Uno de los cambios más revolucionarios y menos señalados en el mundo de la postguerra concierne al puesto asignado a las mujeres. Ya no quedan en Occidente más que dos filosofías de la vida: la cristiana y la del fascismo rojo totalitario o comunismo. Una y otra solicitan a la mujer, porque reconocen que la conquista del mundo por Cristo o por el Anticristo no se puede llevar a cabo sin que ellas desempeñen el papel de Eva o de María.
El 21 de octubre de 1945, el Santo Padre publicó una encíclica sobre los «deberes de la mujer en la vida social y política», y el 26 de noviembre los comunistas, que trasladaron a París su organización revolucionaria, convocaron en esa ciudad un congreso internacional de mujeres.
El llamamiento cristiano quería «mantener y fortificar la dignidad de las mujeres», que tienen derecho a preguntarse «sí pueden esperar encontrar su verdadero bien bajo un régimen dominado por el capitalismo», o también «bajo un régimen totalitario, cualquiera que sea su nombre, que quisiera arrancarles la educación de sus hijos». Trazaba un programa para la educación cristiana de la mujer desde el punto de vista político y social bajo «el estandarte de Cristo-Rey y el patronazgo de la Madre admirable», a fin de que pudieran «restaurar el honor, la familia y la sociedad»,
El llamamiento anticristiano, tal como lo presentaba un folleto autorizado, escrito por la dirigente comunista alemana Clara Zetkin, para la preparación de este congreso, citaba una declaración que Lenin le había hecho referente al congreso internacional de mujeres fuera de todo partido, «Debemos conquistar los millones de trabajadoras... para la transformación comunista de la sociedad... cuyo objeto es la conquista del poder para el establecimiento de la dictadura del proletariado... Podéis pensar en todas aquellas que, si todo va bien, se reunirán bajo la dirección
de las que se llaman a sí mismas ‘‘hienas de la revolución”: las honradas y pacíficas social-demócratas, las piadosas cristianas bendecidas por el Papa, o que creen ciegamente en Lutero, las hijas de miembros del Consejo Privado, las distinguidas pacifistas inglesas y las apasionadas pacifistas francesas.» Puede uno comprobar el éxito conseguido en París con sólo leer los nombres de las que acudieron al congreso, incluso de nuestros democráticos Estados Unidos.
Clara Zetkin continúa: «Naturalmente, las mujeres comunistas no deben solamente incitar a asistir al congreso, sino ponerse a la cabeza en el trabajo preparatorio. Los slogans y las proposiciones comunistas deben ser el centro de la actividad del congreso y de la atención pública. Después del congreso será preciso continuar entre el mayor número posible de mujeres para ayudar a determinar una acción masiva por parte suya».
Parece que en este mundo las mujeres deben de estar divididas como lo estaban en tiempo del Evangelio, sea para el Dios del cielo y la libertad enraizada en el alma, sea para la causa del Anticristo y el suplicio de quienes proclaman la ley moral en el país de los dictadores. Estos dos cometidos estuvieron figurados por Claudia y Herodías.
Claudia era la hija más joven de Julia, hija de César Augusto. Julia se casó tres veces, la última con Tiberio. A causa de su vida disoluta estaba en el exilio, cuando le nació Claudia, de un caballero romano.
Cuando Claudia tuvo trece años, Julia la envió a Tiberio para que la hiciera educar. A los dieciséis años, Poncio Pilato, de baja condición, la conoció, y pidió permiso a Tiberio para casarse con ella. Por su matrimonio, Pilato entró, pues, en la familia del emperador, lo que le aseguró su porvenir político. Por esto llegó a procurador de Judea.
Estaba prohibido a los gobernadores romanos llevar a sus mujeres a las provincias. La mayor parte de los políticos eran felices con esta orden; pero no Pilato. El amor hizo fracasar una estricta ley romana. Cuando Pilato hubo pasado seis años en Jerusalén, envió a buscar a Claudia, que aceptó con gusto afrontar la soledad lejos de la metrópoli del mundo en medio de un pueblo desconocido y extranjero.
Podemos pensar con razón que Claudia debió oír hablar de Jesús, quizá, por la criada judía que preparaba su baño o por los intendentes del palacio que traían noticias concernientes a Él. Acaso lo vio, porque la fortaleza Antonia que habitaba era vecina del Templo de Jerusalén, adonde Jesús iba con frecuencia.
Es posible, incluso, que hubiera oído su doctrina y que su alma hubiera sido conmovida por ella, «porque nadie hablaba como este hombre». El contraste entre la opinión que tenía del mundo que ella conocía y sus propios pensamientos hacía más fuerte su llamada. Las mujeres de Jerusalén, que veían a Claudia tras la celosía de su ventana y tras el centelleo de las gemas de sus manos blancas, o que advertían la altivez de su rostro de patricia, no se preocupaban de la profundidad de sus pensamientos, de la intensidad de sus sufrimientos, de la vehemencia de sus aspiraciones.
Recordemos que, entre los romanos, la sumisión a las leyes igualaba casi a la de los prusianos. Ninguna mujer podía intervenir en los procesos judiciales ni presentar, siquiera, una sugerencia. Lo que hace más notable la entrada de Claudia en la escena es que envió un mensaje a su marido Poncio Pilato el mismo día en que se daba sentencia en la causa más importante de su carrera, la única por la cual se le recordará siempre: el proceso de nuestro Salvador bendito.
Enviar un mensaje a un juez mientras éste estaba sentado en el tribunal era un delito penado con castigo, y sólo el horror al acto que veía se iba a realizar pudo impulsar a Claudia a obrar así. Como lo cuenta San Mateo: «Mientras estaba sentado en el tribunal envió su mujer a decirle: no te metas con ese justo, pues he padecido mucho hoy en sueños por causa de él» (Mt 27, 19). Mientras las mujeres de Israel se callaban, esta mujer pagana daba testimonio de la inocencia de Jesús y pedía a su marido que le tratara según justicia.
El mensaje de Claudia resumía todo lo que el cristianismo iba a realizar en favor de la mujer pagana. Es la única mujer romana de quien hablan los Evangelios; es una mujer de la más alta posición social. Su sueño resumía los sueños y aspiraciones del mundo pagano, su esperanza secular en un justo —-un Salvador—. Traía a la memoria a Sófocles: «No busques el fin de esta maldición, antes de que aparezca un Dios para tomar sobre su cabeza, en lugar tuyo, las angustias de tus propios pecados»; o a Prometeo, que «amó al hombre hasta el exceso».
El conocimiento que tenía de Cristo era imperfecto, «Ese justo.» En este sentido, era la expresión del mundo pagano. Lo que había de mejor parecía haberse conservado en el corazón de una mujer. Tenía alertado el sentido espiritual.
Hubo, sin duda, un tiempo en que Pilato habría hecho todo lo que su mujer le pidiera. Esta vez. no fue así. El proceso demostró que el hombre
político se equivocó y que la mujer, extraña a la política, tuvo razón. Claudia comprendió, mejor que Pilato, los presagios del momento. Cristo sufrió bajo Poncio Pilato. Fue para gloria de Claudia el que se levantara una voz. de mujer en nombre de la justicia.
Considerad ahora a Herodías, segunda mujer de Herodes, más correctamente llamado Herodes Filipo, hijo del viejo Herodes el Grande, el que había ordenado la matanza de los niños de Belén. Cuando éste murió, dejó la mayor parte de su fortuna a Filipo, pero no su realeza, lo cual iba mal con la ambición de Herodías.
Sucedió que, cuando el hermanastro de su marido Herodes Antipas (de los ocho hijos de Herodes el Grande, tres llevaban el nombre de Herodes) vino a ver a Filipo, se inició una intriga amorosa entre Herodías y su cuñado. Herodes Antipas devolvió a su mujer, hija de Aretas, rey de Arabia, se casó con la mujer de su hermano y la llevó a su palacio, la Casa Dorada de Maqueronte. ¿No introdujo este segundo matrimonio en esta familia una confusión semejante a la que introducen los divorcios en nuestras costumbres modernas?
Herodes gustaba que se le mostraran las celebridades extranjeras y le agradaba oír a los grandes predicadores. Invitó, pues, a Juan Bautista a predicar en su corte. No era Juan el hombre que desaprovechara la ocasión para descubrir a Herodes y Herodías sus conciencias culpables. No imaginaban el tema que elegiría el hombre de Dios como mensaje en la Casa Dorada. Tan pronto como estuvo de pie ante la corte, señaló con dedo acusador a Herodes, que había tomado como esposa a una divorciada, y tronó: «No te es lícito tener la mujer de tu hermano» (Me. 6, 18).
Herodes se estremeció. Se rebeló. La libertad de pensamiento no supone el derecho a juzgar de la conciencia de otro. Antes de saber dónde se hallaba, se ve Juan aherrojado y la puerta de un calabozo subterráneo se cierra para aquel que Nuestro Señor describió como «el hombre más grande que haya nacido de mujer».
El hombre olvida a veces semejantes incidentes, la mujer, jamás. Poco tiempo después llegó el cumpleaños de Herodes. El escenario es el siniestro castillo fortificado de Maqueronte, uno de los lugares más desolados del mundo. Se alza en la cima de un aislado peñasco de basalto negro, a 1.150 metros sobre la ribera oriental del Mar Muerto.
Se organiza un festín a lo Baltasar. En la sala del banquete, brillantemente iluminada, están reunidos los invitados de Herodes: caballeros y damas, oficiales, parásitos, murmuradores y toda la secuela
que trae consigo una corte. El castillo brilla con mil luces. El rumor de fiesta llega hasta el calabozo profundo, donde aguarda el prisionero de Cristo.
Al fin, Herodes no tiene más que ofrecer a sus hastiados huéspedes para reavivar su placer. Que lo complete el estímulo de una danza lasciva, que la danzarina sea la bella Salomé, hija de Herodías y de su primer marido. Los manjares son abundantes el vino corre a raudales y, mientras se bebe, Salomé danza. Es sorprendente que una princesa de la orgullosa casa de Herodes se abaje a danzar en público como una esclava, en presencia de hombres medio borrachos. Era contrario a todas las ideas orientales el que una mujer penetrara en semejante reunión. Sin embargo, esto no era increíble, si uno conoce la moralidad de Herodes y de su familia.
Heredes, embriagado por el vino y sobreexcitado por la danza, dijo a Salomé: «Pídeme lo que quieras y te lo daré». Y le juró: «Cualquier cosa que me pidas te la daré, aunque sea la mitad de mi reino». Saliendo ella, dijo a su madre: «¿Qué quieres que pida?» Ella le contestó: «La cabeza de Juan Bautista». Entrando luego con presteza, hizo su petición al rey diciendo: «Quiero que al instante me des en una bandeja la cabeza de Juan Bautista» (Mc 6, 22-25).
¿Qué haría Herodes? El Evangelio dice que «se entristeció» (Mc 6, 26). Pero había jurado y era preciso mantener el juramento. Algunos prefieren ser infieles a Dios y a su conciencia antes que faltar a un juramento, aunque sea hecho en estado de semiembriaguez.
Los invitados oyen que se abre la puerta del calabozo... Minutos después la cabeza ensangrentada de Juan Bautista es entregada en bandeja de plata a la joven, quien, asimismo, hizo entrega de tal horrible bandeja a su madre.
A primera vista la semejanza entre Claudia y Herodías es sorprendente. Las dos eran nobles, las dos esposas de hombres políticos. Las dos toman contacto con las más grandes personalidades religiosas de todos los tiempos: una con Cristo, la otra con Juan Bautista. Las dos envían un mensaje a su marido y, sin embargo, ¡qué diferencia en sus reacciones!: una sirve a Cristo; la otra, a un dictador totalitario.
¿Por qué una manifiesta tanta repugnancia para con la religión? ¿Por qué la otra le atribuye tanto valor? ¿Por qué la reacción de una fue defender la religión y la de la otra atacarla? ¿Por qué Claudia buscó salvar tina vida y Herodías destruir otra?
En la vida de cada uno llega, por lo menos, un momento importante que permite ir a Dios. Nuestra manera de reaccionar depende de nuestra buena o mala voluntad. Se da en algunos una voluntad de pecar y las buenas acciones fortuitas no son más que interrupciones de una intención permanente dirigida hacia el mal. En otros la voluntad es buena y, aunque una mala acción pueda a veces contrariarla, siendo buena, la voluntad está dispuesta a reparar y hacer todos los sacrificios para seguir las directrices de la conciencia y las gracias actuales del momento.
La voluntad de Claudia era buena; la de Herodías era mala. La primera abrazó la religión; la segunda la rechazó. La voluntad buena es parecida a un buen terreno. Cuando la semilla de la gracia de Dios cae en él, germina. La voluntad mala es parecida a la roca, incapaz de conversión. «Otra cayó sobre la peña y, nacida, se secó por falta de humedad» (Lc 8, 6).
Claudia y Herodías son los prototipos de todas las mujeres que han de representar un papel en la vida social y política del mundo. O bien serán las hijas de Herodías, que arruinan sus hogares con el divorcio, educando a sus hijos, como fue educada Salomé, en la falsa sabiduría, que les enseñará a arrastrar a los hombres hacia lo peor, uniéndose a no importa qué jefe político que favorezca sus intereses o satisfaga sus ambiciones personales; incapaces de olvidar los justos reproches de los modernos «Juan», sin tener jamás escrúpulos de llegar a ser semejantes a la Bestia de Belchen para decapitar a los mensajeros de Cristo. O bien las mujeres de hoy serán hijas de Claudia, que lancen un reto a la política que querría llevar a la muerte al Justo; que impulsen hacia el camino heroico del deber a quienes estén propensos a dejarse llevar por la indecisión, la cobardía o el compromiso; que prediquen sin desfallecimiento la justicia a su marido, aconsejándole, salvándole, afrontando incluso una ley dura antes que ser infieles a la conciencia; que no titubeen jamás, incluso cuando el hombre en el poder desprecie su amor antes que proclamar la virtud y justicia de Cristo, sino que su conversación, llena de reserva y respeto, esté a punto de conquistar a un gobernador para Cristo.
En los tiempos modernos, los hombres no han conseguido crear un mundo en que sea grato vivir. ¿Lo conseguirán las mujeres? Dependerá de la forma en que saquen del hombre aquello que tiene de mejor o de peor.
En el Palacio de los Duques de Venecia hay un fresco que cubre las paredes de la sala del Consejo. El artista hizo figurar por tres veces en este fresco el rostro de su esposa, siempre en primer plano, destacando su tónica azul. En el cielo, su rostro tiene una expresión de santa pureza; en el
purgatorio, su mirarla está atormentada; en el infierno muestra el horror de una tortura sin arrepentimiento. ¿Qué significa esta anomalía?
La respuesta se halla en la vida del artista. Su esposa era a veces un ángel bueno que le conducía al cielo y hacia Dios; otras veces fue su prueba, su cruz, su purgatorio; en otras ocasiones, su tentadora, agente de Satán, que le llevaba al infierno.
El nivel de toda civilización será aquel que le consiga la mujer. Lo que era Claudia pudo haberlo sido Pilato; lo que era Herodías, lo fue Herodes. El amor, más que el saber, hace el mundo. El saber se fragmenta para adaptarse al espíritu a quien se distribuye. Por eso es preciso dar a los niños ejemplos concretos.
El amor va por delante de las exigencias del objeto amado. Si aquel a quien se ama es virtuoso, es preciso ser virtuosos para conquistarlo. En consecuencia, cuanto más elevado es el amor tanto más elevados deben ser quienes aspiran a él; cuanto más noble es la mujer más lo será el mundo.
Cuando las llamas sagradas de una común ternura funden en su fuego a dos almas predestinadas, puede cada una transformar a la otra en lo que desea ardientemente.
El que una mano de mujer sujetara la hebilla de la armadura de un caballero no era un capricho romántico; era la imagen de una verdad eterna. Lo que respeta un hombre cuando está en peligro de perder su honor es lo único que sujeta bien la armadura de su alma.
Se necesitan, sí, hombres fuertes como Pedro, cuyo estoque resonará sobre el broquel de las hipocresías mundanas; hombres fuertes como Pablo, cuya espada de dos filos cortará las ligaduras que sujetan las energías del mundo; hombres fuertes como Juan, cuya voz vehemente lo despertará del sueño indolente de un descanso sin heroísmo.
Pero son necesarias también mujeres que, como dijo el Santo Padre, «sean para sus hermanas maestras y guías, para rectificar ideas, disipar prejuicios, esclarecer puntos oscuros, explicar y difundir las enseñanzas de la Iglesia, contener estas corrientes que amenazan el hogar, porque, ¿quién puede, mejor que la mujer, comprender lo que es necesario para la debilidad de su sexo, para la integridad y el honor de la joven, para la protección y educación del niño?».
Si sois de esta clase de mujeres, os saludaremos y pregonaremos vuestro elogio, no como la descendiente moderna de Herodías, en otro tiempo superior a nosotros y ahora nuestra igual, sino como la cristiana
inspirada por Claudia, que, manteniéndose cerca de la Cruz el Viernes Santo, fue la primera al Sepulcro en la mañana de Pascua.