Los egoístas forman en el mundo el tercer grupo a quien es necesario el shock de la Cruz.
Por egoístas entendemos aquí a todos aquellos que piensan que o bien la salvación es un quehacer individual o que no interesa más que a una clase particular; que la religión no tiene más derecho a la existencia sino para destruir los obstáculos que se oponen a una vida egoísta, haciendo que desaparezcan los cuchitriles, afirmando la seguridad de la sociedad, aumentando los campos de deportes; todo lo restante, la liberación del pecado o la vida espiritual del alma, no es más que un engaño y una ilusión.
Cuando los egoístas se sienten sabios, definen la religión como un filósofo contemporáneo: «lo que hace el hombre de su soledad»; cuando los egoístas pasan por una tribulación, preguntan: «¿por qué Dios me trata así?»; cuando los egoístas pecan, dicen: «¿qué mal les ha causado a los otros mi pecado?»
En el Calvario, los egoístas tuvieron su representante en el mal ladrón. Había visto quebrarse el orgullo de su compañero, cuando, cayendo en la cuenta de su pecado, imploró compasión del Señor; pero él no se había dejado conmover. Se puede estar cerca de Dios, físicamente, y permanecer alejado de El espiritualmente.
Volviéndose hacia el Señor en la Cruz, el mal ladrón, suprema expresión del egoísmo, gritó con amargura: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate, pues, a ti mismo y a nosotros» (Lc 13,39).
¡Fue el primer marxista! Mucho tiempo antes que Marx dijera: «La religión es el opio del pueblo». Una religión que, con respecto a los agonizantes, no piensa más que en su propia alma, que manda volver la mirada a Dios bajo la injusta condena de los tribunales; que habla de «un convite en el cielo», cuando el vientre está vacío y el cuerpo torturado; y habla de perdón cuando aquellos que arroja la sociedad —dos ladrones y
un despreciado proletario, carpintero de pueblo— mueren en una cruz, esta religión es el opio del pueblo.
«Sálvate a ti mismo y a nosotros.» ¡Qué moderno es esto! ¡La salvación para una clase! ¡Para todo el mundo, no! El comunismo no habla más que para el proletariado: «sálvate a ti misino y a nosotros». El nazismo no habla más que para la raza: «¡Sálvate a ti mismo y a nosotros!» Ni una palabra por la salvación del mundo, por el pueblo que ama, por los gentiles a los que enviaría sus apóstoles y, sobre todo, ni una palabra para su querida Madre, erguida al pie de la Cruz, cuyo corazón tenía ya traspasado por siete espadas
Si hubiera debido haber allí salvación para el mal ladrón, no debía ser de orden espiritual o moral, sino de orden físico. «Sálvate a ti mismo y a nosotros.» ¿Salvar qué? ¿Nuestras almas? ¡No! ¡El hombre no tiene alma! Salvar nuestros cuerpos. ¿Para qué la religión, si no puede hacer cesar el dolor, bajar del patíbulo, aprovechar a los intereses egoístas? El Cristianismo o es un evangelio social o es una droga.
Nuestro Señor no respondió directamente al egoísta ladrón, pero lo hizo indirectamente, cuando, bajando su mirada de lo alto de la Cruz, se dirigió a las dos almas que más amaba sobre la tierra: María, su madre, y Juan, su discípulo. Pero no les llama «María» y «Juan».
Si les hubiera llamado por sus nombres, hubieran permanecido lo que eran: los representantes de una cierta clase. Si hubiera dicho «Madre» ella hubiera sido su Madre, pero de ningún otro. Si hubiera dicho «Juan», hubiera sido el hijo del Zebedeo y de nadie más. Llamó, por consiguiente, a María «mujer», y a Juan, «hijo». «Mujer, he ahí a tu hijo... Hijo, he ahí a tu madre» (Jn 19, 26-27).
Decía de esta manera que la religión no es lo que el hombre hace de su soledad, sino lo que hace de sus relaciones con los otros. Y para demostrar definitivamente que la religión no es egoísmo de un individuo, de un grupo o de una clase, llama a María y a Juan a unas relaciones más vastas que el mundo. En cierto modo los desclasifica.
Ya no será sólo Madre para El. Como Él era el nuevo Adán, María será la nueva Eva. Un año y medio antes había declarado que existían otros vínculos además de los de la carne y sangre: los lazos espirituales que unen a aquellos que hacen la voluntad de Dios. «He aquí mi madre y mis hermanos. Quien hiciere la voluntad de Dios, éste es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Lc 3, 34-35).
Ahora establece este nuevo parentesco. Su Madre según la carne llega a ser la madre de todos los «que no de la sangre, ni de la voluntad carnal, ni de la voluntad de varón, sino de Dios son nacidos» (Jn 1, 13).
Para introducir estas nuevas relaciones y presentarla como Madre de los cristianos, la llama «mujer»; es la vocación a la maternidad universal.
Y a Juan, hasta entonces hijo del Zebedeo, no le llama Juan, pues esto hubiera sido conservar los lazos de la sangre. Le llama «hijo»; «hijo, he ahí a tu Madre».
Jesús fue el primogénito de María, según la carne; pero al pie de la Cruz, Juan fue el primogénito según el espíritu; puede que Pedro fuera el segundo, Andrés el tercero, Santiago el cuarto y nosotros los que hacemos el millón de millones.
Había establecido Jesús una nueva familia, con nuevas relaciones sociales. Es en este contexto y no en otro en que se regularán las cuestiones económicas y sociales. «Vosotros buscad su reino (el de Dios) y todo eso se os dará por añadidura» (Lc 12, 31).
¡La religión no es un asunto individual! No se puede tener una religión individual, como un gobierno individual, como una astronomía o matemáticas individuales. Hasta tal punto es social la religión que no se limita a la clase de los criminales, como lo creía el mal ladrón, ni a ninguna clase, raza, nación o color. Estas miras son demasiado aristocráticas.
El esnobismo, la novedad, se dan lo mismo entre los proletarios como entre la nobleza. Los nuevos sistemas totalitarios han creado unos personajes tan desagradables como cualquiera de los «sangre azul» de la monarquía.
La tercera palabra de Nuestro Señor nos revela especialmente que todos los deberes sociales fluyen de estos lazos espirituales. No dijo: «Juan, cuida a mi Madre», ni «María, ocúpate de Juan como de mí mismo». Los deberes fluyen con toda naturalidad de la nueva relación que ha establecido entre María y Juan, como de madre e hijo.
La religión se convierte en distribución de responsabilidades María había educado a su Niño; debía ahora adoptar otros y amarlos como hijos suyos por desventajosa que fuera la comparación.
Juan había cumplido sus deberes filiales con el Zebedeo; ahora, en tanto fuere hijo de María, debía aceptar los nuevos deberes y vivir de tal modo que nunca hiciese nada que avergonzara a su Madre.
María prosigue cumpliendo sus deberes de llevar las cargas del prójimo, pues la encontramos en medio de los apóstoles en Pentecostés, prodigando su cuidado maternal a la Iglesia recién nacida, como los había prodigado al Niño Jesús.
Nunca olvidará Juan la palabra «hijo» que escuchó al pie de la Cruz. Algunos años después de la Ascensión, veremos que escribe a la Iglesia naciente: «Ved qué amor nos ha mostrado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios y lo seamos» (1 Jn 3, 1).
Nada de raza, de clase, de color mesiánico. Nuestro Señor ha muerto por todos los hombres, estableciendo de este modo nuevas relaciones con Dios. Y de estas relaciones brotan la desaparición de los cuchitriles, la justicia social y todo lo demás, y solamente esto.
De donde se sigue que Nuestro Señor no habló de la esclavitud. Sabía Él que la esclavitud no podría ser desarraigada en tanto que los hombres no se vieran ligados unos a otros sobre la base de la igualdad que tienen entre sí los hijos de Dios.
No habló acerca de la necesidad de los hospitales para niños. Pero desde el principio proclamó en el mundo pagano la grandeza de la infancia, haciéndose niño entre los niños.
No dijo nada de la necesidad de la democracia. Pero puso la base, cuando dijo a Pilato lo que nosotros, americanos, tenemos escrito en la Declaración de la Independencia, es decir, que todos los derechos y todas las libertades vienen de Dios.
No recomendó portarnos bien con el servicio, pero se ciñó una toalla y lavó los pies a sus apóstoles. «Y el que de vosotros quiera ser el primero, sea siervo de todos» (Mc 10, 44).
El ejemplo clásico de los resultados de estas nuevas relaciones lo tenemos en el esclavo Onésimo, que se escapa de casa de su dueño Filemón. Fue al encuentro de San Pablo, que le bautizó, mandándole volver después a Filemón, llevando una cartita en la que Onésimo es llamado «el hijo a quien entre cadenas engendré... acógele como si de mí se tratase... recíbele no como a esclavo, sino como a un hermano querido, amado particularmente por mí, y cuánto más por ti según la ley humana y según el Señor» (Flm. 10, 16). Onésimo no era esclavo porque era cristiano.
¡Qué barreras no habría derribado San Pablo en la Sociedad de Naciones! «No hay ya judío ni griego» (es decir, distinciones raciales o políticas); «no hay siervo o libre» (distinciones económicas); «no hay
varón o hembra» (distinción de sexos), «porque todos sois uno en Cristo- Jesús» (Gál. 3, 28).
Cuando Chile y Argentina iban a entrar en guerra, por sugerencia de una mujer fueron fundidos los cañones de las dos naciones para hacer una estatua que se colocó en la frontera de los Andes y que se llamó «el Cristo de los Andes». Lleva esta inscripción: «Antes se desgajarán las montañas que se rompa el pacto de paz, contraído a los pies de Cristo, entre dos naciones». Este pacto nunca ha sido roto.
Un día lee uno en el Evangelio: «Amarás a tu prójimo como a ti misino». Es decir, ama el interés de los otros como tu propio interés. No se realizará esto hasta que los grupos se consideren como unidos al bien común por las nuevas relaciones que les llevarán al sacrificio de sus intereses particulares.
El descontento social durará mientras cada individuo no viva más que para sí; se prolongará la lucha de clases mientras cada clase no busque más que su propio interés; tendremos guerra mientras cada nación no tenga presente sino su exclusivo interés.
Después de haber escuchado esta tercera palabra desde la Cruz, reconocemos que la equitativa distribución de los bienes materiales no vuelve hermanos a los hombres; pero cuando se hayan hecho hermanos bajo la paternidad de Dios, entonces tendrá efecto esta distribución.
El hijo pródigo creyó encontrar la paz recibiendo su parte de herencia; pero esta división sólo tuvo efectividad hasta después de volver a su padre.
La comunidad en las cosas no será posible sin la previa comunidad de relaciones personales. El egoísmo del individuo no se corrige con el egoísmo de clase. El egoísmo es loco.
El autor de Peer Gynt escribe sobre los huéspedes de un asilo de perturbados: «Los hombres son aquí, sobre todo, ellos mismos; ellos mismos, nada más que ellos mismos Vuelan con las alas desplegadas del yo. Cada cual está encerrado en sí mismo como en un tonel cuyo borde es el yo, y sumergido en el pozo del yo. Nadie derrama una lágrima por las desgracias del otro, ni se preocupa por lo que el otro piensa. Centrados sobre su yo, se aborrecen a sí mismos. Hacen siempre lo que les place, odian lo que hacen. Siguiendo su propio camino, lo destruyen y se pierden. Incapaces de soportarse, no pueden soportar a otro».
No maravilla el que un joven, producto de la escuela progresista preguntara: ¿Será necesario que yo haga siempre lo que quiera? No es
casualidad que esta época que creía en la expresión del yo termine en desilusión y asco de sí.
En el camino de Damasco, Nuestro Señor habló a Saulo, lleno de airada cólera contra los cristianos: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Te es duro cocear contra el aguijón» (Act. 26, 14).
Empleó la imagen del buey que se hiere al cocear bajo el pinchazo de la pica. Era decirle: «Cuando te irritas contra mí, te rebelas contra ti... Tú me persigues, pero eres tú quien pereces».
¡Los hombres, las naciones, los sistemas se destruyen al buscar un orden que no esté basado en la hermandad de los hombres bajo la paternidad de Dios! Es necesario que la «conciencia de clase» se transforme en «conciencia de hermandad», sin lo cual perecerá el mundo. La libertad que se aleja de Dios es, en realidad, la libertad de consumar nuestra propia ruina.
A los egoístas va dirigida la lección de la Cruz. Comenzad a vivir para los demás y comenzaréis a vivir para vosotros. La religión implica relaciones sociales.
No hemos esperado a tener veintiún años para ser americanos, una vez estudiada la Constitución. Hemos nacido americanos, salido del seno de América. De la misma manera, en el orden espiritual, hemos nacido del seno de la Iglesia. Es la Iglesia fundada por Cristo quien nos hace cristianos; no somos, ni vosotros ni yo, en cuanto cristianos, quienes añadimos nuestra individualidad a las otras para formar una institución.
Por lo tanto, no digáis: La religión es un asunto estrictamente personal. No podéis tener vuestra religión personal como no podéis tener vuestro sol personal. Si vuestra religión personal os une a Dios y si mi religión personal me une a Dios, ¿acaso no se dan entre nosotros relaciones comunes que nos religan a nuestro Padre común?
Cuando vamos a un concierto, ¿no escuchamos atentamente la música, es decir, no nos dejamos influenciar por algo que está fuera de nosotros mismos? ¿Creemos que, cuando se asiste a un concierto, cada uno debería obrar a su antojo, exigir los trozos que le gustasen, coger la batuta del director de orquesta o silbar una tonada?
¿Por qué, pues, cuando se trata de la religión, cuyo director de orquesta es Dios, pretendemos imponer nuestras ideas individuales o decir que la religión es «lo que yo pienso de Dios»? La religión es lo que Dios quiere que sea. Por consiguiente, yo debo buscar su voluntad y no la mía; descubrir su verdad, no mi opinión.
Tampoco es verdad decir: «La manera de conducir mi vida no atañe a nadie más que a mí», o bien: «Esto no perjudica a nadie». ¿Podéis arrojar una piedra al mar sin que las olas afecten las más lejanas playas? ¿Cómo pensáis, entonces, que vuestras acciones pueden carecer de repercusiones sociales?
La moralidad es esencialmente una triple relación: relación entre el yo y mi conciencia, entre mi yo y mi prójimo, entre mi yo y mi Dios.
No podéis imaginar un solo acto malo que no perturbe estas tres relaciones, ni que sea un pecado secreto. Tomad, por ejemplo, un fuerte odio que no aparezca con violencia externa.
En primer lugar, perturba las relaciones con uno mismo: físicamente, produciéndonos dolor de estómago; espiritualmente, creando una tensión entre el ideal entrevisto y el fracaso experimentado al perseguirlo, y moralmente, más tarde, por los remordimientos causados.
En segundo lugar, perturba vuestras relaciones con el prójimo, disminuyendo la suma de amor en el mundo. Si lo mismo hiciesen un número bastante de individuos, esto sería la causa de una guerra.
Tercero, perturba vuestras relaciones con Dios, pues si somos un motor construido por Dios, que funciona magníficamente cuando es alimentado con el combustible del amor divino, si pretendemos hacer funcionar este motor con el combustible del odio, se seguirá su destrucción, la de uno mismo y la de la alegría de vuestras relaciones con Dios.
Las querellas, los desacuerdos, las guerras, las luchas y discusiones, todos comienzan por una declaración de falsa independencia: independencia de Dios e independencia de nuestros semejantes.
Sea dicho de paso que ésta es la razón por la que los judíos, por una parte, y los cristianos, por otra, se equivocan en la solución, cuando se esfuerzan por llegar al colmo de la intolerancia en las protestas habidas en el seno de sus propios grupos. Nunca los judíos abolirán el antisemitismo, mientras se contenten con protestar en sus filas y en su prensa contra la intolerancia y pasen completamente en silencio la intolerancia en lo que toca a los cristianos. Lo mismo sucederá a los cristianos. No habrá paz en tanto que los unos y los otros no protesten por causa de sus mutuas relaciones, mientras el cristiano no defienda al judío y el judío al cristiano.
Una de las razones del ocaso de la fe en la divinidad de Cristo fuera de la Iglesia es la de no haber entendido la relación entre Nuestro Señor y su Madre.
Como hijos, ¿qué juzgaríais vosotros de aquel que pretendiera amaros y rehusara que le hablarais de vuestra madre? Pues bien, ¿pensáis que Cristo puede aprobar sentimientos distintos, sobre todo cuando nos dio a su Madre desde la Cruz?
Para poner fin a todo egoísmo, ¿por qué no vernos ligados los unos a los otros por estas relaciones cada vez más estrechas, primero como criaturas de Dios, después como hijos del Padre celestial, hermanos de Cristo, miembros de su Cuerpo Místico, gobernados por un solo Caudillo, y como hijos de María, Madre nuestra, a quien —como los niños pequeños que nunca se hacen hombres— decimos con Mary Dixon Thayer:
Amable Señora vestida de azul, ¡Enseñadme a rezar!
¡Vuestro hijito era Dios,
decidme qué es lo que debo decirle! ¿Le subíais a veces,
dulcemente, a vuestras rodillas?
¿Cantabais para El como mamá lo hacía para mí? ¿Le cogíais la mano por la noche?
¿Intentasteis alguna vez contarle historias del mundo?
¡Oh!, y El, ¿lloraba? ¿Creéis que le gusta
que yo le hable de las cosas,
las pequeñas casillas que me suceden? ¿Y las alas del ángel hacen ruido? ¿Me puede entender,
si yo le hablo muy bajito? ¿Me entiende El ahora?
¡Decídmelo Vos que lo sabéis, Señora toda bella, vestida de azul! ¡Enseñadme a rezar!
Vuestro hijito era Dios
Y Vos sabéis cómo hay que hacer.10
10 Lovely Lady dressed in Blue. / Teach me how to pray! / God was just your little
Boy, / Tell me tohat to say! / Did you lift thim upsometimes, / Gently, on your knees? / Did you sing to thim the way / Mother does to me? / Did you hold this hand at night? / Did you ever try / Telling stories of the world? / O! And did the cry? / Do you really think the cares/ If I tell thim things — / Little things that happen? And / Do the Angel’s wings / Make a noise? And can the hear / Me if I speak low? / Does the
(Un niño arrodillado)
understand me now? / Tell me for you know! / Lovely Lady dressed in Bue / Teach
mehow to pray! / God was just your Little Boy / And you knowthe way. (A child on his knees).