El sexto grupo irreligioso es el de los entusiastas del sensacionalismo, según los cuales la religión debe contener siempre algo de melodrama; juzgan la más según sus sentimientos que según su espíritu y su voluntad; la religión les proporciona más escalofrío que santificación; les permite más bien sentirse virtuosos que serlo; es una nota estridente más que una dulce y apacible nota menor.
Acusan a la Iglesia de no hacer nada, porque no hace nada sensacional; dicen «nada ponen los periódicos», porque no encuentran discursos de agitadores, misteriosos asesinatos, escándalos en la alta sociedad o catástrofes ferroviarias.
Si anunciase yo que el próximo domingo hablaría en la televisión cabeza abajo para simbolizar que el mundo va de cabeza, y si, en esta crisis de modernismo, calificara esta postura de «yámbica-ditirámbica», tendría en el estudio la mayor parte de los reporters de los periódicos de Nueva York. Se leería en grandes titulares: «Chocante y nuevo simbolismo, Mons. Sheen hace el puntal». Mi auditorio aumentaría en un ciento por ciento; pero si anunciase que en la tarde del Viernes Santo predicaría acerca de la Cruz, bien pocos me escucharían.
Nada hay mejor calculado para crearse un nombre de espíritu moderno en la religión que hacer el idiota «posando para la galería» y hacer de la salvación un melodrama.
Los entusiastas de lo sensacional estaban representados a pie de la cruz por los soldados romanos, de quienes escribe San Lucas: «Los soldados también le escarnecían y se acercaban a Él ofreciéndole vinagre y diciendo: si eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo» (Lc, 23, 36-37). Estos hombres no eran judíos ni ciudadanos de Israel, la nación vencida; eran orgullosos legionarios que militaban bajo las águilas romanas de fuerte graznido. ¿Por qué, pues, le llaman por burla rey de los judíos? Por-
que, según la mente del paganismo, consideraban a todos los dioses como divinidades nacionales. Babilonia tenía su dios; los medos y los persas tenían los suyos; los griegos, también; los romanos, otro tanto. Esto implicaba el que, de todos esos dioses nacionales, ninguno parecía más pobre y endeble que este Dios de Israel, que no podía bajar de una cruz, para salvarse.
Su burla se asemejaba a esta que oímos hoy día: «Alemania ruega a Dios, América ruega a Dios, Inglaterra ruega a Dios. ¿En qué bando se encuentra Dios?»16. La idea es que Dios debe ser necesariamente una
divinidad geográfica, reservada para un pueblo, raza o nación.
Naturalmente, la respuesta a esta provocación es que, si nosotros rezamos como debemos, pertenecemos todos al mismo bando, ya que la perfecta plegaria es: «Hágase tu voluntad». El solo hecho de hacer una pregunta de tal género pone de manifiesto que no comprendemos que Dios es el Padre de todos. Mucha gente se atormenta por saber si Dios está en nuestro bando y no se inquietan lo más mínimo por saber si nosotros estamos en el de Dios.
Pero en esta burla hay algo todavía más significativo. Estos hombres buscaban lo sensacional; esperaban algo melodramático en la religión, algo tan espectacular como sería ver romper las cadenas y cambiarse la cruz en un trono.
A sus ojos, Dios, para complacer su gusto por lo sensacional, no se podía justificar más que con una acrobacia o con una excentricidad. Querían una vida de Cristo a lo Hollywood, con escenas de amor entre Judas y la Magdalena.
Por eso le pidieron que bajara de la cruz. Querían un incidente que, realizándose ante sus ojos, les hiciera exclamar: «¡Ah!», más que algo que, iluminando su espíritu con la gracia de Dios, les hiciera decir: «Creo».
A través de los siglos hubo grupos que menospreciaron esta discreta reserva que tiene la religión. En el Antiguo Testamento, Naamán fue al encuentro del profeta Elíseo para que le curara de la lepra. Esperaba una curación espectacular. Pero el hombre de Dios le dijo: «Ve a lavarte al Jordán». Naaman, despechado por un consejo tan simple, tan banal, le dio la espalda y se marchó furioso.
Satanás también cree en lo sensacional. Una de las tentaciones en el desierto fue sugerir a Cristo que se arrojara desde lo alto del pináculo del
16 Estas palabras fueron pronunciadas en 1944, en el curso de la Segunda Guerra
Templo, para que los ángeles le llevaran, por miedo de que su pie rozara contra las piedras.
Y ahora los aburridos que están al pie de la Cruz, impulsados por un sádico instinto, hacen la misma petición: Baja con capullos de rosas en lugar de las llagas, con una guirnalda en lugar de una corona de espinas y con la fuerza en vez del sacrificio.
Y en supuesto que hubiera bajado de la cruz sin heridas, ¿qué hubieran creído los oradores de lo sensacional? Sin duda, hubieran hecho venir a un profesor de Atenas para demostrar que todo aquello no era más que ilusión.
Mientras los soldados reclamaban una cosa tan espectacular como el ver que el rey de los judíos rompía sus cadenas, Nuestro Señor pronunció una palabra muy sencilla, una palabra que significa: «El drama ha terminado». Palabra que expresaba un sosegado triunfo: «Todo está acabado».
Para los soldados esto tuvo que ser tan increíble como lo sería para ti el llegar una tarde al teatro, hacia las ocho treinta, y cuando al preguntar: «¿Se va a levantar pronto el telón?», escucharas: «Demasiado tarde. La obra ha terminado. Se ha bajado ya el telón. Habéis perdido el espectáculo. Ya terminó».
Si los amadores de lo sensacional no consiguen encontrar a Dios, es porque la religión no es nunca espectacular. Las vírgenes locas van a comprar aceite para sus lámparas y, cuando regresan, caen en la cuenta de que el Esposo ya ha entrado y la puerta está cerrada. No hay en esto ningún dramatismo.
Una humilde mujer llama a la puerta de una posada y el posadero le dice que no hay sitio. Entra en un establo y en él nace el Niño. Así fue la entrada de Dios en el mundo. Nada de dramatismo.
Un recaudador de impuestos está sentado a su mesa, contando dinero. Uno que pasa le dice: «Sígueme». Mateo llega a ser uno de los apóstoles. Ningún dramatismo hay en esto.
Tres criminales comunes a los ojos de la ley romana suben una colina llevando sus cruces. Nuestro Señor perdona a uno de ellos y le hace entrar en el paraíso. Ningún dramatismo.
Ciertamente, aquello era más bien aburrido. Los soldados, pues, juegan a los dados y echan sus vestidos a suerte. Mientras se realizaba la
inmensa tragedia de la redención, a un tiro de piedra, los soldados, sentados, estaban jugando.
¡Si reconociéramos, al menos, que toda la vida es un juego de azar! Algunos arrojan los dados por algo de tan poca monta como unos vestidos o la fortuna; otros se juegan una vida, y el envite es la salvación eterna.
Pero todo esto era muy poco dramático. Los soldados jugarían y perderían. Pero el Crucificado decía que su causa había ganado la partida: «Todo está terminado».
«Todo está terminado.» ¿Qué quería decir? En la Sagrada Escritura tres veces se emplea una expresión del mismo género. Al principio, en la mitad y al fin de la historia de la humanidad. Al principio, porque leemos en el Génesis: «Quedaron, pues, acabados el cielo y la tierra con todo su cortejo de seres» (Génesis 2, 1).
Al final de los tiempos oiremos resonar esta palabra a lo largo y a lo ancho del mundo: «Y salía del Santuario una gran voz que, viniendo del trono, decía: ‘Está hecho’». Entre estos dos extremos oímos a Nuestro Señor en la cruz, dividiendo la historia en dos mitades: la que le precedió y la que sigue a su venida, reunidas en El, cuando declara: «Todo está terminado».
El Verbo humillado, por quien fue creado el mundo, toma éste entre sus manos y lo entrega a su Padre diciendo: «El telón puede ahora levantarse sobre el reino del Espíritu. El mundo está preparado para el último acto».
Esta palabra, tan sencillamente pronunciada, nos manifiesta que Cristo no es solamente verdadero Dios, sino también verdadero hombre.
Primero le revela como Hijo de Dios. En cuanto Verbo eterno, volvía al Padre eterno diciendo que la redención del hombre estaba cumplida y que era llegada la hora de enviar el Espíritu Santo a las almas para hacerlas hijas de Dios. Lo que había sido tan maravillosamente creado podía ser ahora regenerado de un modo todavía más maravilloso.
Dios al principio vio que era buena su obra y se alegró. Ve ahora el Hijo que la obra es mejor todavía y su alegría estalla en un poema: «La obra está perfecta», pues «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rom. 5, 20). «Pues como por la desobediencia de uno muchos fueron los pecadores, así también por la obediencia de uno, muchos serán hechos justos» (Rom. 5, 19). El Padre dice a su Hijo durante toda la eternidad: «Tú eres mi Hijo, hoy yo te engendré». Ahora el Hijo dice a su Padre: «Tú eres mi Padre, hoy la obra que me encomendaste la he acabado».
Pero, además, este grito de victoria manifiesta su naturaleza humana. El pecador es ahora absuelto de su pecado, se paga el último cuadrante, la deuda se borra, se restaura la unión del hombre con Dios. Todas las deudas del hombre han sido pagadas, pues Cristo, siendo hombre, ha sufrido como tal.
Pero al ser Dios, su sufrimiento es de un valor infinito. «Porque, en verdad, Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo y no imputándole delitos, y puso en nuestras manos la palabra de reconciliación» (2 Cor. 5, 19). Ya desde ahora puede esperar que el Padre abra la tumba la mañana de Pascua, proclamando definitivamente que no es El quien está muerto, sino el pecado.
Esta palabra no fue el suspiro del dolor que encuentra un alivio; fue la palabra del artista divino al terminar la obra que su Padre le había encomendado, acabándola a la edad de treinta y tres años.
El perfeccionamiento de la creación por medio de la redención, la restauración del hombre caído a la dignidad de la adopción divina, resultó tanto menos espectacular cuanto que Cristo no acaba su obra con una autobiografía. No dijo: «He terminado», sino «Todo está acabado». Él no es el sujeto de la obra más grande que jamás se realizó en esta pobre tierra de pecado. El servidor de Yahvé no se nombra a sí mismo; habla del plan de Dios que ha realizado. No dice siquiera: «Gracias a Dios he triunfado» o «Se me recordará». Lo que termina la autobiografía del Hijo es lo impersonal, teniendo en cuenta que es más bien una biografía escrita por el Padre y el Espíritu Santo. Cristo Jesús no soportaría la idea de un libro titulado: «Mis tres años en Israel».
No es Jesús uno de esos «grandes hombres» de este mundo. En los grandes hombres anida siempre algo de espectacularidad. Como para justificar sus obras cierran su vida con un retumbante: «Yo soy». Los grandes hombres se exhiben a las miradas. El Crucificado se oculta. Es la señal de que es Dios al mismo tiempo que hombre.
¡Amantes de lo sensacional! La salvación no es sensacional. La fe no es emocional, la redención no es espectacular. Podéis, como los soldados, estar sentados a la sombra de la Cruz y no comprender su significación.
Para justificar vuestra repulsa de Dios podéis apoyaros sobre los escándalos. Es lo que hacen los soldados. Era un horrible escándalo el que Cristo, Hijo de Dios, colgara impotente de una cruz.
Reconoced que nadie hay menos sensacional que Dios, que declara acabada su obra con esta palabra sencilla y tranquila. Viene en la brisa y no
en el trueno. Buscad, pues, a Dios entre las gentes ordinarias. Puede que avancen a su encuentro a tientas, puede que hayan tenido la dicha de encontrarle, pues no está Dios lejos de nosotros: «porque en él vivimos, y nos movemos, y existimos» (Act. Ap. 17, 28).
¿Recordáis una noche en que se amortiguaron los ensordecedores ruidos del mundo y en la que contemplasteis una perspectiva nueva de aspiraciones espirituales? Comprendisteis que era la voz de Dios. Era una gracia actual. ¿Habéis experimentado alguna vez un remordimiento, una fuerte impresión, un disgusto por vuestros excesos, un deseo de paz interior? Era la voz de Dios.
Seáis o no creyentes, probad esta experiencia. A la primera ocasión que se os presente, entrad en una iglesia católica Para esto no es necesario creer, como nosotros los católicos, que Nuestro Señor está real y verdaderamente presente en el sagrario. Simplemente, quedaos allí sentados durante una hora y sentiréis una paz tan profunda como nunca la hayáis experimentado en vuestra vida.
Me preguntaréis, como un día me preguntó un buscador de lo sensacional, después de una noche de adoración en la Basílica del Sagrado Corazón de París: «¿Qué es lo que hay en esta iglesia?» Sin palabras, sin discusiones, sin exigencias acompañadas de truenos, seréis conscientes de algo ante lo cual tiembla vuestra alma: gustaréis el sentimiento de lo divino.
Dios penetra en el alma con paso silencioso. Dios viene a nuestro encuentro más que vosotros al suyo. Cada vez que le abrís un canal derrama un nuevo raudal de gracias. Todo sin espectacularidad, por la oración, por los sacramentos, ante el altar, en el servicio del prójimo por amor.
Nunca vendrá como vosotros esperáis y, sin embargo, nunca quedaréis decepcionados. Cuanto mayor sea vuestra respuesta a su apremiante llamada, más grande será vuestra libertad.
Demasiado tiempo habéis querido ser «vosotros mismos». ¿No creéis que hay alguna cosa mejor? ¿Qué diríais vosotros de vivir como «hijo de Dios»?