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DIRIGIDA A LOS PENSADORES

In document Desde la Cruz, FULTON SHEEN (página 177-182)

El problema más grande de la vida es la vida misma. Acordaos Qué

enigma era esto para Hamlet. ¿Cuál era el fin de la vida? ¡Deseaba, sí o no, continuar viviendo? Cuando muriera, ¿sería para él su fin? ¿O continuaría viviendo como en sueños? Si no había nada más allá de esta vida, era lo mismo apuñalarse. Pero si hay una vida más allá de ésta, es necesario inquietarnos en nuestra conciencia. Hamlet permanecía en la incertidumbre:

¡Ser o no ser; he aquí el problema! ¿Qué es más elevado para el espíritu: sufrir los dardos y golpes de la fortuna

o tomar las armas contra un piélago de calamidades y, haciéndolas frente, acabar con ellas? Morir... dormir. ¡No más! He aquí un término

ardientemente apetecible. Morir. Dormir.

¡Dormir! ¡Tal vez soñar! ¡Sí, allá está el obstáculo!

Porque es forzoso que nos detenga el considerar qué sueños pueden sobrevenir en aquel sueño de muerte

cuando nos hayamos librado del torbellino de la vida. He aquí lo que nos hace detener. Tal es la reflexión que hace de una larga vida una calamidad.

Porque, ¿quién aguantará los ultrajes y desdenes del mundo, la injusticia del opresor, las afrentas del soberbio,

las congojas del amor desairado, las tardanzas de la justicia, las insolencias del poder y las vejaciones

cuando uno mismo podría procurar su reposo

con un simple estilete? ¿Quién querría llevar

tan duras cargas, gemir y sudar bajo el peso de una vida afanosa, si no fuera por el

temor de un algo después de la muerte?

Esa ignorada región cuyos confines no vuelve a atravesar viajero alguno —temor que confunde nuestra voluntad y nos impulsa

a soportar aquellos males que nos afligen, antes que lanzarnos a otros que desconocemos

Así la conciencia hace de todos nosotros unos cobardes.

(HAMLET, acto III)

Pasemos ahora de la incertidumbre de Hamlet, acerca del sentido de la vida, a la séptima palabra que viene de la cruz, pronunciada con voz clara y fuerte, cuando el corazón de Cristo se quebranta en un arrebato de amor e, inclinando la cabeza, dice: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu».

Aquí ninguna duda, ningún problema para saber si se trata de un sueño o de una quimera y sí es necesario quitarse de en medio con la ayuda de un puñal. La certeza acerca del fin de la vida es absoluta. La vida es un retorno a Dios, que nos creó. Venimos de Dios, vamos a Dios.

La teoría de loa griegos afirmaba que, si movimiento perfecto consistía en el movimiento circular, porque el comienzo era, a su vez, el fin, y en cierto sentido, esta teoría era justa.

Dios, que es el principio de nuestra vida, también es el fin. Hemos salido de sus manos creadoras, y, como un planeta, cuando hemos recorrido toda la órbita de nuestra vida, retornamos hacia el que nos puso en nuestro camino,

La vida se parece al carbón, que en los tiempos prehistórica, en forma de árboles y de follaje, absorbió el fuego y la luz del sol, teniéndolos enterrados durante años en las entrañas de la tierra, para, finalmente, sacándolos a la luz, devolver al sol lo que de él había tomado.

He aquí que el Hijo de Dios, como el hijo pródigo, retorna a la casa del padre. Durante treinta y tres años ha estado en tierra extraña, «disipada su herencia», derrochando hasta la última gota de su sangre. «Ahora tú,

Padre, glorifícame cerca de Ti mismo, con la gloria que tuve cerca de Ti antes que el mundo existiera» (Jn 17, 5). «Yo te he glorificado sobre la tierra llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar» (Jn 17, 4). Podía ahora regresar a casa, «Padre, en tus manos entrego mi espíritu.»

Entre las gentes congregadas en torno a la cruz se encontraba un centurión, llamado así porque mandaba una centuria. Por lo general, el Evangelio habla con elogio de los centuriones, Este soldado estaba a menudo en contacto con la muerte.

En aquella ocasión concreta había mandado clavar a Nuestro Señor en la cruz; luego, sentado, había jugado sus vestidos a los dados y le había visto morir. Pero había algo especial en aquel hombre cosido a la cruz central.

Se había visto obligado, con frecuencia, a cortar la lengua de los crucificados para impedir sus blasfemias; pero Aquél perdonaba a los que le habían enviado a la muerte. A medida que se aproximaba el final, parecía recobrar fuerza, como si la muerte no viniera a su encuentro, sino que El fuera quien marchara al encuentro de ella. Ni siquiera moría en la cruz como los demás mueren en su lecho. En el mismo instante de la muerte habla con potente y clara voz, como si no le quitaran la vida, sino que la entregara El mismo. «Padre, en tus manos entrego mi espíritu.» Eran estas palabras no de muerte, sino de vida. Su muerte no era más que un alto en el camino, mientras iba prosiguiendo la marcha por la vida.

Esto le llevo al centurión a reflexionar. ¿Es que no somos más que animales que comen y duermen y que después se acuestan para morir y pudrirse, o hay algo más después de la muerte, un Dios en cuyas manos vamos a rendir cuentas? Apartó este pensamiento por un instante, pero despertó de nuevo, cuando la tierra tembló y los muertos, saliendo de sus tumbas, fueron por la ciudad.

Y continuó reflexionando sobre la vida y la muerte, mientras quebraba las piernas de los dos ladrones, pues no habían muerto aún. Llegado frente a la cruz central y cayendo en la cuenta de que Cristo estaba muerto, le clavó una lanza en el costado. Y brotó sangre y agua; el Avaro divino se había reservado unas gotas para demostrar que la muerte no es el fin de la vida.

Estas gotas, deslizándose a lo largo de la lanza, tocaron las manos del centurión, y cuenta la tradición que fue instantáneamente sanado de una enfermedad incurable. En todo caso, él glorifica a Dios diciendo:

«Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios» (Lc 23, 47; Mt. 27, 54; Mc 15, 39).

Un soldado había hallado la fe en el campo de batalla; un pensador había descubierto en medio de la muerte la respuesta al enigma de la vida. Esta vida no es el fin de todo. Este soldado llega a ser el representante de este séptimo y último grupo de los que toman contacto con la Cruz, es decir, los pensadores.

Este término se emplea en oposición a los intelectuales que se creen instruidos. Por pensadores entendemos aquí aquellos que se interesan por el fin último de la vida: ¿Por qué he nacido? ¿Por qué estoy aquí abajo? ¿Dónde voy? Los pensadores no son, necesariamente, gente instruida ni aquellos cuya vida se desliza en la meditación, sino más bien los que ante el espectáculo de la muerte reflexionan sobre su profundo sentido.

Se pregunta uno qué pensó Juan cuando vio penetrar aquella lanza en el costado de su Salvador. ¿Se acordó del incidente de la víspera, cuando Pedro se sirvió de una espada para cortar la oreja del criado del Sumo Sacerdote? Recordó también, sin duda, que el Señor dijo a Pedro: «Vuelve tu espada a su vaina, pues quien toma la espada a espada morirá» (Mt 26, 52).

¿Cómo, entonces, este centurión no perece por la espada? Es que parece decir Nuestro Señor: os permito que empleéis la espada contra Mí, pero no contra vuestro prójimo. Por eso dijo a los soldados: «Ya os dije que yo soy; si, pues, me buscáis a Mí, dejad ir a éstos» (Jn 18, 8).

Con Juan había allí una mujer, la madre de Santiago y Juan, a quienes Nuestro Señor había llamado «hijos del trueno». Retumba el trueno. La tierra tembló. Pero allí estaba un solo «hijo del trueno». ¿Dónde está Santiago? ¿Por qué está ausente?

Me pregunto sí esta buena madre recuerda el día que fue a encontrar a Nuestro Señor para decirle: «Di que estos dos hijos míos se sienten, uno, a tu derecha y, otro, a tu izquierda en tu reino» (Mt 20, 21). Así son todas las madres. Mueven lo indecible para que sus hijos se sitúen en buenos puestos. Y la madre de aquellos jóvenes no era una excepción. Quería asegurarse de que sus hijos se situarían dentro de las clases superiores de la sociedad.

Y el Maestro, ¿qué respondió? «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo tengo que beber?» (Mt 20, 22). ¡Solamente uno de ellos fue capaz! ¡Ah! ¡Es que el Reino de Dios se diferencia en mucho del reino de los hombres!

María Magdalena también estaba allí. ¡Pobre María! Se encontrará allí donde se derrame el bálsamo de la salvación. Lo ve sobre el suelo y advierte que algunas gotas se han deslizado sobre su hermosa cabellera. Como antes rompió el vaso derramándolo en casa de Simón, veía ahora a nuestro bendito Salvador hacer otro tanto. Había quebrado un gran vaso, cuando se entregó totalmente, y el perfume llenó esta mansión que es el mundo.

Finalmente estaba allí María, su madre. Para las madres, sus hijos nunca crecen; aun en su muerte, para ellas siempre son niños. Su alma vuelve al lejano pasado, a aquella noche en que comenzó la guerra, la guerra contra el mal. ¡Qué bien lo recordaba! A través de las grietas del techo de un establo, detrás de las alas de los ángeles, había visto una gran estrella que resplandecía en la noche. ¡Para ella era el estandarte del Pudre celestial cuyo Hijo marchaba a la guerra!

¡Madres del mundo entero, no creáis que esta Madre ignora lo que es tener un hijo en la guerra! ¡Recuerda la noche aquella, cuando partió El para la batalla, armado tan sólo de un cuerpo humano! Y la batalla comenzó. ¡Oh María! ¡Esto no es Belén! ¡Es el Calvario! A diferencia de las otras madres, tú estás en pleno combate. ¡Extraña guerra en la que las madres mismas marchan a la batalla! Estás herida, ¡traspasada por siete espadas! Por doquier, el olor de la muerte; los clavos, los martillos, las heridas. ¡Horrible espectáculo!

¡Oh María!, levanta los ojos del campo de batalla como los elevaste del pesebre. Es noche aún, noche en medio del día. El sol ha ocultado sus rayos; parece muy lejano; se diría una estrella. ¿Recuerdas la blanca estrella de Navidad? Esta es distinta. ¡Oh María, eres en el mundo la primera Madre que debía haber recibido la Estrella de Oro!

In document Desde la Cruz, FULTON SHEEN (página 177-182)