Después de una guerra el mundo lleva cicatrices. Frecuentemente millones de personas desplazadas vagan hurañas, obsesionadas, perseguidas a través de las vastas regiones del mundo, y, cuando caen, esta misma tierra que habría debido proveer a sus necesidades se convierte en su fosa, donde no se levantan tumbas; manos encallecidas, cansadas de llevar la cruz del trabajo forzado, buscan en vano Cireneos para levantar su carga; soldados heridos recorren cojeando un mundo por cuya libertad combatieron y no ven esta libertad por la que sus camaradas muertos han ido al sepulcro como quienes se acuestan para dormir.
Mientras nuestra tierra lleve estas llagas, ¿quién puede traer la esperanza de que nos esperan días mejores y que todo este dolor, toda esta angustia no es trampa y burla?
Una cosa es cierta. La curación de nuestras heridas no puede venir de ese Cristo liberal inventado por el siglo XIX que hace de Él un simple profesor de moral, parecido a Sócrates, Mahoma o Confucio, y retenido, como ellos, por los lazos de la muerte.
El único que puede traer alivio a nuestro tiempo es el Cristo cubierto de llagas, que ha pasado por la muerte para infundirnos esperanza y vida; es el Cristo de la mañana de Pascua. Son aquellas llagas de Cristo las que vuelven a aparecer en el relato de Pascua. Magdalena, siempre a sus pies, sea en casa de Simón o junto a la Cruz, se encuentra ahora en el jardín; sólo cuando ve sobre aquellos pies las señales encarnadas y lívidas de la guerra del Calvario, reconoce a su Señor y exclama: «Rabboni», Maestro.
Después Cristo se presenta al mundo escéptico en la persona de Tomás, a quien la tristeza había hecho presa de la duda. Cuando los otros discípulos le dicen que hablan visto al Señor, Tomás les respondió: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y meto mi dedo en el lugar de los clavos y mi mano en su costado, no creeré» (Jn 20, 25);
«Pasados ocho días, otra vez estaban dentro los discípulos y Tomás con ellos. Vino Jesús, cerradas las puertas, y, puesto en medio de ellos, dijo: la paz sea con vosotros. Luego dijo a Tomás: alarga acá tu dedo y mira mis manos y tiende tu mano y métela en mi costado y no seas incrédulo, sino fiel. Respondió Tomás y dijo: ¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20, 26-29).
El Cristo que el mundo necesita hoy es el Cristo viril que puede desplegar ante un mundo malo la garantía de la victoria en su propio cuerpo ofrecido en sacrificio sangriento por la salvación. Ninguno de los falsos dioses, libre de sufrimiento físico y de dolor moral, nos puede aliviar en estos días trágicos.
Quitad de nuestra vida el Cristo con las llagas, Hijo de Dios vivo, resucitado de entre los muertos por el poder de Dios, y ¿qué seguridad tenemos de que el mal no triunfará sobre el bien? Si para El que vino a esta tierra a enseñarnos la dignidad del alma humana y desafiar a un mundo pecador para convencerle de pecado no tiene otro fin, otro destino, que el ser colgado de un árbol con criminales comunes, ladrones, para diversión de los romanos, entonces cada uno de nosotros puede decirse: «Si esto es lo que le sucede al justo, ¿para qué llevar una vida virtuosa?»
¿Qué motivo nos induciría a la virtud, si la mayor de las injusticias no era reparada, si la más noble de todas las vidas podía ser arrancada sin recurso?
¿Qué pensar de un Dios que impasiblemente mirara este espectáculo de la inocencia sometida al patíbulo y que no arrancara los clavos para colocar allí un cetro, o que no enviara un ángel para tomar la corona de espinas y reemplazarla por una guirnalda de flores?
¿Qué pensar de la naturaleza humana, si esta flor inmaculada es pisoteada por las botas de los verdugos romanos y destinada a pudrirse en tierra como todas las flores escachadas? Su hedor, ¿no sería tanto más fuerte cuanto su perfume era en su origen más delicioso? ¿No odiaríamos, no sólo a este Dios que no diera importancia ni a la verdad, ni al amor, sino también a los hombres, nuestros semejantes, que hubieran participado en su muerte? Si éste es el fin de la virtud, ¿para qué ser virtuosos? Si sucede cosa semejante a la justicia, ¡que reine entonces la anarquía!
Pero si este hombre es al mismo tiempo Dios, si no es un profesor de moral humanitaria, sino nuestro Redentor, si puede tomar sobre sí lo que hay de peor en el mundo y superarlo por el poder de Dios; si, desarmado, puede llevar a cabo la guerra sin otras armas que la bondad y el perdón; si
los muertos alcanzan la victoria y los que matan pierden la batalla, ¿quién estará sin esperanza cuando Cristo resucitado nos muestre sus manos y su costado?
¿Qué nos enseñan las llagas de Cristo? Nos enseñan que la vida es un combate, que nuestro destino a una resurrección final es semejante al suyo; que, si no hay una cruz en nuestra vida, no habrá sepulcro vacío; que sin Viernes Santo no habrá Domingo de Pascua; que sin corona de espinas no habrá aureola de luz, y que, si no sufrimos con El, no resucitaremos con El.
El Cristo de las cinco llagas no nos da una paz que proscriba la lucha, porque Dios detesta la falsa paz para aquellos que están destinados a la guerra contra el mal.
Las llagas no solamente nos recuerdan que la vida es un combate, sino que son también una garantía de victoria. Nuestro Salvador dijo: «Yo he vencido al mundo». Quiere decir que fundamentalmente ha vencido al mal. La victoria está asegurada, sólo que la buena nueva no se ha esparcido todavía. El mal no podrá ser jamás más fuerte que lo fue aquel día, pues lo peor que puede hacer no es reducir a ruinas las ciudades, enviar guerras y lanzar bombas atómicas sobre los buenos y los seres con vida; lo peor que podría hacer es matar a Dios. Habiendo sufrido una derrota, precisamente en eso, en el momento en que era el más fuerte, cuando llevaba su más sólida armadura nunca jamás podrá ser vencedor.
No creáis, pues, que las llagas de Jesús y su victoria sobre el mal nos inmunizan contra él y la desgracia, el sufrimiento físico y el dolor moral, la crucifixión y la muerte. Lo que nos ofrecen no es la inmunidad en este mundo, sino una buena oportunidad de perdón por el pecado en nuestra alma. La victoria final sobre el mal físico se obtendrá en la resurrección de los justos Enseña al noble ejército de los que sufren aquí abajo a so- portarlo, pero con valentía y serenidad, a considerar todas las pruebas como «la sombra de su mano extendida para acariciar» y transfigurar los más grandes dolores en los más grandes beneficios de la vida espiritual.
Exclamaremos con San Pablo en la exaltación del triunfo: «¿Quién nos arrebatará al amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez., el peligro, la espada?... Mas en todas estas cosas vencemos por Aquel que nos amó. Porque persuadido estoy que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni lo presente, ni lo venidero, ni las virtudes, ni la altura, ni la profundidad, ni
ninguna otra criatura podrá arrancarnos al amor de Dios en Cristo Jesús, Nuestro Señor» (Rom. 8, 35-39).
En oposición a la fe cristiana en el Cristo resucitado, hay una filosofía materialista que pone su fe no en Dios, sino en el hombre, y, sobre todo, en un hombre que desempeña el oficio de dictador.
Nuestro Occidente ve el peligro que encierra esta fe nueva, pero es impotente para resistirla, porque sus defensas no se apoyan sino sobre las fluctuaciones de la opinión vacilante de hombres políticos y de jefes, que no pueden comunicar una fe que no poseen. La causa de Occidente está debilitada por su aversión a la doctrina, su odio al dogma, que le impiden oponer una ideología a otra y no le permite hacer frente al enemigo más que por ineficaces cambios de ministerios.
Las antorchas del pueblo permanecen extinguidas porque nuestro Occidente se ha separado del verdadero fuego encendido sobre los eternos altares del Dios viviente. Como una mariposa en la noche, el occidental se aproxima a la llama humeante del totalitarismo, se precipita y perece en ella. Hoy la lucho es demasiado desigual. Las fuerzan materialistas tienen una filosofía de la vida, el Occidente no.
Puesto que fundamentalmente todas las contiendas son teológicas, resulta que, si abandonamos la fe en Cristo, que ha forjado nuestra civilización cristiana occidental, no podemos ofrecer meta alguna al hombre viador ni esperanza a una generación perdido. No puede oponerse una opinión a una ideología ni compromisos tranquilizadores a una filosofía de la vida. El simple hecho de dar vuestro brazo derecho a un oso no os da la garantía de que no os coja el izquierdo.
Los argumentos contra el nuevo materialismo deben ser teológicos. Es preciso recurrir a la doctrina para combatir una doctrina. Esto es claro. Si no damos a los occidentales una fe para luchar contra una fe falsa, los discípulos fanáticos de la revolución mundial seducirán y enardecerán la fidelidad de millones de hombres y seremos destruidos por el error.
Por el contrario, si creemos que, a lo largo del conflicto entre el bien y el mal, Dios está siempre obrando en la historia, la última victoria del bien podrá salir de la tragedia, mientras que, una vez, más, el amor triunfará del pecado llevado hasta el extremo.
Ni os parece que las llagas de Cristo no son más que insignificante y débil seguridad contra los poderes bien armados del mal, contemplad el viejo conflicto entre las fuerzas del bien y del mal, representadas por David y Goliat. Goliat suponía que todo campeón que llegara hasta él para
enfrentársele estaría armado con una lanza; olvidaba que la causa de Dios se apoya en otras armas.
David tomó una honda, en apariencia inofensiva, cortada en el bosque y, después de haber escogido en un arroyo cinco chinitas, avanzó al encuentro del filisteo. Goliat estaba tan persuadido de que sería una lucha de arma contra arma que, cuando vio a David venir contra él sin armadura sobre el cuerpo y sin otra cosa que cinco piedrecillas insignificantes y una honda, receló y dijo: «¿Crees que soy un perro, para venir contra mí con un cayado?» (1 Sam. 17, 43). Y David respondió: «Tú vienes contra mí con espada, lanza y venablo, pero yo voy contra ti en el nombre de Yahvé Sebaot, Dios de los ejércitos de Israel, a los que has insultado» (1 Sam. 17, 45).
Goliat avanzó enjaezado de pies a cabeza; sólo su frente, sin cubrir por la visera, servía de blanco. Al primer hondazo. David le pegó en la cabeza, la piedra penetró en su frente y Goliat cayó al suelo. Puesto que no había otra espada más que la del filisteo, David la cogió y le cortó la cabeza con ella.
Esta figura se realizó el Viernes Santo, cuando Cristo libró la batalla con el Goliat del mal, sostenido por el poder de todos los gobiernos del universo. No tenía otras armas más que la cruz, cortada en el bosque como la honda de David. En el arroyo ruidoso del odio del mundo tomó, no cinco chinitas, sino cinco llagas, cada una de las cuales hubiera bastado para rescatar al mundo, y así mató al Goliat del mal.
Si nuestro Jefe ha enarbolado cinco llagas, nosotros, sus soldados, el día de la gran parada, cuando venga a juzgar a los vivos y a los muertos, será preciso que estemos preparados para enseñarle las llagas recibidas por su causa y en su nombre. A cada uno de nosotros dirá «Muéstrame tus manos y tu costado. ¡Desgraciados de aquellos de nosotros que desciendan del Calvario con las manos blancas y sin heridas!
Para matar al Goliat del mal, si existe una de esas llagas que podríamos escoger, como David escogió sus piedrecillas, será la que el centurión del ejército romano le hizo cuando hundió una lanza en el costado del Salvador. Hasta el día de la victoria final marcharemos confiadamente a las órdenes de este gran Capitán que, por vez primera en la historia, llevó esta condecoración que la humanidad prendió sobre su pecho: ¡el Corazón purpúreo del Dios todo amor!