Ya nos hemos referido a la manera en que se va formando una determinada modalidad de aprendizaje, o molde relacional. Sabemos que surge de las primeras vivencias de intercambio con la mamá o cuidadores, y que se mantiene como estructura por el resto de la vida, aunque pudiendo enriquecerse y modificarse en algunos aspectos. Podríamos decir que cada uno tiene una particular manera de acercarse a los objetos a conocer, que
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conforma un molde o esquema de operación que se va repitiendo en las distintas situaciones de aprendizaje.
Si la experiencia fue gratificante, estimulante y placentera, seguramente el niño obtendrá placer en conocer, y su paso por la escuela no presentará mayores dificultades, más aún, podrá convertirse en una vivencia enriquecedora para su constitución subjetiva. Pero cuando este juego recíproco, y continuo entre enseñante y aprendiente queda impedido por obstáculos como los que hemos ido señalando, aparecen diferentes formas de inhibición en el aprender. Estas modalidades patológicas o perturbadas surgen siempre como una consecuencia de dificultades en el vínculo, donde la mamá (o cuidadora) se ha visto limitada en su capacidad de traducir y comprender las señales que su hijo le ha tratado de transmitir. Por ello se generaliza una situación que el niño resuelve como puede: sometiéndose, rebelándose o ignorándola. De ahí el “no puedo, no soy capaz, no me da la cabeza”; o en otros casos planteando la rebeldía como modalidad: “no me interesa”; o directamente se paraliza y comienza a funcionar como un niño con inhibiciones.
En “Pasajeros a Bordo”, y siguiendo el pensamiento de A. Fernández hemos señalado que “partiendo de los conceptos de asimilación y
acomodación es posible reconocer tres modalidades de aprendizaje que podríamos llamar perturbadas o patológicas. Recordemos que los movimientos de asimilación son los que resultan de la transformación necesaria del objeto a conocer, a fin de hacerlo “asimilable”, asemejarlo a nuestros esquemas para poder incorporarlo. La acomodación en cambio implica la modificación de nuestros propios esquemas, la necesidad de que nosotros mismos nos transformemos para recibir el objeto nuevo a conocer. El equilibrio entre estos dos movimientos dará como resultado un aprendizaje saludable. La preeminencia de uno sobre otro, en cambio, traerá como consecuencia distintos tipos de dificultades en el aprender.
Una de ellas se refiere a la situación en la que el niño no puede
apropiarse del objeto porque éste se le presenta como una verdadero “atracón” de cosas incomprensible para él, que de ninguna manera puede asimilar, salvo que se someta al mismo. En este caso, el adulto, el enseñante es autoritario y no permite la autonomía del niño, ni lo reconoce como capaz de encontrar las propias significaciones. Es la situación en la que la única respuesta aceptada es la mera repetición.
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Aquí predomina el proceso de acomodación y no hay posibilidades de que el niño manipule, juegue y transforme el objeto de conocimiento para asimilarlo: solo debe aceptarlo como es y someterse. Es el caso en que el enseñante, (mamá, cuidador, maestro), actúa a partir de sus propias necesidades, ignorando al niño como sujeto que tiene sus propios ritmos, intereses, deseos… Este se somete "tragándose" todo sin poder discriminar lo que le gusta de lo que no le gusta, lo importante de lo irrelevante, memoriza o mecaniza, pero no aprende, (Taborda, 2008. p.
56). Paín hablará, en este caso, de una “hiperacomodación-
hipoasimilación” y Fernández lo grafica de la siguiente manera:
Otra modalidad patológica es aquella en la que, al contrario de la
anterior, y como consecuencia de la misma circunstancia (esto es: un objeto incomprensible), el niño se rebela y decide modificar tanto esa realidad, que tampoco puede conectarse con ella. Aquí lo que predomina es el proceso de asimilación en desmedro de la acomodación. La asimilación, que en un proceso normal permite la necesaria transformación del objeto de conocimiento a fin de hacerlo “asimilable” a los propios esquemas, adquiere un carácter exagerado y llega al punto de que los aspectos subjetivos, personales, priman sobre los objetivos, propios de la realidad, y terminan quitándole al objeto sus características esenciales, transformándolo y deformándolo de tal manera que se torna irreconocible. Las significaciones serán únicas y privativas de cada niño, y generalmente solo por la intervención de un profesional se podrán desentrañar los verdaderos sentidos de las mismas. (Fernández, op. cit. Pág. 56,b). En este caso la gráfica sería la
siguiente, donde el sujeto predomina sobre el objeto a conocer, es decir el proceso de asimilación se sobredimensiona sobre el de acomodación. Es, en palabras de Paín una “hiperasimilación – hipoacomodación”.
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Una tercera situación está dada por la inmovilidad o rigidez de ambos
procesos, lo que Sara Paín llama: hipo-asimilación, acompañado de una hipo-acomodación. En este caso se produce una especie de parálisis, y el niño pierde todo interés por el acercamiento al objeto de aprendizaje: no se somete, ni se opone a él, directamente lo ignora.
(Fernández, op. cit. p. 56,b):
Sólo cuando hay un equilibrio entre los dos procesos, con preeminencias moderadas y alternantes entre una y otra, podremos decir que estamos ante una experiencia saludable de aprendizaje donde en algunos momentos podrá prevalecer la acomodación y otras la asimilación. Las dificultades se presentan cuando cualquiera de las situaciones anteriores se cronifican. La gráfica de Fernández (op. cit.,b) pretende dar muestras de ese movimiento continuo cuando la experiencia de aprender se puede calificar como un proceso saludable:
Pero si miramos desde el lado del docente, podemos observar que también la modalidad de enseñanza de cada persona se va construyendo a lo largo de la vida, a partir de sus propias experiencias de aprendizaje. Por eso, cuando se pretende modificar la modalidad de enseñanza, será necesario volver sobre aquella modalidad de aprendizaje, y resignificarla. Resignificarla a partir de atender a las características de la misma, desentrañando su sentido, y de ese modo posicionarse en un lugar diferente.
Algunas de las modalidades de enseñanza a las que hace referencia Fernández (2000b) tienen que ver con la manera en que el enseñante muestra, presenta, entrega, el conocimiento. Algunas veces el poseer el saber
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es considerado como tener un poder, y más que entregarlo a otros es usado para mantener un lugar de privilegio, fuerza o mando.
Es frecuente encontrarnos con situaciones francamente patologizantes que provienen del medio educativo, y que provocan fracasos escolares como respuesta. Éstas suelen producir un nivel de sufrimiento que pueden llegar a instalar perturbaciones en el aprender que de otro modo no hubieran aparecido. Docentes que no dejan pensar a los alumnos, que se muestran dueños del saber-poder y que no pueden permitir la apropiación del conocimiento por parte del otro, así como el uso de la desmentida y el ocultamiento como modo de mantener el dominio sobre los estudiantes, son situaciones que se observan con bastante insistencia en los medios educativos. Sin embargo, es necesario señalar que los problemas que surgen como reacción al sistema escolar provocarán proporcionalmente menos daño en tanto aparecen más tardíamente en la experiencia del niño.
El docente especial
En general los autores coinciden en que fue el Dr. Itard el primer educador especial, en tanto se propuso rescatar mediante la re-educación, a un joven, a quien llamó Víctor, encontrado en estado salvaje en los bosques de L’Aveyron, Francia. Víctor, sometido a los más rigurosos métodos positivistas que imperaban en la época, no logra prácticamente progresos, pero adquiere sus primeras palabras a partir de los pueriles juegos con su gobernanta, situación que provocó honda frustración al Dr. Itard.
No es difícil darse cuenta que algo más que una transmisión de conocimientos se juega entre el que enseña y el que aprende. Y los profesores o maestros en educación especial de esto saben, y muchas veces no saben qué hacer con ello. Las excesivas demandas de los padres, y los requerimientos de la institución sobre su rol docente, lo colocan en un lugar que se debate entre lo terapéutico y lo pedagógico. Los padres no sólo le solicitan que capacite a su hijo, sino también que lo humanice, que lo convierta en alguien, en alguien que aplaque su propia angustia y frustración. Los niños muchas veces deben ser cuidados más allá de lo exclusivamente escolar: es un rol maternante, atendiendo a las necesidades personales, de higiene, alimentación, y en algunos casos deben encontrarse en condiciones de actuar con rapidez ante posibles convulsiones u otras situaciones
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accidentales o de crisis a las que estos niños se encuentran más expuestos. Y finalmente, la institución educativa se presenta como una presión más, exigiendo rendimiento, planificaciones, y resultados. Se complica entre el cruce de demandas contradictorias y la insuficiencia de los métodos. Pero como si esto no fuera suficiente, la sociedad entera agrega las suyas propias. Se les exige un supuesto saber, del cual ellos se saben carentes. El peligro es que a veces se sienten tentados a responder desde su propia experiencia, y lo hacen.
En función de tales demandas a veces se responde con la actitud de omnipotencia, en un verdadero “furor docendi” cuya consecuencia fatal es la impotencia y la depresión.
Desde una postura menos triunfalista será importante cuidar de no reforzar las estereotipias, e ir dejando lugar a la curiosidad. Los problemas pre-definidos o la adopción de actitudes pre-fijadas, no dejan espacio a la creatividad y suelen ser una tentación frecuente de los educadores, cansados ante los mínimos avances de sus alumnos. Cuando aquellos se refugian en este aspecto imperativo de la enseñanza, dando respuestas que no dejan lugar a la propia capacidad resolutiva les están diciendo a los estudiantes que no se espera nada de ellos, están inhabilitándolos nuevamente...