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BARRABÁS Y LOS DOS LADRONES

In document Desde la Cruz, FULTON SHEEN (página 120-127)

Vivimos en una época de revoluciones, pero el problema reside en saber qué clase de revoluciones adoptaremos nosotros. Como en todas las épocas semejantes, tenemos nuestras consignas y, entre tantas otras, la palabra «libertad». Puede decirse que lo mismo que hablamos, sobre todo, de salud cuando estamos enfermos, hablamos de libertad cuando estamos en mayor peligro de perderla. ¿Cuándo es libre el hombre? ¿Cuándo no tiene freno ni ley o cuándo reconoce el fin para el que ha sido creado? Para responder a estas preguntas volvámonos hacia la eterna tragedia de la Cruz.

Una cárcel lo mismo puede encerrar al inocente que al culpable. Bajo el dominio del invasor es posible que haya, tras los cerrojos, menos culpables que inocentes. Sin prejuzgar la moralidad de los presos, la sombría prisión de bajo techo en los subterráneos de la fortaleza de Pilato custodiaba muchas almas cautivas. Tres de ellas retienen nuestra atención. Un nombre nos es conocido: el de Barrabás. Ignoramos el de los otros dos. La tradición los llama Dimas y Gestas.

Cuando amaneció aquella mañana, cada uno de ellos tenía la esperanza de ser puesto en libertad, porque en el día de la Pascua era costumbre que el gobernador devolviera un preso al pueblo. De esta manera, con la libertad de un cautivo se conmemoraba la liberación de Israel, salido de Egipto.

Pilato sabía que estaba obligado a libertar a alguno. El problema se hizo urgente cuando Herodes le devolvió a Nuestro Señor. El, a su vez, reunió a los Príncipes de los Sacerdotes, a los ancianos y al pueblo y les dijo: «Me habéis traído a este hombre como alborotador del pueblo y, habiéndole interrogado yo ante vosotros, no hallé en él delito alguno de los que alegáis contra él. Y ni aun Herodes, pues nos lo ha vuelto a enviar. Nada, pues ha hecho digno de muerte» (Lc 23, 14-15).

Pilato tenía a Cristo en sus manos. ¿Cómo desembarazarse de él? Su imaginación saltó hasta la cárcel. Desde el punto de vista político tuvo una idea magnífica, pero débil y moralmente corrompida. Permitiría al pueblo votar para elegir el preso que liberaría. Sin duda, Pilato deseaba asegurar la libertad de Cristo y por eso escogió a Barrabás de entre los tres hombres de quienes hemos hablado.

Barrabás era bien conocido. Era un «notable», inverosímilmente, como su nombre indica, el hijo de un rabino (Mt 27, 16). San Juan nos dice que era ladrón (Jn 18, 40). Había sido detenido en una sedición y por asesinato cometido en esa ocasión (Lc 23, 19).

Según nuestro lenguaje, era un «revolucionario». Cuando se recuerda que Israel estaba sometido a los romanos, es preciso interpretar este término como «patriota» o miembro de la «resistencia» clandestina. Quería rechazar el yugo de la tiranía política. Toda la nación gemía en espera de un libertador. Por eso se le pregunta a Cristo: «¿Eres Tú el que viene o hemos de esperar a otro?» (Mt 11, 3). Desde hacía dos siglos Israel no tenía ya un Judas Macabeo para ponerse al frente de una revuelta contra el César. Barrabás se adelantó para llenar este cometido; en su entusiasmo por la libertad de su pueblo había cometido un homicidio y, lo que era más grave a los ojos de Pilato, era un sedicioso.

Pilato intentó mezclar las cosas escogiendo un preso sobre quien pesaba exactamente la misma acusación que sobre Cristo, es decir, haber promovido la sedición contra César. Después de algunos minutos, dos hombres estaban ante la multitud, en pie sobre el presuntuoso pavimento de mármol blanco del Pretorio. Pilato está sentado sobre una plataforma elevada, rodeado de la guardia imperial. A un lado, Barrabás, guiñando los ojos al sol que no ha visto desde hacía meses. Al otro lado está Cristo.

He aquí dos hombres acusados de revolución. Barrabás ha apelado a los agravios nacionales; Cristo a la conciencia. Barrabás quería hacer caer las cadenas sin tener en cuenta al pecado. Nuestro Señor quería librar al hombre del pecado, y las cadenas dejarían de existir. Suenan las trompetas. Ha vuelto el orden. Pilato avanza y se dirige al populacho: «¿A quién queréis que os suelte: a Barrabás o a Jesús, el llamado Cristo?» (Mt 37, 17).

La pregunta de Pilato tenía todo el aspecto de una libre elección en una democracia, pero no era más que falsa apariencia. Ponderad esta pregunta. Considerad en primer lugar a qué gentes se dirige; luego, la pregunta misma. El pueblo no se inclinaba a entregar a la muerte a Nuestro

Señor (Mt, 37, 30). Por esto unos demagogos «suscitaron la agitación entre el pueblo y persuadieron a la muchedumbre a que pidieran a Barrabás». Siempre existe una masa indiferente, incapaz de reflexión, a merced de esta especie de elocuencia que se llama «la prostituida de las artes». El pueblo puede ser descarriado por malos pastores; los mismos que gritan el «¡Hosanna!» el domingo son capaces de gritar el viernes «¡Crucifícalo!»

En esto se manifiesta el grave peligro que corre la democracia, pues lo que le acaeció a este pueblo se repite en la historia: el Pueblo degenera y se convierte en masa.

¿Cuál es la diferencia? Cuando decimos pueblo, hablamos de personas que se deciden por sí mismas, que se gobiernan por su conciencia, determinadas por una intención moral y que mantienen el derecho frente a la demagogia. Cuando decimos masa, hablamos de esas gentes que no se gobiernan interiormente por su conciencia, cuyo pensamiento está determinado desde fuera por algunos jefes irresponsables, que son accesibles al contagio mental de la propaganda y que tienen, en consecuencia, una aptitud sicológica a la esclavitud.

En la mañana del Viernes Santo, bajo la influencia de los pro- pagandistas, el pueblo se hizo masa. Una democracia dotada de conciencia se convierte en turbocracia7 dotada de poder. Cuando una democracia

pierde el sentido moral, es capaz de votar el fin de la misma democracia. Cunando Pilato pregunta: «¡A quien queréis que os suelte?» (Mt, 27, 17) no presidía una justa elección democrática. Admitía que votar significa el derecho de elegir entre el inocente y el culpable, entre el bien y el mal, el justo y el injusto.

Esto es falso. La verdadera democracia no vota nunca por el inocente o el culpable. El tribunal de Pilato, como el de Herodes, había declarado inocente a Nuestro Señor. Toda democracia se funda sobre un absoluto teológico y sobre relatividades económicas y políticas. Para gloria eterna de la democracia americana, cuando vamos a las urnas no se trata de votar por un régimen de justicia o un régimen de injusticia; votamos más bien por los medios relativamente buenos de alcanzar un fin relativamente bueno en sí. Nuestra democracia admite que existe un absoluto sobre el cual no votamos. Ciertas verdades jamás se discuten, por ejemplo: «Todos los hombres reciben de su Creador ciertos derechos inalienables». Somos capaces de votar porque jamás ponemos en tela de juicio ni este ni otros semejantes. Esto es lo que constituye la grandeza de América.

De Tocqueville creyó, al principio, que América no sobreviviría por sus conflictos de grupos, clases y puntos de vista. Descubrió más tarde que bajo todo eso existía una tradición común, una común herencia, una fe común que nadie ponía jamás en duda.

Una de las razone» de la desintegración de las democracias europeas es porque carecían de este fondo común de absolutos. El áspero racionalismo de Voltaire, el humanitarismo sentimental de Rousseau, bastante fuertes para fomentar una sublevación en masa, no lo eran bastante para crear una fe. En América, además de un sistema político, tenemos una fe política. Por eso nuestros partidos políticos no han tenido jamás un espíritu partisano. El partido contrarío no va al exilio. El partido de mayoría se constituye en guardián de los derechos de la minoría. Los partidos pueden diferir en cuestiones políticas, porque están de acuerdo en las grandes ideas.

Unidad en la necesario, Libertad en lo opinable, Y en todo, caridad

A la pregunto de Pilato, la masa respondió tumultuosamente: «¡Suéltanos a Barrabás!» ¡Pilato apenas podía creer lo que oía! ¡Y Barrabás tampoco lo creía! ¿Sería libre? Cayó en la cuenta, por vez primera, que podría continuar el movimiento revolucionario. Volvió hacia el Nazareno su rostro engreído y ardoroso. Quería medir a su rival de pies a cabeza, pero no se atrevió a levantar la mirada. Se hubiera dicho que en los ojos que leían en su alma había piedad para él porque era libre.

«Pero todos a una comenzaron a gritar diciendo: Quítale y suéltanos a Barrabás» (Lc 23, 18). «Pilato les preguntó diciendo: ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?» (Mc 15. 12). Quería librar a Jesús» (Lc 23, 20). «Pero ellos gritaban diciendo: crucifícale, crucifícale» (Lc 23, 21).

«Por tercera vez les dijo: ¿Qué mal ha hecho? Yo no encuentro en El nada digno de muerte; le corregiré y le soltaré. Pero ellos a grandes voces instaban pidiendo que fuese crucificado, y sus voces prevalecieron. Decidió, pues, Pilato acceder a su petición. Soltó al que por motín y homicidio había sido puesto en la cárcel, según le pedían, y entregó a Jesús a la voluntad de ellos» (Lc 23, 22-26).

La mayoría no tiene siempre la razón. La mayoría tiene la razón en el orden de lo relativo, pero no en lo absoluto. La mayoría es un test legítimo

mientras el voto se basa en la conciencia y no en la propaganda electoral. La verdad no gana la victoria cuando los números, en cuanto números, obtienen la decisión. Los números sólo pueden elegir a una reina de belleza, pero no a la justicia. La belleza es cuestión de gustos; pero la justicia queda fuera de ellos. El derecho permanece derecho, incluso si la persona no respeta el derecho, y el mal permanece mal, aunque todo el mundo lo haga. La primera votación en la historia del cristianismo fue a favor del mal.

Barrabás quedó estupefacto de un resultado que superaba sus más ardientes esperanzas. Había combatido por la libertad política. Había suministrado los nombres de algunos Quislings8, había saboteado obras

romanas, había organizado algunas partidas de patriotas; su arresto le había valido algún prestigio, porque la detención realza el prestigio de los revolucionarios. Pero todo esto no era nada comparado con los gritos que le saludaban como a un jefe, como a un héroe. No era ya un fuera de la ley, sino un hombre libre —eso entrañaba la muerte de Cristo—, ¡lo cual no era nada!

¡Barrabás era libre! Gozaba de cuatro libertades:

1.ª, libertad que le rescataba de la crueldad: nada de cárceles romanas;

2.ª, libertad que le rescataba de la necesidad: nada de agua y pan negro;

3.ª, libertad de palabra: podía de nuevo preconizar la revolución; 4.ª, libertad de religión: podía, si quería, hablar contra ella.

La libertad para él significaba la liberación de cualquier cosa: era una libertad sin contenido, tan incolora como el agua, cuando creía que sería roja como el vino. Se dio cuenta que después del voto ninguno le seguía. Fue la elección más extraña de la historia del mundo: ningún cortejo de antorchas para el vencedor, nadie le llevó en hombros, la multitud no le acompañó con vivas, sino que todos seguían al candidato vencido. Para tener a la multitud consigo tuvo que seguirla; a esta multitud que seguía a Cristo. Sin darse cuenta bajó al sótano de la fortaleza de Pilato, donde asistió a la flagelación del candidato vencido. Después lo siguió hasta lo alto del Calvario: era para Barrabás el único medio de que lo siguieran.

8 Un quisling es una persona que colabora con la fuerza ocupante enemiga de un

país. La palabra proviene del líder noruego Vidun Quisling, que gobernó en Noruega un régimen colaboracionista nazi durante la Segunda Guerra Mundial. (N. del E.)

Vio que sus dos compañeros de cárcel estaban también allí. No habían tenido la fortuna de ser designados para la elección. Debían ser crucificados a uno y otro lado de Nuestro Señor. Dimas a su derecha y Gestas a su izquierda.

Cuando, al fin, se levantaron las tres cruces bajo el cielo tenebroso, Barrabás oyó blasfemar a Gestas, jurar y pedir que se le bajara. Oyó a Dimas pedir que se le subiera: «Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» (Lc 23, 42). A este ruego respondió la promesa divina: «En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23, 43).

¿Qué libertad, pues, era ésta, con la que se contentaba Dimas? ¿Puede decirse que, clavado en una cruz, se sea aún libre? El que está atado a este árbol central, ¿puede dar la libertad, puede ser su guardián, su salvador? Barrabás vio que la libertad que buscaba el ladrón no era la liberación de algo, sino que la única verdadera libertad es ser libre para algo. Ahora ve que la libertad no es un fin, sino un medio. La libertad existe para hacer algo que valga la pena.

1.º ¿Para qué sirve ser liberado del temor, si no existe nadie a quien amar?

2.º ¿A qué conduce ser liberado de la necesidad si no hay una justicia a quien servir?

3.º ¿Para qué sirve la libertad de expresión, si no hay una verdad que defender?

4.º ¿A qué conduce la libertad de religión, si no hay un Dios a quien adorar?

Barrabás lo habría dado todo por ser Dimas. Dimas era libre y él no lo era. Sólo el amor clavado en la cruz es libre: el amor que no lo es puede imponerse con violencia y, como consecuencia, destruir la libertad.

¡Escuchad, revolucionarios! No sigáis a Barrabás, el revolucionario que para transformar al hombre quiere transformar la sociedad; seguid más bien a Cristo, el revolucionario que para transformar la sociedad quiere transformar al hombre.

Creed en la violencia, sí, pero no en la violencia que saca la espada contra un vecino, una clase, una raza, un color; creed en la violencia que saca la espada contra sí mismo para suprimir la lujuria, la envidia, la avaricia y el odio. ¡Atended, vosotros que creéis en la violencia! Sed violentos, no contra vuestros semejantes, sino contra el egoísmo, porque

«el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan» (Mt 11, 12).

¡Aprended, charlatanes que habláis de libertad en una tierra libre, que la única verdadera libertad que hay en el mundo es la libertad de ser santo!

Capítulo VII

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