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LA VALÍA DE LA IGNORANCIA

In document Desde la Cruz, FULTON SHEEN (página 34-41)

Mil años antes del nacimiento de Nuestro Señor vivió uno de los mayores poetas: el insigne poeta griego Homero. Se le atribuyen dos grandes poemas épicos: la Ilíada y la Odisea. El héroe de la Ilíada no fue Aquiles, sino Héctor, jefe de los enemigos troyanos. a quien Aquiles venció y mató. Y el poema acaba con el panegírico, no de Aquiles, sino de Héctor vencido.

El segundo poema, la Odisea, tiene por héroe a Penélope, esposa de Ulises, a quien fue fiel durante los años del viaje de éste. Para librarse de los pretendientes que insistentemente le hacían la corte, Penélope les prometió casarse en cuanto acabase de tejer un vestido que ellos podían ver en el telar. Pero ella destejía por la noche lo que había tejido durante el día y de esta forma permaneció fiel a su esposo hasta su retorno. «Entre todas las mujeres —decía— yo soy la más afligida.» Podría aplicársele con toda propiedad la cita de Shakespeare: «La desgracia se asentó en mi alma como en un trono. Ordenad a los reyes que vengan y se prosternen ante ella».

Un millar de años antes de la natividad de Cristo retumbó en el seno de la antigüedad pagana un extraño desafío: el de estas dos narraciones poéticas, en las que Homero exalta a un hombre vencido y a una mujer desgraciada. Durante el curso de los siglos posteriores los hombres se preguntaron cómo era posible vencer en la derrota y alcanzar la gloria en la desgracia. Y no hubo respuesta hasta el día en que llegó Aquel que se mostró victorioso al ser derrotado: Cristo en la Cruz, y Aquella que fue sublime en la desgracia: su santa Madre al pie de la Cruz.

Es interesante subrayar que siete veces habló Cristo en la Cruz y que siete son las veces en que las Sagradas Escrituras nos refieren las palabras de la Virgen. Su última palabra consignada fue pronunciada en el banquete de Caná, en el momento en que su Hijo empezaba la vida pública. Puesto que ya se había levantado el sol, la luna podía desaparecer. Dado que se había expresado la Palabra, no había necesidad de otras palabras.

De las siete palabras de la Virgen, San Lucas nos refiere cinco —ella misma se las contaría— y San Juan las otras dos. Podemos preguntarnos si no recordaría María, al oír pronunciar a su Hijo las siete palabras, aquellas otras siete suyas. Tal será la materia de nuestra meditación; las siete palabras de Jesús en la Cruz y las siete palabras de la vida de su Madre.

Los hombres no pueden sobrellevar la debilidad. En cierto sentido se podría decir que son ellos el sexo débil. No hay nada que desoriente tanto a un hombre como las lágrimas de una mujer. Por eso los hombres tienen necesidad de la inspiración y de la fuerza de las mujeres, que no se abaten en caso de crisis. Necesitan a una persona no derrumbada a los pies de la Cruz, sino erguida, tal como lo estaba María. Juan estaba allí; la vio de pie y lo anotó en su Evangelio.

De ordinario, cuando tienen que padecer bajo el poder de jueces impíos, las palabras de los inocentes son: «No soy culpable» o «la justicia está corrompida». Pero estamos ante el primer caso en la historia del mundo en que un condenado no pide perdón por los pecados, puesto que es Dios, y que no proclama su inocencia, ya que no pueden los hombres ser jueces de Dios. Jesús no hace esto, sino que intercede por los que le hacen morir: «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34).

María, al pie del patíbulo, oyó a su Hijo divino pronunciar esta primera palabra. Al oír ella decir «no saben», me pregunto si no se acordaría de su primera palabra, de la que también formaban parte estos vocablos: «no conozco».3

Fue con ocasión de la Anunciación, la primera buena noticia que oía la tierra después de largos siglos. El Angel le anunció que iba a ser madre de Dios: «Concebirás en tu seno y darás a luz un Hijo a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y llamado Hijo del Altísimo, y le dará el Señor Dios el trono de David su padre, y reinará en la casa de Jacob por los siglos, y su reino no tendrá fin. Dijo María al Angel: ¿Cómo podrá ser esto, pues yo no conozco varón?» (Lc 1, 31-34)

Parece que estas palabras de Jesús y de María nos sugieren que a veces la sabiduría consiste en no saber. La ignorancia nos es presentada aquí no sólo como remedio, sino como bendición. Parece no estar esto de acuerdo con nuestra educación moderna que tanto encomia la instrucción. La causa está en que no hacemos distinción entre la verdadera y la falsa sabiduría. San Pablo llama «necedad» a la sabiduría de este mundo, y

3 Juego de palabras intraducible. En inglés el verbo «to know» significa tanto

Cristo Nuestro Señor daba gracias a su Padre celestial porque no había revelado la sabiduría divina a los sabios de este mundo (Lc 10, 21).

La ignorancia que aquí se exalta no es la ignorancia de la verdad, sino la ignorancia del mal. Fijaos primeramente en la palabra cíe Cristo a los verdugos: nos enseña que la razón por la que podían ser perdonados era porque no comprendían su horrible crimen. No era su saber el que había de salvarles, sino su ignorancia. Si hubieran sabido lo que hacían al golpear las manos de quien es la misericordia eterna, al atravesar los pies del buen Pastor, al coronar de espinas la cabeza de la Sabiduría encarnada, y hubieran continuado haciéndolo, nunca se hubieran salvado. ¡Se hubieran condenado! Sólo la ignorancia les hizo posible la redención y el perdón. Como se lo dijo San Pedro el día de Pentecostés: «Ya sé que por ignorancia habéis hecho esto, como también vuestras autoridades» (Act. 3, 17).

¿Cómo se explica el que vosotros y yo, por ejemplo, podamos pecar una y mil veces y seamos perdonados, mientras los ángeles se condenaron eternamente por un solo pecado? La razón es que los ángeles sabían lo que

hacían. Los ángeles ven las consecuencias de cada uno de sus actos con la

misma claridad con que vosotros notáis que una parte nunca puede ser mayor que el todo. Una vez establecido este juicio, no podemos reformarlo; es eterno e irrevocable.

Los ángeles vieron las consecuencias de su elección con una evidencia aún mayor. Por eso, al tomar una decisión, lo hicieron con pleno conocimiento de causa, y ya no pudieron volverse atrás. ¡Fueron condenados para siempre! ¡Qué aterradoras son las consecuencias del conocimiento! Los que conocen la verdad sufrirán un juicio mucho más severo que los que no la conocen. Como dijo Jesucristo: «Si no hubiera venido... no tendrían pecado» (Jn 15, 22).

La primera palabra que pronunció nuestra santa Madre en la Anunciación nos enseña la misma lección. Dijo: «No conozco varón». ¿Por qué razón tenía valor el no conocer al hombre? Porque había consagrado su virginidad a Dios. En un tiempo en que toda mujer aspiraba a ser la madre del Mesías, María renunció a esta esperanza y a Ella fue a quien se le concedió. Se negó a discutir con un ángel todo aquello que pudiera comprometer su gran decisión.

Si para convertirse en Madre de Dios era necesario renunciar a su voto, no podía admitir tal renuncia. Aunque en otras circunstancias no lo hubiera sido, en aquéllas hubiera sido un pecado para Ella conocer a un

hombre. No conocer al hombre es una forma de ignorancia, pero en este caso se convirtió en una tal bendición que, en un instante, el Espíritu Santo la cubrió con su sombra, la convirtió en un copón viviente y le concedió el privilegio de llevar en Ella como invitado al Huésped del mundo.

Estas primeras palabras de Jesús y de María sugieren que existe un mérito en no conocer el mal. Vosotros vivís en un mundo en el que los que pasan por sabios os dirán: «No conocéis la vida; vosotros no sabéis lo que es vivir». Pretenden que no se puede conocer sino a través de la experiencia, experiencia no solamente del bien, sino del mal.

Con una mentira de este género tentó Satanás a nuestros primeros padres. Les dijo que Dios no quería que comiesen del árbol de la ciencia del bien y del mal para que no fuesen tan sabios como lo era el mismo Dios. Satanás no les dijo que el relativo conocimiento del bien y del mal que adquirirían iba a ser muy distinto del de Dios.

Dios conoce el mal de una manera abstracta, a través de la negación de su bondad y de su amor. Pero el hombre lo habría de conocer de forma concreta y experimental, y se convertiría, hasta cierto punto, en esclavo de ese mal que quería experimentar. Dios hubiera querido, pongamos por caso, que nuestros primeros padres conocieran la fiebre tifoidea como la conoce un médico perfectamente sano; no como el enfermo que soporta su azote. Y desde el día de la gran mentira hasta el presente, nadie ha ganado nada por conocer el mal experimentalmente.

Examinad vuestra propia vida. ¿Sois más sabios por haber experimentado el mal? No lo despreciasteis, ¿y no os consideráis desgraciados por haberlo conocido experimentalmente? Puede, incluso, que os hayáis convertido en esclavos de ese mal. ¡Cuántas veces dicen los hastiados del placer: «Ojalá nunca hubiera probado una gota de alcohol»!, o «¡cómo maldigo el día en que robé mi primer dólar!» y «¡lo que daría por no haber conocido a esa persona!». Hubierais sido mucho más razonables de haber sido mucho más ignorantes.

¡Cuántas veces descubre uno el principio que inspiró una ley, tenida como arbitraria y falta de sentido, únicamente después de haberla violado! Cuando se es pequeño, no se comprende la prohibición paterna de jugar con cerillas hasta que se quema uno y se convence de lo bien fundado de esta prohibición. Así aprende el mundo por medio de guerras, disensiones y miserias la sabiduría de la violada Ley divina. ¡Y cómo desearía el mundo «desaprender» este falso conocimiento!

No creed, pues, que para «conocer la vida» hace falta «tener la experiencia del mal». ¿Es más sabio un médico cuando una enfermedad lo postra en cama? ¿Acaso se aprende a ser limpio viviendo en las cloacas? ¿Conocemos lo que es la instrucción experimentando en nosotros la estupidez? ¿Sabemos lo que es la paz combatiendo? ¿Conocemos los goces del sentido de la vista convirtiéndonos en ciegos? ¿Llega uno a ser mejor pianista tocando notas falsas? No es preciso estar borracho para saber lo que es la embriaguez.

No creed encontrar excusa alegando que «las tentaciones son demasiado fuertes» o que «los virtuosos no saben lo que es una tentación». Las personas buenas saben mucho más acerca de la tentación que aquellas que sucumben ante ella. ¿Cómo se conoce la fuerza de la corriente de un río: nadando a su favor o contra ella? ¿Cómo se conoce la fuerza de un enemigo: al ser hecho prisionero o al combatir contra él en la batalla? ¿Cómo, pues, puede el hombre conocer la fuerza de la tentación si no es peleando para vencerla? Cristo conoce más que nadie el poder de la ten- tación, puesto que triunfó de las tentaciones de Satanás.

El gran error de la educación moderna consiste en creer que la ignorancia es la causa de la existencia del mal en el mundo, y que, por consiguiente, haremos mejores a los jóvenes al amontonar más experiencias en sus espíritus. De ser esto verdad, los hombres de hoy seríamos el pueblo más virtuoso de la historia, ya que somos los mejor instruidos.

Los hechos, no obstante, parecen indicar lo contrario. Nunca hasta ahora se dio tanto auge a la educación y jamás se ha desconocido tanto la verdad como hoy. Olvidamos que tiene más valor la ignorancia que el error al confundir scientia y sapientia. Una gran parte de la educación moderna nos convierte en escépticos respecto a la sabiduría de Dios. Los jóvenes no nacen escépticos, pero pueden llegar a serlo por culpa de una educación falseada. El mundo moderno se consume, envenenado por el escepticismo.

Cuando se trata de educación sexual, el error consiste en creer que los niños se abstendrán de ciertos actos si conocen los efectos perniciosos de estos mismos actos. Y se toma como ejemplo el hecho de que, si vosotros sabéis que hay en una casa un caso de fiebre tifoidea, no entraréis. Pero lo que olvidan los educadores es que el instinto sexual no se parece en nada a la fiebre tifoidea. Nadie siente la necesidad de forzar la puerta de un enfermo de tifus, pero no puede decirse lo mismo referente a la sexualidad. Existe en nosotros un instinto sexual, pero no un instinto tífico.

El conocimiento sexual no nos convierte necesariamente en razonables; puede hacernos desear el mal, sobre todo, si uno sabe que sus consecuencias nocivas pueden ser evitadas. La higiene sexual no debe confundirse con la moralidad, ni el jabón con la virtud. El mal no proviene de la insuficiencia de nuestros conocimientos, sino de la perversidad de nuestros actos.

Es por ello que, en nuestras escuelas católicas, procuramos ejercitar y disciplinar la voluntad tanto como formar la inteligencia, pues sabemos que el carácter se revela cuando escogemos algo y no cuando lo conocemos. Cada uno de nosotros, aun antes de la edad escolar, sabe más que suficiente para ser virtuoso. Lo que necesitamos aprender es a «hacer» el bien.

Si olvidamos que pesa sobre nuestras espaldas el fardo de nuestra naturaleza caída y de las numerosas inclinaciones al mal, consecuencia de encontrarnos a él sometidos, pronto nos veremos encadenados como Sansón, y toda la educación del mundo será incapaz de romper las cadenas. La educación tiende, a veces, a explicar estas cadenas y nos las presenta como sortilegios, pero sólo podremos librarnos de su servidumbre por medio de la voluntad ayudada por la gracia de Dios. Sin la ayuda de esas dos fuentes de energía, jamás podríamos avanzar un milímetro más que hasta el presente.

Por consiguiente, encaminad a vuestros hijos y a vosotros mismos a la sabiduría del conocimiento de Dios y a la ignorancia de todo mal. No somos atraídos por aquello que ignoramos; ser ignorante del mal es lo mismo que no desearlo, Ningún gozo es comparable a la inocencia.

En la Cruz, y a su sombra, se hallaban los dos personajes más inocentes de toda la historia: Jesús es totalmente inocente, puesto que es Hijo de Dios; María es inmaculada, por haber sido preservada del pecado original en virtud de los méritos de su divino Hijo. Fue su misma inocencia la que hizo tan dolorosos sus padecimientos.

Los que viven entre la roña raramente advierten lo que es. Dos que viven en el pecado apenas llegan a comprender el horror del pecado. Lo verdaderamente espantoso del pecado es que, cuanto más nos sumergimos en él, menos lo advertimos. Nos llegamos a identificar de tal manera con él, que ya no sabemos a qué abismos de sombras hemos llegado ni de qué alturas hemos caído.

Nadie tiene conciencia de haber dormido antes de despertarse, ni nadie advierte el horror del pecado hasta después de salir de él. Por eso solamente los inocentes conocen de verdad qué cosa sea el pecado.

Y puesto que la inocencia en su supremo grado se encontraba en y a los pies de la Cruz, allí se hallaba, por consiguiente, el supremo dolor. Allí estaba la máxima comprensión del horror del pecado, pues la ausencia de é1 era total. La ignorancia del mal y la inocencia fueron los constitutivos de la agonía de Jesús y de María en el Calvario.

Pedid a Jesús, que perdonó a «quienes no sabían», y a María, que ganó el corazón de Dios porque «no conocía»; pedidles la gracia de no conocer el mal y ser, así, virtuosos.

Si en este instante pudierais elegir entre tener más conocimiento del mundo u olvidar el mal que ya conocéis, ¿no es verdad que preferiríais olvidar a aprender? ¿No os hallaríais mejor desembarazados de vuestra perversidad que arropados con los pergaminos de vuestros diplomas?

¿No os gustaría más estar ahora como en el instante de vuestro bautismo, cuando salíais de las manos de Dios, sin el conocimiento del mundo, que cuando éste se ha ido acumulando en vuestro espíritu, a fin de que, semejante a un cáliz vacío, pudierais emplear la vida en llenarlo con el vino de su amor? El mundo os llamará ignorantes y desconocedores de la vida. ¡No les hagáis caso; vosotros poseeréis la vida! Seréis uno de los seres más sabios del mundo.

En nuestros días el error está tan extendido por el mundo, los dominios del mal son tan vastos, que sería una verdadera bendición el que un alma generosa fundase una universidad en la que se aprendiera a «desaprender». Su finalidad sería tratar el error y el mal exactamente igual a como son tratadas las enfermedades por los médicos.

¿Os sorprenderá a vosotros el enteraros de que Nuestro Señor instituyó semejante universidad, y de que todo católico sincero acude a ella aproximadamente una vez al mes? Se llama confesonario. No os darán diploma al salir de él, pero os sentiréis como una oveja, pues Cristo será vuestro pastor. Os admiraréis al comprobar lo que aprendéis al «desaprender». Pues más fácil es para Dios escribir sobre una página en blanco que en otra cubierta de borrones.

In document Desde la Cruz, FULTON SHEEN (página 34-41)