo en el agua.

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aprendizaje de la lecto-escritura, las experiencias que el niño integra en relación a su cuerpo, como veremos, son experiencias fundamentales para los aprendizajes relacionados con la orientación en el tiempo, la noción de tamaño, volumen, cantidad, número, por tanto con las matemáticas, la geometría, la física y los símbolos en general.

Para que estos procesos descritos se produzcan son fundamentales los estímulos que aporta el entorno del niño, especialmente los que se originan en la interacción con su madre y padre durante las funciones de jugar con él y de cuidarlo. Estos estímulos del entorno son básicos para motivar al niño a relacionarse e investigar ese mismo entorno y su propio cuerpo. Así irá construyendo una imagen mental de su propio cuerpo, una representación funcional, postural y dinámica en la corteza cerebral y también la integración de su imagen en la mente, que evolucionará a lo largo de toda la vida. Esta

imagen de nuestro cuerpo en la mente va asociada a la conciencia de uno mismo y forma parte de nuestro sentimiento de identidad.

LA LLAMADA FUNCIÓN MATERNA QUE TAMBIÉN