PEDRO
La tragedia más interesante que existe en el mundo es la tragedia del alma humana. Si no hubiera puesto en duda su libertad, habría podido librar sola sus batallas y sola comprometerse en sus proyectos sin que nadie se preocupara; pero dueña de elegir, en oposición al sol y a las piedras, puede servirse del tiempo y de las cosas para decidir su destino, su eternidad y su juicio. Por muy numerosas que sean las fases de estos dramas, la más interesante de todas es, quizás, la sicología de la caída y del resurgimiento.
En términos más concretos, ¿cómo se pierde la fe y por qué pasos se la recobra más tarde? La respuesta a estas preguntas la hallamos en la historia del apóstol Pedro, cuyo nombre es el primero en aparecer en el relato evangélico, y a quien se le podría llamar con toda razón «el pecador filósofo», porque hizo a la divina sabiduría más preguntas que cualquier otro discípulo. Por ejemplo: «¿A quién iremos?», «¿Dónde vas?». «¿Por qué no puedo seguirte?», «¿Qué será de éste?».
A este galileo de espíritu inquisitivo, nacido Simón y convertido en Pedro, que exclamó un día con amargura: «Retírate de mí, Señor, porque soy pecador», es a quien iremos para estudiar el proceso de su caída y las etapas de su retorno. En su caída parecen darse cinco momentos:
1.º la negligencia en la oración;
2.º, la sustitución de la plegaria por la acción; 3.º, la tibieza;
4.º, la satisfacción de las necesidades materiales, de los sentimientos y emociones;
5.º, el respeto humano.
Negligencia en la oración. Ningún alma se ha alejado jamás de Dios
contacto con el poder divino; la oración nos abre los manantiales. invisibles del cielo. Por más sombrío que sea el camino, si oramos, la tentación no puede dominarnos. El primer paso que de ordinario da un alma, antes de caer, es abandonar la práctica de la oración, cortando el circuito que la religa con la divinidad y proclamando que se basta a sí misma.
La noche que, a la luz de la luna llena, Nuestro Señor penetró en el Huerto de Getsemaní, para enrojecer con su sangre las raíces de los olivos y redimir a los hombres, se volvió a sus discípulos y les dijo: «Velad y orad para no caer en la tentación; el espíritu está pronto, pero la carne es flaca» (Mt 26, 41). Alejándose de sus tres discípulos a la distancia como de un tiro de piedra (¡qué significativa es esta medida!), dirige a su Padre esta plegaria: «... Padre mío, si es posible, pase de Mí este cáliz; sin embargo, no se haga como yo quiero, sino como quieres Tú» (Mt 26, 39).
Cuando, por última vez, Nuestro Señor vuelve a sus discípulos, los encontró dormidos. Una mujer velará no una hora ni una noche, sino día tras día y noche tras noche ante el peligro que amenaza a su hijo. Estos hombres dormían. Si en tal ocasión podían dormir, es porque no tenían idea clara de la crisis que atravesaba Nuestro Salvador, no eran conscientes de la tragedia que se abatía ya sobre ellos. Al encontrarlos dormidos, Nuestro bendito Salvador dice a Pedro: «¿De modo que no habéis podido velar conmigo una hora?» (Mt 26, 40). Pedro había abandonado la vigilancia y la oración.
El segundo paso fue la sustitución de la plegaria por la acción. La mayor parte de las almas que sienten aún la necesidad de hacer algo por Dios y por la Iglesia se vuelven hacia el desahogo de la actividad. En lugar de ir de la oración a la acción, abandonan la oración y se ocupan en muchas cosas. ¡Es tan fácil pensar que se trabaja por Dios cuando uno se contenta con el movimiento y la agitación vana!
Pedro no es excepción a la regla. En el tumulto que sigue al arresto de Muestro Señor, se deja llevar de su impetuosidad habitual armado con dos espadas. Ataca al azar a la hueste armada y no alcanza a un soldado, sino a un criado del Gran Sacerdote. Pedro manejaba la espada como verdadero pescador. El criado se hurta al golpe destinado a hendirle la cabeza y solamente le corta la oreja. Muestro Señor le cura milagrosamente y, volviéndose a Pedro, le dice: «Vuelve tu espada a su vaina, pues quien toma la espada, a espada morirá» (Mt 16, 52). Dios no necesita de esto. Si hubiera querido, habría podido llamar en su ayuda doce legiones de ángeles. Jamás la Iglesia debe luchar con las armas del mundo.
El Padre había ofrecido al Hijo el cáliz y nadie podía impedir que lo bebiera. Mas Pedro, abandonando la oración, sustituyó a ésta por la violencia, perdió el tino, y su entrega a una causa se convirtió en celo desplazado. Más le hubiera valido perder algunas horas de su vida activa y pasarlas en unión con Dios que ocuparse en muchas cosas, abandonando por completo la única necesaria para la paz. y la dicha. Ese activismo nunca sustituirá a la vigilancia ni a una hora de oración.
La tibieza. Da experiencia nos demuestra, por el contrario, que sin la
oración, la actividad religiosa no tarda en degenerar en indiferencia. Entonces es cuando las almas se hacen indiferentes. Creen que se puede ser demasiado religioso, demasiado celoso, o que se gasta «excesivo tiempo» en la iglesia. Pedro es un ejemplo de esta verdad.
Unas horas más tarde Nuestro Señor es conducido ante sus jueces, y se siente uno impulsado a exclamar: ¡Dios nos perdone por llamarlos jueces! Mientras el triste cortejo avanza en esa indecible soledad en que el Hombre-Dios se somete a las afrentas que le proporciona la maldad de los hombres, el Evangelio nos refiere: «Y Pedro le seguía de lejos». Había abandonado la oración, más tarde abandona la acción y ahora se mantiene a distancia. Sólo su mirada sigue al Maestro.
¡Qué pronto se manifiesta la ausencia de sinceridad en la acción sin la oración! El que unas horas antes era lo bastante valiente para sacar la espada, permanece ahora a la zaga. Cristo, que hace poco era la pasión dominante de nuestra vida, no tiene ya en la religión más que una relativa importancia.
Nos arrastramos aún por la fuerza de la costumbre —o quizás por remordimiento de conciencia— tras los pasos del Maestro, pero incapaces de soportar su mirada y su voz. El alma dice en estos momentos: «Dios se ha olvidado de mí», cuando, en verdad, no es Dios quien nos abandona, sino nosotros quienes permanecemos alejados y descarriados.
Satisfacción de las necesidades materiales, de los sentimientos y emociones. Cuando lo divino se oscurece en la vida, la materia ocupa su
lugar. La búsqueda excesiva de lujo y refinamiento indica siempre cierta indigencia espiritual. Cuando el tesoro está en el corazón, no se siente necesidad de estas riquezas exteriores que la polilla consume, el gusano roe y los ladrones roban. Cuando la belleza interior ha desaparecido, sentimos la necesidad de lujosos atavíos para cubrir nuestra desnudez.
Es lógico que Pedro, continuando su declive, busque la satisfacción de su cuerpo. No entra en la sala del tribunal. Permanece fuera con los
criados. Como dice la Escritura: «Habiendo encendido fuego en medio del atrio y sentándose, Pedro se sentó también entre ellos» (Lc 22, 55).
Así van las cosas para Pedro. El impulso que le arrastra es una pendiente. Marchó: «Le sigue de lejos». Se sostuvo en pie: entra en el patio y permanece entre la plebe. Se sentó: se sentó cerca del fuego que habían encendido los enemigos de Cristo. La sensualidad había reemplazado a la fidelidad. ¡Nunca hombre alguno tuvo tanto frío cerca del fuego!
Respeto humano. La última etapa de la caída es el respeto humano
que nos hace renegar de nuestra fe o sonrojarnos ante las burlas o el desprecio. Las religiones mundanas se avienen con el mundo, pero no la religión divina. Nuestro Señor nos previno: «Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra; y si en ésta os persiguen, huid a una tercera. En verdad os digo que no acabaréis las ciudades de Israel antes de que venga el Hijo del Hombre» (Mt 10, 23).
Las vivas llamas de aquel fuego iluminaban el rostro de Pedro, y los que entraban en el patio y los que estaban cerca de él podían verlo. En el mismo momento en que Nuestro Señor proclama ante el tribunal con juramento su divinidad, Pedro también profería un juramento no para confirmar que Cristo era el Hijo de Dios vivo, sino más bien para negar que lo fuera.
Se oyó el clamor de los subalternos y la risa insolente de una criada que dijo: «Tú estabas también con Jesús de Nazaret». Pedro lo negó. Otra criada afirmó entonces que era de aquella gente; pero de nuevo lo negó diciendo: «No lo conozco, mujer» (Lc 22, 57). Pasó una hora, quizás, y uno de los hombres le dijo: «Efectivamente, tú eres de ellos, porque eres galileo» (Mc 14, 70), «... tú mismo hablar te descubre» (Mt 26, 73). Pedro se desazonó con estas afirmaciones reiteradas. Su atavismo le traslada a los tiempos en que era pescador y sus redes se enredaban en las aguas del lago de Galilea, y jura diciendo: «No conozco a ese hombre que vosotros decís» (Me. 14, 71).
El respeto humano se había apoderado de él. ¡Cuántas veces los demás saben cuál es nuestro deber, incluso cuando nosotros lo hemos olvidado! ¡Qué susceptible es la conciencia de los que han abandonado a su Dios! ¡Qué sensibles son al recuerdo de la fe quienes la tuvieron en otro tiempo! Muchas veces he oído decir: «¡No hable de eso! ¡Quiero olvidarlo!» Pero ya nunca podremos olvidar. Nuestro mismo hablar manifiesta que hemos sido compañeros del Galileo.
Si hay etapas que nos alejan de la fe, ¿cuáles son las que nos acercan? Helas aquí: 1.ª, la desilusión; 2.ª, la respuesta a la gracia; 3.ª, la enmienda; 4.ª, la contrición.
La desilusión. Puesto que el orgullo es un pecado capital, la Primera
condición para la conversión es la humildad. Es preciso que Dios crezca y que nuestro yo disminuya. La humillación constante y frecuente del yo nos hace comprender a fondo que el pecado no compensa, que nunca cumple sus promesas y que, si la violación de las leyes de la salud produce la enfermedad, la transgresión de las leyes de Dios causa la desdicha.
Esto significa para Pedro la profecía que dijo Nuestro Señor la tarde de la última Cena. Cuando previno a sus apóstoles que se escandalizarían aquella noche por su causa, Pedro se jacto diciendo: «... yo daré por ti mi vida» (Jn 13, 37). Y Nuestro Señor le respondió: «¿Darás por Mí tu vida? En verdad, en verdad te digo que no cantará el gallo antes que tres veces me niegues» (Jn 13, 38),
Algunas horas más tarde, en el mismo instante en que Pedro protestaba con juramento que no conocía a este hombre, a través de los vestíbulos de las habitaciones exteriores que rodeaban el patio de Caifás, el canto del gallo resonó claramente para que no hubiera posibilidad de engaño. La naturaleza misma toma el partido de Dios. Podemos nosotros, con nuestros pecados, violentarla, pero al fin será ella quien nos hará violencia. ¡Con qué exactitud caracteriza Thompson «la fidelidad traidora de la naturaleza, su engañosa lealtad, inconstante para conmigo y leal para con El»!
Bien poca cosa es el canto de un gallo. Pero Dios puede utilizar como canales de su gracia las cosas más insignificantes del mundo: la súplica de un niño, una palabra oída en la radio, el piar de un gorrión. Incluso pondrá al servicio de la conversión el canto de un gallo al amanecer. Disgustos sucesivos pueden llevar un alma a Dios.
Respuesta a la gracia. La etapa siguiente hacia el retorno a Dios,
después que la desilusión del pecado ha despertado la conciencia, procede de Dios. Tan pronto como desengañados nos vaciamos de nosotros mimos, viene El a llenar el vacío. «Nadie viene al Padre, sino por Mí» (Jn 14, 6),
San Lucas nos dice: «Vuelto ti Señor, miró a Pedro» (Lc 22, 61). Así como el pecado es una aversión que separa de Dios, la gracia es un movimiento de conversión hacia Él. Nuestro Señor no dice: «Ya te dije que caerías». Aunque le abandonemos, Él no nos abandona. En cuanto nos reconocemos pecadores, se vuelve hacia nosotros. Jamás nos deja Dios. La palabra empleada aquí para describir la mirada de Nuestro Señor en la misma que ha usado la primera vez que Jesucristo encontró a Pedro. Palabra que indica penetración. Así se recuerda a Pedro el suave inicio de la gracia recibida y de la vocación. Los labios de Jesús llamaron a Judas a la amistad. Pedro recibió la mirada de esos ojos que nos ven, no como nos ven los demás hombres ni como nosotros nos vemos, sino tal como somos en realidad. Eran los ojos de un amigo herido, la mirada de Cristo lastimado. El lenguaje de aquellos ojos nunca lo comprenderemos.
La enmienda. Como el pecado tiene sus comienzos en el abandono de
la mortificación, la conversión implica la vuelta a ella. En Hamlet el rey pregunta: «¿Se puede recibir el perdón y permanecer ligado al crimen?» Existen ocasiones de pecado, es decir, personas, lugares, circunstancias que pervierten el alma.
La conversión de Pedro no hubiera sido completa si no hubiera abandonado esta palestra en que los criados, los esclavos y el respeto humano se habían asociado para hacerle renegar de su Muestro. Nunca más se calentará al fuego, no volverá a permanecer sentado, pasivo, mientras su Juez es juzgado. La Escritura recuerda con estas sencillas palabras su enmienda, su purificación: «Y saliendo...» Toda la brillantez del pecado, los bienes mal adquiridos, el respeto conseguido de los hombres, todo esto ahora es pisoteado, al punto que «sale».
Contrición. Pero sin la contrición no bastaría abandonar las tiendas
de los pecadores. Algunos sólo abandonan el pecado cuando les asquea. No hay conversión real mientras no se vea en el pecado una ofensa contra Dios. «He pecado contra Ti», dice la Escritura, no contra el espacio- tiempo, el universo cósmico o los poderes del más allá. Únicamente con la contrición que deplora haber ofendido a Dios, porque es todo bondad y merece todo nuestro amor, obtenemos la salud.
Conviene, pues, que el evangelista escriba: «Y saliendo fuera, lloró amargamente» (Lc 33, 6a). Su corazón se quebró y sus ojos, que habían buceado en los de Cristo, se convirtieron en fuentes. Moisés golpeó la peña y brotó agua. Cristo lanzó una mirada sobre la roca y nacieron las lágrimas. Pedro —nos dice la tradición— lloró de tal manera sus pecados que las lágrimas penitentes excavaron surcos en sus mejillas.
Sobre estas lágrimas se alza el rostro de la Luz del mundo y he aquí que aparece el arco iris de la esperanza, asegurando a todas las almas que jamás será destruido un corazón por el diluvio del pecado con tal de que se vuelva hacia Cristo, que es el árbol de la salud, el amor del universo.
Así acaba la historia del más humano de los hombres que aparecen en los Evangelios, del que camina un momento sobre las crestas de las olas y al instante se hunde y grita: «¡Señor, sálvame!». Afirma que quiere morir con Nuestro Señor y una hora después niega conocer a Aquel por quien quería morir.
¿Quién no ha tenido en sí estos mismos elementos en conflicto: querer el bien y hacer el mal, y, para hablar como Ovidio, «ver y aprobar las cosas mejores de la vida y perseguir las peores?»
Pedro es el ejemplo por excelencia del consejo evangélico: «El que cree estar en pie, mire no caiga» (1 Cor. 10, 12). En nadie se manifiesta mejor el error del humanismo, entendido como la pretensión del hombre de vivir sin Dios o la total incapacidad de nuestra propia razón y de nuestra propia fuerza para salir del atolladero en que estamos sin la renovación periódica de la gracia que nos viene de Dios.
Pedro es para nosotros la mayor esperanza, porque se nos asemeja en los conflictos. Los demás apóstoles han escrito menos que Pedro acerca de su experiencia personal. La carta de Pablo a Timoteo es una exhortación; la de Juan, una llamada a la fraternidad; la de Santiago, norma para la práctica de la religión; pero la carta de Pedro que resume su yo maduro podría llamarse la carta del valor. En cada línea, en cada palabra vemos a Pedro utilizar lo que en otro tiempo fue como un peldaño para llegar a la renovación de la vida.
Comparado el Pedro que se hundía bajo las olas con el nuevo Pedro, este último es valiente... «A los que por el poder de Dios habéis sido guardados mediante la fe para la salud que está dispuesta a manifestarse en el tiempo último ... exultáis, aunque ahora tengáis que entristeceros un poco, en las diversas tentaciones, para que vuestra fe, probada, más preciosa que el oro que se corrompe, aunque acrisolado por el fuego, aparezca digna de alabanza, gloria y honor en la revelación de Jesucristo» (1 Pet. I. 5-7).
«¿Y quién os hará mal si fueseis celosos promovedores del bien? Y si con todo padecierais por la justicia, bienaventurados vosotros. No los temáis ni os turbéis, antes glorificad en vuestros corazones a Cristo Señor
y estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere» (1 Pet. 3, 13-15).
No es de extrañar que nuestro divino Salvador, que conoce las almas en su fondo más íntimo, haya elegido como jefe de su Iglesia, no a Juan, que jamás le había negado y único entre los apóstoles que había estado presente en la cima del Calvario, sino más bien a Pedro, que cayó y se levantó, que pecó y fue perdonado a lo largo de una vida de penitencia, para que su Iglesia comprendiera algo de la debilidad humana y del pecado y para que llevara a los millones de almas que la integran el Evangelio de la esperanza y la seguridad de la divina misericordia.
Convenía, pues, cuando Pedro llegó al fin de su vida, que pidiera ser crucificado, no como nuestro bendito Salvador, con la cabeza enhiesta, sino con la cabeza hacia abajo, en la tierra. Nuestro Señor le había llamado roca de su Iglesia, y esta roca fue colocada como debía: enterrada en las raíces de la creación.
En el mismo lugar en que este hombre esforzado fue crucificado boca abajo, con los pies —en otro tiempo vacilantes— apuntando al cielo, se levanta ahora la mayor cúpula que se ha lanzado jamás a través de la bóveda azulada del cielo: la cúpula de la Basílica de San Pedro en Roma. Alrededor de esta cúpula en gigantescas letras de oro, leemos las palabras que Nuestro Señor dijo a Pedro en Cesarea de Filipo: «... Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré Yo mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16, 16-18).
Muchas veces me he arrodillado bajo esta cúpula y esta inscripción, y, bajo los numerosos altares, mi mirada ha bajado hasta la tumba en que está entenada esta roca que ha eternizado a Roma, porque él, el pecador, habitó en ella. Nadie, supongo, se ha arrodillado jamás suplicante delante